Me preocupa la injusticia,
pero no me veo a mí mismo como justiciero.

Entrevista al escritor costarricense Uriel Quesada

Por Amir Valle

Uriel Quesada (San José Costa Rica, 1962).

Uriel Quesada (San José Costa Rica, 1962).

 

 

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Uriel Quesada? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Uriel Quesada, el ser humano y Uriel Quesada, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

 

Ese Uriel Quesada, al que le pasan las cosas (no como a Borges, pero a su modo) es una persona que nunca me ha gustado. Tiene muchos defectos, y no ha podido superarlos a pesar de tantos años. Es de esas personas que cumplen a cabalidad lo que sentencia el dicho, “aunque de seda se vista, mona se queda”.  Es un tipo poco agraciado, torpe físicamente, con rollos emocionales que lo han llevado a crisis de salud, a errores garrafales y a realizar cambios radicales en su vida.  Pero nunca está contento, siempre hay algo ahí. Su abuela hubiera dicho, “ese chiquito siempre tiene un cachiflín en el culo”.  Un par de cosas lo han salvado a lo largo de su vida: la flexibilidad y la inteligencia. Empiezo por lo aprendido, la flexibilidad, que se fue generando poco a poco, pues Uriel Quesada (al que le pasan las cosas), es un muchacho de provincias. Nacido en una familia pobre, de padres que no terminaron la escuela primaria, Quesada creció dentro de los límites del barrio y de los miedos familiares. Antes de ser flexible aprendió a soñar, y la experiencia le fue enseñando que los sueños persisten solamente cuando se negocian con la realidad, y que el resultado final es chueco, pero es resultado al fin y al cabo, y que algo es mejor que nada.  Ahora bien, aquí es necesaria una advertencia: Quesada es flexible en cuanto a adaptable, es flexible en cuanto a tolerante con los demás, quizás hasta sea generoso. Con la única persona que no es flexible es Uriel Quesada. Pero algo ha mejorado al respecto gracias a la edad.  Ha dejado de competir consigo mismo, de ser su peor enemigo—aunque el enemigo interno aparece con cierta frecuencia—, ha aprendido a dominar el miedo y cierto sentido de orfandad que le ha jugado muy malas pasadas. Por otra parte, decía que es inteligente, bastante listo de hecho. Tiene una capacidad analítica respetable, la cual le ha permitido sobrevivir momentos muy duros y, sobre todo, sobrevivirse a sí mismo. Quesada siempre fue muy excelente para las matemáticas. El sentido de rigor  y de estructura de las matemáticas le ha abierto las puertas a trabajos interesantes. Esos trabajos, sin embargo, han sido el lado opuesto de su sueño más persistente: la literatura. Por otra parte, el trabajo ha sido una forma de libertad y de realización. Libertad porque Quesada ha podido vivir independientemente desde muy joven; libertad porque Quesada tiene gustos pequeñoburgueses-clasemedieros como viajar, comprar muchos libros, el cine, la comida y el teatro. El trabajo ha sido un factor de realización también porque le ha permitido alcanzar resultados de corto plazo, muy concretos, y para Quesada eso es importante. A lo largo de su vida, ése al que le pasan las cosas ha trabajado como analista de tarifas telefónicas, copy en publicidad, asistente de producción audiovisual, analista de riesgo financiero, guionista cinematográfico en ciernes, profesor de español, director de un centro académico y, al momento de escribir este texto, vicedecano en una universidad jesuita.

uriel-quesada-dossier-entrevista-4-otrolunes36Pasa también que Quesada es escritor. Ha sabido de su destino literario—otra vez emulando a Borges—desde antes de escribir sus primeras líneas. Lo que nadie sabe es que la vocación original de Quesada fue el cine, un arte que se le reveló en todo su esplendor a los seis años, cuando su hermano lo llevó por primera vez a ver una película. El cine fue desde siempre una pasión, y como tal una sucesión de ritos, desde guardar la moneda de la merienda para poder ir a la matiné dominical hasta recortar todo lo que saliera en los periódicos sobre películas, actores, etc. Ese material lo pegaba el niño en hojas de papel que luego acumulaba en folders de manila. ¡El cine era tan diferente a la televisión! Había que tener información de antemano (en Cartago, la ciudad donde Quesada vivía, los cines se anunciaban por volantes; esos volantes los distribuían por las calles cada lunes y contenían la programación de la semana, incluyendo el filme estelar de viernes, sábado y domingo, así como las calificaciones de la Oficina de Censura), negociar con los padres el permiso para salir, llegar temprano, escoger un buen asiento, y mirarlo todo: parejas de novios, familias (un concepto algo extraño para Quesada), personas que osaban comer y fumar mientras veían una película, los slides con avisos  del comercio local… El cine fue el espacio donde se afianzó el cariño de Quesada por su abuela Delfina. Con ella vio todo Cantinflas y cuanto filme religioso llegara a la provincia de Cartago.  Gracias a la beatería de la abuela, el niño pudo colarse a espectáculos no aptos para menores, incluyendo “Jesucristo Superestrella” y “El exorcista”. El cine fue espacio de amistad. Incluso fue el lugar donde Quesada tuvo su primera experiencia homosexual, a los quince años. En fin, benditos esos teatros de barrio ahora desaparecidos. Pero el cine, como trabajo, nunca fue una opción. Quesada no sabía cómo, no había quién lo guiara. Para peores el cine era algo que ocurría en otros lugares, en países que el niño, luego el joven, no conocía: México, Argentina, Estados Unidos, La Unión Soviética.  Entonces quedaba la literatura, los libros y las revistas en la biblioteca de su tío Oldemar, los libros que el tío y la abuela le regalaban. A sus dieciséis años, Quesada ya lo sabía. No conocía a ningún escritor, pero lo sabía. Escribió su primer libro a los diecisiete, lo envió a un concurso y perdió. Entró a estudiar medicina por complacer a la familia, y en la universidad se relacionó por primera vez con gente del gremio al tomar “Taller Literario” como actividad cultural obligatoria. Publicó su primer libro a los veintitrés, y el octavo saldrá a la venta cuando haya cumplido cincuenta y tres años.  Su obra se compone de cinco libros de cuento, dos novelas y un libro de historias de vida. Es muy probable que publique algunos títulos más, pues hay mucho por terminar, incluyendo un libro de ensayos sobre literatura del crimen en América Central.

 

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De Nuestra América, su literatura y sus mitos

La literatura latinoamericana actual, como se ha hecho evidente en los más recientes eventos literarios donde nuestras letras es centro del debate, está haciendo en los últimos 30 años una especie de ajuste de cuentas sobre la realidad nacional de cada país, algo que también, aunque a su modo, hizo el boom y el post-boom. ¿Qué sucede en ese sentido en la narrativa costarricense?

No estoy muy enterado de lo que ocurre en la actualidad en la literatura costarricense. Conozco la obra de algunos autores, pero no podría ofrecer un panorama de lo que ocurre en el país.  Sin embargo, algunas cosas he podido notar: 1) La influencia de las editoriales privadas  en la oferta literaria local y centroamericana, lo que representa un cambio con respecto a las prácticas de cuando yo empezaba a escribir, cuando la publicación se daba principalmente por editoriales públicas; 2) La emergencia (luego de un largo periodo sin mucha actividad) de la literatura de ciencia ficción y, de un modo novedoso, la literatura del crimen; 3) La relación escritor-lector, que tiene al menos dos componentes: el primero es una conexión cercana con el lector como necesidad para la venta del libro, conexión que se ve por ferias, giras y en menor medida por las tradicionales presentaciones de libros; el segundo componente es el internet, en especial la figura del escritor y sus seguidores vía Facebook y Twitter. 4) El fin del escritor como referencia moral y política, al menos en la forma que conoció mi generación; creo que un país como Costa Rica es un buen ejemplo del fin de la Ciudad Letrada de la que habló Ángel Rama.

 

En los últimos tiempos se estila hablar de la literatura de los márgenes, donde se incluyen, según la crítica, la escritura femenina, la literatura gay, e incluso la de etnias no solo raciales sino también lingüísticas, como es el caso del quechua, el guaraní… ¿Cómo crees que eso afecta, amplía o parcela eso que los académicos llaman “literatura nacional”?

uriel-quesada-dossier-entrevista-5-otrolunes36La idea literatura nacional solamente es un principio que permite iniciar una discusión. De hecho, hay literaturas nacionales que son marginales. Yo incluiría en ese grupo a todas las literaturas centroamericanas. Los márgenes se definen por la existencia de un poder, y en el caso de la literatura latinoamericana hay centros de poder bien definidos que deciden qué es válido y qué no lo es.

Ahora bien, la “literatura nacional” quizás ha cedido espacio a  “literaturas nacionales”  como elemento inclusivo, pero incluso ese término ligeramente modificado clama por una unidad que no existe.

 

¿A qué crees que se deba que sean escasos los autores centroamericanos que conocemos en “el territorio de la lengua”, mientras sí conocemos numerosos escritores de otros países latinoamericanos como Colombia, Argentina, México…?

Como dije antes, a los centros de poder cultural. En un tiempo fueron Barcelona, La Habana, Ciudad de México y Buenos Aires.  La Habana ha perdido brillo, Madrid tiene una importancia similar o quizás mayor que Barcelona, México y Buenos Aires aún tienen su propia estrella. Hay otros centros menos destacados, como Bogotá. Desde esos centros se identifica “lo conocido” muchas veces como equivalente de “lo consumible”.

Ahora bien, hay que tener cuidado porque “numerosos” es un término impreciso. Lo que se puede decir es que llegan a circular ciertos autores de ciertas nacionalidades específicas en círculos amplios de distribución del libro.

 

Otro fenómeno es que mientras alardeamos de vivir en la “era de la comunicación”, los escritores de un país y otro apenas nos conocemos, incluso aunque sólo, como sucede, estemos separados por un par de metros de frontera ¿Cuáles crees que son los mayores problemas que impiden que en cada uno de nuestros países conozcamos lo que se escribe en otras naciones del continente?

Creo tener una visión más optimista de lo que ocurre ahora, tanto en la información disponible como en la posibilidad de conseguir obras.  Creo también que las nuevas formas de comunicación han vuelto la actividad literaria más horizontal, más democrática. Hay cada vez menos “grandes nombres” de referencia, y podemos averiguar más sobre grupos o tendencias.  Me atrevería a pensar que los lectores son menos fieles a escritores específicos y se pueden dar el lujo de navegar de acuerdo a sus propios intereses o expectativas la producción  literaria de distintos orígenes y épocas.

Por otra parte, sería imposible conocer lo que se escribe en cada una de las naciones del continente. El conocimiento de la producción escritural siempre será incompleto y parcial.

 

En una entrevista que te hice en el 2008 me decías que te considerabas parte de escritores sobrevivientes: “Sobrevivimos al fin de las utopías,  a una promesa incumplida por la economía de mercado, a la década perdida,  al fracaso de la revolución  sandinista,  al desconcierto de una Costa Rica que se sume en la pesadumbre y la incredulidad”. Imagino que seis años después esa lista de debacles sobrevividos sea más larga. Pero tus palabras apuntan a una realidad curiosa: según las circunstancias socio-políticas actuales, tal parece que los escritores latinoamericanos seguiremos siendo abatidos por esa polaridad compromiso social– escritor casi como una condicionante de la existencia. Es como si la discusión entre Camus y Sartre sobre el papel del escritor, de la que ya muy pocos se acuerdan en la actualidad, siga siendo una constante vital para el caso del escritor y el intelectual en América Latina. ¿Cuál es tu posición ante este “dilema”?

uriel-quesada-dossier-entrevista-3-otrolunes36Llega un momento en el que hasta el sobreviviente tiene que superar esa condición y cambiar a otro estado. Si yo le hiciera una crítica al Uriel Quesada que te dio esa respuesta en el 2008 apuntaría a un defecto de entrada: su tendencia a la victimización. Cambiar significaría en el caso de Quesada mirar atrás en busca de sus propias responsabilidades en lo que lo “atormentaba” y, de un modo u otro, ponerse en paz con ello.  Muchos de nosotros somos personajes de nuestra época; no somos los protagonistas, sino los secundarios. Sí somos protagonistas de nuestra vida, y a veces nos cuesta asumirla. ¿Le pasaría eso al Quesada de 2008? Fíjate que al recordar esa época tendría un poquito de compasión, pues todavía Quesada arrastraba las consecuencias del Huracán Katrina (el desplazamiento, el extrañamiento, la incertidumbre) y por eso mismo se veía como un superviviente. Seis años después aquélla época se ha desdibujado más: Quesada ha tomado algunas decisiones, se ha puesto en paz con algunos fantasmas, ve el mundo con mayor distancia, con mayor desencanto, pero a la vez se ha puesto a trabajar más duro en algunos proyectos que lo resarcen de sus pérdidas y lo hacen sentirse bien; son proyectos que tiene un impacto (quizás mínimo) en su comunidad inmediata.

En fin, creo que el “dilema” se ha modificado bastante en mi pensamiento. Veo al escritor como un sujeto social, y como tal es partícipe de su realidad político-social. ¿Debe procurar intervenir e incluso modificar esa realidad? No necesariamente. Cualquier activismo  o propósito de intervenir se origina en algo más complejo que el mero hecho de ser escritor.

 

Sobre eso que José Martí llamó “nuestras tierras de América” flota hoy, cuando la mirada llega desde Europa y algunas otras latitudes, una  incómoda e idílica aureola que mezcla el exotismo, la falta de información y hasta las ilusiones políticas e ideológicas. Es una mirada que nunca permite entender la verdad y la realidad de nuestros países. ¿Qué descubrimientos has tenido en relación con la posibilidad de contraponer tu visión, costarricense, centroamericana y viajera a la vez, a esa mirada corruptora de nuestras realidades?

Yo creo que hay que asumir que esa mirada colonialista va a existir por mucho tiempo, aun cuando haya buena voluntad por parte de algunos sectores culturales y políticos.  Sin embargo, la sola presencia de personas como nosotros (vos como cubano en Alemania, yo como centroamericano en Estados Unidos) es un primer paso que desestabiliza esa visión. Por otra parte, quienes vivimos en otros espacios distintos a nuestro lugar de origen (y a sus espacios de conflicto, de poder, de amistad) inevitablemente entramos en una negociación que nos cambia. Martí quizás se sintió persona de paso, pero lo cierto es que su obra—en especial pienso en sus crónicas—es fundamentalmente americana. Martí fue un escritor Latino que escribió en español. Otros, como la cubana Loreta Janeta Velázquez, lo hicieron en inglés. Ambos escribieron obras que forman parte del imaginario americano. Muchos años después,  un autor mucho más modesto como Uriel Quesada, entra en un proceso similar, el de comunicarse en ambos idiomas, el de negociar procesos culturales en dos realidades, el de verse tentado por la mirada colonial mientras la rechaza.

 

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De su obra y otros ámbitos

Me gustaría comenzar con la idea de ubicar a los lectores en algunos aspectos de tu obra; es decir, qué dirías a una persona interesada en tus libros, para definir los sueños que tenías al escribirlos y, a la vez, intentar que lo compren. Comencemos: yo menciono el título de tus libros y tú intentas dar esa definición en no más de un párrafo por obra.

Ese día de los temblores: El inicio de todo viaje tiene sus encantos, y por ser un libro de un joven que sale a la vida a principios de los ochentas, “Ese día de los temblores” es una colección encantadora, muy fresca, llena de ilusiones. Hay en los cuentos de este libro un muchacho sorprendido por el mundo y sus posibilidades. De este volumen lea primero: “Te hemos traído el mar”.

El atardecer de los niños: Hace unos años presenté una nueva edición de este libro en un colegio universitario en Virginia. Una persona me hizo una pregunta difícil de responder: ¿cómo es posible que una persona tan afable escriba cuentos tan tristes? Todavía trato de responder esa pregunta sobre “El atardecer de los niños”,  cuentos que veo como una reflexión sobre lo fantástico en espacios donde usualmente se ha negado tal posibilidad. De este volumen lea primero: “El atardecer de los niños”

Larga vida al deseo: Es un libro-visagra, el principio de un después, donde los temas de los primeros dos libros entran en crisis, y donde el autor empieza a tomar otros riesgos estilísticos. La palabra “deseo” del título se puede entender desde muchos ángulos. El sexual, por supuesto, pero también el creativo y, sin duda alguna, el de volver a intentar una escritura que sea significativa.  De este volumen lea primero: “Soy una mosca”.

Si trina la canaria: Esta novela corta es, en el fondo, el relato de una crisis. En la narrativa encontramos una ciudad de San José sumida en la lluvia (es muy curioso cómo en una ciudad tropical los buenos días se diferencian de los malos por la intensidad de los aguaceros), una mendiga muda (la canaria del título) y un tipo que no para de hablar: Leandro Amador. En sus intentos de complacer al poder, Amador termina siendo portador de malas noticias; las suyas propias principalmente, aunque no lo sepa.

Lejos, tan lejos: Este es el libro del desencanto y del deseo, el producto de romper con el escritor que fui  hasta “Larga vida al deseo”.  Es el libro del desplazado y del asume su condición marginal. En este sentido, no hay libro más furioso ni más compasivo que “Lejos, tan lejos”.  De este volumen lea primero: “Salgo mañana, vuelvo ayer”.

El gato de sí mismo: Esta novela es un homenaje y una parodia. Homenaje a la gran tradición barroca latinoamericana, en especial cubana. Es mi libro lezamiano y mi libro areniano. Es también una parodia de presupuestos culturales, de las diferencias entre la alta cultura y la baja cultura.  Pero “El gato” es principalmente dos cosas: un alegato contra la intolerancia y una novela camp. Así las cosas, todo en ella es juego, referencia cultural y festejo. No se pierda el cuentecillo à la Marcel Lafuente Estefanía.

Viajero que huye: Es el libro transnacional, el libro de la negociación cultural, el de un narrador que se siente  cómodo en muchos espacios y con muchos registros narrativos. “Viajero” es ambicioso, y sus posibles imperfecciones vienen de ese propósito de abarcar distintas formas estilísticas y una variedad de temas, desde el trabajo del escritor hasta la sexualidad como fundamento de la identidad. De este volumen lea primero: “Escuchando al maestro”.

Queer Brown Voices: Homenaje y deuda, en “Queer Brown Voices” me convierto en un vehículo para que otros cuenten sus historias. Esas historias, sin embargo, no me son ajenas. Por el contrario, me representan y me interpelan.  Un libro en el que dos otras personas (Salvador Vidal-Ortiz y Letitia Gomez) y yo hemos puesto seis años de trabajo con el fin de dejar constancia del trabajo de los activistas LGBT Latinos en Estados Unidos y Puerto Rico. De este volumen lea primero: “Adela Vásquez: Finding Home in Transgender Activism in San Francisco”.

 

En tu obra, una y otra vez, acudes a temas que, para llamarlos con una de las etiquetas ad usum, son “universales”: ya se sabe, el amor, la muerte, la amistad, el miedo… Se dice que lo que ha hecho la literatura desde que existe es retornar, una y otra vez, a los griegos; que en los griegos está todo lo escrito o por escribir, y que el reto verdadero del escritor es comunicar sus propios alaridos, sus notas más personales sobre esos asuntos universales. ¿Cuáles alaridos, cuáles notas intenta dejarnos el Uriel Quesada escritor en su obra?

uriel-quesada-dossier-entrevista-1-otrolunes36Las notas han cambiado conforme la vida ha avanzado, aunque he de admitir que algunas persisten.  No me preocupan tanto los temas de identidad como un asunto meramente personal (ser gay, se Latino en los Estados Unidos, ser inmigrante) sino más bien como un asunto político;  me siguen motivando los misterios de la mente (el funcionamiento de la mente, la inteligencia) y el conocimiento; creo en la solidaridad y en la fragilidad de los seres humanos. Me preocupa la injusticia, pero no me veo a mí mismo como justiciero. Mi corazón está en la literatura, pero ella y yo tenemos una relación difícil, pues la mayoría de la veces la literatura es un viaje inútil.

 

Llama la atención en toda tu obra un trabajo muy preciso con el lenguaje, con la precisión de la idea, en medio de un ámbito donde ya es obvio que se ha perdido el respeto por la lengua como instrumento de comunicación literaria. Entonces, para ti como narrador, ¿qué es el idioma?, ¿cárcel o libertad?

El idioma lo es todo. Uno no puede concebir una obra literaria sin un trabajo consciente, obsesivo si se quiere, del idioma.

 

Al mirar tu obra es fácil constatar tu preferencia por el cuento. Y como todos tenemos una definición muy personal de los dos grandes géneros de la narrativa: el cuento y la novela, me atrevo a lanzarte el reto de que, como ya lo han hecho otros escritores, respondas: ¿qué caracteriza para ti a un buen cuento?, ¿cuándo crees firmemente que estás delante de una gran novela?

Tanto en el cuento como en la novela, yo le doy prioridad al placer de la experiencia de leer. En realidad, comparar la novela con el cuento es como comparar papas y naranjas, pero si algo tienen en común las papas y las naranjas es su función dentro de un rito y una necesidad.

Se ha definido tanto el cuento, que cualquier cosa que yo diga resultará igualmente arbitraria. En mi experiencia como cuentista, sin embargo, hay algo que siempre tengo presente: lo que estoy escribiendo ha de ser breve. La brevedad es caprichosa y culturalmente específica, así que cuando se piensa en cuento se piensa también en una cultura.  El cuento me ha servido como medio de exploración lingüística y estilística; me ha permitido dilucidar cuestiones importantes y sentirme pleno como artista. Cuando leo busco algo similar: una experiencia completa dentro de una estructura que apunta  a la brevedad.

Con la novela tengo una relación un tanto distante, pues es difícil encontrar un texto que pueda sostener una tensión narrativa por un número importante de páginas. En mis lecturas recientes me fijo más en la arquitectura, en las trampas que pone el escritor, en los pequeños relatos dentro del marco general del libro. Me parece que he perdido la ingenuidad como lector, y mis lecturas se han convertido en una búsqueda. Por otra parte, como crítico, mi idea de “bueno” o “malo” ha dejado de ser normativa. Muchas veces un texto me interesa por su relación con un tema o un problema que deseo discutir.

 

También quienes seguimos de cerca tu carrera sabemos que eres uno de esos escritores que se desdoblan lo suficiente como para trabajar en el mundo de los blogs y recordarles a ciertos personajes de internet que un post también puede ser buena literatura, que no tiene por qué ser esa amalgama de tonterías, superficialidades y mala escritura que se ha impuesto en miles de espacios virtuales. ¿Qué posibilidades le ofrece al cuentista, al narrador que eres este nuevo universo? ¿Hay conflicto entre ambos espacios, se complementan, son incompatibles…?

uriel-quesada-dossier-entrevista-9-otrolunes36He de admitir que mi carrera en el mundo de los blogs ha sido breve, y que prefiero los textos aún más breves de Facebook. En esa búsqueda de maximizar el contenido utilizando lo mínimo quizás debería ser más devoto de Twitter, pero no me es posible estar en tantos mundos a la vez.  Me siento cómodo en los formatos como el de “Otrolunes”, donde tengo la libertad de desarrollar una idea sin mínimos ni máximos. Ahora bien, me parece que las nuevas tecnologías han cambiado radicalmente la relación autor-lector.  Por una parte, quienes te leen esperan tener un acceso casi directo a vos; por otra,  se empiezan a confundir el escritor-persona con el escritor-figura pública.  A pesar de ser muy activo en las redes sociales, yo siempre trato de proteger mi privacidad. Me parece importante compartir notas interesantes que te encontrás por ahí; o esos chistes que te han hecho reír. Sin embargo, mi ámbito personal no lo quiero al alcance de la mirada pública. Algunas personas que conozco han llegado al colmo de convertirse en personajes de sí mismos. Me parece algo patético cuando nuestra obligación como escritores es escribir, no mirarnos el obligo y pensar que eso le interesa al resto del mundo.

 

El contrapunteo entre historia y modernidad, tradición y presente, memoria y olvido, como material novelado o telón de fondo que se abalanzan o gravitan sobre los protagonistas de la obra, es algo visible también en buena parte de tus cuentos. Sin embargo, hoy es común escuchar que la modernidad está deformando la Historia (la que se escribe así, con inicial mayúscula) por simple mercantilismo, que ciertos ámbitos del presente obligan a no sentir el respeto de antes por asuntos tan esenciales como la memoria familiar, de un país, de una época. ¿Desde qué perspectivas asumes tú la escritura de tu obra para evitar caer en esa negación de lo que somos, de lo que fuimos, al olvidar nuestras raíces, nuestra memoria?

Yo vengo de un área donde el olvido y la memoria son fuentes de conflicto. Centroamérica es una región donde reina la impunidad—basta pensar en los crímenes de guerra o en la negación del genocidio contra los indígenas—y donde a la vez la norma del mercado de la constante novedad trata de imponer su lógica. Los centroamericanos estamos constantemente frente a manifestaciones de memoria y de olvido. Curiosamente, hay autores que se manifiestan a favor de “dejar atrás” lo que ha marcado a la región, mientras otros continúan un trabajo obsesivo de revisión histórica. Hay sociedades que se consideran marginales en cuanto a los conflictos, y que alegan una singularidad que los distingue y los aísla, pero que a la vez deja paso a una maquinaria capitalista que va acentuando las desigualdades. A mí me gusta sentirme en las intersecciones de esos conflictos, en la lucha entre cerrar las heridas y la actitud de seguir adelante. La justicia no ha sido debidamente servida en América Central, ni el trauma ha sido abordado.  Hoy en día la diáspora centroamericana sigue (aunque haya sectores que la niegan), y las personas de la región nos mantenemos negociando con nuestros fantasmas.

 

Esta pregunta será la presentación de la siguiente y, aunque tal vez muy personal, la creo totalmente necesario: ¿te atreverías a resumir en breves párrafos qué te hizo salir de Costa Rica y qué motivos o fuerzas te empujaron a este largo periplo por diversas ciudades que hasta hoy ha sido tu vida de emigrante?

uriel-quesada-dossier-entrevista-10-otrolunes36Yo salí de Costa Rica porque estaba harto. Primero que todo estaba harto de mí mismo. Necesitaba ponerme en paz conmigo mismo en varios ámbitos: mi orientación sexual, las realidades de mi vocación de escritor, el fracaso de ciertos proyectos de trabajo que se convirtieron en compromisos vitales.  A mediados de los noventa Costa Rica vivía los procesos de modernización del estado. Esos procesos (generosamente financiados por el gobierno americano) pusieron a muchísima gente valiosa en la calle, y fueron el fin de muchas certezas.  Yo pasé unos tres años con trabajos muy malos; además llevaba tiempo tratando de “curarme” la homosexualidad—por alguna razón siempre encontré profesionales homofóbicos que se empeñaron en hacer peor la situación—y mi depresión crónica también había empeorado.  En 1994 hice mi primer intento de suicido, y fue así como decidí que debía hacer algo radical. Mi plan inicial era irme a España a tratar de abrirme paso como escritor, pero no conocía a nadie ni se me ocurría por dónde empezar. En 1996, gracias a mi amigo Martín Sancho, se me presentó la oportunidad de estudiar una maestría en literatura en New Mexico State University. Tomé mis ahorros, dejé prácticamente todo lo demás y me fui a probar suerte. El plazo inicial era dos años,  pero una vez terminada la maestría me di cuenta que no era el momento de volver. Ahora han pasado 18 años y creo que podría regresar a vivir en Costa Rica. No es posible, sin embargo, pero las razones son muy concretas—trabajo, jubilación.

 

La experiencia del desarraigo de una tierra, la ruptura de muchas esencias persigue al emigrado, pero la experiencia de la emigración puede ser muchas veces también enriquecimiento, crecimiento, salto vital. ¿Qué le debe el escritor que eres a ese Uriel Quesada que tantas vueltas ha dado por este mundo?

La emigración ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Soy la persona que soy gracias a las muchas experiencias que mi trashumar me ha dado. Solamente para ponerte un ejemplo: No estaría contestando estas preguntas para “Otrolunes” si no hubiera sido por la decisión de marcharme y volver a empezar.  Mis dos años en Nuevo México (1997-1999) me enseñaron a mirar más allá de mis narices y a negociar; esas negociaciones culturales no son tan conscientes cuando uno vive en su patio, rodeado por lo que presume es cierto, válido y correcto.  Pues cuando llegué a Nuevo México conocí a un maravilloso grupo de cubanos. Muchos de ellos habían llegado a Estados Unidos a hacer una maestría bajo el generoso patrocinio del poeta Jesús Barquet. Mi relación con gente maravillosa como Morbila Fernández o Eduardo Colom me cambió la vida. Aprendí mucho de ellos—ellos también aprendieron algunas cosas de mí—incluyendo una forma distinta de pensar los sucesos en Cuba, las múltiples formas de la experiencia diaspórica y lo significa ser de un país del trópico (tan verde, tan exuberante) cuando se vive en el desierto (tan de tonos marrón, tan austero). Por la “cubanofilia”  de Nuevo México llegué a estudiar la literatura del crimen que se producía en la Isla, y de ahí a obtener una beca en el año 2000.  Si mal no recuerdo, Amir, tú y yo nos conocíamos ya por Internet, pero fueron esas circunstancias de viaje las que me permitieron conocerte en persona. Y aquí estamos, muchos años después, siguiendo la conversación.

 

Finalmente, pregunta socorrida, pero siempre necesaria: ¿qué escribes actualmente?

Queer Brown Voices sale en agosto, con lo cual cierro un proyecto de seis años.  Al terminar ese libro empecé a revisar mis materiales de este último periodo y encuentro suficiente para terminar uno o dos libros de cuentos. También tengo una novela por la mitad y un nunca acabado libro de crítica sobre el policiaco centroamericano.

Manuscrito terminado de "Queer Brown Voices", de Uriel Quesada.

Manuscrito terminado de “Queer Brown Voices”, de Uriel Quesada.