Vivir en el alambre

Sobre Galería, de David Pujante

Rafael Morales Barba


Galería
David Pujante
Licenciado Vidriera-Universidad de Valladolid, 2020

 

Llega por fin al lector un libro que se estaba haciendo rogar, como tantas otras veces, del cartagenero David Pujante (1953). Nada nuevo en ello, pues el autor pertenece a ese grupo de poetas que publican de tarde en tarde, seguramente para dejarnos con hambre o apetito, escribía el granadino Luis Muñoz, de leer, leerle más. Pujante ha dedicado más horas a la investigación universitaria y a la docencia que a la autopromoción, cosa inusual, y eso se nota, pues sus versos merecen más presencia. Ahora, sin embargo ,publica dos libros en el transcurso de los dos últimos años: El sueño de una sombra (2019) y este Galería (2020). Con él, el mundo de los novísimos y el culturalismo a los que pertenece, revive, se fija y toma nuevo esplendor, limpiamente. Ya se sabe que los viejos rockeros nunca mueren, y de vez en cuando salen de las sombras para recordárnoslo, con actualizadas revisiones desde el yo que se duele y conmueve, ajeno ahora a la mera demostración cultural. El mundo de Cavafis con la edad se reinterpreta igualmente y se mira hacia dentro, como en aquel celebérrimo poema del gran poeta alejandrino, titulado “El viejo”. Afortunadamente Pujante ha sabido disfrutar del tiempo y de la vida, de la música y la lectura que muestra con numerosos ejemplos traídos al caso, no para lucirlos. Para demostrarlo y dolerse de que el placer está pasando, reflexionar, nos ha entregado este último poemario, pero claro, como en uno de los diálogos del Platón tardío, Filebo, nunca del todo, pues el placer intelectual continúa intacto.

Galería llega ahora. Forma parte en buena medida del momento existencial y vital servido en el libro anterior. Ya se sabe que quienes cuidan mucho los poemarios y no hacen de ellos una enciclopedia, sino algo legible, apetecible, suelen limitar la extensión de los mismos. Pujante ha sabido acercárnoslo con escrupuloso respeto a un sentir unitario, es decir, a una unidad estilística en torno a la narración y la claridad reflexiva, a la elegancia y saber decir con chispa en los clímax finales, al leiv motiv de ese otro sentido más o menos oculto, o de perfilarlo. La vejez y, sobre todo, la soledad en general detrás del personaje, la postrera de Cernuda o Juan Ramón, pero sobre todo la de un buen amigo del autor, Francisco Brines, perdido en su casoplón de Oliva (Elca), me ha emocionado. Un espléndido poema donde la figura es una isla entre escaleras y aposentos, un ser empequeñecido y abandonado. Tan solo un enigmático hombre o sombra, pintado en las postrimerías de Van Gogh. Prima allí una figura oscura empequeñecida entre los troncos de los abedules o pináceas, no recuerdo bien.   Quien se fije en otra de las joyas del libro, el poema dedicado a Emily Dickinson, a su intimidad resuelta hacia dentro frente al viajero entregado a la vida mundana, sabrá que detrás de todo ello hay una apariencia de otredad, cuando en realidad todo es mismidad. (“Navigatio. El sueño de San Brandán”, es muy claro en este sentido). Y a quien le guste encontrarla debajo del enigma de los personajes, desde Álvaro de Campos al Conde Keiserling, las célebres mallas semánticas de Mauron se lo dejarán muy claro, aunque ahora no es posible aplicarse en ello.

En efecto, hay mucho yo, y no solo el emocional o sicológico, sino el ético, el anclado en el personaje moral. Lev Nikoláievich Myshkin, protagonista de El idiota de Dostoievski muestra como el albatros de Baudelaire abandonado a su suerte en la cubierta de un barco, su aislamiento entre los hombres. La grandeza imposible de la moralidad absoluta, el sufrimiento de quien juega con otras cartas frente al pragmatismo al uso, es un motivo del libro y de la circunstancia, del ideal y de la aceptación cuando llega la consumación. La imposibilidad del ayer está, pero el deseo también, la turbazón de Brahams en la estación de Frankfurt es sugerente. La soledad se hace poliédrica en los distintos brillos del ónice, sabe atemperarse en ocasiones, sin duda, aunque venza en la balanza. Una soledad hecha también ternura y compromiso, piedad, caridad y misericordia, con los seres que apenas alzan la cabeza para asomarse a vivir en el alambre.

Me ha emocionado desde esa perspectiva el estupendo “La mujer de Lot abandona Pompeya cuando anochece”, y donde hay sorpresas para quien espere exhibiciones. El “viejo tizón en la mirada” puede verse tentado por la melancolía que aquí y allá surge doliente. No se ha entregado a sus sombras, ni se ha dejado abandonarse a la acérrima nada, y contra la que avisó en un célebre grabado Alberto Durero. El verso libre, con algún “proema” según célebre definición de Francis Ponge y Octavio Paz reutilizó sin citarlo demasiado, son el vehículo que traen esta “intensa serenidad”. Lo ha escrito Javier Díez de Revenga en un epílogo donde el lector puede festejar esta lectura con el especialista en poesía murciano. Viene bien avalado el libro, pero se basta solo.