Eros sagrado: genealogía de Una sola carne
El tiempo de Amar precede al tiempo de hablar.
Alfredo Pérez Alencart
El amor verdadero recorre la historia de la espiritualidad de oriente a occidente, indisolublemente unidos el erotismo y la dimensión trascendente. Ese amor, cuya clave mayor “consiste precisamente en la transformación del apetito de posesión en entrega” (PAZ, 1994, p, 117), no circunscrito a geografías históricas o culturas específicas, resulta una constante en los grandes metarrelatos –cristiano, judío, islámico–, así como en el polifacético budismo. Caudal inagotable, está presente en las artes, filosofía, teología, antropología, mitología. Religión, metafísica y mística se adentran en el orden de lo erótico sagrado. La poesía interpreta el tema del amor verdadero con riquísimas variaciones: forma de conocimiento, invocación de lo indecible, misterio fundador, deslumbrante simbiosis de espiritualidad y carnalidad. Los amantes se tornan uno, metáfora seminal y símbolo mayor, transfigurados en “una sola carne”.
Por motivaciones esenciales, constitutivas de su poética, Alfredo Pérez Alencart escoge este título bíblico para su antología. Una sola carne1 reúne veinte años de poesía del amor verdadero, al decir de Carmen Bulzán “amor carnal espiritualizado o amor espiritual encarnado” (p. 7), reconociéndose el poeta en la estela del Cantar de cantares2, porque “El Cantar de los Cantares se hizo parte de mi respiración.” (p. 157)
Admira y encanta cada vez más, la sabia lectura de fray Luis de León en su prólogo del Cantar: “Aquí se oye el sonido de los ardientes suspiros, mensajeros del corazón, y de las amorosas quejas y dulces razonamientos”. Agudo y delicado, vivo y acendrado, todo dicho “con el mayor primor de palabras, blandura de requiebros, extrañeza de bellas comparaciones que jamás se escribió ni oyó”, aunque no deje de alertar que la lección del libro es dificultosa a todos “y peligrosa a los mancebos, y a los que aún no están muy adelantados y muy firmes en la virtud; porque en ninguna escritura se exprimió la pasión del amor con más fuerza y sentido que en ésta”.3
El primor de la palabra, los dulces razonamientos, la extrañeza de las finas comparaciones, el erotismo sublimado y, a la par, intensamente sensualizado teje la trama intertextual de Una sola carne, de manifiesta originalidad. Y vale recordar: original también significa vuelta a los orígenes, aquí del canto. En este espíritu creativo los tópicos y motivos canónicos se tornan afectos, sensaciones, emociones, conceptos, forma de categorizar la experiencia, en este caso, amatoria, con un imaginario propio que participa creativamente en una tradición secular.
Diferentes modos compositivos y texturas están presentes en la antología. Se encuentran poemas líricos (epitalamios, odas, himnos, elogios, salmos, no pocos inclasificables), mas también dramáticos, dialógicos y performáticos. El poeta explora, además, la prosa poética. “Esquirlas”, última parte del libro, es de naturaleza mayormente reflexivo-imagética, sucinta, fragmentaria o abocetada, con frecuencia a la usanza de antiguos adagios, proverbios y formas epigramáticas.
Exuberante, de fogoso barroquismo (sobre todo los poemas de descriptivo erotismo) o sintético, elíptico, elusivo, puede ser el poeta, que la tesitura es amplia e inclusiva. Su poesía evidencia una identidad artística en la interpretación de variaciones del gran tema central –el amor verdadero– y el protagonismo del canto bajo la forma dominante del cántico, bajo continuo de la antología.
Con su diversidad tonal y compositiva, el discurso amoroso de Alfredo Pérez Alencart se remite a una red hipertextual en torno al Cantar de cantares. En esta red sobresale la poesía de los místicos –San Juan de la Cruz con su cántico espiritual y Santa Teresa, figuras cimeras– que tiene continuidad en la lírica moderna. A la vez, y retrocediendo en la historia, los cantos atribuidos a Salomón son el resultado de los fecundos trasiegos de voces innominadas, colectivas, cultas y populares –nunca incompatibles en la auténtica poesía–, no limitada a la centralidad europea occidental; voz antigua que ha nombrado el amor en su ascendente espiritualidad: “Tú y yo / subiendo ante Dios, / mistérico anclaje.” (p. 36).
Sin pretender el catálogo, estoy pensando en Ibn ‘Arabi y su religión del amor, en la exquisita lírica persa amatoria que tiene en Rumi un poeta mayor, pero no único, y en los poemas de las colecciones de poesía amatoria hispano-árabes, ejemplar El collar de la paloma, sin olvidar las visiones del alma, el amor cortés de la lírica trovadoresca4, el amor-pasión de la gnosis cátara, el doce stil novo, Petrarca y Dante, poetas mayores, nuestro inagotable Romancero, el Quijote omnipresente.
Riquísimo acervo discursivo que llega a América, conquistado y transformado en un incesante ir y volver entre continentes culturales, para nutrir un imaginario altamente creativo en el barroco, romanticismo y modernismo, grandes momentos del continuum poético hispánico.
Ciertamente el autor de Una sola carne revisita la historia de la poesía al inscribir su amor a una portentosa genealogía que no ha dejado de revitalizarse en el intervalo entre procedencias y emergencias con sus continuas o discontinuas reescrituras, proceso que parece no tener fin.
–***–
Eros cognoscente: símbolo y metáfora
Oh, cuerpo indispensable
en la consumación complementaria
de la visión perfecta.
Oh, cuerpo antecedente y consecuente.
José Lezama Lima
Una sola carne desafía al lector, a la vez que convida y cautiva, con su modo erótico amatorio. Al decir del autor “El Eros forma parte de lo Sagrado. Y antes que algún mojigato se escandalice, recuerde la Biblia y especialmente uno de sus libros más hermosos: El Cantar de los Cantares” (p. 143).
Eros sagrado y, a la par, Eros cognoscente, como alienta en la poética de José Lezama Lima5, cuando a través de la imaginación simbólico-metafórica vamos al encuentro de un “tercero desconocido”, misterio mayor de la poesía. Entonces el Eros, complementado por el Logos de la función poética, despliega su potencial al expresar una voracidad indistinta abarcadora del cuerpo y la espiritualidad en la posibilidad del conocimiento, que ya está en el conocer bíblico. Fruición, expansión, transfiguración de la experiencia erótica en la penetración del mundo. Sabiduría viva que fluye en el conocer fundacional.
Eros trasmutado en imago, Eros cognoscente que alienta en las transferencias analógicas, conexiones, transposiciones, acercamientos de lo distante, asociaciones insólitas relacionando lo disímil. Estamos, sin duda, en el mundo de la imaginación metafórica. Así la vigorosa categorización imagética de Pérez Alencart patentiza los vínculos entre imaginación, metáfora y símbolo, distintiva de su poética erótico-amatoria, que amor y erotismo se corresponden, como en la impar metáfora de Octavio Paz de la doble llama: roja del erotismo que sostiene y alza la otra llama azul trémula del amor (PAZ, 1994, p. 7).
Se configura un universo ficcional en el que el amor ocupa todos los espacios y tiempos del ser deseante sin enajenarlo del conocimiento participativo en el mundo de la vida, ni de la vibración metafísica. La poesía testimonia la emoción, objetiva la subjetividad, revela concepciones y modos eróticos. El sujeto que ama, “¡Este hombre que suelo ser yo” (p. 48), está constituyéndose en la poiesis. El sujeto autor, yo lírico, discursivo, personaje, generalmente autoficcional –las explícitas marcas autorreferentes, entre ellas, el nombre de la Amada–, se autorretrata en sus horizontes cognitivos, en su ser y estar, configurando diversas estancias y temporalidades de la propia historia y de la Historia mayor, cada poema referido al eterno presente de los actos del amor.
El tramado metafórico de la antología produce sentidos expansivos. Como aduce Paul Ricoeur6, clásico del tema, las metáforas de creación, metáforas vivas, traen consigo, además de la innovación semántica, efectos de resonancia, reverberación y eco. Así cuando el yo lírico del “Canto de los cuerpos” dice: “La Amada se encoge en la pulpa de la vida / por fiel mandato de las savias mezcladas / del fondo relevante del amor, de las delicias / invisibles, de los cánticos de un Amado” (p. 26), el poema enuncia algo sustancial relativamente nuevo, pasando de un dominio cognitivo más conocido e inmediato, la naturaleza – pulpas y savias– a otro más complejo y enigmático relativo a la naturaleza del amor, que apela a nuestras experiencias y encuentra uno de sus fundamentos en la condición natural y, también cultural, del erotismo.
Recurre esta transferencia analógica entre naturaleza y amor en toda la historia de la literatura, tópico arcaico de la poesía. Pero la metáfora base cobra nuevas resonancias en la poesía de Alencart. La Amada, consustanciada con la pulpa de la vida, hecha ella misma pulpa “se encoge al obedecer un mandato”, gesto inusual que redimensiona la imagen, quién sabe si aludiendo a una matriz donde acontece el milagro de la vida. El enunciado metafórico crea una inusitada pulpa replegada en sí: potens, reservorio del amor, génesis. La enunciación metafórica también categoriza la comunión sexual como trasiego de savias. Y en este tejido poético, como un todo de enlazadas metáforas, alcanza otra significación el cuerpo erótico transfigurado, atributo espiritual: “moldeando nuestra carne / hasta que alguna vez se torne / una sola alma.” (p. 23).
Al decir de Jorge Luis Borges, que adelanta argumentos de la poética cognitiva7, “aunque existan cientos y desde luego, miles de metáforas por descubrir, todas podrían remitirse a unos pocos modelos elementales” (BORGES, 2001, p. 58). En verdad, si las metáforas de base o seminales son contables (aunque ni pretendamos contarlas), sus variaciones resultan innumerables. Los enunciados metafóricos conceptuales renombran, reinventan, tocan sensibilidades y modos de pensar, traducen lo inasible de la emoción que es idea, de la idea que es emoción, para dejarlas volar libremente. En este sistema de referencias, “Déjala ser” resulta un poema memorable por su belleza conceptual y el paradójico juego metapoético: sin metáforas, la Amada se tornará finalmente orquídea entre los tallos secos del laberinto, metáfora de expansivo simbolismo.
Ostensivamente el amor se configura simbólicamente en Una sola carne. Como Ricoeur afirma, el símbolo da sentido, da “que pensar”, desafía como enigma, remite al conocimiento del ser en el mundo, a sus potencialidades de reconfiguración creativa en la multiplicidad de significados que se integran como visión. El símbolo es reflexión, flexión sobre sí mismo: un sentido del sentido (RICOEUR, 2003, p. 283).
Los enunciados metafóricos abren el camino para la figuración simbólica que principalmente atañe a la constitución y trascendencia del ser, lo que está muy patente en las reverberaciones místicas de la poética de Alfredo Pérez Alencart. El proliferante universo simbólico convoca a la interpretación porque “los poetas son artistas del pensamiento” (LAKOFF/TURNER: 1989, p. 215), también artistas del puro deleite de la imaginación sensual.
En este orden, destacaría la magistral enunciación de los rituales del amor encarnado que alumbra: “y Dios velozmente iluminando / la espina vertebral ya dichosa, / coronada por su sagrado vencer.” (p. 28). Alusivo, más que expresivo, el poderoso imaginario erótico expone una corporalidad gozosa. De tal modo en el poema “Tibieza”, ligando estratos de significado, el yo enunciativo dialoga consigo y parece interpelar a su otro, quién sabe si lector, para descubrir brechas insospechadas en la imaginación erótica con sus puntos cardinales, pétalos y océanos que confluyen en la rotunda imagen de la espina dorsal orgásmica.
El discurso amatorio de Alencart implica una dinámica que va en direcciones diversas y sorprendentes, su verdad rebasa lo fenomenológico, es poética. La visión, anclada en el presente, se torna profética: “Y pisaré otras moradas / en la profundidad / del universo” (p. 38). De modo ostensivo la referencia de primer grado queda suspendida para alcanzar una segunda referencia inherente a la ficción poética; referencia diferida, no necesariamente realista ni irreal, si bien contentiva de “nuestra pertenencia profunda al mundo de la vida”, al manifestar “la ligación ontológica de nuestro ser a los otros seres y al ser” (RICOEUR, 2003, p. 220).
Con sus referencias de segundo grado, Una sola carne escribe su amor y erotismo, indisoluble la poética –entendidos como sus modos compositivos estéticos– y los sentidos ontológicos, tanto de la inmanencia como metafísicos: “¡Y ten sed del Dios que viaja en nuestro Amor, aquí / o detrás de la vida!” (p. 51). Nosotros, lectores, asistimos en la intemporalidad de la escritura a una representación lírica y dramática –los ecos del Cantar de cantares–, en la que la Amada, con sus variadas investiduras simbólicas, podrá ser gacela, princesa, varona, esposa, morena, extranjera, viajera, Corina, Dulcinea, entre otras tantas matizadas nominaciones; y el Amante, ardiente, reflexivo, constante en la devoción y el deseo, privilegiándose la dimensión interior, acentuadas las marcas éticas: “y muestro el yo / sin aureola / blanca, aunque dispuesto / al sacrificio junto / a los desamparados” (p. 43).
La figuración del Amante tiene gran apelo como transterrado, exiliado (de la historia y la existencia), proveniente de un mundo intocado, ecos del paraíso terrenal bajo la forma de la selva, como leemos en “Hombre-tucán” (p. 78). Un germinativo imaginario se hace presente, las metamorfosis recuperan el origen que, lejos de ser un punto extático, se proyecta a un esperanzado porvenir. En la dimensión simbólica se reúnen el tiempo biográfico del hombre-tucán amazónico, y la eternidad del mito de transmutación fantástica. Como pieza clave de estas de estas transfiguraciones, éxodo tras éxodo, la Amada deviene “Patria” (p. 41)
De manera fluida la trama amatoria de Una sola carne va de la abstracción del amor a la concreción erótica en el movimiento reversible distintivo de la enunciación simbólica. Quien habla es poeta en ejercicio de su arte.
–***–
Eros de la reunión: acorde sin final
El Eros fundador envuelve la totalidad del ser
Alfredo Pérez Alencart
Leída de conjunto, en la antología recurren las imágenes de la comunión sexual, exacerbados los sentidos sensuales y la espiritualidad en la visión poética de la carnalidad trascendente. El lector, por su parte, desvela y compone a su manera, apelando a su propia historia. La poesía tiene intensas resonancias emocionales e intelectivas. Cada poema, en la interpretación lectora, resulta una pieza clave que se integra a un discurso de esencial unidad: las visiones ontológicas y metapoéticas se identifican.
Adán y Eva (explícitos en el homenaje a Durero de la portada del libro), pareja arquetípica primordial, así como Salomón y su Sulamita traslucen la dimensión simbólica. Únicos y representativos, los amantes de Alfredo Pérez Alencart son traslaticios, aluden a mundos posibles en la busca antropofánica de centro. Amante y Amada figurales (simbólicos y literales), habitan el espacio imantado de los rituales del amor constante; el amor, por su vez, completándolos en la plenitud de la comunión jubilosa, reunidas las dimensiones humanas y divinas, físicas y gnósticas.
En Una sola carne “El amor es intensidad; no nos regala la eternidad sino la vivacidad, ese minuto en el que se entreabren las puertas del tiempo y del espacio: aquí es allá y ahora es siempre. En el amor todo es dos y todo tiende a ser uno (PAZ: 1885, p. 131). Y si esta poesía amorosa puede ser armónicamente reunida en Una sola carne es porque constituye en sí un testimonio poético de la experiencia amatoria unitiva.
El Eros del poeta –Sagrado, Cognoscente, Fundador– que traza el camino hacia la unidad primigenia, restaura hierofanías y signos trascendentes en la recreación del lenguaje. Su Eros es punto de llegada y de partida, reunión de lo sensual y el conocimiento en expansión hacia la totalidad irradiante. El amor verdadero, un solo movimiento del espíritu, se alza como fuerza germinativa cósmica, energía del ser que busca lo inteligible y lo estelar en el impulso poético hacia la unidad original. Eros que fulgura en la poesía.
Poemas de Una sola carne
EN NADIE QUE NO SEAS TÚ
En nadie que no seas tú
acomodo mi cuerpo para la vida
que cae como una hoja
de otro otoño,
encanto
si nos hacemos una sola carne
y somos fuertes
mordiéndonos los labios,
sin límites
por estos páramos distantes.
Tu nombre
crece siete veces siete
y hago cuentas sin dividirme de ti,
acariciando tus estaciones
hasta hacerme viejo
recibiendo tus dádivas,
moldeando nuestra carne
hasta que alguna vez se torne
una sola alma.
EL PIE EN EL ESTRIBO
IV
Implórote dama del palacio de mi perfecta hipervisión
Ven a encastillarte que te sostengo con el antebrazo
desacostumbrado al hollín al apuro al loar
de otras generaciones con abecedarios de repudio
Implórote en la feracidad de tu lecho
centímetro a centímetro entre columnas rojas
donde dejo la espada en son de paz bajo el timbre
elemental del amor bautizado con hierbas de pureza.
Soy caballero que conserva tu secreto de subángel
A ti despétalo la luz crucificada proscrita a veces
por el desove del taladro continuo del inquisidor
con pies de trapo en deuda con la ternura
Maúllo en el aposento nocturno salobro celebro
conságrome al amor que llora su contranoche
pero apercibe la gloria con aura sabor de sus cosas
dulcineándome por el balcón en línea recta
río que nos integra con su atmósfera desnuda
pájaros en la fiesta de ayer para el augurio
Abro el romancero y me creo un bertoldo
Abro otros librajos y ya soy amadís o galaor
Péname mi rostro de quijano si no remiendas tu amor
que me sobreencuerpa para que no grite en otra calle
amándote hasta temblar sin apoltronarme
coronando cayendo regenerando lentamente
esta osamenta que me cruje cual penumbrado arcón
EL DESEO BAJO EL SOL
Para Jacqueline
Tercer Movimiento
Los abrazos que desnudan para que el deseo pernocte
antes y después de lo claro y lo oscuro,
amaneciendo entre la Rosa, años y años anotando mensajes
en el libro de las Revelaciones, en la memoria
donde todo lo nuestro reluce
como un relámpago sobre selvas y mesetas,
donde Sus palabras mantienen el poder de convencer
a dos que se aman en estado de gracia.
¡Este hombre que suelo ser yo, puede ver
la silueta de su dama en el río que pasará mañana!
CÁNTICO DE LOS CUERPOS
Oh entusiasmo que retienes en las manos
la descubierta pasión de la Amada,
¡ciñe a fondo la reverberación
de la sangre y los ayes dichosos!
Oh memoria que repercutes lo gozado
bajo densas cabelleras desatadas,
¡despierta las órbitas que sestean
cuando el Amado se aleja de los labios!
La Amada retoza ataviada de anhelos
en la cima de las aromas olfateables.
Y nace el cántico o la formidable
pleamar donde se retienen Amado
con Amada hasta sentir pálpito nuevo
u otra fornida palpitación de sus deseos.
Oh verdad de todos los crecimientos,
hacia tu amparo van Amado con Amada:
¡déjales asirse a las viejas piedras del amor
que sacia y complace con sabios homenajes!
Oh vaivén de los cuerpos deslumbrados
por llamas guiadoras prolijas en trances,
¡entrega paraísos a la Amada y cometas
al Amado cuyo júbilo no tiene límites!
El Amado alisa el talle de la felicidad
sobre la piel en penumbras, en albores
de fiesta que propician íntimos desórdenes
para abrasarse dentro y fuera. Tremendo
poder el del amor conyugal en comunión,
entregándose a una boda para siempre.
Oh valientes brazos que se alzan al arribo
de la Amada bien provista de ungüentos,
¡tengan impulso suficiente para afincarse
en las ramadas de tan acogedora hechura!
Oh corazones engalanados para el ágil recital
que hace clarear la noche con suaves ritmos,
¡sirvan más vino que despierte presentires
y riegue el mimado refugio de las entrañas!
La Amada se encoge en la pulpa de la vida
por fiel mandato de las savias mezcladas,
del fondo relevante del amor, de las delicias
invisibles, de los cánticos de un Amado
que no cambia de rumbo y bebe de su risa
y forja los días con su fosforescente ternura.
Oh amor que nació contigo, dice el Amado.
Oh amor por Dios bendecido, dice la Amada
DÉJALA SER
Déjala ser
a corazón abierto,
sin metáforas.
Que te ame
sabiendo de tus pobres
bolsillos
y de la espinosa marcha
que emprendiste
tan solo para libar
un trago de luz clarividente.
Déjala ser ella
misma, sin que nadie
la anuncie.
Déjala ser orquídea
entre los tallos secos
del laberinto.
PATRIA
He llegado a comprender que
– en este mundo –
mi patria verdadera
la encuentro
en el mapa de tu cuerpo.
No hay más patria
que tu entrega
ni hay más mundo
que este amor.
En la esposa del amor
está la patria.
TIBIEZA
Tú eliges la tibieza
de un punto cardinal
y ella suspira hondo
cuando empieza
el conocer,
alongando el índice
que mima
o busca cauces.
Así no quedan pétalos
resecos:
sólo tibios océanos
o la vibrante
espina dorsal de tu
elegida.
EL HOMBRE-TUCÁN
Llegará el día
en que me vuelva tucán
y pueda llevar en el pico
a mi compañera
de vida.
Volaré y volaré
para atisbar
ríos arriba, ríos abajo
de nuestra selva.
¿Seré el hombre-tucán,
el guardián
del verbo herido, el
que ensaliva los árboles?
Por la orilla del río
florece una orquídea.
Ah, la selva…
ESQUIRLAS
La razón de tu cuerpo es preparación para que, entre asfixia y
asfixia, entable diálogo con Dios.
***
Alcanzar el Cielo por tu Cuerpo. Y girar allí, con el Dios
atento.
***
Eres mi gacela del Líbano, con tus labios sobre el cuerpo de
sal y cielo.
***
Giras. Vuelves. Bajas del aire. Te demoras en el Tiempo.
Creas cierta carne verbal con la que cada vez recomienza la
vida.
***
Esta hoja de parra para que puedas desnudarte. Estas uvas
para que abras los labios. Esta mariposa para que vueles hacia
mis brazos. Así nuestra plegaria: mantener la calidez de Dios
para que nuestra sangre no se enfríe y los dos seamos una sola
carne.
