Los espejos quietos

Sobre Este mar al final de los espejos, de Marina Casado

Jorge de Arco


Este mar al final de los espejos
Marina Casado
Torremozas. Madrid, 2020

 

Con el aval del premio “Carmen Conde”, se edita Este mar al final de los espejos de Marina Casado (1989). Profesora de Lengua Castellana y Literatura, es este su cuarto poemario tras Los despertares (2014), Mi nombre de agua (2016) y De las horas sin sol (2019).

Con un verso sostenido y muy bien ritmado, la autora madrileña va develando su personal batalla frente al ayer y su mañana. Sabedora de que fue “la poesía que vino a salvarme de la vida”, se entrega a ella mediante un decir confesional y lúcido: “Con la misma pasión me asomo ahora/ a los espejos quietos/ o perfilo poemas en los que me persigo/ al fondo de un reflejo y le pregunto/ -y me pregunto-/ por el enigma de aquello que cambió sin percatarme,/ de aquello que me hizo ser/ lo que no entiendo”.

Lo pretérito marca la vigencia de las remembranzas y ahonda en la introspección que fundamenta lo complejo de recomenzar. Pesa el alma, pesa la vida y, sin embargo, Marina Casado se afana en reformular la inminencia de un porvenir cuyo discurrir sea más esperanzado. Claro que, ante la indefensión de la finitud propia y común, pretende encontrar respuesta a sus propias huellas.

Entre tanto, hay lugar para recordar la voz de Nat King Cole “a las tres de la mañana/ hablaba a la luna/ y de una ronda que acababa siempre en llanto”; para volver hasta el día del asesinato de John Lenon, cuando “…compuso dos canciones invisibles”; para hundirse, de nuevo, en lo vivido y lo amado, porque “la memoria es un pozo donde vivir a solas”.

Dividido en tres apartados, “Espejo I”, “Espejo II” y “Espejo III”, más una coda que da titulo al conjunto, el volumen destaca por su cercana expresividad, por la forma tan lirica de hacer saber de un desencanto y una melancolía que conducen a un espacio de existencia turbada donde el verbo circula por un tiempo que aún persigue la piel de otros sueños. Frente a ellos, frente a la silente oscuridad, quedan aún fronteras que cruzar desde donde alzarse, conjugarse con la luz que devuelva la claridad y los anhelos hasta su azogue.

Un poemario, en suma, almado, envuelto en una voz madurada y cómplice: “De la voz se me escapan otras voces/ que ahora encuentro mías/ y lo comprendo:/ somos todos los muertos/ que nos amaron”.