La escritura

Carlos Enrique Cabrera

Nunca me he planteado  seriamente ser escritor, es decir  –expresándolo con más precisión–, convertirme en escritor profesional. Escribo todos los días  desde hace mucho tiempo pero solo porque me gusta y porque me resulta en sí misma una actividad en extremo  placentera y gratificante.

Todos necesitamos contar historias, la narración es consustancial al ser humano y le acompaña desde la oscura época de las cavernas. Hombres y mujeres de toda edad y condición se ven  compelidos cotidianamente a generar historias, más o menos reales o más o menos ficticias, no necesariamente brillantes ni trascendentes, tampoco necesariamente fijadas por la escritura en la pantalla o el papel (por el contrario, son las orales las que predominan por encima de las otras), pero todos le contamos al compañero de trabajo lo que nos ocurrió ayer, lo que pensamos el día anterior, lo que creemos que nos podría ocurrir el día de mañana, nuestros anhelos, sueños y angustias. ¿Por qué? Claramente la narración (protagonizada por nosotros mismos o por otros) es una actividad bastante más compleja, rica y misteriosa de lo que podría parecer a simple vista, y sin que quiera yo hacer aquí demasiado énfasis en ello (me llevaría a redactar otro artículo), sí quiero  por el contrario hacerlo sobre el hecho de que esto nos revela que no podemos pensar de ningún modo que por pertenecer al mundo de los narradores y contadores de historias consuetudinarios sea uno un ser excepcional, una rara avis… No. La única singularidad –propia, personal y que por demás comparto con miles de individuos de todo  el planeta– radica en la circunstancia de necesitar poner  las historias por escrito y encima trabajarlas incansablemente, buscando tozudamente una perfección (de forma y fondo) absolutamente inalcanzable…

Pero no sería del todo veraz si me quedo en la afirmación  hecha más arriba de que escribo solo por placer y no la matizo. Porque esto no es completamente así;  lo cierto es que escribo también (y así he de reconocerlo)  por obligación. La escritura, actividad por demás en extremo exigente y demandante,   termina atrapándote y se convierte en un hábito  del que ya no puedes prescindir; al que quedas encadenado de por vida, sin el que ya no puedes concebir tu existencia. De modo que mientras los demás corren y  ejercitan sus cuerpos de forma frenética en el soleado exterior con sudoración intensa, tú permaneces sentado ante una mesa (el sedentarismo es una condición sine qua non del escritor) encerrado en una habitación, con la única compañía de tus libros (alrededor) y la parpadeante  pantalla de una computadora enfrente… en silencio y reconcentrada soledad durante largas horas…

Pero ¿por qué termina la escritura haciéndose indispensable en la vida de un individuo como yo? La escritura  es (hablo, es preciso decirlo,  de acuerdo a mi propia experiencia)  una maravillosa diversión y entretención,  favorece  la concentración y nos ayuda a organizarnos interiormente,  afina nuestra capacidad perceptiva y nuestro pensamiento reflexivo y crítico y nos da posibilidades ciertas de conocernos mejor, tiene una acción catártica y  liberadora  (mientras escribo me olvido por completo  del mundo y sus problemas, nada es ahora más relevante que el universo de ficción al que voy dando forma  con las palabras) a la par que nos colma de  emociones y sensaciones (cuando logras una página o así sea tan solo una frase acabada y eficiente te sientes como un Dios), nos permite sentir con más hondura e intensidad y, por tanto, hace que nos sintamos más vivos.  La escritura definitivamente nos  proporciona un motivo de vida. Hablo de la escritura como actividad privada y solitaria, secreta, sin más meta ni norte ni  intención ni finalidad  que la escritura misma. Porque sin duda la escritura  ofrece muchas otras dimensiones y con ella y a través de ella se ponen en juego (se manifiestan y canalizan y concretan) muy diferentes motivaciones, aspiraciones, intencionalidades e intereses.

Así, muchos asumen la escritura como un riguroso y metódico oficio a tiempo completo, como una esforzada y frenética carrera de obstáculos que debe llevar a alcanzar finalmente  la meta. Una carrera maratónica y titánica en la que no hay más alternativa que emplearse a fondo en la búsqueda del reconocimiento del público y de la crítica (éxito de ventas y éxito de crítica), en la obtención de uno (o de varios) de los importantes premios nacionales e internacionales que vienen acompañados por lo general de una sustanciosa y nada desdeñable dotación económica. Con el Premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, con el Cervantes, el Princesa de Asturias de las Letras y, por supuesto, el Premio mayor  que otorga anualmente la Academia Sueca, el Nobel de Literatura, se le concede al escritor agraciado además del pergamino o diploma correspondiente y del renombre y prestigio que llevan aparejados estos ambicionados premios,  una importante suma de dinero. Y encima (así se entiende y espera) las ventas de las obras de los galardonados  se verán incrementadas de forma sustancial, a lo que hay que sumar por supuesto lo que puedan estos recabar en lo adelante en toda suerte de apariciones públicas en Ferias, Congresos, Cátedras… así como en la  prensa escrita, la radio y la  televisión.

Un escritor profesional de éxito se revela así pues como una auténtica celebrity o starlet que, desde luego –y aquí está su karma, su más penosa condición–,  nunca alcanza los deslumbrantes destellos luminosos de deidad de una SuperStart de Hollywood ni por supuesto las altísimas cotizaciones a las que estas están acostumbradas. Podría decirse que un escritor o escritora profesional de éxito es como una celebridad de cuarta o quinta categoría, puesto que jamás encabezarán la Lista de las superestrella del mundo de hoy como sí lo harán los deportistas, los actores y actrices y los cantantes de pock y rock (los anglosajones siempre en abrumadora mayoría), las top models y en los últimos tiempos también los chef y, ¡horror de horrores! igualmente los políticos y empresarios de éxito.

Por otro lado hay quienes  entienden o mejor ejercen la escritura como una vía cognitiva, como una vía de iluminación y ascensión trascendente hacia lo oculto y secreto, de revelación y descubrimiento. El quehacer escritural trasciende la propia individualidad para alumbrar lo más oscuro,  esas zonas de la realidad que otros modos de conocer no rebelan.

El escritor iluminado formula preguntas, indaga e inquiere, arriesga hipótesis, trabaja con lo conjetural y hace juicios que en otros ámbitos serían absolutamente impensables, descabellados y temerarios. Debe (es su vocación y su deber, su insoslayable compromiso) “remover conciencias”, poner  zancadillas,  piedritas en los zapatos, pequeñas tablitas en el camino de los posibles lectores para que aquella  distraída masa desnortada se detenga y piense y reflexione, se conmueva y sienta con moroso detenimiento y despierte, logre por fin abrirse a la verdad revelada del ser auténtico del hombre. En esta tarea de aventura indagatoria de la literatura, en esta rigurosa y exigente misión exploratoria del ser (que algunos asumen todavía hoy con entusiasmo) se viene trabajando   desde los ya remotos y lejanos tiempos del romanticismo y las vanguardias europeas, con el dadaísmo y el surrealismo a la cabeza. En el siglo XIX autores como Fiódor Dostoyevski, Lev Tolstoi, Balzac, Proust, Whitman, Baudelaire, Rimbaud iluminaron significativas parcelas de la psiquis y el alma humanas con sus creaciones. En ello trabajó –con escritura tan torturada y sufriente como su propio rostro– el argentino Ernesto Sábato en obras como el Túnel y Sobre Héroes y tumbas.

Pero como afirma Javier Marías (2011) –autor cuyo juicio respeto porque le ha dedicado toda su vida a la escritura y sabe sin duda de qué habla–, en  entrevista con Silvina Friera en Página 12 (Argentina):

“La novela no es tanto una forma de conocimiento, como se ha dicho tantas veces, sino una forma de reconocimiento.”

(…)

“La escritura da forma a los pensamientos, los moldea; hay que ponerlos en orden o contarlos en sucesión. Pero de ahí a que uno entienda más sobre la muerte o el amor, media un abismo”.

Y concreta Marías su pensamiento con esta cita de Faulkner: “La literatura lo que más logra es lo mismo que una ‘cerilla encendida’ en un campo nocturno: no ilumina nada, pero permite entender cuánta oscuridad hay alrededor.”

En todo caso, creo que igualmente aquí los escritores profesionales pierden el combate y por tanto su puesto de preeminencia en la Lista frente al nutrido colectivo de  gurús y chamanes que surgen hoy por doquier como hongos en el camino de los lectores –en nuestro diario deambular por el mundo.

Están por último los escritores que usan la literatura como herramienta de reivindicación social y política, la propia obra y su contenido o el prestigio que esta les otorga, y que opinan sobre cuanto acontece en sus sociedades en los medios de comunicación de masas y se codean con jefes de estado de cuya amistad se congratulan y ufanan (pienso aquí en Gabriel García Márquez y su conocida amistad con Fidel Castro) y con grandes magnates de las finanzas. Se mantiene aquí el viejo ideal  (o la concepción del oficio escritural) de los grandes intelectuales de finales del siglo XIX y principios del XX que se erigían en guías y conciencia de sus sociedades (ejemplo paradigmático el J’Accuse de Émile Zola publicado en L’Aurore en 1898 como respuesta al «Affaire Dreyfus») y , en los faros de luz que marcaban y trazaban el camino de las masas, que se adscribían a las justas y nobles causas y luchas de su particular momento histórico, se sumaban con gesto airado y talante combativo a las justas reivindicaciones de la sociedad humana.

Pero el mundo ha cambiado de forma dramática y con él todo el oscuro y enmarañado entramado del poder. Ante los grupos de presión, los lobbies y Caucus, el tráfico de influencia y los altísimos niveles de corrupción que imperan hoy en nuestras sociedades, ante el complejo industrial-militar, científico-tecnológico, político y financiero-empresarial que rige hoy los destinos del mundo, poco o nada puede hacer la voz solitaria de un escritor y ni siquiera la  de un grupo más o menos nutrido  de connotados escritores por potente y vigorosa y lúcida y bien conformada que sea, por muy cargada de razón que se presente. Todo queda al final en un frustrante  predicar en el desierto… un «gritar a la nada», como dijera a The New York Times (2017) el novelista estadounidense Jeffrey Eugenides a cuenta de su adhesión a la carta en la que  65 escritores y artistas (entre ellos varios premios Nobel) pedían  al presidente de EE UU, Donald Trump que depusiera su veto de entrada a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana.

Las tres orientaciones o tendencias, percepciones y/o concepciones de la literatura señaladas pueden confluir en mayor o menor medida en un solo escritor, que buscará denodadamente y con ahínco el éxito y la fama y todo cuanto ella conlleva y comporta, al tiempo que procurará construir una lograda obra de profundidad y calado que incida en un mejor conocimiento de la condición humana y, a la vez tampoco descuidará o dejará de lado la vertiente de reivindicación social y política. Se me ocurre de pronto que un escritor así, más que un intelectual o un narrador  es en sí mismo toda una corporación, pero sin duda han existido en  la historia de la literatura especímenes así aunque hoy claramente podríamos aseverar que están en franca vía de extinción si no completamente extinguidos. Se me ocurre pensar que quizá fuera el último representante de esta singular especie alguien que siempre ha gozado de mi admiración, el portugués José Saramago, premio Nobel de Literatura en 1998.

Mientras arribo  al final de este artículo me pregunto cuál será su destino, cuál su destinatario, qué repercusión habrá de tener en qué otro ser, en qué otra vida, si llegará siquiera a ser leído a pesar de estar al alcance de todos en internet. ¿Cambiará algo aun cuando sea mínimo  en la mente, en la sensibilidad o en la percepción de alguien en la lejanía y la distancia?

No tengo la menor idea y tampoco es mi asunto. Escribir es para mí en este justo y preciso instante lo  mismo que siempre ha sido, tan solo un ejercicio que distrae mi soledad y sin duda la ilumina, un sereno e íntimo diálogo a solas y a media voz conmigo mismo, quizá con lo mejor de mi propio ser íntimo y que de algún singular, oscuro y extraño modo, más allá de las tareas cotidianas estrictamente alimenticias, me justifica.

Si al otro lado (verso y reverso: escritura/lectura) estas elucubraciones hilvanadas con placer a la par que con laborioso empeño encuentran una respuesta, positiva o negativa, a favor o en contra de las ideas en ella vertidas, bienvenida sea.

 

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).