Es un hombre sin vicios. No toma café, no fuma, no bebe ron. Y gracias a eso hasta hace unos meses vendía solo el café, los cigarros y la botella de ron que le tocaba por la Libreta de Abastecimiento, sacaba unos pocos pesos que luego se le iban, como en un soplido, en comprar un poco más de arroz, frijoles y alguna que otra vianda, para estirar la comida hasta el nuevo mes y el próximo pago mensual de su jubilación.
— Yo los saco del almacén y tú los vendes por ahí, donde quieras – le dijo Sanabria, uno de los dos dependientes de una bodega que sólo vende a los policías y a los miembros de las Fuerzas Armadas –. Por la noche repartimos las ganancias.
Le pareció bien y desde entonces así lo han hecho: generalmente los viernes, cuando termina su último día de trabajo de la semana, Sanabria viene y le pone en las manos una bolsa con los productos que debe vender la semana siguiente: paquetes de café, cajas pequeñas de fósforo, jabones, y él se va a portales de calles muy concurridas de Centro Habana, se sienta y pone su mercancía a la vista de todos, vigilando a todos lados por si aparece la policía.
— No me gusta que hagas eso, papá – le ha dicho su hija varias veces –. Si mamá viviera no te dejaría hacerlo.
Y el siempre levanta los ojos y la mira, intentando parecer fuerte, aunque sabe que esa fuerza es falsa, que ella tiene razón y a lo mejor se busca un problema. Pero al instante se dice que la necesidad es la madre del invento y, bien lo sabe, para los cubanos el verbo inventar significa también “buscarse la vida de cualquier modo”.
— Tu madre está muerta – le dice a su hija –. Yo vivo solo en esta casa y tengo que comer.
Sabe que no debió decir lo que dijo. Podría haber dicho solamente: “tengo que comer”, pero al decirlo de ese modo sabe que vuelve a meter el dedo en una llaga que siempre provoca discusiones entre su hija y él: ella, a la muerte de la madre, huyó de la casa, o de él, debido a la manía que le dio por controlar su vida como si ya no fuera una mujer. Sólo regresó para decirle: “me voy a casar”, y al menos eso devolvió las revueltas aguas de sus vidas a un nivel de apacibilidad soportable, casi idílico.
La vio irse esa vez y, como para calmarse, o para olvidar, no sabe, se dijo en voz alta: “tienes que comer tienes que comer tienes que comer”, muchas veces, mientras preparaba la bolsa azul donde lleva los productos que vende.
Ella no lo entenderá, pero él está satisfecho. Con lo que ahora gana por la venta del café y los cigarros, y algún que otro producto que Sanabria se roba del almacén, ya le alcanza perfectamente para completar las comidas cada mes y hasta para darse sus gustillos de cuando en cuando. Por ejemplo, el mes pasado compró un par de pesos CUC, a 25 pesos cada CUC, y se compró una tableta de chocolate Nestlé, de esas que tanto le gustaban cuando era niño.
