A pesar de los escamoteos del lenguaje (intencionales desvíos, eufemismos, omisiones, incongruencias y elusiones) de “A letter on justice and open debate” (“Una carta sobre la justicia y el debate abierto”, accesada el 7 de julio del 2020 en https://harpers.org/a-letter-on-justice-and-open-debate/, y de posterior impresión en el número de octubre de Harper’s Magazine), los internautas han percibido que su tema central es —aunque la carta misma evite escribirlo así— denunciar la censura existente hoy en día en EE.UU. debido a las diversas acciones y agendas hipercríticas, intolerantes y dogmáticas de ciertas izquierdas actuales que, gustosas de autoproclamarse progresistas, resultan ser en realidad retrógradas al actuar como verdaderas fuerzas represoras y antidemocráticas.
No obstante ser este un tema tan observado y/o experimentado por muchos —de ahí que podamos derivarlo de la lectura del texto a pesar del carácter elusivo de su redacción—, la carta se autocensura y no realiza su denuncia con la transparencia y valentía requeridas en un asunto tan álgido: de manera temerosa e incluso incongruente, prefiere manipular con sintáctica demagogia el lenguaje y escudarse con los consabidos antitrumpismo de turno y crítica a la derecha, aun cuando su tema principal se alínea o emparenta con ideas expresadas por voceros de la derecha e incluso el propio Trump. Para demostrar esto, inicio este análisis con una lectura detallada del texto, la cual revelará la intención desinformadora y tergiversadora enmascarada en sus buenas intenciones de debate abierto.
CITA 1 DEL TEXTO: “Our cultural institutions are facing a moment of trial. Powerful protests for racial and social justice are leading to overdue demands for police reform, along with wider calls for greater equality and inclusion across our society (…). But this needed reckoning [ajuste de cuentas] has also intensified a new set of moral attitudes and political commitments that tend to weaken our norms of open debate and toleration of differences in favor of ideological conformity. As we applaud the first development [primer paso adelante], we also raise our voices against the second [segundo paso]. The forces of illiberalism are gaining strenght throughout the world and have a powerful ally in Donald Trump, who represents a real threat to democracy.”
COMENTARIO: Desde el inicio aparecen los zigzagueos y omisiones del lenguaje: ¿quiénes son los responsables de ese abstracto y eufemístico ‘segundo paso’ —ahora hacia atrás—1 que la carta critica? La carta no los identifica ni les da un nombre específico que indique su naturaleza represora. Entonces, el lector, experto en sintaxis, tiene que desentrañar las frases hasta descubrir que el segundo paso se refiere a una tendencia que, derivada del ‘necesario ajuste de cuentas’ social, ‘ha hecho que se intensifique [léase imponga] un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos (…) en favor de una conformidad ideológica’ dentro de EE.UU. Más valientes y certeros, los internautas en sus comentarios han sabido ver el carácter retrógrado de ese segundo paso al darle nombres tales como fascismo (o fanatismo o fundamentalismo) de extrema izquierda, cultura de cancelación (léase anulación) basada en la corrección política, y reciclaje de la infame Revolución Cultural China.
La siguiente oración continúa la elusión e inicia una labor desviadora: ‘Las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno en el mundo’. Por la yuxtaposición de las oraciones, un lector sin prejuicios políticos pensaría que, entre tales fuerzas —que llamaremos ‘antidemocráticas’—, está obviamente ese segundo paso, contrario a la históricamente abierta democracia estadounidense. Pero la carta no hace esta inclusión, aunque la yuxtaposición la insinúe; y sin nombrar en detalle a los actores de esas fuerzas antidemocráticas las hace confluir, tras un hábil desvío, en Trump, quien ahora resulta ‘una verdadera amenaza a la democracia’ no sólo estadounidense sino internacional. O sea, la carta es capaz de ser específica al denunciar a Trump con nombre y apellido y, más adelante, a la derecha (ver Cita 2), pero manipula demagógicamente esa capacidad suya y, abogando por un debate abierto, ella misma se cierra cobardemente al no explicitar sus referentes de izquierda, a pesar de ser ellos el objetivo de su denuncia. Consecuente con su escamoteo del lenguaje, ni la palabra “left” ni las frases “political correctness” o “politically correct” aparecen en todo el texto.
En el ámbito de lo selectivamente innombrable y la yuxtaposición sugestiva, se introduce una ingeniosa ambigüedad: ¿quiénes tienen, entonces, un ‘poderoso aliado’ en Trump? Obviamente, la extrema derecha internacional; pero la carta podría estar sugiriendo, con razón, que los individuos envueltos en el segundo paso —es decir, la extrema izquierda entendida como fuerza antidemocrática expandida ya por todo el Mundo Occidental— tienen también, consciente o inconscientemente, un aliado en Trump. Como tal inferencia le puede resultar peligrosa entre sus pares, la carta tiene que reafirmar su zurdera, de ahí que remate con una oración subordinada que —incongruente con la carta misma y ocultando las documentadas prácticas censoras de extrema izquierda que ofrece la historia— localiza de forma explícita la ‘verdadera’ amenaza antidemocrática exclusivamente en Trump. Similares amenazas desde la izquierda fundamentalista serían, entonces, para la carta, no tan verdaderas o, peor aún, de mentirita, aunque paradójicamente la propia carta ahora las denuncie.
Más claramente: la mención de Trump en ese segmento es un oportunista y desinformador desvío, ya que el objetivo principal de la carta es manifestarse contra la devastadora censura de las autodenominadas izquierdas de las últimas décadas, censura esta que, por sus aceptados alcance y duración, constituye hoy una amenaza mucho más verdadera y permanente a la democracia estadounidense.
CITA 2: “But resistance must not be allowed to harden into its own brand of dogma or coercion—which right-wing demagogues are already exploiting. The democratic inclusion we want can be achieved only if we speak out against the intolerant climate that has set in on all sides.”
COMENTARIO: Remachando sus desvíos, la carta emplea el término ‘resistencia’, referido desde 2017 a la resistencia contra Trump. De nuevo, la carta no dice quiénes integran dicha resistencia, pero reconociendo que son principalmente las izquierdas, se deduce entonces que ciertas facciones suyas están imponiendo ‘su propio estilo de dogma y coerción’. Parece asomar allí una denuncia a las izquierdas extremistas, pero estas continúan innombrables, y la carta remata, de nuevo, con otra oración subordinada que desvía la atención a los ‘demagogos de derecha’ que están ‘explotando’, al parecer a su favor, esos dogmatismo y coerción provenientes de los demagogos de izquierda.
Con la táctica de acusar al otro de su propio error o vicio, la carta cae en la demagogia de ver demagogia únicamente en la derecha. Ha habido varios conservadores y libertarios, tanto en EE.UU. como en el extranjero (ejs. Robert L. Woodson Sr., Thomas Sowell, Gloria Álvarez, Mario Vargas Llosa y el recientemente fallecido Roger Scruton), que llevan años denunciando de forma mucho más específica lo mismo que la carta, tardíamente ya, pretende criticar. Si varios lados políticos reconocen ya como reales los actuales extremismos de izquierda, no parece haber necesariamente demagogia en las denuncias al respecto provenientes de la derecha o de otros lados.
El verbo ‘explotar’ revela también una intención desviadora. En todo debate político cada facción va a emplear al máximo —es decir, ‘explotar’— en su beneficio y con sobrada razón, los atropellos y desenfrenos de sus contrincantes. La carta se desvía así de la causa (excesos de las izquierdas) para denunciar su efecto (‘explotación’ por parte de las derechas), y con esto presupone de forma dogmática —como suele ocurrir entre sus pares— que sólo se aceptan las críticas que provengan desde dentro: las provenientes de otros lados conllevan explotación. Sin embargo, sobran ejemplos (cartas como esta, autocríticas a la hora de los chacales) de que existen también demagogos de izquierda capaces de emplear y hasta explotar para su personal beneficio tales críticas a sus correligionarios.
Insertar el segundo paso en el término ‘resistencia’ tiene la intención desinformadora de presentar a Trump, quien lleva menos de cuatro años en el poder, como el causante de un movimiento represivo de izquierda que lo antecede en varios lustros: absurdo caso en que una causa es posterior a su efecto.
Acto seguido, tras haberse referido de manera clara y directa a Trump y a los demagogos de derecha, las innombrables izquierdas extremistas se diluyen entonces en lo que la carta llama ecológicamente un ‘clima intolerante’ presente ‘por todos lados’.2 Pero, además de la mencionada derecha, ¿cuáles son los otros lados intolerantes y represores del espectro político estadounidense actual? La carta evita nombrar esos lados que, desde posiciones fundamentalistas de izquierda, resultan tener ahora un aliado en Trump y ser explotados por la derecha. Abundan, sin embargo, los nombres de tales lados, en caso de que la carta se hubiera atrevido a nombrarlos: cuestionables demócratas, autoproclamados progresistas, extrema izquierda o izquierda radical, anarquistas violentos, castro-guevaristas, Antifa, Black Lives Matter, agrupaciones pro-socialistas o pro-comunistas de muy diversa ralea: Revolutionary Communist Party, Party for Socialism and Liberation, Socialist Altenative Party, Democratic Socialists of America, Freedom Road Socialist Organization, etc.
Curiosamente, la carta emplea el pronombre ‘nosotros’ al indicar su interés por ‘la inclusión democrática’ y al aclarar arrogantemente que dicha inclusión ‘sólo se puede lograr si [nosotros] nos expresamos contra el clima intolerante’. Pero, ¿quiénes conforman ese ‘nosotros’ de la carta? En otro momento dice ‘[c]omo escritores necesitamos’, por lo que ‘nosotros’ se refiere, en sentido estricto, a los signatarios de la carta, quienes —por las aversiones y simpatías allí expresadas— no comulgan ni con la derecha trumpista ni con la extrema izquierda envuelta en ese segundo paso hacia el ‘dogma y coerción’. Representan ellos así una izquierda moderada, pro-democrática, reflexiva, crítica (se espera que también sea autocrítica), tolerante, superestructuralmente creativa y abierta al debate; es decir, son un dechado de virtudes. (En otras frases como ‘nuestras instituciones culturales’ y ‘nuestro tiempo’, el ‘nosotros’ de la carta adquiere un sentido más general al referirse a toda la nación estadounidense actual).
Por la estructura sintáctica usada en ‘la inclusión democrática que [nosotros] queremos’, vemos que la carta se apropia de la manoseada expresión ‘inclusión democrática’ y la carga de su propio sentido (el debate abierto y la tolerancia), el cual no parece corresponderse con otros sentidos de inclusión democrática enarbolados dentro de las izquierdas. Por otra parte, resultan doblemente ingenuos los firmantes cuando creen que simplemente expresándose ellos se logrará el difícil y encomiástico objetivo sociocultural y político de inclusividad, y que para tales efectos resulta eficaz un habla tan sesgado, desviador y tímido como el que emplean en su carta.
Limitada al exclusivo valor justiciero de su propia palabra, la carta no menciona que, en reacción a la misma intolerancia que ella describe, el presidente Trump ha firmado recientemente dos órdenes ejecutivas con la intención de proteger, como quisieran los firmantes de la carta, ‘el libre intercambio de información e ideas’ (ver Cita 3) tanto en los campus universitarios como en la internet. Dentro de una verdadera democracia, uno espera que la siempre laudable, vigilante intención de criticar al presidente de turno, cuando así resulte necesario, no se realice ocultando información pertinente ni subestimando el raciocinio de los lectores o votantes.
CITA 3: “The free exchange of information and ideas, the lifeblood of a liberal society, is daily becoming more constricted. While [Mientras] we have come to expect this on the radical right, censoriousness is also spreading more widely in our culture: an intolerance of opposing views, a vogue for public shaming and ostracism, and the tendency to dissolve complex policy issues in a blinding moral certainty.”
COMENTARIO: El libre intercambio de información e ideas (…) está volviéndose cada día más limitado’, pero, ¿quiénes lo están limitando o constriñendo?3 La carta sigue sin especificar: deja sin agente humano esa oración y, con sintáctico desvío manipulador y demagógico, culpa a ‘la derecha radical’ de ser el ‘esperado’ agente represor histórico por excelencia. Sin embargo, esta carta se refiere fundamentalmente a restricciones antidemocráticas debidas a la izquierda radical, por lo que resulta un desvío manipulador aplicar el verbo ‘esperar’ sólo a la derecha radical, ocultando que también de la izquierda radical empoderada se pueden ‘esperar’ tales —y hasta peores— represiones, como lo atestiguan numerosísimos ejemplos históricos de los siglos XX y XXI.
Sobre la represión aparece ahora otra oración, pero es elusiva, sin agente humano: ‘la actitud censora está expandiéndose’. De nuevo no dice quiénes la están expandiendo, y la previa conjunción subordinante inglesa “while [mientras]” para inferir un contraste entre la derecha y las innombrables izquierdas es igualmente muy elusiva. Por lo que la actitud censora actual izquierdista es, en la carta, como un virus sintácticamente autónomo, un sujeto gramatical reflejo que se expande a sí mismo. Y añade la carta, de nuevo de forma general sin agentes, que en EE.UU. se está viviendo ‘una intolerancia (…), un gusto (…) y una tendencia (…)’.
Obviamente en las últimas dos décadas —por poner un límite temporal—, esos gusto, intolerancia y tendencia represores descritos en el texto no han provenido mayormente de agendas derechistas —invocadas por la desviadora oración subordinada con ‘mientras’—, sino izquierdistas, como lo han denunciando, no ahora sino desde hace lustros y con mayores valentía y transparencia verbales e ideológicas, varios pensadores de la propia izquierda (ej. Camille Paglia). Pero la carta no reconoce esas previas voces de alerta provenientes de todos lados, ni las de los canales pro-republicanos de información (ejs. OAN y FOX) que también se han manifestado ampliamente al respecto, y se presenta —con bastante retraso, por cierto—, a la vez que se autovalida, como el único e imprescindible faro de luz sobre ‘la justicia y el debate abierto’. Garantizada por sus reconocidos firmantes, la carta constituye así un documento canónico que muchos izquierdistas, de necesitarlo, podrían citar sin remordimientos de conciencia ni consecuencias nefastas sobre sus personas y empleos, ya que les resulta muy riesgoso hoy en día no sólo aceptar, sino además citar similares alertas cuando estas, aun esgrimiendo verdades obvias, provienen de individuos y canales no autorizados por la hegemonía cultural establecida por las izquierdas de turno.
Empleando la aposición explicativa, el texto iguala ‘el libre intercambio de información e ideas’ con ‘la savia de una sociedad liberal’, y se sabe que en EE.UU. el término ‘liberal’, poseedor de varios sentidos, se asocia a los partidarios del Partido Demócrata de manera totalmente mecánica, es decir, sin hacer el ya ‘necesario ajuste de cuentas’ al respecto. Sin embargo, a pesar de los desvíos, cautelas y omisiones señalados, la propia carta alude a las prácticas antiliberales derivadas de agendas que numerosos demócratas o liberales actuales esgrimen militantemente o aceptan con callada —o sea, violenta, según BLM— complicidad.
En la república estadounidense ha existido por décadas una dinámica oposición entre liberales (demócratas) y conservadores (republicanos), la cual, con muy rarísimas excepciones, ha garantizado el libre intercambio de información e ideas. La presencia de conservadores en esta república no ha implicado necesariamente la censura a la información, como podría sugerir el polisémico adjetivo ‘liberal’ utilizado de forma, si intencional, no totalmente congruente en dicha frase.
CITA 4: “The restriction of debate, whether by a repressive government or an intolerant society (…).”
COMENTARIO: Esta frase de tono general es, en toda la carta, la única que emplea el adjetivo ‘represivo’, pero desviado hacia el sustantivo ‘Gobierno’. Sin embargo, los actos efectivamente represivos mencionados en el texto no han provenido del Gobierno, sino de la ‘sociedad’, para la cual la carta emplea un adjetivo minimizador o de menor impacto: ‘intolerante’. Pertenecientes no al Gobierno sino a la sociedad, son los únicos agentes censores que la carta llega a visualizar y, de forma generalizada, nombrar: los ‘responsables de instituciones’ (dueños de periódicos, presidentes y decanos de universidades, comités de dirección, etc.) cuyos ‘castigos raudos y desproporcionados’ sobre sus empleados —castigos que la carta enumera en voz pasiva— ejemplifican la verdadera represión ideológica y cultural que, debido a las agendas izquierdistas, se ha vivido en los últimos lustros. Anónimos en la carta, dichos responsables, en cuanto detentores de un poder efectivo sobre los empleos de sus subordinados, son, sin embargo, mucho más que ‘intolerantes’.
Una vez analizados los segmentos más manipuladores y autocensurados de la carta, podemos pasar a las cuestiones de mayor envergadura ideológica que conforman su base demagógica.
De la carta se deriva que la represión y el ostracismo cultural e intelectual es algo esperado de los gobiernos radicales de derecha, lo cual se puede ejemplificar con los gobiernos capitalistas tipo Franco/España, Pinochet/Chile y Dictadura/Brasil. Lo que el texto oculta, por no citarlo y se espera que sepan muchos de sus firmantes, es que dicha censura cultural e intelectual es mucho más esperada y peor en los gobiernos radicales de izquierda, tales como los gobiernos socialistas tipo Stalin/URSS, Mao/China y Castros/Cuba.4 Cualquier historiador (y hay varios entre los signatarios) que, además de honesto con su profesión conozca los actos de censura real dentro de los países socialistas reales, podría confirmarlo (también podría verificarlo un lector interesado en conocer, de veras y no a través de camisetas, la historia reciente de la humanidad): un productor o difusor cultural o intelectual censurado bajo el socialismo real no sólo es censurado, sino que además pasa rápidamente a convertirse en una no-persona dentro de la sociedad. ¿Desconocen acaso los escritores de la carta la total borradura literaria y personal sufrida durante décadas de comunismo por sus importantísimos colegas Mijail Bulgakov, Anna Ajmátova y Alexandr Solzchenitsyn en la URSS, así como Lydia Cabrera, Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas en Cuba?
Bajo el socialismo real,5 la censura cultural e ideológica es mucho mayor no sólo cuantitativamente, sino también cualitativamente, porque todos los productores y difusores culturales e intelectuales dependen económica, laboral y humanamente del Único Patrón que es el Estado, es decir, no cuentan con medios privados (universidades, imprentas, librerías, talleres, casas editoras, teatros, cines…) mediante los cuales burlar inteligentemente la censura oficial y, aun a riesgo de sus vidas, seguir difundiendo la cultura, como hicieron dentro de sus países e incluso desde el exilio, durante sus respectivas dictaduras capitalistas de derecha, los censurados Juan Goytisolo y Joan Manuel Serrat en España, Inti-Illimani y Pedro Lemebel en Chile, y Chico Buarque y las Dzi Croquettes en Brasil. Documentados están los profundos y ya permanentes daños sufridos por las culturas nacionales debido a la censura durante los larguísimos períodos históricos socialistas.
Obedeciendo las imposiciones de izquierda de los tiempos actuales, la carta tiene que dejar clara —aunque no venga al caso o resulte incongruente— su ‘combatividad revolucionaria’ (terminología cubana de los años 70) y, aunque hable de A ó B, tiene que incluir su denuncia explícita a Trump, quien es mencionado con nombre y apellido, y aludido con frases como ‘resistencia’, ‘derecha radical’ y ‘demagogos de derecha’. Pero como era de esperar, tal explicitez desaparece cuando se alude a los represores agentes izquierdistas: las construcciones sintácticas sin agentes humanos los ocultan o hacen invisibles, mientras que las desviaciones en la denuncia los liberan de culpa. La obligada combatividad de la carta reconoce los límites de lo permitido por sus pares, es decir, se autocensura y con esto participa de la misma represión que pretende denunciar: tiene miedo y se siente coartada a decir las cosas por su nombre, o pretende con su silencio cómplice proteger a ciertas facciones. ¿O será que, demagógica y tímidamente, estos firmantes —tan cultos que no podemos esperar de ellos tamaño desconocimiento histórico y literario, ni tan flagrantes desvíos de los datos factuales— no quieren identificar esas conductas represoras con la izquierda?
Por otra parte, la carta no sólo da una falsa idea temporal del daño cultural que viene ocurriendo desde hace varios lustros, sino que también minimiza u oculta el objetivo político del movimiento represor izquierdista que pretende criticar. Lo denunciado en el texto no es de reciente y accidental aparición, como podría derivarse si atendemos sólo al aspecto inmediato de la forma verbal de su primera oración y a la palabra ‘momento’: “Our cultural institutions are facing [se enfrentan] a moment of trial”. Más apropiado a la realidad sería decir have been facing (se han estado enfrentando) y no a ‘un momento’ sino a un proyecto que lleva ya más de veinte años ejecutándose. Digámoslo claramente y sin minimizar ni ocultar —como hace la carta— sus trágicas consecuencias: las coercitivas y dogmáticas fuerzas antidemocráticas de extrema izquierda no son algo reciente ni accidental o atomizado en EE.UU., sino parte de un rizomático y prolongado proyecto confesamente desestabilizador, un proyecto cuyo objetivo ulterior la carta no quiere ver o señalar, aun cuando varios responsables de estos actos represores extremistas no sólo han declarado públicamente su objetivo de erradicar el sistema capitalista estadounidense, sino que también son miembros activos de asociaciones con similares metas; metas que, de conseguirse, destruirían ‘la justicia y el debate abierto’ que hasta hoy en día sólo han garantizado en el planeta Tierra la democracia y el bien entendido liberalismo del Mundo Occidental.
En otras palabras, estamos asistiendo a un paso más, y mucho más firme, dentro de un ambicioso proyecto inquisitorial que tiene en su mirilla no sólo ‘nuestras instituciones culturales’ —como también minimiza la carta—, sino también todo el sistema capitalista estadounidense que —con sus históricos errores e injusticias tan bien documentados y en vías siempre de subsanación— ha sido libre y generosamente la base de dichas instituciones, así como de los confortables empleos y jugosísimos salarios de no pocos signatarios de la carta.
Por otra parte, la supuesta inmediatez de las represiones que describe la carta y su énfasis en Trump, tienen la intención de, contradiciendo los hechos, limitar y desviar hacia los breves tres años y medio de su presidencia los desatinos y arrebatos izquierdistas de las dos últimas décadas, de manera que Trump aparezca como un elemento catalizador o el causante de los actuales extremismos de izquierda, cuando su existencia política y consecuente elección fueron, tal vez, un efecto de tal desenfrenada atmósfera represiva, la cual el propio Trump calificó de “far-left fascism” y “cancel culture” en su discurso del 3 de julio del 2020, o sea, cuatro días antes de la carta, por lo que las parecidas denuncias en “A letter” muestran a sus firmantes en efectiva alianza con Trump.
Resulta curioso que, empleando de nuevo la forma pasiva tan afín a la lengua inglesa y sin agente humano, la carta describa extremismos en diversas áreas culturales (‘editores despedidos’, ‘libros retirados’, ‘periodistas vetados’, ‘profesores investigados’, ‘un investigador [¿sólo uno?] despedido’,6 ‘jefes de organizaciones expulsados’), pero no comente nada sobre algo extremadamente actual: estatuas arbitrariamente destruidas. Incluso como obras de artistas, dichas estatuas son parte de una cultura ahora en destrucción; pero nada dice el texto sobre los escultores cuyas estatuas están siendo destruidas. Al excluir un tema tan espinoso, el texto continúa siendo cómplice de la coerción que pretende denunciar.
Atendiendo sólo a los nombres de los signatarios y teniendo en cuenta la condición de minoría mayoritaria de los hispanos en EE.UU., resulta curiosa la escasísima presencia de figuras relevantes de las diversas comunidades hispanounidenses. Por tratarse de la represión y los fundamentalismos provenientes de las izquierdas —aunque no las mencione explícitamente—, hay, por ejemplo, en las comunidades cubano-americana y venezolano-americana numerosos creadores e intelectuales que han sufrido de manera directa tales fundamentalismos y represión en sus países de origen y que habrían podido enriquecer la redacción de la carta (y evitarme este artículo), pero ya se sabe que la cacareada inclusividad de ciertas izquierdas se caracteriza por sus dogmáticas y demagógicas exclusiones.
Por la información geográfica que la carta ofrece sobre sus firmantes, resulta notoria, la mayoritaria presencia de apenas tres regiones de EE.UU. (Noreste, California e Illinois) y de las usualmente citadas universidades en su mayoría privadas y súper elitistas de dichas regiones. Para un país como este, tan extenso y con un sistema educativo y una población tan diversos, se podría poner en duda también la inclusividad y representatividad geográfica y académica de la carta.
Según las opiniones de los internautas más informados, parece que a varios signatarios de la carta les está ocurriendo lo que Sor Juana Inés de la Cruz explicó hace siglos en su poema “Hombres necios…”: son como el “niño que pone el coco / y luego le tiene miedo”; es decir, tras haber ellos mismos empañado el espejo, sienten ahora “que no esté claro”, porque no les devuelve ya su confortable y redituable imagen, sino la goyesca visión aquelárrica de unos hijos devorando a su padre Saturno y, finalmente, a sí mismos.
21 de julio del 2020


