Cavar con la pluma

Sobre 100 poemas, de Seamus Heaney

Fermín Herrero


100 poemas
Seamus Heaney
Traducción de Andrés Catalán
Alba. Barcelona, 2019

  

Seamus Heaney, dueño de una poética singular ligada como pocas a la tierra, es uno de los escritores imprescindibles de nuestro tiempo. Durante los últimos años de su vida le dio vueltas a la posibilidad de fijar, como legado y al tiempo como manera de introducirse en ella, una selección no muy amplia, escogida, que contuviese los poemas esenciales de su extensa obra. El resultado es 100 poemas, que apareció el año pasado en inglés y cuya versión al español se debe al poeta salmantino Andrés Catalán, que ahora mismo, tras haberse publicado las poesías completas de Robert Lowell -“nuestro ferri nocturno”, en metáfora de Heaney en su sentida elegía- y Robert Frost, arriesgadas, arduas y colosales empresas, merece ocupar el lugar de traductor por excelencia de la poesía anglosajona a nuestro idioma.

La antología se inicia con uno de sus poemas más emblemáticos, “Cavando” -es muy interesante cotejar la versión de Catalán con la previa de Margarita Ardanaz, más ajustada a verso de sílaba impar-, donde queda patente su vínculo y enraizamiento con sus antepasados y su terruño natal, que tantos quebraderos de cabeza le dio por los sangrientos enfrentamientos políticos. La imagen de su padre cavando fuera de casa mientras él lo observa desde su cuarto durante una pausa, quizá vacilación, al escribir se queda grabada. Así como su recuerdo, veinte años antes, mientras sacaba las patatas en el huerto con su pala franca, que le lleva a su abuelo cortando turba. El inolvidable final del poema: “Pero no tengo pala con la que seguir a hombres como ellos./ Descansa entre índice y pulgar la gruesa/ estilográfica./ Cavaré con ella”, señala a la perfección uno de los caminos que siguió su poesía, aquélla que contempla, generalmente desde su niñez, el campo irlandés, de turberas y ciénagas, antes de la mecanización y el consiguiente abandono, sumido en un inmovilismo ancestral: “Mi padre trabajaba con un arado romano”.

La otra línea temática fundamental de su obra da respuesta a su conciencia socio-política, su mala conciencia de haberse orillado, una poesía civil fraguada en el dolor de un país secularmente enfrentado, en medio de controles policiales, atentados y funerales, en un ambiente de violencia donde “las lenguas se encogen” y “digas lo que digas, no digas nada”. Un “rumiar de la memoria” sobre “el ministerio del miedo”, las “opiniones sobre el tema irlandés” que le pedían repetidamente los periodistas ingleses.

En ambas vertientes y en sus poemas amorosos y en los más meditativos de sus libros finales, buscando un difícil equilibrio entre “Atrocidad y Belleza”, mediante una armazón narrativa y un lenguaje pulido y sencillo, plagado de precisos términos dialectales y localistas, Heaney transmite “la música del espíritu”, el prodigio de las cosas menudas: un sofá, el brocal de un pozo, un tragaluz, un palo de lluvia…, de su tierra y de sus gentes del común: carboneros, médicos de cabecera, labriegos, herreros, sastres, bomberos….

Aún recuerdo vivamente la emoción sobrecogedora con la que leí Norte y un tiempo después Muerte de un naturalista, su obra inicial si descontamos la plaquette Eleven Poems, ambos en Hiperión, los dos libros con los que tuve la suerte de conocer su poesía. Creo que quienes tenemos a la naturaleza como fuente primigenia e inagotable de la poesía le debemos mucho a este escritor irlandés que recibió un merecidísimo Nobel en 1995 y que murió hace seis años. Por tanto, puesto que bien puede considerarse esta sucinta antología póstuma, recopilada por su viuda y sus hijos a partir de indicaciones suyas sobre sus poemas favoritos, un homenaje a su obra entera, sus incondicionales estamos de enhorabuena.