Desde hacía mucho tiempo quería ver el musical Hamilton. Cuando finalmente fui al Saenger Theatre en New Orleans a ver uno de los elencos en gira (ver Hamilton en Broadway era prohibitivo, tanto por los precios como porque hubo un momento en que había que comprar boletos con un año de anticipación), la obra tendría unos diez años desde su concepción. Su autor, Lin Manuel Miranda, es de padres puertorriqueños. Creció en Nueva York y ya para 2008 había ganado un premio teatral Tony al mejor musical del año con In the Heights, sobre la comunidad latina de Nueva York.
Hay un video en Internet de Lin Manuel Miranda en la Casa Blanca. Es el año 2009, los primeros meses de la administración de Barack Obama. Miranda ha sido invitado a participar en una sesión de Spoken Word, esos espectáculos de poesía que son a la vez un performance y casi una interpretación musical del poema. Yo siempre he asociado los shows de Spoken Word con la comunidad negra, con jóvenes poetas y con espacios de ocio que rompen con las reglas de orden y productividad sociales. Sí, es una romantización del arte, pero las sesiones de Spoken Word, al menos en la New Orleans que yo conozco, pasan en lugares con olor a humedad y donde se bebe cerveza barata. Una vez –y alguien puede decir que empiezo a contradecirme– fui con Diego Mora a un espectáculo en una pequeña galería en un barrio negro –barrio malo, me advertiría alguien–. Se vendía comida y trago, y los poetas surgían de cualquier rincón, rodeados siempre de un público receptivo y entusiasta, devoto de lo que escuchaba.
Las sesión en la Casa Blanca era tanto un reconocimiento como una forma de hacer cultura oficial el Spoken Word. De los barrios marginales hacía un recorrido hasta el centro mismo del poder, con Barack Obama como padrino. También era un gesto político. El nuevo país, los Estados Unidos de la era pos-conflicto racial recibían a esos jóvenes de distintas razas y etnias. Sería el año del Premio Nobel a Obama. También sería el año es que las fuerzas más conservadoras y racistas empezarían a cosechar los primeros triunfos en su campaña por hacer naufragar la presidencia de Obama. Poco después, en 2010, el primer presidente negro en la historia del país perdería la mayoría en las dos cámaras del Congreso, y empezaría a gobernar casi exclusivamente por decreto. Su legado sería entonces vulnerable, al punto de que la administración Trump ha sido capaz de echar abajo muchas iniciativas en un intento de eliminar a Obama de la historia.
En el video del 2009, Lin-Manuel Miranda parece nervioso. En su introducción dice que está trabajando en un álbum de hip-hop, “un álbum conceptual sobre la vida de alguien que considero que personifica el hip-hop: el secretario del tesoro Alexander Hamilton. Fue hijo natural, huérfano, creció sin recursos en la isla de Saint Croix. Se convirtió en la mano derecha de George Washington, se agarró de las mechas con otros fundadores de la nación americana y todo lo hizo a partir de la fuerza de su escritura. Pienso que personifica la capacidad de la palabra de hacer una diferencia”. Cinco años después Hamilton se estrenaría en el Public Theatre de New York, luego pasaría a Broadway, y se convertiría en leyenda, no solamente por todos los premios recibidos, sino porque la obra en sí encarnaría los ideales de la administración Obama en cuanto a inclusión y visibilidad de las minorías. De hecho, Michelle y Barack Obama dirían lo siguiente en un video proyectado durante la ceremonia de los premios Tony de 2016: “Es un musical sobre el milagro que es Estados Unidos, un lugar de civilidad donde debatimos ideas con pasión y convicción. Un lugar inclusivo, donde valoramos nuestras voces y nuestra diversidad como grandes dones, un lugar de oportunidades donde no importa qué tan humildes sean tus orígenes, puedes salir adelante si luchas…”
El sueño duró muy poco, En cuestión de meses, luego de la elección de Donald Trump en noviembre de 2016, esos ideales empezaron a desmoronarse. “Nosotros, la América diversa, estamos alarmados y ansiosos porque la nueva administración no nos protegerá”, dijo un miembro del elenco cuando el vicepresidente electo Mike Pence asistió a una representación. Casi de inmediato, las minorías se convirtieron en enemigos, los migrantes se clasificaron en deseables e indeseables (Trump llamó a países como Haití o Honduras mierderos) y derechos apenas adquiridos se pusieron en la mira de la nueva administración. En este contexto, ¿qué significado tiene la obra? ¿Será acaso que nos mueve principalmente la curiosidad de ver una pieza teatral exitosa? ¿Nuestro consumismo, tal vez?
Los logros en derechos civiles de la época de Obama parecen muy lejanos en el tiempo. De hecho, los últimos tres años han sido los más largos de que tenga memoria, como si viviéramos una enfermedad que nos debilitada sin matarnos. Hace unos días, cuando fui al Saenger Theatre a ver la obra de Lin-Manuel Miranda, no estaba seguro de si su mensaje aun estaría vigente. Me parece que de un modo casi inevitable muchos nos volvemos como la sociedad que nos rodea, aunque sea un poquito, tal vez porque nuestra oposición es débil y porque ver una obra que en su momento fue revolucionaria no es en sí un gesto revolucionario. Me gustaría pensar que Hamilton puede inspirar a las nuevas generaciones a luchar, a cambiar lo que ahora parece estar perdido. Me da miedo, por otra parte, que la obra no sea más que una forma de nostalgia, la evidencia de que hubo una época mejor, ahora casi desaparecida, casi invisible, apenas un vago recuerdo.
