"Me encontré con estos menesteres un buen día, andando por la vida"

Conversación con Luis Felipe Ruano

Dossier
Por Amir Valle

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Luis Felipe Ruano? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Luis Felipe Ruano, el ser humano y Luis Felipe Ruano, el artista, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Yo no existo desde el arte. Me encontré con estos menesteres un buen día, andando por la vida. En verdad, no sé de dónde vengo, y ni siquiera sé si existo de veras, pues, si hacemos caso de ciertos postulados de la física actual, algunos, a mi parecer, excesivos, nuestra existencia “real” puede ponerse en duda, y entonces, tal y como hace más de dos siglos nos advirtiera el gran George Berkeley, la realidad no sería más que un espejismo, si se quiere, el resultado de nuestro pensamiento, o tal vez, ni siquiera eso, sino del pensamiento de otro que nos piensa.

Sabemos que semejante declaración puede parecer una enormidad, y tales aceptaciones, incluso, repugnantes, y es casi seguro que lo sea…, ¿pero cómo saberlo?

De manera que, intentando responder humildemente, pero con toda la decisión de que soy capaz, a estas y otras preguntas, fue que me convertí en artista, en escritor, y para algunos, menos predispuestos a la contemplación pasiva, en un iluminado.

Entonces, alucinado, o más exactamente, entontecido con todas estas interrogantes, por los tiempos que llamamos adolescencia, me tropecé de súbito con una mujer, y esa realidad posible, que anhelamos sea, se clarificó.

 

Existir desde el arte

Quien observa tu trayectoria artística se encontrará, sin dudas, con un sello de identidad: ese contrapunteo entre la desnudez del cuerpo (generalmente la voluptuosidad del cuerpo femenino) y el entorno social en busca de una interpretación de la existencia humana y de sus «marcas» en eso que llamamos «cubanía». Si tuvieras que definir «tu sello», ¿qué dirías?

Hay un sello en todo lo que hacemos, pero no estoy seguro que lo estampemos nosotros.

Rara vez, por no decir, nunca, oigo a un francés, a un inglés, a un noruego, a un italiano, a un egipcio, a un tunecino, hablar de la necesidad, de la urgente necesidad de sacar a flote los valores nacionales. Algunos lo hacen, ciertamente, pero en nosotros es una constante. Y me pregunto: ¿Qué nos falta, qué creemos que nos falta, qué tememos que nos falte, qué estamos a punto de perder, o hemos perdido para siempre, que andamos tan apurados?… ¿acaso no fueron suficientes los esfuerzos de nuestro Padre Varela, de nuestro Antonio Maceo, de nuestro José Martí, de nuestro Julián del Casal, de nuestro José Lezama, de nuestro Víctor Manuel, de nuestro René Portocarrero, para convencernos de que tenemos Patria?

Pues habrá quien diga que no. Habrá aquel que de una u otra manera participe de algunas de estas dudas, o de todas a la vez, y lo peor… quizás tenga razón.

 

Cuba, país pequeñísimo pero de grandes artistas de la plástica, posee el privilegio de tener una de las grandes escuelas de esa especialidad: la Academia San Alejandro de Bellas Artes y una pléyade de grandes maestros en todos los estilos «clásicos». Es obvio que esa «herencia» marca, pero ¿qué en particular le aportó eso al estilo de Luis Felipe Ruano?

Mi padre me colocó en la escuela de San Alejandro, en ciertos cursos que daban para niños, y allí pasé algunos años, no demasiados, porque las luces de entonces ya no encandilaban los ojos, como hubiera yo querido, y hoy, aunque duele aceptarlo, casi se han apagado.

Entonces, en mi caso, que me lo creo todo, que me siento robado, echo un vistazo a mi entorno, (a mi sello, a mi claustro), y me lo represento, así, primero para mí, alejado de toda escuela, de toda confesión, pero lleno de marcas, estigmas, y si alguien se siente identificado con mi discurso, no diré que me sentiría satisfecho, porque después de todo podría estar equivocado, pero sí que me sentiría de alguna manera en gracia, una triste gracia, al constatar que no soy el único mal-viviente alucinado en esta isla de sueños.

 

Por otro lado, si Cuba es una isla de poetas, lo es también de pintores. Muchísimos de altísima calidad, pero también muchos que se han plegado a las exigencias del mercado. ¿Cómo lleva Luis Felipe Ruano ese reto de no caer en esos extremos y mantenerse en ese estilo que cualquiera podría confundir con «comercial»?

No pinto ni escribo para comer. Pero al menos la pintura me da para comer. Para poco más. Mientras no se revuelvan las tornas, (y en mi espacio se la pasan revueltas) me alcanza para comer.

Alfred Sisley, Modigliani, Van Gogh, Gauguin, y tantos otros, habrían dado la mitad de sí porque su arte les diera para comer. Otros, no menos grandes (Giacometti, Mondrian… para no mencionar a Pollock, a Warhol), se la pasaron haciendo trabajos comerciales para sobrevivir, e incluso, bien-vivir. Por lo que concluimos que esto de la comercialización del arte es un asunto más complejo de lo que parece.

Conozco a artistas cubanos y extranjeros de fama, que no hacen otra cosa que lo que saben les da resultado comercial. Y de esta suerte se repiten sin término, y aunque algunos se lo puedan echar en cara, la dinámica no desfallece, y el comercio pervive.

El arte contemporáneo, de hecho, es un arte eminentemente comercial. Todo a tú alrededor te exige la comercialización. De manera que, si lo que haces poniendo todo tu corazón, toda tu alma, como en mi caso, a los demás no les parece comercio, puedes considerarte pagado.

 

Otras culturas

Voy a hacerte una pregunta indiscreta: pintando mujeres en un país que se enorgullece del «mejor invento español: la mulata», llama la atención que tus cuadros muestren casi exclusivamente (al menos en los que pueden rastrearse en internet) mujeres blancas. ¿Algo que decir sobre eso?

No sólo pinto mujeres blancas, negras, y mestizas. Si se observa se verá que también las pinto ocres, verdes, y moradas…, porque me seducen todas. Cuando digo: mujer, se me aparecen todas. Mi sueño, sin embargo, es un ser, que puede resultar sensual, e incluso místico (si estoy de buenas), una figurilla semejante a la imagen de lo que pudiera ser una Nefertiti, una Inanna, una Afrodita… Panchita mi vecina, o Dolores, mi compañera, y modelo habitual, que en transparencia se me presenten, y logre yo, en gracia, atrapar su imagen.

 

Centrándonos en ese tema: el desnudo, todas tus protagonistas, sin distinción, tienen el rostro y parte del cuerpo resaltados por una luminosidad que contrasta más por el hecho de que el escenario en el cual se encuentran suele jugar con pinceladas más oscuras, figuras más confusas o que forman parte de una multitud, e incluso en aquellos cuadros donde ese fondo asume más el profuso colorido que supuestamente caracteriza lo caribeño, lo tropical, esas mujeres se notan «resaltadas». ¿Por qué el desnudo de mujer?, ¿Por qué ese protagonismo?  

La mujer es mi sueño, como lo fue de Rafael, de Rubens, de Rembrandt, de Ingres, de Picasso. Oh, pobre de mí, que no debiera siquiera mencionar a estos grandes, cuando hablo de mis humildes compañeras. Pero sucede que mi sueño, sueño al fin, se remonta a un tiempo virgen, un tiempo de iluminaciones. No conocíamos entonces el concepto pecado… Hoy vivimos las sombras, y hacia donde quiera que nos volvamos, allí estarán, porque surgen desde el fondo, para recordarnos que nuestra virginal inocencia ya no es, pues hemos sido mordidos, y nos devora la serpiente.

 

Cuba, sin dudas, sus símbolos, sus íconos, y La Habana, aparecen en toda tu obra. Eso me hace pensar en hasta qué punto la territorialidad, tu vida en los barrios que conforman el corazón de La Habana, ha entrado en tu obra como otro mensaje. ¿Cuál sería ese mensaje?  

Nací en la Habana, y aquí he vivido toda mi vida, por lo que me he concentrado en ella, y su circunstancia, en el quimérico anhelo de revelarla, aunque sea sólo para mí. No tengo familia alguna en otra parte del país, y por tanto, apenas me he movido fuera de la capital, a no ser en casos de fuerza mayor, como pudiera suponer una Escuela al campo, o cosa semejante, en la que me he visto obligado a arrancar yerbas por cuarenta y cinco días, con sus noches, para quedar bien con el meollo, y pasar de grado sin susto.

Tampoco puedo decir que conozco bien mi país. A decir verdad, no lo conozco, pues en mi documentación personal se especifica que soy cubano, y aunque nada se dice de monedas, las mías no brillan como otras, y por tanto, me he perdido todos los extraordinarios amaneceres del Valle de Viñales, el paisaje de sinuosas colinas de la Sierra de los Órganos, las apacibles, extensivas, planicies del Camagüey, los Jardines de la Reyna, las haciendas del Rey, o el placer, según me cuentan, infinito, de disfrutar las fluidas y cálidas aguas del río San Juan, que tan bien evocara en sus obras nuestro Esteban Chartrand, tal vez para siempre.

 

Como otras manifestaciones de la cultura, las circunstancias históricas han dividido el universo de las artes plásticas cubanas ¿Qué crees de ese criterio impuesto por la política nacional que divide la cultura cubana en dos orillas?

Se dividen las artes y las letras, como se divide todo lo demás. Si de pegar un machetazo se trata, todo queda dividido. Es un estigma. En el periodo que va de 1913 a 1917, se publicaron en Rusia más novelas, más poesía, más filosofía, que en toda la Europa de entonces. A Nietzsche, por ejemplo, se le hicieron en ese período innumerables ediciones, cinco de ellas, registradas, de sus obras completas. Luego, por más de setenta años, no se le publicó más.

Lenin apretujó sobre la cubierta de un barco a toda la intelectualidad de entonces considerada “peligrosa”, y la expulsó de Rusia, poniéndosela en bandeja de plata a occidente, que la recibió con los brazos abiertos. De esos escritores y artistas el pueblo ruso no supo más.

Freud fue mística, y durante un buen tiempo la teoría de la relatividad de Einstein pasó como uno más de los oscurantismos burgueses. Walter Benjamin, que se reconoció comunista, jamás fue publicado oficialmente en la Rusia de entonces. Adorno y Horkheimer, ambos de izquierda, publicaron cosas que pudieron resultar del agrado de la élite… pero en Rusia no se les publicó. Las mejores, que digo mejores, las más extraordinarias novelas rusas del siglo: Doctor Zhivago y El maestro y Margarita, de Pasternak y Bulgákov respectivamente, fueron conocidas, más o menos completas, y hasta los tiempos de Gorbachov, sólo en virtud del Samizdat. A Pasternak se le presionó para que rechazara el mayor premio que ofrecen los humanos a sus escritores, y a Mayakovski, el gran poeta de la revolución, se le obligó a pegarse un balazo en la cabeza.

Semejantes procederes eran considerados como una suerte de fortuna. La definición que daban entonces los diccionarios y textos en general sobre el movimiento futurista ruso, sobre el fovismo, sobre el cubismo, sobre el surrealismo francés e internacional, y la definición en general que daban del mundo, hoy nos causaría risa, si todavía no se utilizaran esos textos vetustos en nuestras universidades cubanas. ¿Una fortuna?… Si, una fortuna, una rara fortuna. Nosotros somos sus últimos herederos.

 

La mirada más propia

Eres poeta y la poesía, se dice, es el más enriquecedoramente contaminador de los géneros literarios. ¿Crees que esa contaminación se ha producido en tu obra?

Yo no podría definir mi poesía, o mi arte en general, porque no tengo conciencia clara de lo hago. No voy a decir aquí que me arrojo sobre el papel, o blando mis pinceles por mandato divino. De que en lo que hago se infiere que mi realidad inmediata manda, es una evidencia. Entonces, sospecho que la poesía y el poeta, que para mí son dos cosas distintas, han sido destinadas para esa, no diría yo contaminación, más bien, revelación. Porque es eso lo que se hace, o al menos se intenta hacer: Revelar esa realidad que algunos nos quieren hurtar, y no sólo los físicos, porque no podamos presentarnos como su profeta.

Como poesía y pintura se me presentan como una misma cosa, me deslizo con reposada naturalidad (y felicidad) de un extremo al otro, sin reparar demasiado en el cambio, porque, me atrevo a decir, en mi caso ese cambio no lo es tanto, y si resulta que por fuerza debemos contaminarnos, daremos gracias al cielo porque esa contaminación vaya henchida de toda la humanidad que nos falta, y que por una vez traiga al hombre el sosiego que se merece.

 

Entramos entonces en ese difícil entorno que es «vivir del arte»: intentar comercializar la obra, algo necesario y más en un país donde existen ciertos monopolios en ese ámbito de la comercialización cultural. ¿Cuáles consideras que han sido, en este aspecto, tus retos mayores y, por extensión quizás, los de otros artistas cubanos en la isla?

El comercio en Cuba es una herejía. Siempre lo ha sido (para los de abajo). Las liberalizaciones de primera y de última hora han sido posibles por el empuje de los tiempos. Y aunque algunos no se han enterado todavía de que la URSS no existe, que su gente la tumbó, que la Academia de Ciencias de la URSS se borró, que el KGB ya no existe, que la Stasi ya no existe desde hace más de treinta años, nos queda la consabida herencia. Y el espíritu restrictivo, totalitario, de todo eso, no abandona la psiquis de nuestro jurásico particular.

Atendiendo a lo anterior, no podemos imaginarnos siquiera cómo haremos las cosas hoy, y menos aún, cómo las haremos mañana, y ni siquiera sabemos si habrá un mañana, porque todo eso depende del buen humor de aquel, o aquellos que dan las órdenes, y éstas, como se sabe, son inapelables. Lo cierto es que padecemos un imperativo de sobrevivencia extensivo, como no debiera verse en este mundo… ¡y que Dios ponga su mano sobre nosotros!

 

Todo artista siente que hay momentos de definición en su vida profesional: ¿cuál o cuáles crees que hayan sido esos momentos en tu vida, esos en los que (si miras atrás) descubres que has dado un salto de calidad en tu madurez como artista?

La necesidad me ha dado la diferencia. No sé si considerarla un don, o no, pero como necesidades no me faltan, las diferencias me cuecen. Ellas de alguna manera me han empujado, y me empujan adelante.

Debo anotar que no ha habido grandes momentos en mi carrera. Para ser sincero, he llegado al punto en que me encuentro sin apenas darme cuenta. Tampoco puedo saber si a partir de entonces me mostraré progresivo, o no, porque, como dije antes, y me avergüenza reconocerlo, no tengo plena conciencia de lo que hago, y aún sospecho que no quisiera tenerla.

Pinto y escribo desde niño, y como jamás he hecho otra cosa en mi vida que pintar y escribir, imagino que esto es mi existencia.

Como ya se habrá notado, las certezas me faltan, pero de lo que si estoy convencido, es de mi lucha, y de que esta vida no puede, ni debe ser, como pensara Voltaire, una broma pesada.

 

Finalmente, ¿en qué proyectos andas ahora mismo y cuáles tienes ya en mente de cara al futuro?

Me encantaría tener proyectos presentes, pero no tengo ninguno. Mis proyectos futuros, sin embargo, son utopía. Por eso los amo.