Un día amanecimos

Sobre Prenda de abrigo, de Francisca Aguirre

Jorge de Arco


Prenda de abrigo
Francisca Aguirre
Olé Libros. Colección Vuelta de Tuerca, 2020

 

Escribo estas líneas un año y pocos meses después de que nos dejara Francisca Aguirre (Alicante, 1930 – Madrid, 2018). Era abril y la primavera se llenó de nostalgia. La misma nostalgia con la que Paca salpicaba su lírica y su tiempo vitales. Poeta sincera y de verso solidario, formó parte de esa generación femenina -Julia Uceda, María Beneyto…- que por razones de la época tardó en trascender y alcanzar su merecido reconocimiento.

En 1971, obtuvo el premio “Leopoldo Panero” y vio editado su primer libro de versos, Ítaca. Desde entonces, su quehacer fue pausado mas constante. Cuatro décadas después, recibió el Nacional de Poesía por Historia de una anatomía y en 2018, el Nacional de la Letras. Al hilo de aquel galardón, confesó en una entrevista: “Escribes para no andar a gritos y para no volverte loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto, pero el lenguaje es inocente”.

Ahora, la editorial levantina Olé Libros, alcanza su número 300 con Prenda de abrigo, una oportunísima antología de la autora alicantina, que ha prologado con mimo y emoción su hija Guadalupe Grande. De ella, son estas palabras recogidas en su prefacio: “Esta selección de textos proviene de una conversación. La larga y aún hoy no interrumpida conversación que mi madre y yo sostuvimos Y sostenemos y que también nos sostuvo a ambas. Juntas reunimos hace unos años estos textos pensando o entonando no la cronología que impone el calendario, sino la conversación que revela la vida. Elegimos las prendas de abrigo que obstinadamente la habían acompañado desde Ítaca hasta Historia de una anatomía: el amor por la palabra y la admiración y gratitud hacia quienes la precedieron en el oficio de la poesía; la fundación mítica de la existencia; el misterio consolador de la música; los claroscuros del vivir; la infancia, ya fábula de fuentes. Ahora, en esta vuelta de tuerca, al retomar intacto el diálogo con mi madre, recupero y acreciento aquella conversación”.

Ese diálogo humano viene dividido en cinco secciones, “Oficio de tinieblas”, “Mitos en el pasillo”, “Música de las esferas”, “Anversos y reversos” y “… este sol de la infancia”, y se aúnan, a su vez, mediante una manera melancólica y memorialística de entender la poesía. Porque el cántico de Paca Aguirre se alza desde la patria de la niñez, desde las costuras de un ayer amargo y revivido: “Aquella infancia fue más bien triste./ Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible (…) Éramos serios y aburridos./ Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces;/ sin resquicios y tristes (…) Lo gris volvía siempre muy pronto./ Un día amanecimos lentas, crecidas,/ llenas de miedo, de presente”.

Testigo de ese presente y de ese pretérito, su acontecer halló cobijo bajo la calidez de los libros, “una prenda de abrigo” que la acompañó y la consoló en los momentos más complejos. Y con los que aprendió a defenderse del “acoso de la realidad”. En su poema “El último mohicano” -uno de los más bellos de esta compilación-, memora el estupor que le causó la muerte de su padre y los tres primeros libros que recibió como inolvidable regalo: “Y de la mano de aquel indio solitario/ entramos en el mundo de lo maravilloso/ y lo tuvimos todo para siempre./ Y ya nadie podrá quitárnoslo”.

Nadie, tampoco, nunca podrá arrebatarnos la honestidad de una poesía que respira libertad y amor, y que testimonia con sus versos “el milagroso abrazo de la vida”.