El Tiempo es la hoguera donde día tras días nos vamos quemando. La vida que se lleva termina siempre por convertirse en mera ceniza. Basura que finalmente es arrastrada por el viento o barrida por los servidores que pululan en torno a la fragua del Devorador. El hombre siempre busca una salvación ante la circunstancia irremediable que lo acecha. La imagen es el primer intento de aprehensión: los frescos de las cavernas representan en rasgos seguros y ritualizados la lucha de la sobrevivencia, la épica cotidiana. Los bisontes, los cazadores y los mamuts que han persistido edad tras edad desde años de los que ya no se tiene memoria son prefiguración del video que hoy mismo graba los acontecimientos diarios, los registra para una posteridad que los revisará con indiscutible curiosidad y ardor. Lo más cerca que ha estado el ser humano (cree él, en su infinita prepotencia) de simular la memoria de la Divinidad, es inventando la posibilidad de recuperar el instante. En todos los anhelos de sobrevivir convergen las líneas del arte y la tecnología. No en balde los Libros Sagrados aseguran que uno está hecho a la imagen y semejanza del Creador. Y ya en el Renacimiento se hablaba de que el hombre es la medida de todas las cosas y todas las cosas están en la absoluta medida de sus posibilidades.
Esta reflexión viene a propósito de una relectura del libro LOS TRABAJOS DEL TIEMPO, poemario de Néstor Rojas que obtuvo el Premio de la Bienal de Literatura Miguel Ramón Utrera, en 1996 y fue publicado por la Secretaría de Cultura de Maracay, estado Aragua, ese mismo año. El título de los poemas, la disposición en el libro, remiten constantemente a una angustia existencial, una búsqueda que va desde el centro hasta la periferia de la Muerte. No es inusual esa relación. De hecho, la erosión temporal es generalmente llevada a la metáfora de la erosión de la existencia. Y vinculada con desgaste. Con un estadio de desaparición de todo, inclusive de la roca más fuerte, que es vulnerada por el ámbito temporal y reiterativo del agua o del viento. Ese estadio es inexorable:
NO ESTÁ CERCA EL DÍA
Afuera,
más acá de las voces de la vida
hay un tropel de pasos
que van hacia la muerte.
¿Esperas a que llegue
la hora
para iniciar el próximo viaje?
No te impacientes.
Dentro de ti hay un pájaro aleteando
desesperadamente.
Quiere salir de las cuatro paredes
de su encierro.
Así dice el Poeta. Él trabaja la imagen, cincelándola con la palabra. No le falta conciencia de su propio valor, pero en vez de cambiarlo en monedas pequeñas para satisfacer las ansias de los que esperan propinas a la puerta de los templos, va hacia un lenguaje donde lo exacto pesa más que lo precioso. No maneja la lengua de que se sirven los oradores para enardecer las asambleas y lograr su adhesión, sino otra, íntima, que se usa para recordar al que se acerque a la Poesía como fuente de una versión de la Verdad Humana (y, por semejanza, de la Divina) aquellos contenidos sobre los que se está fundamentalmente de acuerdo, porque pertenecen al código raíz de la especie.
Néstor Rojas pertenece a una generación poética latinoamericana que tiene ilustres antecedentes. Poesía órfica. Poesía religiosa, sin que eso signifique catecismo, golpes de pecho o pacaterías. Poesía adscripta a una rebeldía inocente en el sentido de pureza y cortejo de la llama que le daba Hölderlin, ese hombre encabalgado entre el romanticismo practicante y la militancia en el culto de la Libertad, que sacrificó su razón en esos altares, dejándonos patrimonio de interrogantes y esfinges. La línea poética de estos hombres puede quizá señalarse así: La Libertad hay que buscarla en cada átomo y, más profundamente aún, en aquellos que componen nuestro propio ser. A partir de esa búsqueda, el juicio ético y el estético reaccionan a las más sutiles vibraciones. A medida que se avanza, crecen los peligros. Es un camino en ascenso. Como en el caso de los equilibristas, el riesgo es hacerlo sin red. Y, sin embargo, nunca es más fuerte la tentación de invocar a los dioses y nunca es más meritorio el hecho de resistirla. Desde ese punto de vista, la Poesía, la Palabra Consagrada y toda forma de Arte Consagrado es una oración. Más importante que la comida o la bebida, porque testifica que la vida es algo más que materia corruptible o material de combustión para que arda la hoguera del Tiempo. Para que se alimente la fragua del Devorador. La Vida es (puede ser) algo más. Ése es, a mi entender, el sacramento de toda esta Fe.
P.D: Este texto fue publicado en Volante Díptico Literario DEL FONDO EDITORIAL del Centro de Estudios Literarios Universidad Nacional Experimental de Guayana /Año I/N1 1/Enero de 1997. Ediciones de La Casa