Un latido de calor

Sobre La mirada de la esfinge, de José María Álvarez

Jorge de Arco


La mirada de la esfinge
José María Álvarez
Olé Libros. Valencia, 2020

 

Dentro de la colección “Vuelta de tuerca”, del sello levantino Olé Libros, ve la luz La mirada de la esfinge de José María Álvarez (1942). Pensada para abrigar “antologías poéticas de autores reconocidos e imprescindibles”, es este el quinto volumen tras las compilaciones de Ricardo Bellveser, Jaime Siles, Rafael Soler y Francisca Aguirre.

Noelia Illán Conesa ha estado al tanto de la edición y se ha encargado de vertebrar un volumen donde “son poemas de deseo todos, unos de deseo más visceral y otros menos, pero en todos está presente esa `mirada de la Esfinge´”.

Divido en dos secciones, “Las huellas del deseo” e “Imposible terciopelo”, los textos reunidos conforman un viaje explícito y significativo de las intenciones del poeta cartagenero: la piel que roza los límites del amor es la misma capaz de destruirlo; el asombro que desviste la mirada es el mismo que puede llevar al sujeto lirico hasta la perdición; el cuerpo que desciende hasta el bordón de la lujuria es el mismo que llega a tornarse destrucción o desasosiego.

Mediante un verso directo, carente de oropeles, José María Álvarez libera su dicción y acaricia el germen de su verbo desde el agudo matiz del sentir: “Pero aún así, y aunque arrastres contigo a los Infiernos,/ vuelve, aparécete en la noche./ Eres tan bella. Vuelve/ a mirarme desde el fondo de esa barra, clava en mí/ tus ojos/ en celo,/ oh cobra”.

Ya dejó escrito Aristóteles, muchos siglos atrás, que “sólo hay una fuerza motriz: el deseo”. Y bien lo sabe y lo corrobora el poeta al brindar su verbo a tantas mujeres. Soñadoras, esquivas, anhelantes, tentadoras, cómplices, crueles…, desfilan por entre estas páginas como protagonistas de un ámbito íntimo y, a su vez, común. Porque en el decir entrañado de José María Álvarez se suceden múltiples estados de ánimo que van desde el éxtasis y la fascinación hasta el caos y el dolor: “…No había mentira en tus ojos/ febriles de gusto, no había mentira/ en la complacencia de tus caricias./ Oh, duerme, duerme, dulce niña. Y déjame abrazarte,/ adormecerme, como un perro/ junto a su amo, y buscar en tu cuerpo/ un latido de calor, una razón/ para seguir vivo”.