Una cuesta y una bajada

Pedro Crenes Castro

Ya pasó un año desde que dejé Madrid. La noche en que por fin quedó todo lista para marcharnos, me fui en tren hasta la vieja cuesta de Moyano. Puestos cerrados, silencio de libros bajo la mirada de Pío Baroja desde arriba. Hice una foto desde abajo, Paseo del Prado a mi espalda, que me salió fría y un poco triste: sería la última vez que la vería durante mucho tiempo, un tiempo que todavía dura. Hay lugares que se convierten en un refugio, en una búsqueda.

Este año, veintiocho años después, viajé a Panamá en verano, y yo no lo sabía. Hay cuentas que el alma no lleva pero que la piel no olvida: un sol de cuatro de la tarde despertó recuerdos de playa y baloncesto en la calle, cuando todo era futuro. Regresos con los que uno no cuenta pero que están allí, esperando a pie de avión.

Una de esas mañanas panameñas, me encontré subiendo la bajada de Salsipuedes. Libros de viejo y paradojas de siempre salpicados de artesanía patria y mercerías que venden de todo. “Carmencita espiritista”, la vieja vidente, no cobra el siete por ciento de impuestos por asomarse al futuro o recetarte un filtro de amor: una osadía que solo se permiten los que no son de este mundo.

En esas bajadas y subidas he ido construyendo una biblioteca de libros viejos, con sus cicatrices de antiguos dueños, dedicatorias de amantes o de lectores ordenados y orgullosos que jamás pensaron en abandonar, en la cuesta o en la bajada, sus preciados libros. Hay veces que la vida se impone a las pasiones y toca dejarlos allí, donde alguien, venido de cerca o de lejos, les da otra vida, otra lectura.

Subidas con amigos, bajadas con cómplices que nunca negaron pesetas o dólares, ni euros, ya me debes tanto, acuérdate, y yo me acordé a veces y ellos se olvidaron por cariño muchas y otras valió una caña o una pinta o una soda, al subir o bajar, para saldar la deuda libresca. Afectos que se fraguan entre lecturas, intercambio de libros y ganas de escribir y ganas de aprender.

Subiendo la bajada de Salsipuedes encontré a Pasolini, a Joaquín Beleño, a nuestro recién fallecido Tristán Solarte. Quería sacar todos los dólares del mundo para comprar otra vez aquellos libros, queriendo volver a vivir la primera vez que los vi entre el aprieto de gente que subía y baja, cuando olía más a cuero y el incienso de Carmencita pronosticaba futuros gloriosos para todos los que pasaban por su puerta al más allá.

Bajando Moyano, dando la espalda al viejo Baroja, vendí hace años mis primeros libros usados, los que disfruté pero que no quise retener. Ellos dieron su espacio y su valor para comprar otros que aquí siguen. Primeras ediciones, libros raros, libros carísimos que pagué en pesetas y que ahora en euros valdrían una buena suma. El viejo gruñón que siempre me decía “esos libros no se venden” y me daba unas pocas pesetas y luego los vendía a precio de oro. Pero siempre me compraba lo que le llevaba.

Ahora en Vigo, echo de menos esas geografías sentimentales. Voy buscando esos lugares donde escarbar en los viejos libros en busca de ese que me falta, de ese que “necesito”,  de ese clásico con una cubierta de los setenta que esconde en su interior un billete de metro o una foto de graduación. Bajadas y subidas, libros y amigos, volver a encontrar un lugar que echar de menos.

Del Autor

pedro-crenes-castro

Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.