El 28 de junio de 1905, el Dr. Beaurieux observó por cinco o seis segundos contracciones irregulares y rítmicas de los párpados y labios del asesino Henry Languille. Luego los movimientos espasmódicos cesaron, el rostro se relajó, los párpados quedaron entreabiertos, dejando solo el blanco de la conjuntiva visible, exactamente como en el caso de los moribundos, o de los muertos. El Dr. Beaurieux gritó entonces con voz fuerte y aguda: ¡Languille! Los párpados se abrieron lentamente, sin ninguna contracción espasmódica, los ojos del asesino se fijaron en los del doctor y las pupilas se enfocaron. Luego de varios segundos, lenta y suavemente, los párpados se cerraron de nuevo, y la cabeza tomó la misma expresión que tenía antes de la estentórea llamada del Dr. Beaurieux. El doctor volvió a llamar: ¡Languille!, y una vez más, sin espasmo alguno, lenta y suavemente, los párpados se abrieron y unos ojos indudablemente vivos miraron a los del médico, con una mirada quizás aún más penetrante que la primera vez. Al cabo de unos pocos segundos, los párpados volvieron a cerrarse, pero ahora no del todo. El doctor lanzó una tercera llamada, esta vez no hubo movimiento alguno, los párpados entreabiertos solo mostraban la mirada helada de los muertos.
El Dr. Beaurieux, escribió lo anterior en Archives d’Anthropologie Criminelle, nos asegura que describe con total exactitud sus observaciones, y que la experiencia duró de veinte y cinco a treinta segundos.
Del reporte del médico francés se puede inferir que Languille estuvo consciente por al menos veinte y cinco segundos antes de morir, o, para hablar con propiedad, su cabeza estuvo consciente. A las 5.30 am de ese 28 de junio, había sido guillotinado, las llamadas y observaciones del Dr. Beaurieux fueron a la cabeza sin cuerpo de Languille.
Por milenios, la decapitación ha sido usada como una forma de pena capital. De hecho, la palabra capital viene del latín caput que significa cabeza. La palabra inglesa cap, gorra, puede tener la misma etimología. Nuestro término cabeza deriva del latín hispánico vulgar capitia, que a su vez viene de caput. En comparación con otras formas de ejecución, o de muertes violentas, la decapitación es sin dudas menos cruenta; no obstante, pensar que se pueda mantener la consciencia por decenas de segundos con la cabeza separada del cuerpo es realmente espeluznante.
Se discute si esto puede ser posible. El debate al respecto es quizás tan viejo como la misma decapitación. Los infortunados a quienes la cabeza les ha sido separada del cuerpo violentamente deberían perder instantáneamente la consciencia por causa de la disminución masiva de la presión sanguínea en el cerebro, o bajo el impacto contundente del objeto usado para decapitarlo. (Esto último es más probable en la decapitación con hacha, o incluso con espada, como se usaba antes de la invención de la guillotina; aunque solo probable, no absolutamente seguro, se dice que tanto el rey Carlos I como la reina Anna Bolena mostraron señales de intentar hablar luego de su decapitación con espada.) Pero hay innumerables anécdotas de testigos oculares, algunos muy serios, como el Dr. Beaurieux, que describen momentos de aparente consciencia y dolor en la cabeza separada del cuerpo. El cerebro es la sede de la consciencia y no recibe trauma alguno en una decapitación limpia, puede por tanto mantenerse funcionando hasta que el descenso de la presión sanguínea le cause la inconsciencia y la muerte. La sospecha de que esto es posible llevó a abolir la decapitación como pena capital en gran parte del mundo. No hay por tanto observaciones científicas recientes de decapitaciones humanas, pero sí con animales: bajo circunstancias propicias es muy posible que la cabeza separada del cuerpo pueda mantenerse consciente por un tiempo suficientemente largo para darse cuenta de su situación. Algunos estudios con animales sugieren periodos de hasta 29 segundos, tiempo que coincide con el informe del Dr. Beaurieux.
Testigos de ejecuciones por la guillotina (especialmente en los días álgidos de la Revolución Francesa hubo suficiente material para ello) describen ojos parpadeantes, mirada errabunda y labios que se mueven en la cabeza sin cuerpo. El investigador alemán S. T. Sommering, hablando en contra del uso de la guillotina, citó reportes de cabezas guillotinadas que apretaban los dientes, y un caso en que la cabeza hizo una mueca horrible cuando el médico que la inspeccionaba introdujo un dedo en el canal espinal.
Esto resulta grotesco y perturbador sin duda alguna, pero por sí mismo no indica que exista consciencia. Es frecuente que miembros del cuerpo amputados suelan temblar y retorcerse brevemente por reflejos automáticos de los nervios. No obstante, las anécdotas sobre cambios de expresión facial, desde dolor y confusión hasta terror y pesar, resultan mucho más difíciles de atribuir a reflejos mecánicos de nervios sin consciencia.
A muchos condenados a la guillotina en los siniestros meses del terror revolucionario se les pidió que parpadeasen tanto como pudiesen después de ser decapitados. La mayoría no parpadeó ni realizó movimiento alguno, pero algunos sí que lo hicieron por períodos de hasta 30 segundos.
Un sirviente, cuyo nombre no se conoce, del gran químico Antoine Lavoisier fue guillotinado. Lavoisier alzó la cabeza recién cortada del cesto y le pidió que parpadeara si lo entendía. La cabeza lo hizo. El propio Lavoisier fue guillotinado en 1794; se cuenta, aunque la anécdota puede ser espúrea, que le dijo a su asistente que parpadearía tanto como le fuese posible luego de la ejecución, y que lo hizo de quince a veinte segundos.
Más famosa, y macabramente obscena, es la anécdota sobre Charlotte Corday, la asesina de Marat. Charlote, enemiga acérrima de los jacobinos en bulto y de Jean-Paul Marat en particular, asesinó a este en la bañadera como es conocido y fue guillotinada varios días más tarde. Inmediatamente después que la hoja de la guillotina cayó sobre su cuello, un carpintero de nombre Legros alzó la cabeza sangrante del cesto donde se recogían las cabezas de los decapitados y la abofeteó. Los testigos dicen que la cabeza de Charlotte se ruborizó y mostró una expresión de “inequívoca indignación” por este último ultraje.
Un caso más reciente ocurrió en 1989. Un veterano norteamericano de la guerra de Corea iba en un taxi con un amigo cuando chocaron contra un camión. El veterano quedó aplastado contra su asiento y el amigo fue decapitado por la colisión. “La cabeza de mi amigo vino a quedar con la cara mirando al techo, nos dice el veterano. Su boca se abrió y cerró al menos dos veces. Las expresiones faciales que desplegó fueron de shock y confusión, seguidas por terror y pesar. No puedo exagerar y decir que miraba a su alrededor, pero sí que tenía movimientos oculares y que sus ojos se movieron desde mí a su cuerpo y de nuevo a mí. Tuvo contacto directo de sus ojos con los míos y tomó una expresión ida, ausente… y estaba muerto.”
Lo más verosímil es que la mayoría de los individuos decapitados pierdan la consciencia inmediatamente, y las pocas cabezas aún conscientes es muy probable que estén tan abrumadas por el dolor y el trauma que no puedan darse clara cuenta de los que les sucede en estos últimos segundos de conciencia, pero algunas podrían estar totalmente lúcidas por hasta treinta segundos. Una cantidad de tiempo horriblemente larga en este estado. Basta ponerse a contar los segundos para ver que puede resultar un tiempo infinito para la cabeza sin cuerpo.
La evidencia anecdótica es amplia, un horror surreal puede haber acompañado, y acompañar, los últimos segundos de conciencia de los decapitados. Algo macabro y mórbidamente fascinante, no hay dudas, pero no solo eso, también nos lleva a preguntas filosóficas sobre qué es ser humano, y sobre la naturaleza de la conciencia.
Si la cabeza sin cuerpo puede por algunos segundos mantenerse consciente, es lícito pensar que con el avance de la tecnología pueda lograrse mantener viva, y consciente, una cabeza sin cuerpo por días, meses o más.
Trasplantes o injertos de cabezas en otros cuerpos se han hecho, aunque con poco éxito. En 1908, Alexis Carrel, cirujano francés que desarrolló y mejoró procedimientos quirúrgicos para conectar vasos sanguíneos, se unió al fisiólogo norteamericano Charles Claude Guthrie para intentar injertar la cabeza de un perro en un segundo perro, intacto este último. La cabeza fue, en efecto, injertada y mostró algunos reflejos al principio, pero por poco tiempo, empezó a deteriorarse muy rápido y el engendro bicéfalo fue matado luego de unas pocas horas. A Carrel le dieron el Nobel de medicina; Guthrie, que según algunos debió llevarse los honores, fue excluido del premio por sus pretensiones de doctor Frankenstein.
Mejor suerte corrió el injerto de Vladimir Demikhoh, cirujano soviético que había realizado importantes trabajos en la cirugía del bypass coronario. Injertó las cabezas y las partes superiores del cuerpo de un perro, incluyendo las patas delanteras, en otro perro. Hizo varios ensayos y los animales resultantes sobrevivieron por varios días; uno, o dos en uno, sobrevivió por veinte y nueve. La parte injertada fue incluso capaz de moverse y reaccionar ante estímulos. Al final los animales murieron por rechazo al trasplante, y, en cualquier caso, no fue un trasplante de cabeza, sino de medio perro en uno entero.
Actualmente tenemos a Sergio Canavero, quien insiste que realizará el primer trasplante de cabeza de humanos. Canavero y su equipo afirman, no está probado en modo alguno, que lograron completar exitosamente el trasplante de cabeza de un mono al cuerpo de otro mono, y que el animal resultante sobrevivió durante 20 horas. No obstante, estaba inconsciente y con la médula espinal sin conectar.
La inmensa mayoría de la comunidad médica sostiene que es imposible lograr en la actualidad lo que Canavero pretende, y aun cuando lo lograse, sería un trasplante de cabeza, no mantener viva, y sobre todo consciente, una cabeza sin cuerpo.
Pero lo más probable es que esto sea posible en algún momento más lejano o cercano. No importan las objeciones éticas que se tengan, podemos estar casi completamente seguros de que, una vez existan los conocimientos y los medios para hacerlo, alguien, aun arriesgándose al rechazo masivo, intentará el procedimiento. Y volvemos entonces a la pregunta de más arriba. ¿Qué conciencia tendría una cabeza sin cuerpo que viviese por días o meses? O yendo más lejos aún, a la pura ciencia ficción, un cerebro vivo aislado del cuerpo, incluso sin cabeza, un real cerebro de Donovan, conectado a dispositivos que le permitan interactuar con el mundo. Sabemos que nuestro cuerpo en pleno, bacterias intestinales incluidas, no solo nuestra cerebro, condiciona nuestras emociones, nuestra percepción de ser quienes somos. ¿Y si nuestra conciencia solo tuviese al cerebro para expresarse?
Dejo abierta la pregunta. Y mientras me levanto a prepararme un café, no puedo evitar que un escalofrío suba por mi nuca, pasarme la mano por el cuello y sentir el peso de mi cabeza sobre mis hombros con enorme satisfacción.
