Cervantes fue una de las obsesiones de Borges a lo largo de toda su vida. Escribió ensayos, narraciones, poemas y notas breves sobre el autor de Don Quijote, pero también sobre la novela y su protagonista. A mi modo de ver, esta obsesión se debió a dos factores. El primero, que Don Quijote aborda abiertamente conceptos relativos a la creación literaria de un modo similar a como el propio Borges las entiende. En temas relacionados con la especulación literaria, Borges no podía dejar de lado a Cervantes, antes bien le espoleaba, como revelan sus ensayos, poemas, notas, pero muy especialmente su “Pierre Menard, autor del Quijote” (a no ser que se mencione expresamente, uso las Obras completas). El segundo factor tiene que ver con la conflictiva relación de Borges con la literatura española, respecto a la cual tenía, como otros latinoamericanos, una opinión cautelosa. En este sentido, sus reservas se veían exacerbadas por la presencia de muchos españoles en Buenos Aires durante su vida: por lo general, inmigrantes; pero también escritores e intelectuales. El punto clave eran los derechos sobre la lengua española. Hacia el final de su carrera, y seguramente resultado de muchas reflexiones, Cervantes y su novela se tornan en Borges un paradigma de la creación literaria, especialmente de la suya, de manera que se acerca al autor español y su obra desde una perspectiva más abiertamente romántica que antes.
La falta de definición del autor es uno de los temas favoritos de Borges, que acompañaba con una modestia socrática, una duda radical que resultaba muy desconcertante para los demás. Era una postura inquietante que tomó forma a partir de su modestia, pero que en realidad era un modo sutil y a la vez muy eficaz de auto-afirmación. Cervantes obsequió a Borges con una fórmula para este ardid a través de las diversas figuras autoriales que incluye en Don Quijote. Esta estrategia desconcertante aparece ya desde el comienzo, en el divertido prólogo a la Primera Parte (1605), en el que Cervantes afirma no saber muy bien cómo va a escribirlo. A continuación, cuenta la historia de un amigo que parece dispuesto a ayudarle a hacerlo. El amigo le dice, presuntamente, que deje de preocuparse por precursores y antecedentes, que haga un listado de falsas fuentes de su libro y que se olvide de tradiciones previas, dado que Don Quijote no es heredera de ninguna. Es esta una afirmación absolutamente original disfrazada de modestia. El relato del amigo se convierte en el propio prólogo, que se torna un largo acto de habla cargado de ironía y buen humor. Borges seguramente deseó haber sido él quien escribiera este magnífico juego literario.
Las diferentes capas de la narración y sus respectivos autores, que Cervantes asegura existen para su novela, son en sí mismos una hazaña extraordinaria. Él, el creador, afirma no ser el autor de Don Quijote, sino tan solo un editor y un transcriptor. El autor original fue acaso un tal Cide Hamete Benengeli, historiador morisco que lo escribió, lógicamente, en su lengua materna, y que además tenía cierta tendencia a mentir, como todos los árabes, según el narrador. De qué manera el Cervantes de la novela se hizo con el texto de los ocho primeros capítulos, presumiblemente en español, es algo que nunca queda claro. Sin embargo, en el capítulo octavo, en medio de una furiosa batalla que se libra entre el protagonista y el vizcaíno, el narrador alega, para nuestra sorpresa, que ha llegado al final del manuscrito. En el capítulo siguiente cuenta cómo, por casualidad, encontró unos papeles en un mercado de Toledo que, aun escritos con caracteres arábigos, lengua que no sabía leer, se las ingenió para darse cuenta de que contenían las aventuras de Don Quijote, y contrata los servicios de un morisco aljamiado, de origen árabe pero bilingüe, para que se lo tradujese. Es esta traducción al español lo que supuestamente leemos, con algunos comentarios del autor original, presumiblemente Cervantes, y del traductor. En la Segunda Parte (1615), esta situación se complica cuando Don Quijote y Sancho se encuentran con otros personajes que han leído la Primera Parte y esperan que actúen como lo hicieron allí. Algunos de estos, especialmente el bachiller Sansón Carrasco y el mayordomo de un duque en cuya casa de campo se alojan don Quijote y Sancho, inspiran episodios, convirtiéndose así en autores implícitos de Don Quijote.
Otros episodios muy autorreflexivos de la Segunda Parte son la visita de don Quijote a una imprenta de Barcelona donde se está imprimiendo un Don Quijote apócrifo, y el sueño de Altisidora, en el que la joven asegura que mientras estaba en el infierno, adonde ha ido a parar tras su muerte (burlesca), vio una serie de demonios jugando una especie de partido de tenis en el que se usaban libros como pelotas, que golpean con raquetas encendidas con puntas de randas flamencas. Es difícil imaginar una representación más extravagante de la literatura como algo metamorfoseado en objetos materiales creados con independencia de un autor. Ningún escritor moderno llega a lograr algo parecido, ni siquiera Borges.
Así estaban las cosas cuando Borges decidió escribir “Pierre Menard, autor del Quijote”, una extraordinaria historia que es su interpretación más importante de la obra de Cervantes, y también la más conocida. Menard es un poeta simbolista de Nîmes, autor de una modesta obra poética y en prosa, que acaba de morir cuando empieza la historia. El texto de Borges es una especie de obituario y una corrección de versiones previas incompletas de los escritos de Menard por uno de sus admiradores. El narrador es un intelectual anti-semita de dudoso prestigio. Entre las publicaciones de Menard, aparte de poemas que el narrador aprecia, hay traducciones y juegos literarios, como por ejemplo una interpretación de “Le cimitière marin” de Paul Valéry en versos alejandrinos, además de ensayos sobre el ajedrez y abstractas reflexiones filosóficas. Estas predisposiciones explican el proyecto más ambicioso de Menard, que es la clave de la historia: reescribir Don Quijote. Nunca fue su intención escribir un nuevo Quijote sino reescribir, palabra por palabra, línea por línea, el original. Menard es consciente de las enormes dificultades que trae consigo semejante tarea: para convertirse en Cervantes tendría que dominar el español del Siglo de Oro, recuperar su fe católica y olvidar la historia europea entre finales del siglo XVI y comienzos del XX. Menard juega con la subversión del canon literario al hablar de una serie de obras sin atender a la cronología (la Odisea aparece después de la Eneida), atribuciones anacrónicas y erróneas, como convertir La imitación de Cristo en un libro escrito por Louis Ferdinand Céline. Estas son ideas radicales sobre la crítica literaria que algunos entusiastas han atribuido a Borges. Sin embargo, él nunca las puso en práctica, y hay que recordar que es el narrador cargado de prejuicios quien las evoca.
De los fragmentos del Quijote producido por Menard, Borges se centra en uno en el que la historia es “la madre de la verdad”, una afirmación que dice podría haber sido aceptable en el siglo XVII pero que resulta ridícula en el XX. Dice así: «la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.» La broma es que el fragmento se cita dos veces: la primera aparece en Don Quijote y la segunda, literalmente, tal y como la (re)produce Menard. Sin embargo, Borges o el narrador pasa por alto el hecho de que en Don Quijote este texto tiene una intención irónica, es decir que no expresa la verdad o las creencias del autor. Pero ¿de qué autor? Es parte de una arenga burlesca del narrador de Don Quijote a los historiadores, urgiéndoles a decir la verdad y al tiempo lamentando que Cide Hamete Benengeli, que, al ser árabe, era un enemigo de España, seguramente minimizó por despecho la grandeza de Don Quijote. Es en verdad difícil superar las infinitas secuencias palimpsésticas de las ironías de Cervantes.
Un corolario al proyecto de Menard es que el yo del autor se puede construir porque está esencialmente hecho a base de textos de la tradición, que conforman un conjunto impersonal. Esta es una concepción clásica de la noción de autor, contraria a la romántica, que subraya la expresión personal del creador. Borges saca a la luz esta dicotomía en su ensayo “La postulación de la realidad”, donde cita un fragmento de Don Quijote como ejemplo del estilo clásico. Nos encontramos aquí ante uno de los temas favoritos de Borges, que lo invoca incorporándose a sí mismo en su famoso texto “Borges y yo”, en la que se disuelve tras una multiplicidad de Borges. Se trata de un texto profundamente irónico, y es sobre todo una sofisticada broma literaria. Borges sabía quién y qué era. En “Pierre Menard, autor del Quijote”, así como en otros escritos, esa situación saca a la luz una contradicción. La historia de Menard, contada póstumamente por su admirador, gira en torno al gran esfuerzo necesario para finalizar una tarea que el protagonista sabe imposible. Menard es un angustiado protagonista romántico que muere por el esfuerzo de intentar convertirse en Cervantes. Este sustrato romántico, que Borges seguramente hubiera desautorizado, está sin embargo muy presente en toda su obra. Funes es otro de esos protagonistas atormentados. Además, no hay una falta de identificación autorial en la invención que hace Borges de Menard, que es, en mi opinión, un personaje obviamente autobiográfico.
En “Pierre Menard, autor del Quijote,” Borges no pierde la oportunidad de mofarse de las celebraciones españolas de Cervantes. Aunque enfrentado a la realidad contemporánea de una España folclórica tal y como queda encarnada en la ópera Carmen, Menard intenta representar la España de la época de Lepanto. De ahí que el narrador se alegre de que Menard no se permitiese las españoladas en las que cayeron un Maurice Barrès o un Rodríguez Larreta (OC, 448). (Barrès, un escritor francés, era un ferviente nacionalista, y Enrique Rodríguez Larreta, argentino, publicó La Gloria de Don Ramiro, una novela creada a imitación del Siglo de Oro español, un proyecto que podría haber inspirado a Borges a escribir este relato). Nosotros los latinoamericanos sabemos muy bien cómo son estas españoladas: exaltaciones kitsch de lo “español” en favor de lo folklórico: gitanos, castañuelas y panderetas.
Argentina, un enorme y cada vez más próspero país al que muchos españoles y otros europeos inmigrantes se fueron en manada durante el siglo XIX, había llegado a tener en la época del nacimiento de Borges, en 1899, una autonomía económica y cultural a la que su lejanía geográfica contribuía en gran medida. Esta situación llevó a que se establecieran relaciones culturales con España basadas en un pasado compartido y una lengua común; pero eran tensas. Como en el resto de Latinoamérica, la mayor parte de los inmigrantes españoles que llegaban procedían de las clases más bajas, muchos de zonas de la península donde no se hablaba español o se hablaba muy mal. Además del conflicto cultural, había prejuicios de clase respecto a cómo los argentinos (y los latinoamericanos en general) veían a los españoles. A esto habría que añadir el condescendiente paternalismo que exhibían en sus programas las instituciones españolas, creadas por el gobierno de Madrid para promocionar España. Los escritores e intelectuales argentinos no se tomaban todo esto nada bien, algo evidente en la expresión españoladas.
Cervantes se convirtió en la manzana de la discordia en este conflicto, porque el autor de Don Quijote era una figura prominente en las formulaciones relativas a la identidad española desde comienzos del siglo XIX. A partir del Romanticismo, se consideraba a Cervantes como la manifestación más pura del lenguaje y el espíritu españoles. Esta ideología nacionalista se intensificó tras la aplastante derrota de España ante los Estados Unidos en la Guerra Hispano-Estadounidense. Los escritores españoles de la llamada Generación del 98, cuya fama creció paralelamente a ese acontecimiento (Azorín, Unamuno, Maeztu, entre otros), se dedicaron a la exaltación y estudio de Cervantes y su obra. Entre sus libros encontramos, de Unamuno, Vida de don Quijote y Sancho (1905), de Azorín, La ruta de don Quijote (1905), de Maeztu Don Quijote, Don Juan y la Celestina y, algo después, las Meditaciones del Quijote (1914), del filósofo José Ortega y Gasset. Esta moda se incrementó con el paso del tiempo, auspiciada y subvencionada por el gobierno español. La historia de Menard creada por Borges es en parte reacción a este estado de cosas.
Hubo dos hechos que se unieron de forma fortuita y contribuyeron a intensificar el interés por España y la promoción de Cervantes durante la vida de Borges: la victoria de Franco en la Guerra Civil y el 400 aniversario del nacimiento de Cervantes en 1947. El régimen franquista promovió la Hispanidad, ¿y qué podía ser más español que Don Quijote? Sin embargo, las políticas del dictador encontraron resistencia en Buenos Aires, donde muchos exiliados, escritores e intelectuales republicanos habían encontrado refugio. Para complicar las cosas todavía más, el emergente régimen peronista en Argentina apoyaba la dictadura española. Esta situación dio lugar a una especie de controvertido cervantismo en Río de la Plata. Borges estaba en medio de todo esto. Entre 1947 y 1949 se publicó un imponente Quijote en once volúmenes, editado por Francisco Rodríguez Marín, y Joaquín Casalduero publicó su influyente Sentido y forma del Quijote en 1949.
Vieron también la luz monográficos de importantes revistas de Buenos Aires como Sur y Realidad dedicados a Cervantes. Parecía como si se fueran a encontrar unos valores en común en Don Quijote para calmar la disputa. No obstante, el único acuerdo fue relativo a la grandeza de Cervantes y la interpretación tácita de que su novela representa la esencia y lo mejor de la lengua española.
Borges resultó ser un aguafiestas en todo esto. Para empezar, era contrario tanto a Franco como a Perón, en tanto se opuso durante toda su vida a cualquier régimen dictatorial. Tampoco le gustaba la relación facilona, nacionalista y al cabo fascista entre lenguaje, cultura y política. Consideró los serviles comentarios sobre Don Quijote ingenuos e interesados, y ridiculizó todas las actividades que lo celebraban, incluidas las “obscenas ediciones de lujo” (OC, 450) que se hicieron de la novela, tal y como se lee en “Pierre Menard, autor del Quijote”. A Borges no le parecía que la prosa de Cervantes fuese tan perfecta que mereciese ser imitada, y consideraba que la España dibujada por él no era merecedora de ningún elogio. En una nota, prefacio a una edición de las Novelas ejemplares, escribe lo siguiente: “Juzgado por los preceptos de la retórica, no hay estilo más deficiente que el de Cervantes. Abunda en repeticiones, en languideces, en hiatos, en errores de construcción, en ociosos o perjudiciales epítetos, en cambio de propósito. A todos ellos los anula o los atempera cierto encanto esencial” (10). Borges aseguraba que Cervantes retrataba una sórdida y provinciana zona de España que contrastaba con los escenarios idealizados de las novelas de caballería que estaba parodiando. Consideraba grotesco que los escritores españoles del fin de siglo como los mencionados suspirasen por un país así. Borges consideraba que la crítica involucrada en dicho nacionalismo dejaba de lado los rasgo más importantes de Don Quijote, como su carácter autorreferencial y la figura esquiva del propio Cervantes.
Un punto álgido en este debate fue la fulminante reseña que Borges publicó de un libro de Américo Castro, un importante estudioso de la literatura española y de Cervantes que también había pasado un tiempo en Argentina durante la década de los años veinte del siglo pasado, como primer director del Instituto de Filología, una institución que promocionaba el español antes del régimen franquista. Castro se había atrevido a publicar en 1941 un libro titulado La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico (Buenos Aires: Losada), en el que, no sin cierto paternalismo, analizaba y juzgaba cómo hablaban y (algunos) escribían en español los argentinos; por cierto, el español argentino es sin duda peculiar incluso para otros latinoamericanos, no solo para los españoles. El libro trata de otras muchas cosas; es una monografía de 159 páginas que analiza con seriedad, si bien de forma fallida, las letras argentinas. Sin embargo, Borges, un su reseña publicada en Sur, se ofendió por la perspectiva implícitamente arrogante de Castro, que parecía sugerir que los españoles eran dueños de la lengua española y tenían autoridad para opinar sobre cómo la hablaban otros. [La reseña apareció en Sur, 86, con el título “Las alarmas del Dr. Américo Castro,” noviembre 1941, págs. 66-70, OC, págs. 653-57]. A Borges se le daba bien la invectiva, y se lució con Castro, a quien llamó burlonamente “Dr. Castro” para dejar claro su estrecho academicismo. Don Quijote, aunque no era el tema central de La peculiaridad lingüística rioplatense, se menciona y sin duda aparece como telón de fondo a lo largo del libro. Borges no quería dejar que los españoles abordasen uno de sus libros favoritos por razones que él consideraba censurables.
La admiración de Borges por Cervantes, y concretamente por Don Quijote, sorprendende un poco, dadas sus reservas hacia el género de la novela en su conjunto y sus preferencias por las obras literarias breves. En su prefacio a la novela de Adolfo Bioy Casares titulada La invención de Morel, dejó claro su disgusto por la ficción en prosa de considerable extensión, sobre todo la realista. Decía que se aprovechaba de las convenciones ya exhaustas para transcribir la realidad y se complacía en la elaboración de la psicología desviada de sus personajes, que consideraba artificiosos y poco verosímiles. Según él, los novelistas rusos “han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible”. Borges llega incluso a afirmar en dicho prólogo que hay páginas de Proust “que son inaceptables como invenciones”. Sin embargo, considera fascinantes los personajes cervantinos, tal vez porque Alonso Quijano, que se convirtió en un caballero andante loco, fue primero y ante todo un lector obsesionado con convertir en literatura su rutinaria vida. La admiración de Borges también se debía a que Don Quijote poseyó en las dos partes una cualidad que él apreciaba mucho: el valor.
Borges encontró en Don Quijote un sofisticado juego sobre la autoría y la creación literaria más allá del cual era imposible llegar. Este es su mayor reconocimiento de Cervantes. No obstante, durante la última parte de su vida y de su carrera, parece ofrecer una visión del autor de Don Quijote y de su héroe algo más romántica, si la comparamos con su propia creación. Escribió un artículo para la Revista de la Universidad de Buenos Aires en 1956 sobre el último capítulo de Don Quijote que trata sobre todo del final de la novela: se muestro afligido por la manera improvisada en la que Cervantes narra la muerte de su protagonista. Es este un nuevo Borges, que manifiesta un cierto pathos por el destino del héroe cervantino y sobre el del propio Cervantes. En algunos poemas cargados de una gran sensibilidad, entre ellos un soberbio soneto titulado “Un soldado de Urbina,” Borges evoca a Cervantes como un soldado exhausto que, para mitigar su vida vacía y “a sórdidos oficios resignado”, se zambulle en fantásticas novelas de caballería y, en el fondo de un sueño, se le aparecen Don Quijote y Sancho (El otro, el mismo, 1964, OC 878). En otro poema del mismo libro, “Lectores,” Borges conjetura que todas las aventuras de Don Quijote no son más que crónicas de sueños de Alonso Quijano, quien no salió nunca de la biblioteca, y se recuerda a sí mismo de niño leyendo la novela de Cervantes en una biblioteca, la de su padre (OC 892). En “Sueña Alonso Quijano,” del libro de poemas La rosa profunda (1975), Borges imagina a Don Quijote despertando de un sueño, pero es él mismo, el hidalgo, el sueño de Cervantes, y Don Quijote un sueño del hidalgo. El hidalgo es aquí el resultado del doble sueño que los confunde. Y en “El testigo”, contenido también en el mismo libro (pág. 137), un maltrecho Don Quijote resultará ser el sueño del molino que le ha hecho caerse de Rocinante. Borges persigue así el origen de la invención literaria. Por eso alude a su propia búsqueda de la libertad imaginativa cuando era niño, que para él no difería mucho de la de Cervantes. Al hacerlo, Borges parece estar corrigiendo sus anteriores perspectivas sobre la creación literaria y confesando los pilares románticos de la misión de Pierre Menard, así como de la suya propia.
Publicado originalmente en inglés en el libro Jorge Luis Borges in Context,
de la Cambridge University Press, editado por Robin Fiddian.
