Palmeras, girasoles, un río. La identidad del pintor cubano Víctor Manuel

Luis Felipe Ruano

Víctor Manuel García Valdez (La Habana, 31 de octubre de 1897 - La Habana, 2 de febrero de 1969)

Víctor Manuel García Valdez (La Habana, 1897 – La Habana, 1969)

                                                                  

Hay un extravagante Modigliani en Víctor Manuel, también un Cezanne (de estructuras, pero nada de cubos), y un Gauguin tropical bien naturalizado, y mucho de Chartrand y de Sanz Carta y de Romañach, por supuesto. También un  poco de impresionismo (a su parca manera), y nada de Expresionismos, nada de literaturas de a medianoche… y sí mucha poesía. Esta última de la mejor que conocimos. Víctor Manuel, señores, fue con nuestro Martí el más grande de los románticos cubanos. Ah, pero qué de últimas. Ambos llegaron a nuestro Concierto Nacional de las Lágrimas bastante tarde, ciertamente, aunque, no es menos cierto, jamás pensaron en quedarse y completar el programa que se les ofrecía. Ellos ya traían el suyo, y este no iba a parecerse a ningún otro.

Martí fue nuestro más grande escritor romántico, lo digo, pero con una diferencia: tenía un sentido bien definido de la acción. El modernismo, término del paso, es una forma algo alterada de romanticismo. Este último, cuando se manifiesta de veras en hombres de verdadero genio, es pura intuición (Bécquer, Zenea, algo que ya es niebla en Chartrand, un substrato de Espronceda, una especie de Goya, etc.). Romanticismo + intelecto = Modernismo. Sin embargo, a Martí no podemos dejar de incluirlo dentro del grupo modernista (los fundamentalistas de la literatura quieren expulsarle), pues resulta su vertiente de lo sencillo. La sencillez es una de las formas del Modernismo. El fenómeno actuaba por oposición. Todo el Modernismo (Romanticismo) no es literatura altisonante, pesadilla de melodrama en pintura, plástica de las lágrimas, exacerbación de despropósitos, etc. Víctor Manuel llegó hasta nosotros para demostrarlo, un poco tarde, es cierto, pero nada debemos reprocharle, más bien agradecerle desde el principio, pues es estigma nuestro el que las cosas nos lleguen a deshora. América espera, siempre espera por otros. A veces alcanza un fruto bajo que puede ser dulzaina. Nosotros todavía estamos esperando.

 

II

 

Víctor Manuel fue el primer antiacadémico de nuestra pintura. Era él su propia academia, y ésta no coincidía con ninguna otra en lo que a realización se refiere. Todo su mundo fue una misma idea sostenida a lo largo de toda su vida. Un artista hecho de una sola pieza, sin cambios apenas. Aquella pieza que elaborara para sí con sus propias manos, y con su pensamiento. ¿Limitación?… no. Estaba en su derecho. Víctor Manuel es un pintor de contracorriente. Se mantuvo fiel a su visión y a su mundo durante toda su vida, un hecho que al parecer todavía no ha sido comprendido en su justa medida, por eso le criticaron, y le critican aún hoy, tal vez más tontamente que nunca, pues no alcanzan a comprender su arte (el arte), que no es moda, sino confesión, testimonio de un hombre, y solo él, por separado, que hace caso omiso de todo lo demás para concentrarse en su propia circunstancia interior. Admitimos que Víctor Manuel estaba en su derecho. Todo hombre tiene derecho a tener una opinión propia de sí mismo así como del mundo que le rodea, aunque esta opinión no coincida con la de los demás. Cuando este derecho se desarrolla en nosotros hasta el punto de convertirse en un  imperativo, entonces hacemos filosofía (pintura). La filosofía de resultas es la opinión de un hombre que por un elemental instinto de honradez para consigo mismo no toma en cuenta los conceptos, las repeticiones e interpretaciones ajenas. No se hace filosofía (pintura) si no se está en todo de acuerdo con nuestro pensamiento, o lo que es lo mismo, con nuestra interpretación de la realidad.

Resulta perfectamente comprensible que algunos de estos enmascarados de Volavérunt pretendieran la suma de nuestro artista al gesto común del momento: nuestro hombre disonaba dentro de la tesitura de la unanimidad. Pero sucede que el hombre no es una unidad cerrada de pensamiento. Jamás se podrá hacer general un pensamiento determinado. El pensamiento humano está concebido como un prisma infinito de posibilidades a menudo contradictorias. Trabajar entonces por un sistema único de pensamiento es ir contra la misma naturaleza. El hombre no es un sistema cerrado en sí mismo, antes se resuelve en una pluralidad que pretende ser universal.

Víctor Manuel tuvo un sólo y único punto de vista y este fue el que escogió desde el principio. De ahí tal vez la poca “evolución” advertida en su arte y, para qué más. Hemos de conformarnos con lo que nos da, que es bastante. Tiene su propia luz, que es muy avara y, como dijera Lezama: Había recibido una gracia y ahora nos devuelve su caridad”.

 

 

III

 

Extraemos de su biografía el dato de su primera exposición personal, que realizó en la Galería de San Rafael de La Habana en I924, y que en  el año I925 proyecta su primer viaje a Europa ayudado por sus amigos, viaje éste que durará dos años. Allí se complace en estudiar a los primitivos italianos del Renacimiento y descubre a Gauguin y a los Pos-impresionistas, que le entusiasman y de alguna manera, como diría Kant, lo hacen despertar de su “sueño dogmático”. Aquello no era Romañach, definitivamente, que fue su maestro y un buen maestro cubano del paisaje, pero penetrado aún de la pandemia academista de finales del siglo XIX.

El quehacer académico en Cuba se encontraba estrechamente ligado a la herencia colonial española, fieramente conservadora, que no admitía cambios, y esta inercia de lastre se extendía aún en pleno siglo veinte de manera que parecía que nada ni nadie la podrían hacer cambiar. Víctor Manuel se presentaba entonces como el primer pintor moderno de la también nueva República, pero pocos se dieron cuenta de esta realidad.

A su regreso a Cuba en I927, año por cierto muy convulso políticamente, participa en importantes exposiciones en La Habana, realiza muestras personales y se va dando a conocer. Una vez repuestos del primer susto, susto que justo es reconocer, nunca alcanzó el pánico, se comprende enseguida la importancia de este hombre y esta obra y se destaca enseguida como la referencia indiscutible de la nueva pintura en Cuba.

Siempre decimos que Víctor Manuel anuncia el comienzo de la pintura moderna en Cuba, y es verdad. Bien temprano le afluyen los encargos, que nunca serán demasiado sustanciosos, pues el país nunca ha dado para más, pero que por aquellos tiempos le permiten vivir con cierto desahogo.

En I929 viaja por segunda vez a Europa, recorre España y Bélgica (¿se enteró España entonces de Víctor Manuel…?)   Pero es en París donde reside y donde pintará una obra emblemática que ha devenido símbolo de la pintura cubana, conocida en casi todo el mundo: “La Gitana Tropical”. Cuando regresa a Cuba lo hace como un maestro, una especie de Mesías solitario, dispuesto sin embargo a ayudar a los demás, a los jóvenes, a todos aquellos que se le acercan, para los que siempre tiene un consejo, una palabra de estímulo, una dirección, y que puede ofrecer lo mismo en un salón que en una calle cualquiera de la ciudad, una plaza, un café, en cualquier sitio que se le interpelase.

Por aquellos tiempos conoció a aquel que sería tal vez el más lúcido de sus admiradores: José Lezama Lima, el maestro, uno de los más grandes escritores de nuestra lengua. Lezama sabía. Advirtió enseguida la dimensión artística de este pintor, su proyección de identidad en el sentido de lo nacional, así como todos aquellos rasgos que lo caracterizarán dentro del panorama plástico de la isla, algo que dejará expresado claramente en bellísimas páginas (poemas), textos que consideramos hoy de una vigencia de ahogo, y que nos vendría bien a todos recordar. (Y no era la claridad precisamente una circunstancia de Lezama) El poeta reconoció en nuestro pintor a uno de los pocos “venerables” ante quien podemos inclinarnos, aquel hechizado del color al que podemos acercarnos o alejarnos, “sentir en su presencia furia o sosiego”. Un hombre, afirmaba, que se “deshacía para restituirse en la suprema generosidad del fuego”. De ese modo se nos expresa una aptitud visionaria de la que ya no podemos prescindir. Entonces nos sale una ecuación: Víctor Manuel-Lezama, en coyunda, y en toda su amplitud un mundo clásico que nos enriquece cada vez, una conquista, una nueva pieza de caza que se nos revela y que logramos ganar dentro de aquello luminoso que nos rodea, y que  llamamos: Nuestro familiar asombro americano.

 

 IV

 

¿Qué es lo cubano…? Nadie lo sabe con certeza. ¿Qué lo español, lo francés…? No creo que nadie en este mundo se crea de veras que ha encontrado una respuesta satisfactoria para todos al definir cuestiones tan extrañamente subjetivas como esas, aunque, debemos admitirlo, todos nos hemos inventado una definición, un concepto de a mano, bien abstracto siempre, que nos resuelva, o creemos nosotros nos resuelve el muchas veces exasperante dilema de la existencia… la singularidad, la distinción, todo aquello, en fin, que anhelamos nos diferencie de los demás. El hombre sigue siendo, como lo ha sido por milenios, una circunstancia de “Clan”, un ente de “Tribu”, un círculo casi siempre cerrado a todo aquello que supone el entendimiento de lo “otro”, la partícula ajena, el prójimo. Necesitamos definirnos con urgencia, es un imperativo que nos acosa. Nos perturban las digresiones. Algo tiene que haber que nos diferencie de los demás. Es así. En vez de las aproximaciones y similitudes, el hombre se la pasa escarbando por la diferencia.

Repito: ¿Qué es lo cubano…? A otros, en otros tiempos, se les ocurrió que las guitarras, los tambores, los gallos, el ron, el café, el tabaco y las mulatas. (Lo penúltimo nos hace un daño terrible… el resto no). También la jipijapa y el dril cien, el billar, el bohío y la palma, los zapatos de dos tonos, el bolero y la rumba, los frijoles, el sol, los Jardines de La Reina, el archipiélago de los Canarreos… hay mucho más. Hoy ya no tenemos la absoluta certeza de poseerlo todo, pero todavía nos quedan mulatas disponibles.

Todo o casi todo le puede ser perdonado a los artistas de hoy, el mayor sobresalto, la mayor extravagancia… salvo pintar manzanas. Eso no. Nos está constitucionalmente prohibido pintar manzanas. Eso no nos pertenece, según nos enseñan. Tal partícula extraña (he aquí tal vez el quid) jamás ha florecido en nuestras tierras. Parece ser que algunos enferman sin remedio de un vértigo febril al ver en un cuadro de un artista nuestro posar una manzana sobre una mesa ante un fondo de ambiente tropical. Por favor… manzanas no. Hablemos de mangos, mameyes y, por supuesto, de la caña de azúcar. También sobre sapotes, piñas y todo lo demás. (¿Cuánto de lo nuestro es autóctono?)  muy poco, desgraciadamente. Pero este detalle suelen pasarlo fácilmente por alto los especuladores de la cultura. Pintemos y hablemos entonces sobre todos estos deleites, tal vez al hacerlo podamos hacer felices a los chinos y a los árabes y a los etíopes y a la gente del Indostán. También a aquellos que una vez llamaron a la guayaba “ciruela de arena”, y hoy no son más que polvo.

Lo Nacional”, “El Elemento Nacional”.  En estos términos se nos habla a propósito de muchas cosas. No niego la existencia de un fenómeno particular que se corresponde en cuanto a unidad se refiere con cada pueblo o  “Nación”, y  la dibuja. De lo que sospecho es de ese interés a veces exacerbado por la diferenciación a toda costa. Es un hecho que cuando se examinan a fondo estas cuestiones, cuando se profundiza en estos  “clichés” (con un poco de astucia, por supuesto), las respuestas obtenidas pueden resultar ser frustrantes para aquellos embebidos de las  “Conformaciones de lo Nacional”, pues al hacerlo nos convencemos de que sólo se trata de rasgos exteriores, etnología de cosmética. Que al final, caídas todas estas “delicias” en las manos que nunca debieran caer, terminan convirtiéndose en política pura, al uso, de lo que se aprovechan sin tardanza todos aquellos  “bichos” que, definitivamente, en nada creen, pero que sí advierten enseguida las potencialidades ocultas de todas estas oportunas inocencias de los pueblos, para sujetarse y afianzar a su vez sus mecanismos individuales de dominación y poder.

Esto es dogma.  Hay algo que nos resulta muy curioso, aunque no extraño, y es el hecho cierto de que sean sólo las políticas autocráticas más “tenaces” las empeñadas en hurgar sin descanso en este nebuloso asunto del “Hallazgo y rescate de lo Nacional”. Esta apetencia de búsqueda termina siempre convertida en consigna. Los autarcas modernos, tanto como los antiguos, gustan de distribuir “valores morales” a sus pueblos, y no hay mejor modo de hacerlo que sacar partido de las “esencias de La Nación”. Ese discurso ya lo conocemos. Le costó al mundo en la última guerra no menos de cincuenta millones de rusos, polacos, franceses, españoles, alemanes, etc. No creo en él, definitivamente, y sí en que toda la sociedad humana es el resultado de un eclecticismo de fondo soberbio que nos identifica verdaderamente y nos desparticulariza para siempre.

Escuchamos bellas frases, palabras bonitas en boca de un hombre inteligente, o que nos parece ser un hombre inteligente, y enseguida quedamos que creemos en ellas. Eso nos pasa. Eso nos duerme.  Cuando despertemos de verdad seremos dichosos si todavía nos podemos reconocer.

 

V

 

Para algunos Víctor Manuel hizo el  “cubano”. Pienso de veras que una serie de dichosas coincidencias se juntaron en este hombre para darnos la primera síntesis cabal de nuestra plástica. Podemos identificarnos fácilmente con Víctor Manuel. Este artista logró dar esa nota sutil que esperábamos desde hacía quinientos años. Las cosas comenzaban bien con Escalera y sus seguidores, pero se tuvo que esperar hasta Víctor Manuel para oponer al mundo una obra de verdadero peso gravitacional, la nueva dimensión, algo que para nosotros resultó ser distinto y familiar a la vez, circunstancia que nuestro artista de seguro no intuyó, al menos al principio. Sólo París pudo proporcionarnos el espejo que necesitábamos. Víctor Manuel lo colgó ante nuestros ojos y, asombro: despertamos entonces, pero no ese día gris en que la continuidad de las sombras hiela las pasiones, un día oscuro, la noche de nieve que podría suponerse luego de semejante empeño, sino entre verdes, una mañana de sol, entre palmeras y milagros. Qué nuestro desde entonces se nos hace este hombre… y cuánto se nos escapa. De hecho, ya no nos pertenece solamente a nosotros. ¿A quién perteneció jamás la poesía sino al hombre todo?

La suerte de nuestro artista ya va siendo la misma que tocó en  gracia a aquellos otros hoy considerados  “artistas universales”. Porque no creo que alguien piense todavía que, por ejemplo, el Realismo y Velásquez, Zurbarán etc. sólo puede ser entendido  a cabalidad por aquello que supone  “lo español”, aunque hayan sido estos artistas hombres bien afincados a su suelo, a su entorno circunstancial, como muchos de los artistas italianos, holandeses, franceses, ¡flamencos!, gentes que produjeron su “gran arte” a veces sin moverse del reducido circuito que suponía su propia aldea, su ciudad, su país… y les comprendemos, sin embargo. De no ser así debemos concluir en que solamente nosotros entendemos el mundo, y eso no puede ser posible.

Víctor Manuel ya está más allá de nosotros, pero no nos damos cuenta. En el mundo pocos se dan cuenta de ello. Es nuestra culpa y de nadie más. Conocemos en detalle la vida y la obra de aquel mediocre artista italiano, francés, español, etc. y los otros no conocen a Víctor Manuel. Hemos perdido demasiado tiempo tratando de resolver demasiadas ecuaciones inútiles, y ahora concluimos en que apenas nos conocemos a nosotros mismos. De cualquier manera, siempre podremos justificarnos. Somos hábiles. Alguien aparecerá que cargue con la carga. De tontos a la fuerza todavía mediamos el saco.

Estrepsíades: “En primer lugar, ¿qué haces ahí?  Te conjuro a que me lo digas”.

Sócrates: “Camino por los aires y contemplo el sol”.

 

VI

 

Esto es de un acrecentamiento singular, una pompa que sube. Lo imperecedero aquí fluye sin contradicción. Estos empastes suaves que apenas gravitan sobre la tela son transiciones lentas de un mundo intacto, paradisíaco, poblado de seres que se corresponden en lozanía y en virtud. Un mundo sin pecado. Sin duda el mundo que nuestro artista soñó para los hombres.

La pintura de Víctor Manuel es una danza. Una danza callada. Del mismo modo es una definición: la definición de la quietud. Una palma en Víctor Manuel, por ejemplo, un palmeral, se nos presenta como una negación de identidad que se articula en el espacio por el sólo pretexto de la verticalidad. No es la palma en sí lo que interesa al artista, sino la magnífica  posibilidad de altitud que esta le ofrece. Del mismo modo un río no puede ser otra cosa que la luminiscencia, espejismo de  entresueños, una mancha en curva que equilibra la composición.

De muy poco se vale el pintor para todo ello. Sus recursos son siempre los más elementales, simples en sus esencias. Víctor Manuel ha reducido su gesto hasta los límites de una sola señal, pero no obstante, cuánta suficiencia advertimos en ese sólo gesto suyo, y cuánta bondad. Nuestro artista nos gana porque es sincero, y la sinceridad es la más difícil de las artes. A la franqueza, a la honradez, a la sinceridad, debían los hombres alzar su monumento.

Sobre Víctor Manuel fue lanzada la sospecha de no hacer un arte lo suficientemente “cívico” y esto le costó bastante caro. Su arte no  “encajaba”  dentro de las predisposiciones del momento. No aparece un solo fusil en toda la obra de Víctor Manuel, y para algunos esto era una verdadera lástima. ¿Qué podía hacerse con él…? No olvidamos que esa misma sospecha fue lanzada sobre Chagall, Soutine, Kandinsky, y tantos otros, pero ya sabemos de qué se trata. (Algunos cañones aparecen en la obra de este último ruso, pero lanzando flores, desgraciadamente).

Los totalitaristas de la pintura no verán en la obra de Víctor Manuel nada más que evasiones, un mundo de escape, siempre una realidad para ellos frustrante, y es claro que así  le vean, pues ¡no pare peras el olmo!

Sucede que la pintura de Víctor Manuel es feliz consigo misma. ¡Dichoso él! Esa virtud nunca dejó que se la arrebataran. ¿No es acaso la felicidad una virtud mayor?… Esa fue su ganancia y no le perdió, incluso, en aquellos momentos en que su entorno se le presentó bastante oscuro, una realidad a veces opresiva, que le laceraba, pero no abundaremos en ello. Diremos, sí, que nuestro artista jamás trató de escapar, tampoco se dejó vencer. Fue siempre uno y el mismo. No permitió que los sacrificadores de la poesía le arrebataran aquellos que fueron sus últimos sueños. Para mejor decir: su sueño, el de su más honda respiración, aquel bueno que tuvo entre tantos de horror y que eligió para vivir por encima de todo y de todos, como un último asidero que fue, una joya preciada por la que estuvo dispuesto, incluso a morir… y por ella murió. Le quedó eso al final, y con ello se fue a la tumba, abandonado por casi todos, en aquel tugurio de miseria donde vivió sus últimos días, dándonos a todos una bonita y siempre escasa lección de dignidad profesional.

Nuestro artista tuvo tiempo de sobra para arrepentirse de muchas cosas, y una de tantas, la que jamás se perdonó, fue la de haber abandonado París. Tal vez todo habría sido diferente para nosotros, y mejor, si Víctor Manuel se hubiera quedado en París, como hicieron Picasso y Van Dongen y Chagall. Habría sentado sin duda un gran precedente, aquel que Lam no pudo sentar. Víctor Manuel, el primero en hacerlo. Habría establecido un puente de ida y vuelta, un puente con nombre, en mayúsculas, que tal vez nos habría beneficiado.

Pero sucede que ni España ni Francia ni Europa toda eran  “Cubita”. Europa, siempre al límite, con sus incomprensiones y miserias, y siempre al borde de una nueva guerra y una nueva catástrofe. El mundo entonces nos parecía oscuro y frío… y en Cuba se podía vivir.

Víctor Manuel tuvo que soportar (además de observar con estupefacción que sus ahora novísimas pinturas checas, rusas y polacas no le secaban de ninguna manera) las burlas y el sarcasmo (casi siempre velado) de aquellos escaladores de oportunidad que en algún momento pretendieron convertirle en blanco de sus oscuras aspiraciones. Víctor Manuel no era un hombre de pelea, y eso les facilitaba las cosas. Sin embargo, pocos de aquellos que jamás se ocuparon de las condiciones de vida del  artista en sus últimos años, y que no le visitaron siquiera en su lecho de muerte, se atrevieron a desperdiciar la magnífica oportunidad que con sus funerales se les presentaba de espetar conmovedores discursos ante su féretro, en el cementerio, ya dispuesto sobre aquélla que sería su tumba.

“Anotemos la fecha de hoy “, nos propuso uno de ellos, “dos de febrero de mil novecientos sesenta y nueve, porque ella señala el acceso a la vida inmortal… de Víctor Manuel “. Y no digamos más.

Sócrates:   “¿Quieres  tú entrar en relación con las nubes, nuestras divinidades, y conversar con ellas?  “

Estrepsíades: “Ya lo creo “.

Sócrates: “Siéntate pues sobre el diván sagrado “.

 

VII

 

Esto azul que serpea es el agua, piedrecillas, vapor. Eso que vemos es espacio, pero decimos “Río”, y la imaginación nos descubre un mundo anterior.

Grandes girasoles como palmas, y palmas de estirados penachos que se vuelven al sol como si de girasoles se tratara.

Azul y bermellón sobre la piedra blanca, colinas de sol, pequeñas colinas verdeluz.

Yerbajos silvestres ante un trasfondo de montañas, una casa, un bohío… el framboyán.

Una vieja iglesia en la lejanía junto a un bosque de troncos oscuros y pelados.

Esto no puede ser el otoño, una estación desconocida para nosotros. Pero esos troncos y ese bosque, siempre solitario, le sirven de respaldo a dos figurillas que se abrazan, tal vez se besan, tal vez ya están de vuelta incluso de los besos, y no son más que espíritu, como todo lo demás.

En la puerta del bohío, sentado en su taburete, un guitarrista, y se dispone a volar. Una muchacha a sus pies le mira, sentada sobre la hierba. Tal vez ya le escuche la tonada silenciosa. Y un poco por detrás una negra gruesa que pasa sonriendo y nos muestra su caraza redonda de calabaza, y sus dientes finos, blanquísimos, de coco, y su bemba de melón.

El saboreo del dominio bajo un cielo siempre azul. Extensión e infinito. La sobreabundancia en su escala, y en la luz.

Ya sabemos que este mundo no puede morir. Vivir aquí se ha convertido en una queja plácida, un universo que se multiplica en su sustancia y su dimensión. Imágenes que se diversifican, el ente vaporoso, el ritmo y la humedad.

Aquí es un sueño, el sueño que ordena, los recursos del silencio en su diálogo de fluidos. La materia evapora su cara visible, esfuman los contornos, un mismo y distinto semblante se nos muestra cada vez en su plenitud y voluntad. Es el semblante de paréntesis, el semblante elíptico y estable, de un reposo exquisito. La trama de la luz, la ingravidez resplandeciente.

Todo fluye. La pulga sobre la ceja de Querofón ahora salta sobre la cabeza calva de Sócrates. Lezama nos pide un Carmides y una sabiduría. Víctor Manuel ya está más allá. No es un sabio, es un hombre que sueña, un pintor  “puro”  como soñara Valery, por ello no se le comprende, no le comprendemos. Éste no es un hombre de este mundo (como no lo fue Rembrandt, por ejemplo).  Su mundo es el mundo de los griegos, el mundo antiguo, que fue un mundo de inocencia. No se conocía entonces el concepto  “pecado”. Después ya nada puede ser igual. Algo ha sido echado sobre nosotros. Ahora somos culpables. Hemos sido iniciados en la serpiente del conocimiento.

 

VIII

 

No existen últimas verdades, pues con nuestra sola verdad nos basta. Víctor Manuel tuvo la suya, creyó firmemente en ella, y eso le bastó para vivir, sin duda, mejor que muchos otros. No es la verdad en definitiva lo que el hombre busca, sino su verdad. Una verdad bien argumentada como se nos muestra en su obra, ya es por sí sola una   “verdad “. Las medias tintas nos hacen daño, disocian la mente. Necesitamos de contundencias bien visibles. Podemos marcharnos felices si nos ha durado una misma verdad toda la vida.

Nuestro hombre pudo haber estado equivocado, y nosotros también, después de todo, y no hay nada más, y somos una fantasía que se esfuma. Entonces el fin último de la existencia de las cosas nunca se sabrá. Somos una realidad, es cierto, y ocupamos un lugar en el espacio como cualquier otro elemento del universo.

 

Laforgue tuvo razón, después de todo: ahora sabemos que jamás alcanzaremos las estrellas… los agujeros negros las devorarán antes.

Una duda nos asalta, sin embargo, y una certidumbre de fuerza que nos empuja a creer en cosas y nos hace soberbios. Eso tal vez no podamos cambiarlo. ¿Qué podemos hacer?  El conocimiento de la razón ha vuelto irracionales a los hombres.

 

IX

 

…y sube la pompa. Víctor Manuel asciende con ella en su aura, ahora persuadido, y en su transfiguración, junto a Ponce y el Chino y Amelia, sus compañeros de inmortalidad.

No hemos dicho la última palabra. Esto es tan sólo una aproximación a lo que presupone la contrapuntística de una ola mayor. Una ola y otra ola, para que se vuelva marea la corriente. Hemos entregado un trópico lleno de vida y de luz, y a cambio sólo preguntas nos devuelven, que nos acosan:

¿Hacia dónde nos empuja esa obra grande, hacia dónde nos arrastra la sencilla dialéctica de este hombre sencillo, de este espléndido poema sustanciado que parece no se nos acaba nunca?  ¿Se cumplirá el sueño de Lezama?  ¿Quedará por siempre este hombre tan cerca de nosotros que no le podremos abandonar?  O, como se preguntara el poeta: ¿Nos abandonará él…?  ¿Nos acompañará por siempre en nuestro despertar?

Del Autor

Luis Felipe Ruano
(La Habana, Cuba) Poeta y pintor cubano. En este número se le dedica el dossier de artes plásticas "Otros miran".