Del poemario TRANSFIGURACIONES
(Fondo Editorial Miguel Otero Silva, 1989)
Dificultades de un alpinista
“Vine a llamarte/ a los acantilados/Lancé tu nombre/ Sólo el mar me respondió”.
Álvaro Mutis
1
He tocado el borde de la línea escarlata
No he colocado la última piedra de aquel templo
que me fue encomendado
He guiado la tribu al otro lado del mar
sin apoyarme en un bastón. Y todavía
sigo el curso de la luz y sinuosidades del camino
Ha llegado el momento de volver al silencio
Viviré mis últimos días en soledad
Entre cielo y relámpago
2
Fragmento del cuaderno del marinero
“Todos somos marineros en tierra”.
Yiorgos Seferis
Sólo en sueño veo llegar los barcos que partieron.
El mar queda más allá de mis cercas.
¿Qué recuerdan los muertos entre las conchas de los caracoles?
Cierro los ojos y me hundo en mí mismo
buscando la secreta confluencia de las aguas.
Contracorrientes. El alma comienza a deslizarse
inquieta y ahora es río
en el parduzco fondo de la arena.
Es hija de las profundidades.
El sonido del mar se escucha en la cola del viento.
Suena más allá de esta desolación.
Intento recordar aquellos
tiempos que se fueron tierra abajo.
Queda aún
un poco de sal reseca en el hueco de una roca.
Y queda el pretexto como barca en fuga
hacia los farallones.
2
De una cala a la ola
Y uno cree marchar en línea recta
pero va
de tumbo en tumbo
zigzagueando
como hoja
que se lleva el viento
Del poemario SEPIA
(Fundación Rómulo Gallegos, 1992)
«Me nutro de esa oscura,
hierba
Por dentro estoy viviéndome
por dentro. Por lo más escondido
de mí mismo…».
Dionisio Aymará.
ME HA TOCADO el aire
de un relámpago
Esta desolación es fuego
la intemperie
anterior a la palabra
Mira mis escombros. Todo quedó consumido
en sus cenizas áureas
Todo me fue arrebatado
Sólo el signo de los arenales
me hace visible
¿En qué asombro me apoyo
para no caer?
TODO ha huido para siempre
¿Adónde me llevas
eterno
viento flamígero?
Mi alma no tiene descanso
Es empinada la cuesta
Está escrito: el que sube
no puede detenerse
Lo que murió
desciende
Y nada regresa de la noche
EL CIELO no refleja la herida
Inclino mi corazón buscando el tuyo
pero todo está muerto
De todo lo gozado
nada queda
Ni siquiera el recuerdo
¿Dónde estaremos
cuando llegue el día
venidero?
Del poemario Diario de El Fulmar
(Monte Ávila Editores, 1992)
/21 de marzo/
Deja que el mar te lleve No preguntes
Sigue sus derroteros
Alcanza con la mirada la Isla
Si se aleja de ti no retrocedas:
No la encontrarás dudando
O volviendo
Sigue el rumbo que te impone el oleaje
y con ese viento que baja de las cumbres
alcanzarás la orilla
el tiempo que vendrá
Las olas han excavado en alguna roca
una ensenada donde quedó mi alma retenida
dando vueltas sobre sí misma
Pero allí no te detengas a las espera del sol
Sigue navegando
en el sueño
desciende por las aguas del origen
Me encontrarás
y no habrá precipicios ni caídas
Rebasarás la luz como la vez primera
Para ti es el día que parece eterno:
Un poco de sol
luego la noche
tu corazón
no es relámpago
/24 de marzo/
Inclínate y mira:
Hay estrellas en el agua
Has dejado el relámpago
¿Reconoces el paso
de la luna
sobre el agua?
Te has quedado al margen
del juego y la trama
Atraviesas el túnel
por donde todos pasamos
sin saber que pasamos
¿Qué caracol
no es
mar?
CAES
Y aunque llevas alas
no las mueves
Te dejas caer
El Ojo del Águila ve el camino
Te observa
Sólo tus sueños se elevan:
Alcanzan la cresta de esa ola
que es a la vez tumba
y paraíso
Fragmentos del Manual del Capitán
*
Para el marineo
La noción del tiempo
es oleaje:
naciente y oleaje
*
Cuando se navega
se lleva
la casa
consigo
*
Sobre un barco no hay nada
que temer:
viene
recubierto por un puente
*
Para el marinero el universo
no se reduce
a los límites del barco:
Más allá del timón
todo es
azul
*
Si el viento cambia de dirección
espera
el momento
propicio
para subir
y desplegar las velas
*
Siempre navegamos
en círculo
y volvemos
al punto de partida
*
En el mar no hay colinas
ni arroyos
que marquen el camino
Procura entonces no perder el norte
y si lo pierdes
suelta el pájaro
que avistará
la tierra
*
Si naufragas
deja que te lleve
la corriente
Quizás
llegues a tierra
Ningún barco
es superior a la ola
que lo arrastra
Del poemario Ocre
(Editorial Fundarte, 1994)
el farallón cascabel
en que me abismo
me separa de mí
sube el fuego de esta vida
que siento
esfumarse
cierro los ojos
me hundo en el pozo de los tiempos
que jamás serán
sube la llama
que de la herida huyera
desnudo
entro
en la humedad del monte
esa blancura que es casi paraíso
en su entraña me gozo
vivo ese amarillo parduzco
que otra vez me encandila
y se me pierden los ojos
en el resplandor
dentro de mí
se me revela lo blanco
la intemperie
el cielo caracueyal
en la página
donde estoy
exiliado
toco el aire
que me puya los ojos
me dejo ir
vuelvo
a los que fui
y seré
soy arenisca que vuela
un canto
me lleva
me remonta
al recuerdo que es todo
cuando de ti poseo
Del poemario Hexagramas del vértigo
(Editorial Miguel Otero Silva, 1994)
Montaña sobre agua: el desfiladero
Te aprieto los pechos, sigo la línea, el canal tobogán
Qué tocamiento me deslizo de cara al lunar
esto se ahonda, sístole y diástole, cómo se expande
trágame agujero, negro agujero, arrástrame
que estoy en la orilla y no tengo raíz, ser demoníaco
ciego iracundo, arrastrándome, flor carnívora devórame
Cielo sobre cielo: la transparencia
Lo derramado se gesta en la hora la fisura se abre
Cuánta gracia y qué violeta voraz, y es la vida otra vez
Bajo rosas gemelas soy deslumbrante, soy el maravillado
el que nace sin alas y me inclino para tocar tu pecho
Y no es verde la sombra que se mantuvo en secreto
que palpita en tu vientre como hongo con iris
Trueno sobre trueno: la confusión
De la tierra al vacío, extraviado, desnudo mi ser jubiloso
esto que soy no se quiebra, renacido me ofrezco deseante
Tiemblan tus manos, los latidos se agolpan, suben fluviales
avanzan, se deslizan sin cesar, surtidor, catarata
y los verbos son plumas, plumas de paloma
Siento el temblor de la carne, fiebre en llama
Del poemario Abur agora del Edén
(1995)
Al morir queda la carne sin soplo
llama que sale buscando su silencio
Navega en cielos nublados, vuela
Se convida a la luz que viene en calma
Cuánta hermosura con lengua voraz
convirtiéndome en polvo, consumiéndome
Ciego sobre las hierbas suntuosas
voy con la boca como instrumento de viento
torcido, sin la virtud de los santos
Agitado me muevo entre velas que caen,
porque todo es tempestad de la Muerte
que no se aquieta, aquí y allá
toca su piedra lujuriosa y se arrastra
en el negro verdor de los lamentos
La vida es fango sin ley que se inclina,
muere.
Trastornado, como desviado el juicio
con las carnes enjutas y temblorosas
vuelto al solar de los metales, mi cuerpo débil
en pleno campo o cielo que contenta
así voy con ganas de romperme los ladrillos
de cogerme con lazos, enmarañarme
porque vivir que es darse contra las paredes
es romperse lo flaco con las ostras
quedarse con los ojos muy blanqueados
unirse, separarse, darse, empalmarse con los vientos
que encorvados aseguran o derivan la vela
porque morir es darse al sebo en lomo del caballo
que no quiere silla sino el movimiento:
el rítmico meneo de las cazadoras.
Como perdido en selva que me traga
caigo al pozo de los bordes azufrados
la mar de la noche se crispa lanzándome resuellos
oscureciendo lo que presto se mueve
y mi alma es movida como lancha entre olas
va sin motor y con los nervios en aceite
y yo agarrado al palo sin vela y en lo alto entre los pinos
sobrecogido de ansias y de calor
Cómo curo este mal con ensalmos, si vuelvo
a caer y a los pies del colérico estoy, aunque lleno de orgullo
La muerte ha puesto su lanza en su ristre
y no hace el diablo ristras de ajos ni cebollas
se pone en forma de rosca y se enrosca
dando vueltas, abajo, arriba,
lezno.
Del poemario Los Trabajos del Tiempo
(Ediciones El Cuervo, 1996)
Perogrullada de una grulla
Si Tung-Po hubiese vivido aquí
en la tierra donde yo
ingenuamente
vivo como pájaro
en la copa de un árbol
hubiera visto
la misma Piedra
en el medio del mismo río
que ahora estoy viendo
Pero es seguro
que nunca hubiese tomado
el camino que tomé.
Porque nuestros caminos
son completamente diferentes.
Aunque salen del mismo jardín
del ayer
entre otros senderos se bifurcan.
Un jarrón para Chi Liang
Los días existen
y yo existo.
Pero sé que no podría durar eternamente,
aunque ya he vivido durante mucho tiempo.
La muerte no me espera.
Simplemente nos encontraremos.
Todo eso dijo el Duque de Chin
al conocer a la noble dama Chi Liang.
Ahora
después de haber bebido con gozo
y disfrutado los mejores dones de la creación,
duerme en la sombra.
La vida para él y Chi Liang
ha pasado
como pasó su época.
Pero, ¿para quién quedó el amor
que el poeta no grabó en el bronce
donde quedaron sus palabras?
Del poemario En trance de mudanza
(2017)
En mi ropero guardo mis camisas viejas,
mis viejos y anticuados pantalones.
Hay días en que me abandono,
me dejo en la orilla del mismo desamparo.
No soy un desertor de la vida.
Todos los días me levanto,
salgo a la calle y lucho.
Me enfrento a los demás animales que también sobreviven.
Pero una noche me descolgué de todos mis afanes,
exhumé al silencioso,
al que nada persigue.
Analicé uno por uno mis actos y terminé absorto,
absorbido por mis profundos pensamientos.
Mi prójimo no tiene corazón, aunque dice quererme.
Es astuto como un zorro,
sabe elegir el momento oportuno,
usa el tono adecuado para cada ocasión.
No se altera:
me golpea con suavidad, aunque me quejo.
Mi semejante habla con las palabras adecuadas.
Sabe dónde encontrarme, dónde darme.
Cuando nadie lo mira me escupe, me señala,
me empuja, me degrada.
Se ocupa de mí que ocupaciones no tengo.
Me hace sentir un estorbo,
una nada entre liendres.
Mi compatriota se roba mi país, destruye mis árboles.
Como si fuera mi dueño me lleva al matadero.
Me quita la piel para la urdimbre.
Delante de él sonrío sin ladrar.
Soy un perro de buena educación.
No es fácil franquear la claridad.
Hay que toparse frente a frente con un cíclope herido
y escuchar las voces de los que morirán.
El cielo que nos refleja no redime al bufón.
¿Qué hago entonces
para defenderme del dragón que devora mis días?
Del libro Antología comentada del Orinoco
(2008)
Poe Orinoco
El río todos los días me llama,
silenciosamente
me convoca a su orilla.
En su orilla
me hago piedra que lo mira pasar.
Me junto con el agua,
doy vueltas,
giro entre olas como pez cachicamo,
me vuelvo pantanoso,
húmedo,
guabinoso,
movedizo,
esponjoso.
Bajo el Sol gozo la lenta quemadura,
la piel que se tuesta,
se despoja de sus jugos siderales,
se llena de huellas como hoja muriéndose.
Tomo el color de las aguas
y el sabor del pijotero.
Me pongo ahumado,
tiznado,
negroazul
como el cuervo de Poe que grazna
encima de las aguas de ese río cabeceando
Sangre negra
Las aguas son el viaje,
el más allá con sus espacios misteriosos.
Las aguas deshacen como el viento,
como el tiempo:
las piedras,
los juncos,
las hojas,
la tierra con sus surcos.
Las aguas se abren como manos abiertas.
Pasan por debajo del puente
por donde todos pasamos
Un día
Un día tomé el camino que siguieron las aguas,
abandoné las serpientes,
las calabazas,
los montes con sus cantos,
las hijas con sus llantos,
dejé a los zamuros escondidos en los farallones.
Un día me vine
y dejé los arenales para buscar El Dorado.
Me vine para ver la Serpiente que jamás regresó
y que nunca veremos.
Del poemario Poemas de la Angostura
(2016. Premio Nacional de Poesía)
Viviendo
El día
se hace
en sus amarras
Más tarde
otra vez
la noche caerá
Sin apoyo del cielo
el sol
remonta
el horizonte
Ajeno al instante
en la tierra
queda
lo despojado
Silencioso
Mudo viene lo caudaloso:
ese sol
ese río
en lo blanco
En la orilla
angosta
me borro
La hierba
apenas
si se mueve
Sequedad
Donde no me ves
mi casa
es la boca de un dragón
invisible
calcinando el paisaje
Somos
secos
como el calor de esta tierra
Nuestras horas
son hijas del hastío
En esta resolana
somos lo que queda
de un país
que nos falta
Del poemario inédito Hijos de la Niebla
1
(Extraído del Diario de Caronte)
Los que dejan la piel se internan en la niebla.
Dejan atrás su pasado.
Yo también me fui quedando en la orilla,
en otra más cercana.
Ellos se fueron alejando
y llegaron al final del camino para no volver
jamás.
El horizonte apenas comenzaba.
Los vi subir y bajar.
Eran tantos que no podía divisar sus impávidos rostros.
Apilados, unos tras otros,
silenciosos,
parecían acudir a un llamado,
lejano e irrenunciable.
Nada se reflejaba en sus ojos.
No había dolor ni cansancio en sus pasos,
aunque sí un poco de nostalgia en sus palabras,
pronunciadas entre los dientes en voz baja.
Ningún ropaje les cubría.
La ausencia era abismo en sus miradas.
2
(La huida)
Desde el puerto,
a lo lejos,
pude ver los reflejos de sus sombras,
desgarbadas y tatuadas de penumbras.
Pude verlos
como se distinguen los muertos de los vivos
cuando la muerte los despoja de la última máscara.
No quise mirar atrás.
También me quedaba como ausente,
despojado de pieles y lamentos.
Despellejado del barro del pantano.
3
(La Diáspora)
Oí el íntimo susurro de los pajonales.
Me sabía desnudo en otra parte,
ajeno a los quebrantos de los rechazados,
que parecían aguardar
una suerte mejor mientras palidecían
devorados por sus hambres.
A ratos se dormían
agobiados por sus penas.
No sé cuándo pasé los lindes de aquel inhóspito lugar,
oprimido por dudas y lamentaciones.
Me acompañaba el recuerdo
de una mujer que se llamaba esperanza.







