Los semáforos

Ofelia Huamanchumo de la Cuba

«Esa chica de azul que espera enfrente en
el semáforo, ¿quién será?,¿de dónde vendrá?,
¿adónde irá con el bolso en bandolera?«

Manuel Vincent

 

El instante suspendido de lo que dura el color rojo de un semáforo para peatones —en medio de ese inexorable tiempo de las grandes urbes— puede ser el marco a una extraña reminiscencia, a un dubitativo recuerdo de alguien que acaso se creyera haber conocido en otra vida, a una fugaz ternura, e incluso exagerando, a un amor a primera vista. Todo a condición de soñar, de darse el lujo de jugar a evadir la realidad por unos segundos. Segundos que entonces se convierten en un bálsamo temporal, en una festina lente de ese apresurado devenir del hombre contemporáneo.  ¿Qué sería de tantos peatones apremiados en Berlín, Bonn, París, Milán, Viena, o peor aun, en Nueva York, en Tokio?, para quienes los semáforos pudieran ser la única forma de hacer un alto en su diario trajín, como quien se mira ante un espejo, contemplando a otros de su especie con las mismas prisas, aunque debido a distintas causas, detenidos enfrente.

Yo creo que al menos los semáforos de las metrópolis prósperas se inventaron para que los caminantes anónimos y solitarios pudieran desafiar a Kairós y hacer de esos segundos de espera en rojo un momento mágico que apueste por una sorpresa positiva en el hilo de una vida entregada a la monotonía sin mayores peripecias. Cuántas veces en alguna tarde de verano muniquense vi a algún guapo caballero ofreciendo el paraguas a una mujer elegante que no tenía alguno al caer de pronto un aguacero, parados ambos ante un mismo semáforo en rojo. Y al cambiar al verde y desviarse luego del cruce cada uno por su camino, cuántas veces me quedó también la sensación de que ese instante bien podría haberse prolongado en un sendero común a ambos compartiendo sus vidas.

Así de mágico, y a la vez trágico, encuentra ese momento el poeta valenciano Jaime Siles Ruiz en su Semáforos, semáforos (premio Loewe de poesía 1990): «La falda, los zapatos, / la blusa, la melena / se han ido con la luz / verde que se la lleva. / En un paso de cebra / la vi y dije: ¡ella! / Y todos los motores / me clavaron su espuela. / El semáforo dijo / hola y adiós. Y era / muy pronto para todo, / muy tarde para verla. / El ámbar me mordía / los ojos y las venas / y la calle tenía / resplandor de pantera»; mientras que su compatriota Manuel Vincent anotó también unas líneas sobre la fatalidad de lo que pudo haber sido y no fue a la luz de un semáforo: «Finalmente huye el último coche y el semáforo se abre. Por el paso de peatones la chica avanza hacia mí y yo voy hacia ella. Los dos, al cruzarnos, sorbemos sesgadamente nuestro rostro anodino con una mirada y al llegar cada uno a la acera contraria ya para siempre nos hemos olvidado. En la ciudad se oyen sirenas de ambulancia».

La otra cara de la moneda de los semáforos en rojo la he visto yo titilar en las ciudades latinoamericanas, donde ese color se presenta como única oportunidad para el hampa de abordar a sus víctimas, y como momento de peligro latente para el ciudadano común y corriente, a pie o en auto. Para muchas de las figuras de las historias de Roberto Bolaño, quienes recorren Lima, Buenos Aires, Santiago de Chile, México D.F. y también Barcelona o Madrid, los semáforos son la oportunidad de cambiar el curso del destino; se ve en el relato Joyce en Barcelona, donde el personaje principal ha estado huyendo de la policía por las calles de la capital catalana en el auto de un taxista, al que ha asaltado revólver en mano, hasta lograr escabullirse, bajar del coche e ir por el siguiente: «Caminé un par de calles lo más tranquilo que pude. Todo estaba vacío a esa hora. Llegué al semáforo y esperé; pasaron dos coches en verde y uno que no respetó la roja; el cuarto se detuvo. Fue más fácil de lo que creí. En tres zancadas me puse junto al coche y el rostro del tipo apenas tuvo tiempo para girarse cuando ya tenía la portezuela abierta y el cañón de la Smith & Wesson incrustado en la barriga. Le hice cambiar de asiento y esperé a que se pusiera la luz verde».  Así, pues, acostumbrada a los semáforos limeños llevo yo dormida en mí una reacción inevitable ante ellos. Conduciendo por Múnich, cuando me toca rojo, verifico si he apretado el botón que asegura todas las puertas del coche. Y si voy a pie, cuando me detengo por el rojo, miro sin querer a quien esté a mi izquierda y a mi derecha, y aprieto mi bolso hacia mí, asegurándolo, por más que sé que no es necesario, porque, en fin, una nunca sabe.

Del Autor

ofelia-huamanchumo

Ofelia Huamanchumo de la Cuba
(Lima, Perú, 1971). Hispanista y escritora. Vive desde el 2001 en Múnich, Alemania, dedicada a la docencia universitaria, a la investigación académica y a la creación literaria. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Es Magíster y Doctora en Filología Románica, Literatura Comparada y Literatura Alemana Contemporánea por la Ludwig- Maximilians- Universität München (LMU). Ha publicado los libros Magia y fantasía en la obra de Manuel Scorza (2008; 2015); Encomiendas y cristianización (2011; 2013); la novela Por el Arte de los Quipus (2013; 2015); además de cuentos, poesía, teatro y traducciones literarias en revistas impresas y electrónicas; así como estudios en publicaciones académicas.