La escritura ensimismada y otros latidos

Sobre el poemario Ocre

Alcides Izaguirre

El signo de la desolación

I

La poesía pareciera estar signada por la primera voz. “Voz –según Eliot- donde el poeta habla consigo mismo o con nadie”. Pareciera fácil –dijo alguien- hablar de uno mismo. Los poetas se sumergen para despertar las bestias que llevan por dentro y crear –con los signos de la realidad- un universo posible. A partir de la primera voz se ha escrito gran parte de nuestra poesía. Lírica que la crítica ha magnificado, pero que muchas veces ha condenado al silencio. El peligro del uso de la primera voz es quedarse sumergido en ella, y crear una estética yoista que se regodea en sí misma y que no dice nada. Hay que partir en todo caso del “yo” y enfocar “el lenguaje salvaje” hacia un espacio de posibilidades de sentido.

Es esta la posición del poeta Néstor Rojas (El Tigre, 1961), quien con su libro Ocre (mención de honor en la I Bienal de Literatura de Mérida, 1992), nos presenta un discurso para recrear estéticamente el paisaje de su ciudad natal. Por eso dice: “el pajonal, ese sol/ ilumina mi casa/ el poema: / es este movimiento de regreso/ que me lleva hacia mí”.

En Ocre el paisaje y el hablante lírico se complementan y giran “como llama en lo alto/ vertical/ como viento”. El poeta como Marcos Vargas se desnuda, vuela, cae: “Desnudo/ entro/ en la humedad del monte/ esa blancura que es casi un paraíso”. Oras veces es luz y sombra, farallón, espiga, chaparro, pajonal, sabana…

 

II

Todos llevamos un paisaje por dentro que fue nuestro alguna vez, y que nunca muere y de repente se levanta, nos sorprende. Lo percibimos en una mirada, en un olor, un contacto, y allí lo hacemos nuestro. Y cuando volvemos hacia él ya no es el mismo. Es desolación, zamurana. Es otro y sólo el poema lo revive: “adentro/ resplandecen las aguas/ las palabras, esos latidos como relámpagos/ se descubren, corren por las venas”…

Tres paisajes se imbrican en Ocre y no se sabe cuál es el real: el que lleva el poeta por dentro, el que contempla ahora o el que recrea en el poema. Una simbiosis anímica-estética-telúrica se levanta donde sólo “la escritura late ensimismada”. Aquí la metáfora es símbolo de la desolación. Sincretismo telúrico donde hombre y naturaleza entablan un diálogo para mantenerse, aunque sea sólo en el poema, arraigados a la vida. Los signos del paisaje se conjugan para unirnos –empáticamente- con la tierra: “ese río, serpiente cayendo/ inunda/ mi mundo soñado/ ese pajal de azulejos/ que es apenas una sílaba”. Y más adelante: “anda conmigo/ ese barranco/ hacia adentro/ ese pájaro/ que quiere estar/ aquí/ y allá…”.

 

III

El paisaje no es un tema novedoso en la lírica venezolana. Ya Andrés Bello (1871-1865) lo plantea en su Silva a la agricultura (1826) pero visto desde lejos. Juan Antonio Pérez Bonalde lo representa en Vuelta a la Patria desde la óptica del desterrado y con acentuadas pinceladas románticas. Lazo Martí se adentra más y desde una perspectiva nativista describe, majestuosamente, en su Silva Criolla (1910), la flora y la fauna de su ciudad natal. Más adelante Vicente Gerbasi con Mi Padre, El inmigrante, recrea míticamente y en forma surrealista el paisaje de Canoabo. En un libro reciente intitulado Piel de Maraka (1992) del poeta José Canache La Rosa, el paisaje es visto desde el indígena. En él el lenguaje del indio se irradia en todo el canto para conjugarse con la naturaleza.

 

IV

En Ocre el paisaje es descrito desde la visión del criollo. Aquí se evidencia el sincretismo lingüístico y étnico entre el indio y el blanco. De allí las voces indígena que encontramos en el canto:

…se me revela lo blanco
la intemperie, el cielo del caracueyal
en la página
el poema
donde estoy
exiliado

 …

me sé
cuerpo
Curagua
chaparro danzando
entre llamas

                            …

¿qué curuata es la flecha
que guiará
al desterrado

                                …

el ojo guamache sigue estando
allí
inmóvil
en el centro de la incandescencia…

                                 …

…Murichi, tierra de pájaros

 

¿Acaso es el recinto salvaje donde mora el indio que habitamos?  ¿Es la región donde existe sólo el lenguaje de la poesía? En todo caso el poeta se busca. Recrea lo que ha perdido. Lo que ha muerto es el otro. Porque el poeta mira por un espejo: “no está muerto el ojo/ está en mí/ mirándome/ arriba y abajo/ es sol…/ “no me busques/ afuera/ estoy aquí/ adentro/ viviéndome”.

Afuera sólo existe la incertidumbre, el lamento de lo que fue, “recuerdos de los que ya no son”. Aquí “no quedarán las huellas de los pasos/ sólo se oirán los clamores de los que ya partieron”.

Ocre representa el discurso de un tiempo que se fue y que sólo reverbera en la palabra. Es el discurso de la desolación que únicamente revive la escritura. Porque para el poeta no todo está perdido: “la palabra se abre/ se hace/ en sí misma/ la escritura es deseo/ es sol/ meciéndose entre los pajonales (…)/sale de los barrancones de adentro”. Allí nada muere. El lenguaje es magia, rito que levanta y sacude. Este es el espacio del poeta. Su único paisaje. Por eso sentencia:

 

No es mío este reino

                     mis amigos murieron

aquí

otros muros me cercan

derrumbes

me asfixia mi propio desconcierto

y ese pajal aquí adentro

hundiéndose

 

el poema es mi única patria