Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Sus libros más recientes son la novela Aló, marciano y el libro de ensayos Buñuel In memoriam (ambos por la Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). La editorial Iliada Ediciones acaba de publicar su novela El condotiero, la domadora y el escritor, tercera y última parte de la serie que incluye a Dominó de dictadores y Citizen Kane se fue a la guerra (novela que resultó 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia», 2020).
CHE X CHE
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 1951
Y…
me atreví a proponerle matrimonio a Chichina Ferreyra.
-Acompáñame amor, de peregrino y aventurero por la América del Sur.
En la carta que me envío desde el balneario de Miramar, amor aquí estoy, en el litoral atlántico argentino y reiteraba te quiero amor, pero no dejaba duda sobre la ruptura.
No, amor. No, no.
Y al terminar, citaba una línea de mi primera declaración de amor: ¿crees que una mujer se puede sentir segura al lado de un hombre que afirma sé que soy lo más importante que hay en el mundo?
Dos veces amor, reiteré mi propuesta de matrimonio y dos veces amor, se negó a que nos echáramos por los caminos de Sur América por los que la llevaría de la mano de Córdoba a Santiago del Estero y a Tucumán.
No, amor. No, no.
La llevaría a andar en tren por Santa Fe, a rodar en bus por Mendoza. A dar vueltas en camión por La Rioja, a dar brincos en moto por La Pampa. A pedalear en bici por Antofagasta, a morirnos de cansancio de tanto caminar a pie por Los Andes.
No, amor. No, no.
Y a medida que solitario me alejaba por páramos y montañas y cargaba sobre mi espalda su amor como una abultada mochila, su figura se desvanecía y se hacía humo en el aire y solo quedaban flotando sus palabras.
No, amor. No, no.
Pero no renunciaba a su amor. Insistía: Tú eres mi amor, tú. Y cargaba sobre la espalda el recuerdo de su amor y me repetía todo el día y a toda hora y en todo lugar: amaré a Chichina hasta en la Cochinchina.
No, amor, No, no.
El amor de Chichina era miel que se derramaba gota a gota. Miel con el sabor amargo de la despedida.
No, amor. No, no.
El amor de Chichina era amor de veras imposible y me dolía la falta de su amor como piedra en el zapato. Me dolía como a César Vallejo, amor. Me dolía porque hay golpes en la vida tan fuertes. Me dolía como a Pablo Neruda, amor. Me dolía repetir es tan largo el olvido y tan corto el amor. Saber que no estaría más contigo, amor. Nunca más, amor.
No, amor. No, no.
Y a solas me confesaba con Quevedo, el mío era amor constante más allá de la muerte. Más allá del olvido. Más allá del horizonte. Más allá del mar. Más allá de la tierra. Más allá de cualquier límite. Más allá de todo. Más allá estás tú, amor. Yo en el más acá y tú en el más allá, amor. Yo siempre en el camino y tú siempre en la eternidad, amor.
No, amor. No, no.
Que te quiero amor, le decía en cartas y te quiero, repetía en telegramas. Que no me olvido de ti, amor y aunque tú no me quieras, yo a ti te quiero, amor.
No, amor. No, no.
Y volvía a sorber en el recuerdo la miel agridulce de los días pasados en el balneario de Miramar. Amor cerca del mar, de lo ideal, del infinito. Amor siempre Amor.
No, amor. No, no.
Fue una mañana gris de octubre, había ido a Córdoba de vacaciones y de paso a ver a Chichina, aunque fuera de lejos. Bajo la parra de la casa de mi amigo Alberto Granado tomábamos mate y comentábamos las incidencias de la perra vida, incluido el desamor entre Chichina y yo.
No, amor. No, no.
Alberto se lamentaba de perder el puesto en el leprosorio de San Francisco de Chañar y el trabajo mal remunerado del Hospital Español y yo de haber abandonado a la Marina mercante argentina.
No, amor. No, no.
Por los caminos paralelos del ensueño, viajamos a remotos países tibetanos, trepamos al Monte Everest con la guía espiritual del Dalai Lama y chupachupa de yerba mate y nuestras almas levitaron en el espacio sideral.
No, amor. No, no.
De regreso del viaje astral nos hicimos a la mar. Con Magallanes navegamos por mares tropicales y con Marco Polo visitamos toda el Asia. Y de pronto, deslizada al pasar, como parte de nuestros sueños, surgió la pregunta:
– ¿Y qué tal si nos vamos a Norteamérica?
– ¿A Norteamérica?
– ¿Cómo?
-Con la Poderosa, hombre…
No, amor. No, no.
La Poderosa era una moto Norton de 500 c/c propiedad de mi amigo Alberto Granado muy superior a mi bicicleta a la que había adaptado un motor italiano Cucciolo para que trepara montañas y recorriera llanos; pero, viajar desde la Argentina hasta los Estados Unidos era una tarea imposible para mi bicimoto.
No, amor. No, no.
Sin pensarlo, trepé a la moto. Di vuelta a la manija. El ronroneo de la moto era el que correspondía a una aceleración brusca. Le pegué un taconazo con la bota al pedal de arranque de la Poderosa II y partí a la conquista de América. Pero antes, en un último acto de amor sin palabras, dejé al cuidado de Chichina un cachorro de perro policía que apodé Come back con un guiño cómplice: yo también volvería.
No, amor. No, no.
En los próximos meses sólo vería el polvo del camino y a mi amigo Alberto y yo devorando kilómetros con la Poderosa en fuga hacia el Norte y lo que sigue no va a ser un relato de hazañas ni un cuento meramente cínico, será el relato personal de un hombre en los próximos nueve meses de su vida con historias que van de la más alta especulación filosófica al más bajo anhelo de un plato de sopa.
No, amor. No, no.
Mi boca narrará lo que mis ojos le contaron. No habrá sujeto sobre quién ejercer el peso de la ley. Será un viaje de ida y vuelta: la vuelta en redondo y el personaje que escribirá las notas morirá al pisar de nuevo la tierra argentina y dará paso a otro que será el que ordenará y pulirá los escritos.
No, amor. No, no.
Yo habré dejado de ser quién era y no seré más Yo. Y más de facto que de jure dejaré a los lectores con otro Yo. El Yo que fui Yo. Un Yo frente al espejo de otro Yo. ¿Otro Yo?
No, amor. No, no.
Un Yo personal y único que aprendió de otro Yo a amar a Yo. Yo diez veces Yo. Yo multiplicado por Yo. Yo a lo Yo de Max Stirner en El único y su propiedad. Yo kierkegaardiano. Yo nietzscheano. Yo de Borges y yo.
No, amor. No, no.
Yo de Borges que afirma: Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el otro Borges trame su literatura. Yo le enmendé la plana al Yo de Borges. Yo (re) escribí el párrafo a la manera de… Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el Yo del Che trame su revolución.
No, amor. No, no.
LA DOMADORA
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 8, 2007-OCTUBRE 8, 1947
Es una oportunidad entre mil la que se nos presenta a mi amiga Celia y a mí. Una oportunidad manufacturada por la casualidad y no por el raciocinio. Es, sobra decirlo, una oportunidad única. La oportunidad de mirarnos a los ojos, vernos de veras y no de leer a la distancia sobre nuestras respectivas actividades clandestinas: Milonga en el laberinto del Minotauro de Creta y Crimilda en el vientre de la ballena Moby Dick.
La oportunidad de decirnos las cosas directamente, no a través de intermediarios. La oportunidad de estrechar manos y abrazarnos. La oportunidad de que nuestras lágrimas rueden libremente mientras nos miramos. La oportunidad de sentirnos útiles a la causa que hemos elegido y a la cual servimos a mil millas una de otra.
-Hay mucho qué hablar, Crimilda…–me dice en clave.
– ¿Noticias del Edén, Milonga? –le respondo sin salirme del cifrado secreto convenido-. ¿Confirmaste lo de Helvecia?
Para Celia el encuentro representa la oportunidad de verme fuera de las acrobacias circenses y mi rol de domadora. Para mí es la oportunidad de bajar de los caballos y salirme de la pista. Para ambas es la oportunidad de vernos, admirarnos y abrazarnos.
-Sí –me dice Milonga-. El hotel es ahora un centro de repatriación de gente sospechosa de pasado nazi. Hay alemanes, serbios, italianos, japoneses, croatas. Todos fachos.
– ¿Quién a cargo? -pregunto-. ¿Lo menos un ministro?
-Freude, Juancito y Contal –dice-. Toda gente de primera línea de Perón…
-Ponlo por escrito –le dije-. Helvecia debe saber…
– ¿La clave de siempre? –preguntó.
-Sí –respondí-, el mismo buzón.
Se hacía tarde, nos despedimos…
-Chau, Crimilda –me dice.
-Adiós, Milonga – le digo.
Y cada una subió por una escalera diferente para ir al salón-comedor…
Al igual que medio siglo antes admiro las lámparas de cristal que cuelgan del techo y las ventanas de tules descorridos que dan a la terraza que mira al jardín de amapolas.
Don Horacio Ferreyra ha dispuesto que la invitada de honor, Frau Clara Settembrini, antes domadora de caballos de un circo alemán de paso por Buenos Aires y ahora directora del Circo Nacional Argentino, se siente al lado de mi amiga doña Celia de la Serna que simula apenas conocerme y yo a ella un poco.
Don Horacio y su esposa se reparten por ambas cabeceras: Chichina y su joven pretendiente, Ernestito, el hijo de Celia, se ubican en el costado izquierdo. No los veo, pero tienen las manos juntas debajo de la mesa y sus rostros rojos como brasas al fuego.
Los criados van de la cocina al comedor; en preciso orden, nos sirven un consomé de codorniz, un bife con patatas asadas, espárragos a la crema, un bizcocho de chocolate y al final Don Horacio nos pregunta si queremos té o café.
Ernestito, que no ha parado de discurrir sobre lo humano y lo divino, se apresura a preguntar:
-Y, ¿por qué no cebamos un mate?
-Mate para criados –altanero Don Horacio-. La gente de bien bebe oporto.
Ernestito viste con desaliño, camisa de nilón medio sucia, pantalones negros sin planchar, un par de zapatos de cuero viejos y sin calcetines.
-A bientot –riposta-. Brindemos por los oporto-nistas, la gente de bien.
Celia me pega con el codo en el brazo y se sonroja cada vez que Ernestito interrumpe a Don Horacio.
-Este niño… -me dice-, no tiene pelos en la lengua ni lleva calzoncillos largos.
Le sonrío ahora que lo veo en el recuerdo con ojos de centenaria, ahora que visto tan desaliñada como Ernestito aquella noche: suéter de Ives Lacoste, jeans Wrangler y tenis Adidas. Me olvido de la mirada de ayer y con la mirada de hoy recorro la muestra de jarrones de porcelana de Sevres en el piso alto del Museo Superior de Bellas Artes Evita Perón, antiguo palacio Ferreyra, en la ciudad de Córdoba.
-Este niño… -me sopla Celia al oído-, no se calla ni ante el Papa.
Solo en un punto coincidieron Don Horacio y el joven Ernestito durante la cena: en el rechazo a Perón. Don Horacio, buen burgués gentilhombre, tomaba distancia ante el auge de los sindicatos peronistas. Los “cabecitas negras” decía, eran izquierdistas y socializantes. Ernestito, puro Avant Garde, atacaba a Perón por demagogo, populista y falso profeta de las masas. En los demás puntos ni una vez estuvieron de acuerdo. No se pusieron de acuerdo sobre la socialización de la medicina: Ernestito la defendía y Don Horacio la estimaba cosa de médicos graduados con malas notas. Discreparon sobre las elecciones en Inglaterra: Don Horacio defendía a la realeza por encima del sistema bicameral parlamentario y Ernestito se sentía diputado del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes. Discreparon sobre el primer ministro inglés: Ernestito quería a un militante del Labor Party de filiación comunista y Don Horacio a un estadista como Churchill.
-Y que la Pampa sea como las Malvinas protectorado del Almirantazgo inglés –se burló Ernestito.
Le vuelvo a sonreír ahora que lo veo en la foto que empezó a circular por el mundo, hoy, ocho de octubre, hace exactamente cuarenta años. Lo veo sin camisa, los ojos abiertos, tendido boca arriba sobre la rústica mesa de una escuelita rural en Valle Grande, Bolivia. Muerto a tiros, de guerrillero como quería; de condotiero, como siempre quiso. Muerto a tiros por querer ayudar a los pobres.
-Vos mocoso, ¿me acusas de colonialista y anglófilo? – estalló Don Horacio y abandonó el comedor.
En el recuerdo le volví a sonreír a ese que conocí de Ernestito, el hijo de mi amiga Celia de la Serna que al graduarse en Buenos Aires fue el doctor Ernesto Guevara de la Serna, andando el tiempo el comandante guerrillero Ernesto Che Guevara en Cuba, apodado por la tropa Fernando Sacamuelas en la Sierra Maestra, Che en La Habana y Tatú en la guerrilla congolesa.
En una segunda resurrección el comerciante de maderas Raúl Vázquez Rojas en Praga; en una tercera vuelta a la vida el técnico de la FAO Adolfo Mena en Viena; en un cuarto renacimiento Ramón en la guerrilla boliviana y en una quinta, última y fugaz reencarnación: Che al morir.
Y al que muchos tras medio siglo lo llaman por su nombre de pila bautismal, San Ernesto de La Higuera y por su nombre de guerra en clave de redención cristiana, San Ramón de Valle Grande: santo peregrino y milagrero, sin espacio en los altares, carente de aspergeos de incienso, pero que tiene bien ganado entre los pastores de la comarca de Valle Grande el don de protector de animales y se cuentan por legión los burros, chanchos, cabras y perros perdidos devueltos a sus dueños.
Ante tanta hazaña antes y después de muerto no pude menos que murmurar: Vos pibe, sos tremendo, te robaste la gloria del mundo y nos dejaste desnudos. Y desnudos seguimos en el laberinto hasta hoy a merced del siniestro Minotauro: mitad macho cabrío cretense depredador y mitad toro babilónico devorador de lengua de fuego.
Sin nadie al alcance de la mano que nos defienda del monstruo porque a Che Ernestito, el último que intentó hacerlo lo mataron cuando estaba indefenso. Y hasta hoy, 8 de octubre de 2007, aniversario cuarenta del asesinato del Che, sigo sin creer que sus últimas palabras fueron:
Soy Che Guevara, no disparen …
Sigo sin creer pese a que sus captores repitan que dijo: vivo valgo más que muerto …
No, Che nunca dijo eso ni pudo haber dicho algo parecido.
Che les dijo: soy Che Guevara, no tiemblen, apunten bien …
Lo que Ernestito les dijo fue: disparen, carajo, muerto valgo más que vivo.
EL ESCRITOR
BOCA RATÓN, FLORIDA, 2007
LA HABANA, CUBA, 1958
Llamadme NO-Él …
Sí, esta es mi historia, la que tengo que contar y cuando empiece a descargar los recuerdos no me podré detener. En 1958, los fidelistas con bombas y disparos de ametralladoras asolaban a la ciudad. Patri y yo salíamos a bailar cada noche. Era nuestra forma individual de rebelarnos frente la rebeldía colectivista que los fidelistas nos querían imponer. Los fidelistas querían al pueblo de rodillas, rendidos a sus pies. Nosotros seguir de pie y dar la vuelta a la pista de baile. Participar de la farra de la vida. Bailar. La Habana entera bailaba. Mambo, qué rico mambo.
Mambo qué rico e, e, e.
Para Hemingway y Gertrude Stein el Paris de 1920’s era una fiesta. Para Patri y para mí La Habana de 1950’s era una fiesta multiplicada por mil. La Habana se movía. La Habana era rumba. La Habana era son. La Habana era chachachá. Se bailaba en las esquinas, en los bares, en los cabarés y en los clubes. En todas partes se bailaba. La Habana entera bailaba.
A los fidelistas les jodía la fiesta. Los fidelistas no bailaban. La rumbantela les era ajena. Ellos eran patones y patanes. Ellos patrocinaban las bombas, los tiros y los apagones. Nosotros la noche. Nosotros la fiesta. Nosotros la rumba. Nosotros la risa. Nosotros el baile. Nosotros Cuba.
Mambo, qué rico e, e, e.
Un capítulo de la novela que escribo como Colón sus memorias en la proa de la Santa María sin editor ni tierra a la vista empezaría el treinta y uno de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho. A la medianoche. La víspera del apagón histórico de Cuba. La última noche de Cuba Libre.
Las luces del salón de bailes del Club Casino Deportivo se apagaron de repente. Todos pensamos, ahora explota la bomba fidelista. Teníamos derecho a pensarlo. Habíamos sufrido en carne propia el terrorismo. En el Cabaré Tropicana, en el Salón Bajo las Estrellas, la noche final de 1957. Bailábamos entre el primer show y el de medianoche. El coro de mulatas de fuego de Doménico Neira descendía por la pasarela en bikinis y largas batas rojas. La orquesta de Armando Romeu descargaba una fanfarria musical que iba de Moon light Serenade a Copacabana. En el jardín se acumulaban las jaulas con palomas que serían echadas al vuelo a la medianoche. Los camareros entre las mesas repartían botellas de champán y fuentes con uvas. Todo el mundo de pie, alrededor de las mesas, mirando los relojes. Uno, dos, tres, contando los minutos que faltaban para decir adiós al año viejo y cantar el himno nacional de Cuba.
¡Bang!
Otro
¡Bang!
Correcorre
¡Bomba!
Gritería
¡Bomba!
Empujones van.
¡Bang!
Empujones vienen
¡Bomba!
Apagón
¡Bang!
Cortocircuito.
¡Bomba!
Las bandejas sobre el piso de losetas tornasoladas ¡Cataplún! La gente por el piso. ¡Esscrahssss! Las fuentes, las copas, los vasos, las botellas. ¡Crac Crac Crac! Todo al piso, sin luz. La gente encorvada, de rodillas, a oscuras, gateando debajo de las mesas. Sin saber que había ocurrido hasta que vimos brotar una columnita de humo y al mirar vimos el cuerpo de una corista envuelta en lentejuelas de colores cercenado en dos como un bistec sobre la tarima de madera y metal de la pista.
Ulular de las sirenas de los bomberos ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los policías hasta un cuerpo inerte de mujer en exhibición ¡Por aquí! Los camareros enfocaron las luces de manos de las linternas sobre el cuerpo semi desnudo de una mujer desplomada en cruz sobre un par de banquetas del bar ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los rescatistas de la Cruz Roja en la oscuridad hasta un cuerpo del que pendía desarticulado un brazo y un garabato de pierna con los huesos y la piel desgarrados por la metralla. ¡Por aquí!
Pasaron varios segundos en silencio y la voz del locutor por los altoparlantes rebotó contra las paredes del salón. ¡Beso, Beso, Beso! Las parejas comenzaron a besarse a medianoche. Los labios de Patri se aplastaron sobre los míos. Al combate, corred, bayameses… Cambio de melodía, no más besos. Entonamos la primera estrofa del himno nacional de Cuba amplificada por los altoparlantes que colgaban del salón. Que la Patria os contempla orgullosa
– ¡Ay, Noel! –Patri triste-. Último año, mi León…
Las luces del salón se prendieron y la orquesta Casino de la Playa cambió el ritmo y vacilón, tremendo vacilón, qué rico chachachá y le pregunté a Patri por qué había dicho eso.
-Mi padre pide silencio –hizo una pausa-. Batista se va…
– ¿De veras se va? ¿Adónde va? –dije.
-Pal’ carajo –repitió Patri-. Pal’ carajo.
Quedé sin aliento y no supe qué decir…
A la medianoche, La Orquesta Casino de la Playa se retiró a descansar. La voz en vivo del cantante y los sonidos de los instrumentos fueron reemplazados por música grabada a través de altoparlantes. Un primer acorde. Supe quién era. Abracé a Patri fuerte que no se escapara ella ni la melodía y comenzar el año bailando el bolero que nos derretía como mantequilla por dentro y nos partía en dos el corazón.
Cómo fue,
No sé decirte cómo fue,
No sé explicarte que pasó,
Pero de ti me enamoré
Era Benny Moré. El Benny. Benny Moré qué bueno baila usted. El Bárbaro del Ritmo. Benny Moré. El príncipe de la melodía. Y aquí usted me ve. Nuestro tema musical, la canción que nos hacía melcocha el alma. Nuestro himno de guerra, la música que hacía que nos juntáramos y nos miráramos como tórtolos mientras en vivo o en disco el Bárbaro repetía …
Cómo fue,
No sé decirte cómo fue,
No sé explicarte qué pasó,
Pero de ti me enamoré
Patri (o) tra tuvo la feliz idea de esperar el primero de enero del nuevo año 1959 bailando en el Club Casino Deportivo. Pagamos cincuenta pesos por pareja con derecho a mesa y botella de ron. La orquesta que iba a amenizar los bailables no era una orquesta cualquiera. No, era La Banda Gigante. El cantante que nos iba a arrullar a medianoche con las luces apagadas no era un cantante cualquiera. No, era Benny Moré.
El Club Casino Deportivo se atrevía al poner en circulación al Benny y a su Banda Gigante para los asociados. Se le iba por delante al Vedado Tenis Club, al Miramar Yatch Club, al Biltmore Club y a todos los clubes aristocráticos habaneros que por años le habían cerrado las puertas al Bárbaro del Ritmo. No lo querían. Había sido pobre, ahora era rico y famoso. No lo querían. Ellos eran blancos y ricos de cuna, el Benny era negro y pobre de cama. Definitivamente, no lo querían. Benny siempre había sido alborotoso, borracho, mujeriego y pendenciero. Ellos también eran alborotosos, borrachos, mujeriegos y pendencieros, pero blancos y ricos de cuna. El Benny no, Benny no era de ellos.
El treintaiuno de diciembre, el gerente del Club Casino Deportivo nos llamó de urgencia, se cancelaba el concierto, ofreció disculpas y nos devolvió cincuenta pesos. No de Nones. No, Benny Moré y su Banda Gigante a última hora cancelaron el contrato. No, Benny Moré no estaría en el Club Casino Deportivo. No, Benny Moré no estaría en La Habana. No, Benny Moré tras regresar de una gira por la provincia de Las Villas no estaría en Cuba. No de Nones. Benny Moré se iba a los Estados Unidos, a Miami, con un contrato para tocar y cantar en el Hotel Lido el último día de 1958. No que no.
Ah, qué pena, lloramos. Y todavía con la esperanza de que ocurriera un milagro, que el Benny y su Banda Gigante entraran de sorpresa por la amplia puerta del Club Casino Deportivo, repetíamos mientras esperábamos la rima de una de sus canciones.
Decían que Benny no venía,
Y aquí Usted me ve,
Benny Moré,
Qué bueno baila uste…
Llevábamos años bailando con la Banda Gigante de Benny Moré. Una banda que hacía honor a su nombre. Cuarenta músicos desplegados y acoplados y sincronizados y homogeneizados a las órdenes de Benny Moré. Una banda que superaba a la big-band de Xavier Cugat que se tenía por la mayor banda de música del mundo.
Al oír al Benny cantar con la Banda Gigante Maracaibo oriental se le alborotaba a uno la sangre.
Tan-tan-tan.
¡Maracaibo pa’ que tú lo baile!
Se le alborotaba a uno el negro que todos los cubanos llevamos dormido dentro.
Tan-tan-tan.
¡Maracaibo pa’ que tú lo goce!
Trombones, saxofones, cornetas, pianos, contrabajos, baterías, flautas, tambores, tumbadoras.
Todo al mismo tiempo.
Tan-tan-tan.
¡Maracaibo!
Ah, qué lástima, ya estábamos apegados a su música. Y si por casualidad nos enterábamos de que el Bárbaro cantaba en Alí Bar o en Tropicana o en el Sans Souci o en el Montmartre o en el Sierra o en el Palermo, allá nos íbamos de la mano la Patr (i) otra y yo.
Íbamos a verlo…
Ir a ver al Benny era asistir a un doble espectáculo, el de la música de la Banda Gigante y el de la actuación del Benny. Sí, Benny Moré con su voz de barítono era en sí mismo lo mejor del espectáculo. Con un gesto de la mano o del bastón los cuarenta músicos disminuían la intensidad de la música y una avioneta Piper Comanche musical planeaba bajito sobre nuestras cabezas.
Zimzum zumbido de motor.
El Benny se apoderaba del centro de la pista.
Tun-Tun de los tambores.
El Benny se empezaba a mover.
Ta-Ta de trompetas.
Y las luces se prendían y era todo a la vez.
Zimzum.
Tun-tun.
Ta-ta.
El foco de luz giraba en torno al Benny.
Tan-tan-tarará …
El bramido de fuego de las trompetas.
¡Santa Isabel de las Lajas, querida!
¡Santa Isabel!
Benny en persona era un combo milagroso: mitad chuchero cubano y mitad pachuco mexicano.
Benny en la pista con sus pantalones de batahola, anchos hacia arriba y cerrados como tubos hacia abajo.
Benny con el saco larguísimo le rozaba las rodillas y los tirantes gruesos bien marcados sobre la camisa de pechera blanca y el lacito negro le cerraba el cuello y los zapatos de dos tonos blanco y negro y el sombrero tejano y sobre todo el bastón.
El bastón, escuchen bien, señores, el bastón del Benny.
Tan-tan-tarará …
El bramido de fuego de las trompetas
¡Lajas mi rincón querido,
¡Tierra donde yo nací!
Ya no era solo la música.
Tan-tan-tarará …
El bramido de fuego de las trompetas.
¡Lajas tengo para ti,
¡Desde mi cantar sentido!
Era el canto.
¡Lajas tus hijos son caballeros!
Era el gran espectáculo.
¡Lajas tus mujeres altivas!
Ver en vivo al Benny.
¡Por eso grito que vivan!
Disfrutar del Bárbaro del Ritmo.
¡Mil Lajas¡,
Con sus lajeros,
¡La-je-ros!
Gozar del Benny y todos a coro.
¡Santa Isabel de las Lajas!,
¡Que-ri-da!,
¡Santa Isabel!
Tan-tan-tarará …
El bramido de las trompetas y todos le hacían rueda.
¡Be-nny-Mo-ré!,
¡Qué bueno baila uste!
Y con nuestra canción favorita como himno de batalla, empezábamos el Año Nuevo 1959.
Sentí la respiración de Patri rebotar sobre el pecho y le oí decir en un suspiro:
-Qué sea lo que Dios quiera…
Sin hacer caso de malos presagios, repetí con el Benny en la victrola para que solo ella me escuchara.
Cómo fue,
No sé decirte cómo fue,
No sé explicarte qué pasó, Pero de ti me enamoré
