El desgarro
Jorge Villalobos
XXXIII Premio de `Poesía Hiperión´
Hiperión. Madrid, 2018
Es, a veces, la memoria una casa por habitar. Y, otras, un hogar donde las remembranzas ya no son sino humo, ceniza pretérita. Al traspasar el umbral de El desgarro -el poemario de Jorge Villalobos (1995) que se alzó con el premio de poesía Hiperión la pasada primavera-, el lector puede sentir cómo los recuerdos del yo apresan, asaltan, desnudan y reconcilian su espíritu. Y también su corazón, herido y doliente tras conocer el duelo extremo, y reconocerse en él hasta la extenuación.
Porque en las estancias de este humano refugio hay una pasado que batalla por hacerse palpable, común: “Al otro lado de esta puerta está la puerta que yo soy cuando era uno de abril de dos mil cuatro, viernes, ocho años, uniforme azul, la mochila, las notas bajo el brazo, volvía feliz del colegio a esta misma puerta, mi madre tiene cáncer, volvía feliz, sobresalientes, una carta del profesor felicitando mi progreso, mi madre se moría, era yo un uno de abril…”, escribe Jorge Villalobos en “Deshabitado”, y que sirve de coda al libro.
Pero ese “desgarro”, que a lo largo de estas páginas se convierte en plural desconsuelo, quiere ser también un desahogo, un grito por tornar lo ya sufrido en renovado porvenir. Para el poeta cordobés el presente no debe ser niebla, ni árida vivencia, sino esperanza que despliegue alas, que aliente su vuelo, que satisfaga cuanto resulte verosímil y visible: “Es hora de irme, cerrar las puertas. Mudaré de memoria. Al aire libre, tendré las ventanas abiertas ondeando las cortinas, no estas con roturas, no, serán otras nuevas. Nuevas las fotografías, los muebles…”
El pórtico del poemario lleva una cita de Javier Fernández que reza: “Necesito contar todo esto, quiero hablar de ello. Y no me sirve otro lenguaje. Tiene que ser directo, seco”. Dos años atrás, el también autor cordobés obtuvo con su libro Canal el premio Ricardo Molina En él, contaba la historia de su hermano Miguel, que murió ahogado poco antes de cumplir seis años, y él, a quien estaba muy unido, tenía sólo tres. Y para relatar su dolor, se valía, de pequeños párrafos, plenos de humano lirismo. Del mismo formato se ha querido valer Jorge Villalobos para trazar su historia vital. Y lo ha hecho con la sabiduría de quien no cae en patetismos, ni dramática melancolía. Su prosa poética se abrocha con elegancia para referir la citada enfermedad materna, junto con el Alzheimer de su abuelo y de su padre y el fallecimiento de una tía. Pero además, con el calvario de padecer a los trece años el síndrome de Guillan Barré, que no sólo truncó su carrera de nadador sino que lo tuvo muy cerca de la muerte.
A medida que se avanza en la lectura de este volumen, puede apreciarse como el tiempo se vuelve canto y reflexión, transfiguración del ser y de su conciencia. En cierta manera, Jorge Villalobos se interroga sobre si habrá tiempo y espacio, aún, para ampararse en el hecho de haber vivido. Al cabo, se siente contrario a alcanzar cierta indulgencia de manera apresurada y, por eso, su decir no trata tan sólo de recuperar y explicar el ayer, sino de discernirlo, de tutelar su temporalidad y establecer una verosímil sincronía con su interior: “En cada lo siento mendigo un poco de inocencia. Desorientado por lo que pude hacer, vuelvo siendo otro tras el arrepentimiento. El perdón guarda una calle hacia nosotros, aunque el hogar no sea el mismo, ni estas manos que conocieron la vida. Pero nada se pierde para siempre. Este dolor no olvida los ojos que lo lloraron”.
En 2014, Villalobos había editado su primer poemario Mi voz, que te reclama, galardonado con el Premio Cero de Poesía Joven. Un año después, recibió el Premio de Poesía de la Universidad de Málaga, y éste ha recibido el Ópera Prima de los premios Andalucía de la Crítica por La ceniza de tu nombre.
Ahora, con El desgarro, se reafirma, pues, en una voz personal y solidaria, en un manera de entender la materia lírica que porfía con la multiplicidad de los espacios que giran en su derredor y que se reinterpreta desde el pasado como liberación y condena. El escritor andaluz ha sabido explicarse e iluminar las sombras que generan las edades. Y qué mejor que haberlo hecho desde la poesía, eterna respuesta al eterno preguntarse sobre la existencia de las cosas. Y del ser humano: “Nada desaparece para siempre, resiste en algún sitio, alguna fotografía, algún colgante o carta de despedida, cualquier cosa como una puerta entornada de regreso (…) Nada en esta vida muere por completo, permanece en algún lugar de nosotros. Aún somos su último aliento”.