Alguien, cuyo nombre no recuerdo, por lo que pienso no quiero recordarlo, me dijo que soy un escritor de segunda porque mis libros no están en las mesas de novedades. No existes, me dijo, con evidentes ganas de molestar. No creo ser de segunda ni aspiro a la efímera gloria de las mesas de novedades aunque sí recuerdo con emoción una pila de mi novela El amor y la muerte en la Feria del Libro de Bogotá. He recibido abundante reconocimiento de parte de lectores, críticos, académicos, muchos premios grandes y pequeños. Sumando todos los ejemplares de mis libros que se han publicado quizás podría llegar a los cuatrocientos mil o quinientos mil que están en bibliotecas o en manos de lectores o embodegados o siendo comidos por las ratas. He recibido premios con grandes teatros llenos de públicos aplaudidores en Costa Rica, México y Colombia. He conseguido un buen nivel de vida, hago lo que quiero, practico deporte. Tengo tiempo para escribir y libertad para viajar. Lo que no tengo es un reconocimiento global, el reconocimiento de estar en las mesas de novedades de muchos países. Todo reconocimiento es relativo. Mucha gente se quedó con la idea de que yo era una especie de mal imitador de García Márquez a partir de la publicación de Breve historia de todas las cosas, novela que por cierto pronto recibirá su cuarta edición en Canadá. La obra tenía un evidente aire macondino, algunas maravillas y se desarrollaba en un pueblo plagado de personajes extravagantes, bellos, exóticos, extremistas. La imagen de García Márquez era tan deslumbrante que cualquier parecido hacía que el escritor se quemara. Yo no me quemé, aunque durante muchos años he tenido lo que llaman un perfil bajo. Pero mi producción ha sido copiosa y si no está en las meses de novedades, sí ha recibido una atención crítica entusiasta, unánime y a veces sonrojante. De modo que no me puedo quejar. A mis 70 años sigo siendo un escritor prometedor y hace un par de años recibí uno de los premios más importantes de México, con una novela que recibirá su segunda edición en Berlín, precisamente en Ediciones Ilíada. De modo que ni de segunda ni fracasado. Por estos días sigo siendo una vieja promesa de la literatura latinoamericana. Como decía una putita de San Isidro del General, pueblo de mi primera novela: qué rico… y ganando.
Se dice con frecuencia que la generación posterior a García Márquez no pudo escaparse de su sombra. ¿Qué opinión tienes sobre eso?
Tal vez afectó a algunos que se sintieron acomplejados. Yo desarrollé una obra personal, abundante, que ha tenido sus momentos de esplendor. Es difícil que el modelo García Márquez se repita. Pero eso no importa. Lo que importa es que los escritores creen una obra valiosa, significativa, independientemente de que se les reconozca o no.
¿Sientes que a ti te afectó?
Sí. Para bien y para mal.
A lo largo de tu carrera has visto derivar la industria editorial hacia la banalización, hacia la figura del escritor como personaje de farándula que se promueve en los periódicos y se exhibe en las ferias. ¿Qué piensas de ese fenómeno? ¿Cuál ha sido tu posición frente a ella?
He ido a todas las ferias a las que me han invitado. Sólo en una ocasión fui tratado como superstar: cuando fui finalista secreto del Premio Alfaguara. Escribí un cuento sobre la experiencia de responder a veinte entrevistas diarias y ser asediado por todos. Se llama «El escritor del post boom» o «El imperio de las mujeres». Me parece lícito que el escritor después de quemarse las pestañas y de sufrir 20 rechazos y ninguneos se permita un coqueteo con la diosa perra, la fama. Lo que me parece asqueante es que escritores mediocres reciban toda la atención al punto de que se les convierta en fantoches llenos de vacío.
A través de tu presencia en las redes, has dejado clara tu posición frente a los concursos literarios. ¿Cómo resumirías esa posición?
Me he dado cuenta de cuánta corrupción hay en los concursos y la he denunciado. Cuando he sido jurado he sido insobornable. Como concursante he ganado bastantes concursos en general no demasiado cuantiosos y he participado en bastantes concursos con el objetivo de saltarme las trancas de las editoriales (las largas esperas, los dictámenes tendenciosos, los bloqueos). He publicado en las grandes editoriales gracias a haber ganado concursos. De otro modo sería un escritor casi inédito.
Tú mismo afirmas haber sido despojado de un premio internacional de importancia. ¿Cómo te afectó esa situación?
Durante quince días la bolsa de 170 mil dólares estuvo entre Poniatowska y MT. Hice planes de comprar un apartamento frente al mar de Veracruz. Cuando resulté perdedor en un proceso que después me enteré por chismes fidedignos (si es que tal cosa existe) que había habido varias violaciones a las bases del concurso, lo denuncié. Inútilmente: era pelea entre un grano de arena y un imperio. A fin de cuentas, no haber ganado el premio me benefició, pues he podido seguir escribiendo con tranquilidad.
