Marco Tulio Aguilera Garramuño(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
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Eran los tiempos en los que un hombre, antes de salir a cazar o antes de ir al pueblo más cercano (distante a cientos de kilómetros de selva, ríos tumultuosos y montañas sin horizonte), hacía subir a su familia a una tarima de un árbol muy alto. Subía a su mujer y a sus niños en la tarima y ahí los dejaba días y hasta semanas con suficiente bastimento. Las fieras merodeaban día y noche. Año 1909. Si había algo que abundara en la Quebrada de los Chanchos eran fieras salvajes y tierra fértil. Tan fértil que los que sembraban poco cosechaban mucho: maíz, arroz y frijol. Suficiente para comer, regalar y hasta tirar lo sobrante. Había muy poca gente, poquísima. Y muy cerril. Miraban con recelo a los fuereños (escasos y espaciados).
Para apersonarse en la Quebrada de los Chanchos había que pasar por el Cerro de la Muerte. Una travesía que gastaba semanas y hasta meses y que con dificultades se podía cumplir en los pocos días de verano. Sólo los aventureros imprudentes, los aventados y los perseguidos se atrevían a desafiar las nieblas inmóviles y los fríos congelantes del Cerro.
Se explica fácil, dicen los conocedores, el carácter duro de la gente de La Quebrada de Los Chanchos. Gente de difícil, casi imposible trato.
De los más rústicos y huraños eran los Acuña. Vivían al otro lado del río General, subiendo por trochas imposibles en mulas flacas y fuertes que parecían cabras montescas.
Los Acuña era cuatro hermanos y una hembra. Padre y madre muertos, el uno por una víbora Cuatro Pasos; la otra por una avenida, muy de pronto y casi inexplicable, del Río General, siempre traidor.
Los Acuña eran hombres grandes, sucios, trabajadores como bestias. El menor, Chico, se comunicaba por señas. Nunca aprendió a hablar. Sus hermanos decían que no lo necesitaba. Casi toda su vida la pasaba en el monte. Agarraba los animales con las manos y se los comía crudos. La era hermana una mujer hermosa como no había otra, pero tan desaseada como sus hermanos. Y más cerril. Dicen que se bañaba sólo una vez al año, en lo más crudo del verano.
En los ranchos cercanos, que en verdad estaban asentados en lejuras que se medían por leguas o por días de camino, sólo se veía a indias sin amansar o a mujeres de mala vida que ejercían su trabajo a cambio de la comida, una blusa vieja o un trato no tan poco amable .
A la hermana de los Acuña se la veía como a la imagen segura de una patrona perfecta: atendía a sus cuatro hermanos, lavaba ropa, preparaba la tierra, cosechaba ella sola y se empujaba los bultos al hombro. Se decía (decían los malnacidos o los envidiosos, también los ardidos por sus desprecios), que la mujer atendía a sus hermanos no sólo en la cocina sino en la cama o en cualquier arrumbe pasajero en el monte. Eso ya nadie puede saberlo. Ya ninguno de las Acuña conserva el aliento.
Era comprensible que los hermanos cuidaran a la mujer y que la acecharan como cuatro maridos celosos. No faltaron pretendientes que se atrevieran a presentarse en el rancho de los Acuña con intenciones honestas o retrecheras.
Todas las intenciones eran recibidas como afrentas.
El que quiera llevarse a la India, que así le decían los hermanos, tiene que saltar cuatro trancas.
La primera tranca era Crisanto Acuña, una bestia con pecho de buey, que tenía la mano derecha, la del puñal, paralizada por un buen golpe con daga bien muñequeada.
Los tres hermanos menores le ponían la faca en la mano, le cerraban los dedos, le arrollaban una cobija en el otro brazo y listo, que venga el que quiera a la India.
No hay registro de cuántos humedecieron con sangre la tierra de los Acuña. En San Isidro de El General de la Quebrada de los Chanchos no llegaron la ley ni las memorias notariales sino veinte o treinta años después de la desaparición de los cuatro.
Lo que sí se sabe es que ninguno de los pretendientes pasó siquiera la primera tranca. Cuándo iban a pasar las otras tres.
Y eso, la prueba de las cuatro trancas, era sabido por todos en la región de El General.
Y esa era la primera historia con que se recibía a los fuereños que venían buscando mujer que no fuera para ayuntamiento nada más.
Sólo hay una mujer de verdad en la Quebrada de Los Chanchos, la India, pero ésa no es de nadie sino de sus hermanos. Decían los maloras.
De todos modos la fama de la India, por poco discreta, por blanca, como de piel de azucena, y por atrevida, movía a muchos a imaginarla con malicia.
Se bañaba desnuda una vez al año, en el río General, no sin antes anunciarlo a todos los que no fueran sus hermanos hermanos.
Y aunque se sabía espiada y se quería espiada no tenía recato alguno.
Hay quien dice que ella misma ponía todos los cepos para que alguien se la robara. Pero pocos se atrevieron y terminaron mojando la tierra con pozos de su sangre.
Todo plazo se cumple. Llegaron las habladurías a oídos de Pedrarías Ceciliano, uno de esos hombres que iban dejando un reguero de hijos y de historias tristes por todo en sur del país: San Vito de Java, Dominical, Buenos Aires de Puntarenas, Palmar Sur.
Se le metió en la cabeza al hombre que la India de los Acuña era lo que necesitaba para amarrarse a la tierra y dejar de andar trastumbando. Una mujer dura, que respondiera bien en la cama y en el monte. Porque eso quería el macho: una hembra para refundirse en la montaña, lejos de la ley y de su gana de andar mojando sus puñales.
Se apersonó pues en el rancho de los Acuña cuando ya los búhos estaban ululando. Espantó a los siete perros a puras coces de su caballo cerrero y a planazos de su machete contra las perneras de cuero.
No esperó a que le abrieran. Se metió con todo y bestia hasta la cocina.
Los cinco Acuñas estaban arrimados al fuego.
Vengo por la india, dijo con la tranquilidad del que tiene oculto el último as y tres sobre la mesa.
El asombro no dejó que los machos se movieran.
Vengo en buena ley, dijo Pedrarias Ceciliano, pero si hay que saltar cuatro trancas, les aseguro que tengo buenas piernas. Y dijo más: traigo una botella de guaro de Palmar Sur y les propongo amistad de una noche.
Desmontó. Y terminó diciendo:
Y mañana nos matamos a gusto si es que hay menester del perjuicio.
Los cuatro Acuñas, que eran conocidos por respetar temples de valientes, supieron que ese hombre era de los suyos y aceptaron liquidar la botella sin rencor y sin memoria del día siguiente.
Acabaron el guaro, durmieron un par de horas, al despertar comieron gallopinto y tomaron café como hermanos.
Luego salieron al patio.
Al mayor le pusieron el puñal en la mano tiesa, le cerraron los dedos en torno al pomo, le arrollaron un trapo en torno al otro brazo.
Con el primer sol comenzó el voleo de cuchillos.
Duró poco el entrevero.
Y si duró algo fue porque Pedrarias quiso dejar respirar al Acuña mayor un tramo más de vida o porque quizás esperara un arreglo sin que tuviera que anotar uno más en su lista.
No habiendo tregua o concilia, Ceciliano tomó la inicativa casi con pena.
En un lance a fondo el cuello del Acuña mayor se encontró imprudente con el filo de Pedrarias y poco faltó para que se le desprendiera la cabeza de su basamento natural.
Tal era la fuerza del brazo del pretendiente.
Los cuatro Acuñas que seguían vivos, más que sufrir la muerte del hermano, parecieron admirar la tranquila impiedad con que el hombre cortaba una vida como quien revienta un hilo de araña.
Sin mediar una palabra supieron que las otras tres trancas eran una nadita para un hombre como Pedrarias y que ya la India merecía tener a un macho que no fuera de su familia.
Vieron al hombre limpiar el puñal con un ala de su camisa. Lo escucharon decirle a la india, ya vente, india pendeja, que nos espera la jodida montaña.
La subió a la grupa de su caballo. Y así se fueron. Sin un trapo de más.
Los hermanos enterraron sólo la cabeza del Acuña mayor y dejaron el resto para los perros de monte.
Después ya no se supo nada ni de los tres Acuñas restantes ni de Pedrarias y la india.
Los tiempos han cambiado: hoy por San Isidro pasa una autopista que mata media docena de cristianos al mes.
