Carta abierta a José Mujica, falsario universal

Jorge Martínez Jorge

Sr. Mujica: lamento utilizar el espacio que generosamente me ofrece mi querida Revista OtroLunes, a mí, un oscuro escritor uruguayo, para ocuparme de su triste e interminable deriva antidemocrática. Me consuelo pensando que servir a la verdad es también luchar por la causa de la libertad: ésta no florece nunca en lecho de falsedades.

Que un vulgar ratero –ladrón de poca monta según la RAE- durante los años 50 y 60, se haya convertido en uno de los (aunque ni de cerca el más importante) jefes guerrilleros, y de ahí se haya erigido en autoproclamado “rehén” de la dictadura militar, para que, luego, a caballo de ello, haya podido construir una carrera política –actividad que Ud. desprecia- que le llevó a ser Presidente de los uruguayos, y desde entonces a convertirse en una suerte de rock-star de clase mundial, cultivando el cliché del pobrismo tan caro a la progresía internacional, es un misterio mayor del que deberán ocuparse los estudiosos de la Sociología y Psicología de Masas en el futuro, algo que largamente excede mis capacidades y propósitos.

Habiendo Ud. producido una verdadera catarata de entrevistas, declaraciones, libros, memorias y desmemorias, coloquios y toda suerte de excesos verbales hasta conformar un océano infinito de disquisiciones, elucubraciones seudo filosóficas, vestidas todas con el ropaje del guerrillero romántico, abuelo bueno, presidente pobre y tantas otras máscaras de las que se ha servido, qué es lo que me lleva a indignarme como para decir ¡basta ya, Mujica!  A los hechos.

Que un individuo como Ud. que trató en vivo y en directo de “nabo” (criollismo para designar a un imbécil, un idiota) al periodista más prestigioso de la época; Ud. que patentó el relativismo moral del “como te digo una cosa te digo la otra” y no sólo lo dijo sino que lo practicó con total desparpajo, haciendo de la mentira y la burda maniobra un modus operandi; que con todos esos antecedentes Ud. todavía tenga la capacidad de mover a la indignación a un ciudadano de a pie como yo a raíz de una declaración periodística –de las que hay cientos de miles- solamente se explica porque a pesar de mis 6 décadas de vida, no me he dejado ganar por el cinismo y guardo aún el debido respeto por la verdad y el decoro que hacen a la vida en sociedad y democracia.

No se puede, gratuitamente, andar todo el tiempo diciendo cualquier cosa, ni se puede engañar a todos, todo el tiempo. Recordar hoy que haya sostenido que el Parlamento previo al Golpe de Estado de 1973, era “ficticio” es la gota que derrama el vaso. Hasta para la infamia hay un límite.

Sus inmorales malabares retóricos no tienen otro propósito que contribuir a consolidar el “relato” según el cual los Tupamaros se levantaron en armas “contra una Dictadura”. Siendo que comenzaron a operar en 1962, que en 1966 hubo elecciones regulares con participación de todos los partidos, que durante el período 1967-1972 hay un Gobierno que enfrenta la guerrilla con Medidas Prontas de Seguridad (prerrogativa perfectamente constitucional) las que, una y otra vez, el Parlamente “ficticio” levanta dejándolas sin efecto. No se entiende cómo, si ya estábamos en dictadura en 1968 o aún antes, entonces en 1971 vuelven a haber elecciones –convocadas por el “dictador” se supone-de las que nuevamente participan todos los partidos, incluida la izquierda. Y menos podría explicarse esa curiosa “dictadura” que permite la fundación del Frente Amplio (del que participa el Partido Comunista) y su participación electoral con el Gral. Seregni como candidato. Hace agua la chalana mujiquista.

Ficticio dice la RAE, es algo “que solamente existe en la ficción o en la imaginación de alguien” o también “que es fingido o aparenta ser real sin serlo”. Sus afirmaciones Mujica, huelga decirlo, son ficticias. Muy ficticias.

Desconozco si desde que hizo por primera vez esta temeraria afirmación, salió ya –como es su costumbre- a desdecirse, contradecirse, desmentirse, o a adjudicar presuntas maniobras de eternas conspiraciones. Creo que no.

Antes que diga que no dijo lo que dijo, permítame decirle al lector, uruguayo o no, de mi generación que pueda haberlo olvidado, pero especialmente de las nuevas generaciones que no lo vivieron y al que se dirige con seguridad su bulo, qué Parlamento es ése Parlamento vilipendiado por usted.

Ese Parlamento que usted denigra, en su calidad de Vicepresidente de la República era presidido por el Ing. Jorge Sapelli, ese caballero del espíritu republicano que prefirió renunciar antes que ver mancillar el templo de las Instituciones con el taconeo de las botas militares en sus pasillos. Principios democráticos no es algo que a usted le suene familiar, Mujica, así que no me va a entender.

Ese Parlamento que usted insulta, Mujica, lo integraban, entre otros, nada menos que Washington Beltrán, Héctor Grauert, Luis Hierro Gambardella, Zelmar Michellini (le suena?), Dardo Ortiz, Carlos Julio Pereyra (vivo aún para soportar sus sandeces), Eduardo Paz Aguirre, Francisco Rodriguez Camusso (con quien compartió bancada, si no me equivoco), Amílcar Vasconcellos (el que denunció el golpe cuartelero, que ustedes ayudaban a pergeñar, en su libro  “Febrero Amargo”), el Arquitecto Juan Pablo Terra (fundador del Frente Amplio para mayor afrenta), y por si faltara poco, Wilson Ferreira Aldunate (que en ese Parlamento ficticio volteaba Ministros del supuesto dictador, algo nunca visto) y que luego, desde el exterior diera dura batalla, la misma que hoy dan los venezolanos clamando solidaridad para su pueblo oprimido por una tiranía. Entonces, y ahora, acá y allá en Caracas, usted Mujica, estuvo siempre del lado de los tiranos. Desmiéntalo si puede. Wilson, el que retornado al país fue a la cárcel, el que tuvo el gesto de grandeza de anteponer la recuperación de la democracia antes que los intereses de su partido y los suyos propios. Grandeza. Otra cosa que a usted le ha de sonar esotérico.

Pero ese Parlamento, disuelto en la memoria histórica por usted antes que por los militares, también lo integraba Enrique Erro. Seguro que a Erro usted lo recuerda, porque trabajó con él en el propio Palacio Legislativo. Vaya esto para quienes dicen que usted nunca trabajó. Ese legislador, sindicado de ser –y nunca desmentido, el Piedad Córdoba uruguayo- el brazo político de la guerrilla Tupamaros que usted ya integraba, intentó ser desaforado por el Gobierno, bajo presión de los militares. Ese Parlamento, “ficticio” según usted, se plantó firme y con votos de todos los partidos, rechazó una y otra vez el pedido de desafuero, al punto tal que luego fuera utilizada esa negativa como excusa para la disolución de las Cámaras, culminando ahí sí, el Golpe Militar del 27 de Junio de 1973. Huelga decir que, para entonces, sus guerrilleros habían perdido su guerrillita de juguete y estaban, algunos, presos gracias al señalamiento de algunos como usted y su compañera Topolansky y su compinche fallecido Eleuterio Fernández Huidobro, y los demás en el exilio. Otros, los menos afortunados, carne de cañón de sus delirios, bajo tierra. No se enoje Mujica, es que la realidad es porfiada y la gente tiene memoria.

No, Mujica, no y mil veces no. Su afrenta a la vida, a la conducta y la memoria de esos legisladores, que nunca hubieran aceptado ponerse el uniforme de una Fuerza Armada extranjera, represora como la Venezolana tal como lo hizo usted denigrando, una vez más algo que le sale muy bien, la institución presidencial. Esa afrenta lo es también al actual Parlamento, que hasta hace poco usted mismo integró, y a las instituciones democráticas todas.

Basta Mujica. Pare usted de hacer daño. Ya fue suficiente con su nefasta Presidencia cuyos perjuicios en materia económica se medirán en décadas, porque siendo eso una barbaridad aún no debidamente aquilatada podría no ser lo peor. Lo peor, con mucho, puede llegar a ser lo que usted destruyó en materia de valores, de convicciones democráticas, de convivencia civilizada, del valor del estudio y del respeto por el trabajo. Eso Mujica, junto a su permanente y recurrente “tentación totalitaria” es una mochila demasiado pesada que usted le ha cargado a las próximas generaciones de uruguayos. No tenía derecho a hacerlo. Sépalo.

Basta ya. Es hora que asuma sus décadas al servicio de la destrucción nacional y si no lo hace por otra cosa, hágalo por un resquicio de respeto a los uruguayos que pueda quedarle, uruguayos como yo que militamos en pro de una generosa amnistía para usted y los suyos –aún aquellos que sabíamos iban a quedar impunes de sus atroces crímenes, desde los Pascasio Báez a los Leoncino- y que luego fuera usada por usted y los suyos para la más mezquina de las venganzas.

Ni un tsunami, ni dos terremotos, ni siquiera un Hiroshima podrían haber hecho tanto daño como el que usted nos ha hecho, a nosotros y nuestros hijos, y aún a los hijos de los suyos que más temprano que tarde heredarán la tierra arrasada que nos deja.

Como le dijera el Rey de España al verborrágico Hugo Chávez, ese amigo suyo, “por qué no te callas, Pepe”. Hazlo, solo hazlo. Y que la historia sea contigo nada más que justa. Será suficiente, y será justicia.

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.