George Eliot y su dulce acento

Sobre La oscuridad radiante. Antología poética, de George Eliot

Delia de Amore

La oscuridad radiante. Antología poética
George Eliot
Edición bilingüe. Edición y traducción de Juan Pedro Martín Villareal
Torremozas. Madrid, 2018

 

El próximo otoño se cumplirán doscientos años del nacimiento de George Eliot, pseudónimo de la escritora británica Mary Ann Evans. No fue la primera ni la última de aquellas mujeres del siglo XIX que utilizaron un sobrenombre masculino para hacer que su literatura trascendiera de forma real y justa. Y a fe que Eliot lo consiguió, sobre todo al hilo de sus novelas, muchas de ellas refrendadas con éxito por la crítica y el público.

De 1858 data la primera Escenas de la vida parroquial. A ésta, siguieron otros seis títulos, si bien desde su segunda entrega –El molino de Floss (1860)- se tuvo conocimiento de quien se escondía tras ese misterioso alias. A pesar del revuelo que supuso tal descubrimiento, el convencimiento y el empeño literarios de George Eliot sostuvieron su noble tarea.

Sin embargo, fue la poesía su género más fiel. Eclipsada, en ocasiones, por el eco de su prosa y, en otras, silenciada por una supuesta falta de calidad, sus versos se han mantenido durante estos dos siglos en un estrato inferior. Ahora, con la reciente edición de La oscuridad radiante, el lector puede acercarse al universo versal de la autora británica.

La edición y traducción han corrido a cargo de Juan Pedro Martín Villareal. En ella, afirma que “la lectura de su obra poética se hace necesaria no sólo para deshacerse de los viejos prejuicios que hasta hoy la han acompañado, sino también para alcanzar a comprender mejor a esta ambivalente mujer (…) hecha a sí misma en continuo debate con su identidad”.

Ordenados de manera cronológica, Martín Villareal ha dividido el volumen en dos secciones: “Poemas de juventud” y “Poemas de madurez”, al margen de un apéndice con manuscritos.

Después de leer y releer a esta poetisa rebelde y multiforme, queda un regusto de nostalgia, de sobriedad, de pureza. Si su prosa parece alinearse desde una participación colectiva, donde lo ontológico alcanza la categoría de universal, su lírica persevera en reafirmar su voluntad más sentimental. La memoria se fragmenta, se humaniza como vehículo para contrarrestar los contratiempos. Y así, van creciendo y creciéndose unos textos que son, en suma, restos de una vida, huellas irremplazables de un existencia, sabia y, porque no, espontánea.

De su amor por su hermano Isaac, del que tuvo que separarse muy niña, se recogen en esta compilación once sonetos. Son, sin duda alguna, uno de los más hermosos cantos fraternales que hayan quedado en la historia de las letras. En ellos, además, pueden apreciarse las virtudes mejores de Eliot: dicción fluida, contenida emoción, precisa musicalidad y una extrema sensibilidad que sume su verso en un ámbito inherente : “La escuela nos separó, jamás nos volvimos a encontrar./ Aquel mundo infantil donde nuestras almas se mezclaban/ como los aromas de varias rosas/ que convertidas en una sola dulzura, no pueden ser separadas más (…) Aún el hábito gemelo de aquel temprano tiempo/ merodeó entre el corazón y la lengua: habíamos nacido en una feliz atmósfera/ y su dulce acento aún se agarraba a nuestras palabras (…) Pero si hubiera otro mundo infantil para mí/ volvería a ser allí la hermana pequeña”.

George Eliot murió el 22 de diciembre de 1880. Un siglo después, y en el  Poet’s Corner de la londinense abadía de Westminster, se inauguró una lápida en su honor donde puede leerse: “La primera condición de la bondad humana es algo para amar; la segunda, algo para reverenciar”.