Algunas veces uno amanece con ganas de entregarse al mundo. De inventarse un nombre y llamarse como quiera. De algún modo siempre seremos reconocidos en nuestras miradas. De alguna manera alguien, que no conocemos, nos devuelve al origen de todas las vidas y todas las muertes. Esas que siempre nos agotan de tanto contemplarlas. Vamos construyendo nuestra partida de a poquito. Como quien no quiere irse y no desea ya regresar. Pero al final siempre salimos una vez más de este marasmo. Ese Devorador que eternamente nos acecha en cada esquina de la vida: única línea que escribimos desde los bordes de un cuerpo que ya duele de tanto nervio mostrado al desamparo de las noches y días que caen como mendigos.
Apenas líneas de oraciones simples. Nada de oraciones compuestas ni menos yuxtapuestas, aunque quizá si haya una que otra que quiera subordinarse, algo así como recostarse a otra para soportarse.
De cualquier modo esto de vivir a medias parece una cualidad del tiempo de eternidades sepultadas. No es miedo ni hastío, ni repulsión ni asco. Es una especie de dejadez. De algo que estorba, lacera el alma de tanta cercanía con la insatisfacción de morir. Este no reconocernos jamás como naturaleza que muere a cada instante. esta vejez del cuerpo y del alma que intentan irse, alejarse en pena.
Algunas veces soñamos con… y entonces no hay nadie ni siquiera una cucaracha que de manera inadvertida haya cruzado esta puerta que cerramos hasta siempre.
Desde entonces conocemos algo que parece ser la muerte en el alma, con el tiempo como arquetipo que dibuja líneas de un instante que buscamos evadir.
Desde comienzos del pasado siglo XX los estudios sobre la física cuántica, iniciados por Max Planck, generaron toda una especie de elucubraciones sobre el sentido del tiempo y del espacio para entender posteriormente, con la teoría sobre la incertidumbre, lo que se conoce como el método de suma de historias posibles.
Desde entonces ese gran demiurgo que era el Tiempo se redujo a la incertidumbre de su exactitud. Por ello, Ramos Sucre afirmó: el tiempo es una invención de los relojeros. Sin embargo, es inevitable su presencia. El nos envejece, nos roe, seca y mutila. Al final señala la caída.
Lo que antes parecía una narración borgiana sobre el tiempo y su influencia en una amalgama de temporalidades, donde todo es incerteza y ambigüedad, encuentra siempre en la poesía su sentido de plenitud y absoluta claridad.
Lo que importa en el libro Los trabajos del tiempo, de Néstor Rojas (El Tigre, 1961), premio Bienal de Literatura José Ramón Utrera 1996, es la seguridad de un parecer constante e inevitable, sobre el cual no existe forma de evadirse.
El cuerpo poético que sostiene los 49 textos está determinado por la cadencia discursiva de un decir que intenta borrar las huellas dejadas por el andar sin rumbo de los instantes que aún no son, no se tejen en las historias de los poemas de este libro.
La cotidianidad marca algunas estancias rítmicas en la estructura de los textos de este libro. También la interrogación constante sobre el devenir de esa otra vida, la muerte, como forma que continúa en otra manera de existir. Desde que nacemos con nosotros adviene la muerte: existencia que va aclarándose mientras danzamos en la vida. Nos mueve y se construye su propio territorio.
Hablando de cosas cotidianas
Yo nací viendo una campana de nácar
en la torre de una iglesia
por donde entraban
y salían los muertos.
¿Dónde están los que viven
los días del futuro?
Aquí la vida espera
detrás de la puerta.
La mantenemos alejada
para guardar las distancias.
Por encima de nosotros
crecen hierbas,
pero ninguna hierba
nacerá de nosotros.
Aquí estamos
cumpliendo a duras penas
con nuestros anónimos deberes
de sobrevivientes.
Sabemos que más adelante
nos espera la muerte.
Pero esa bendición no es nada espantosa.
De este texto parecen salir otros que tejen una red de acertijos, dende hilvanan imágenes-sonidos, que construyen la sombra de historias de días que dicen el poema: campana, muerte, piedra, hierba, tiempo, agua, pájaro.
Los textos penetrados por la cotidianidad, por un devenir de los días, acercan la inminencia de ese otro despertar que es la muerte. De allí que Los trabajos del tiempo sea un libro que recrea la humana manera de enfrentarse a la inclemencia del tiempo. Kronos que incesantemente va modelando sobre la piedra la cercanía de esferas que circularmente entrelazan acertijos para darnos un lugar en el espacio-tiempo donde mora nuestra existencia de vida-muerte.
De este tiempo, que erosiona a cada instante sólo queda la memoria: espejo de edades que también sucumbe y sólo deja su reflejo en las imágenes del poeta. Esa memoria se desliza en los textos como un fluir, un mismo Heráclito que infinitamente es la misma agua con otro resplandor.
No es un libro precisamente cargado de imágenes preciosas. Más bien está surcado por instantes de un narrar y en ese narrar de la vida sucede lo Uno y Múltiple del acontecer poético: va desfilando el Hombre con sus infinitas máscaras en un decir desde lo trivialmente inesperado de esos mismos instantes que estremecen de tanta cotidianidad.
El cuerpo poético de este libro es una hermosura cuadratura consonántica que da sonoridad a una misma campana que llora la ausencia de vidas que se continúan en la muerte. como agua, como ceniza, como viento.
La voz poética encontrada en este libro se entrecruza con la de Omar Khayyam, sin embargo, mientras éste encuentra la sutil sensualidad en el vino y los dones del recuerdo, Rojas borra toda huella y todo recuerdo hasta reducirlo al polvo del Tiempo.
Podríamos afirmar que este libro es, junto con Ocre (1994), la continuidad de un hacer poético de amplias expresiones simbólicas, y donde sus otros trabajos (Transfiguraciones, 1988; Sepia,1992, y Diario de El Fulmar, 1993) son desprendimientos de una sola y única voz que habla en tono mayor desde esta su hasta ahora última publicación.