
Sentados: Jorge Luis Borges, José María Mieravilla, Francisco Gil Y Luis Alposta. 20 de diciembre de 1975 en la casa de Borges.
Esta crónica tiene como centro la figura de Francisco Gil, gallego emigrado desde niño a la Argentina y establecido en Buenos Aires, un personaje desconocido hasta hace poco tiempo y que desde la mítica librería bonaerense, El Ateneo, se convirtió en centro de gravedad de las letras y la plástica argentinas del siglo XX. Y como una sombra de referencia, la figura de uno de los más grandes escritores hispanoamericanos de orden universal: Jorge Luis Borges. Borges y Gil pudiera decirse que fueron amigos, distendieron muchas veces el tiempo mientras caminaban rumbo a la librería o en dirección indefinida por Florida, hablando sobre literatura o sobre personajes que ambos frecuentaban en trato. Sirva esta introducción, ante todo para develar vínculos. Colocar la figura de Gil en el medio de la mítica construcción, que tanto apasionaba a Borges, es sólo una metáfora de cómo se desarrolló toda la actividad de un librero que más allá de eso, reunió en torno a su presencia a los más grande escritores, artistas e intelectuales del siglo XX hispanoamericano. Dédalo y Minotauro al mismo tiempo, de la cultura y las artes que se daban cita, en residencia, exilio o paso en el Buenos Aires de mediados del siglo XX.
Conocí la existencia de Francisco Gil, de forma causal cuando Xan Leira, productor, y director de cine documental, me propuso en una de esas mañanas heladas de Galicia, realizar un proyecto interdisciplinar sobre este personaje, poniendo delante de mí una serie de dosieres , cuadernos y un gigantesco libro, de edición antigua del Martín Fierro, poema de José Hernández, considerado fundacional de la literatura Argentina. Aquellos cuadernos y muchas hojas sueltas, todos originales eran una impresionante colección de obras artísticas, acompañadas siempre de un breve escrito. Obras plásticas de los más representativos artistas argentinos y emigrados: Nora Borges, Gómez Báez, Antonio Parodi, Solchi, Luis Seoane, Páez y escritos de los también grandes escritores: Jorge Luis Borges, mi poeta amado, que me enseñó a amar a Buenos Aires; Mujica Lainez, que aparecía como escritor e ilustrador con un laberinto; Leopoldo Marechal, por quien descubrí la ciudad mítica en su inolvidable Adán Buenos Aires; “Adolfito” Bioy Casares, como lo llamaba cariñosamente Borges; la gran María Elena Walch; Pablo Neruda; Mastronardi; José Isaacson; Ernesto Sábato; el poeta popular Juan Centella, Arturo Cuadrado, (a quien pude conocer, amigo y mentor de Alejandra Pisarnick); Lorenzo Varela, que junto Luis Seoane fundaron “Botella al Mar”, la importante editorial que publicó a emigrados y argentinos, y Francisco Bernárdez. Estos cuatro, ilustres emigrantes gallegos que hicieron de la ciudad porteña una patria para hacer patria, desde la literatura y el arte. Y en cada cuaderno, más de lo mismo: escritos, citas, dedicatorias, agradecimientos, de intelectuales y artistas, de otros que se estrenaban en la cultura y provenían de Perú, Paraguay y de otros rincones.
Al revisar el Martín Fierro, que por su apariencia, juzgué sin abrir que se trataba de un ejemplar, quizá de bibliófilo buscador de ediciones especiales, grandes e ilustradas, pero tampoco portaba valor de colección importante. Se trataba de una edición a tamaño de atril, de 1937. Algo poco relevante, en comparación con el material anterior. Lo abrí y para mi sorpresa el libro contenía página a página, casi hasta la mitad, firmas y pequeñas frases de incontables intelectuales y artistas, que habían sido numeradas por Gil, hasta no poder seguir contando. Si los cuadernos anteriores, habían sido preparados por él, para que en cada visita , un escritor escribiera y un pintor dejara un dibujo, como constancia de los encuentros, el Martín Fierro desembocaba en otra cosa: era una pieza de arte, donde al firmar los incontables intelectuales que llenaron las páginas impresas, convertían el artefacto libro, en otra cosa, en un gesto de intervención artística, enunciado desde el soporte, el gran libro de la literatura argentina, descontextualizándolo con este gesto, recurriendo a una especie de meta relato artístico y convirtiendo el libro en un texto nuevo, en tanto, texto refiere a la interpretación que Umberto Eco1 da de la obra de arte contemporánea, que ha de ser leída y comprendida como si de un texto se tratara.
Concluí, que se trataba, de una obra visionaria, íntimamente vinculada al oficio de librero. Pero no una obra cualquiera, sino una anticipación al juego del arte contemporáneo de re- citar, de de-construir y de provocar el acercamiento a lo instituido, desde la re-visitación y alteración de una obra original, con la intervención presencial de nuevos artistas, que lejos de deslegitimizar con su acción la pieza en cuestión, la hacían portadora de una nueva episteme, asentada, no en la muerte del original, si no desde el reconocimiento y la re-contextualización temporal y también espacial del mismo, pues sacaba un libro de la librería al museo de arte. La intervención dejaba claro el valor primigenio, sumándole además nuevos significados, polisémicos, en tanto la gran cantidad de participantes en esta especie de performance, que ha dejado sólo, y como casi siempre en este tipo de obra, la comisura del gesto, es decir el resultado final como legado.
Con esta pieza, lo transgresor artístico, radica en un evidente cuestionamiento de la universalidad como calcificación, que reduce la trascendencia real del concepto de obra universal, a un mero texto que hay que leer desde su intención primera y que no complace las aspiraciones, ni propicia los nuevos encuentros interpretativos, que son los que aportan esa cualidad de traspasar limites, culturas, espacios y tiempo. Sobre esta cuestión, Borges escribió un contundente ensayo “Sobre los clásicos”, incluido en su libro Otras inquisiciones publicado en 1952, donde antecediéndose a Harold Bloom, establece una vinculación entre lo clásico y lo universal, a partir de que se cumpla como norma la adaptación de ese artefacto literario o tomando prestada la idea, artístico, a las veleidades del tiempo y pueda ser invocado como referente consustancial más allá del momento de su creación.
Cerrando esta idea, considero evidente además, la idea creativa de Francisco Gil, de difuminar las fronteras de la división de las artes. Insisto, usando justamente para ello el Martín Fierro, y dando a los intelectuales del momento la posibilidad de “reescribirlo” al firmar y dar con esa firma la evidencia de una autoría, que quedaba fuera de dudas, por las obras que las respaldaba. Francisco Gil, realiza, una obra contemporánea, gestual, “performática”, donde uno de los significados, si seguimos a Eco y su concepto de obra abierta2 y polisémica, es el valor de la literatura y el arte, desmarcadas de tiempo y espacio, para confluir en un corpus homogéneo de memoria y construcción de identidades universales.
Adelanto, a modo informativo, que este proyecto es hoy una realidad que se va materializando escaladamente, en un documental, una exposición itinerante inicial y además, pronto se le incorporará una edición de coleccionista, facsimilar hasta cierto punto, que abarcará todos los originales en su formato inicial, una obra, acompañada de su escrito correspondiente.
Para finalizar, hay otra idea que he desarrollado y es el paralelismo entre el librero que fue Gil, desde El Ateneo, más que librería, arteria nutricia y sitio de encuentro, de escritores, pintores, e intelectuales del patio y de otros sitios; y una de las libreras más emblemáticas del siglo veinte, Silvia Beach, que justo había desempeñado su similar labor durante el periodo entre 1921 y 1941, en París, es decir, precedía a Gil, y lo dejaba como continuador, en la ciudad, que para coincidencias, siempre se ha conocido como el París de América.
Silvia Beach se hizo su gran espacio dentro del mundo de los libros, no como escritora, si no con su famosa librería, en la 12, Rue de L´Odeón, primer enclave de Shakespeare & Company. Era la única librería parisina dedicada a la literatura anglófona. Y todo quedaría en mero episodio de buen olfato comercial si no existiera al frente de ella el extraordinario ser humano que fue Silvia. Emigrante, nacida en Baltimore, hija de un pastor presbiteriano, bibliófila y larguirucha emprendedora norteamericana aglutinó y cobijó en su librería a la llamada por Gertrude Stein “Generación Perdida” norteamericana. Y les propició, desde ese enclave, el vínculo con la más destacada intelectualidad parisina, convirtiendo la librería en la más importante encrucijada literaria de esos momentos. Joyce, Ezra Pound, D.H. Lawrence, Hemingway, Scott Fitzgerald, T.S. Eliot, Djuna Barnes, Picasso o Gertrude Stein fueron escritores, intelectuales, “saloniers” o artistas que allí buscaban saciar el hambre real y/o literaria, ocurriendo allí, fecundos encuentros con autores franceses como Paul Valéry, Georges Duhamel o Jules Romains, y como André Gide, André Maurois y otros nombres relacionados con Gallimard y la Nouvelle Revue Française. Prestaba libros, tenía una habitación para recién llegados a la entonces capital cultural del mundo, en la propia librería; dejaba los libros a plazos simbólicos y realizó una proeza, tanto por la envergadura del proyecto como por la personalidad del escritor: realizó la primera edición del “Ulises” de Joyce, que la abrumó con sus manías, para después traicionarla, vendiendo su libro a otra editorial. Silvia fue su secretaria, agente, traductora, consejera, contable, jefe de prensa y encarnó ese engranaje ideal y hoy tristemente desaparecido, de lector, librero y editor.
Fue ese el testigo que Francisco Gil recogió sin saberlo. Cierto que Gil, no era un curtido lector, pero sabía, por un instinto de oficio, que libros marcarían un antes y después y sobre todo, sabía con qué libros alimentar, a también simbólicos plazos, a la intelectualidad literaria y artística que buscaba en él consejo y quizá la posibilidad de conexión con los grandes de las letras bonaerenses. También cumplió su misión como editor, pagando de su humilde bolsillo libros de poetas y escritores desconocidos y apoyando con esto no sólo a los escritores editados, sino a sus compatriotas Varela, Cuadrado y Seoane y a su editorial, Botella al Mar. Si Silvia Beach fue la tabla de salvación de “la Generación Perdida” y la celestina intelectual de París, Francisco Gil, fue el gran amigo y librero de Borges, como emblema de ese momento y el creador e impulsor del primer lugar de citas literarias de América, la hoy célebre e internacional Feria del Libro de Buenos Aires, que inicialmente y bajo la iniciativa personal de Gil, se desarrolló bajo el nombre de La Primavera de las Letras.
6 de mayo de 2020