27 opiniones sobre Breve historia de todas las cosas

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Breve historia de todas las cosas – Marco Tulio Aguilera Garramuño – Ilíada Ediciones, 2023


«Marco Tulio es un bárbaro, un garañón, un fenómeno de la literatura y no me sorprendería que terminara por ser el gran escritor colombiano del siglo XX».

            José Donoso, Entrevista, El Mercurio, 21 de diciembre de 1976


«Lo dije cuando apareció la primera edición de Breve historia de todas las cosas: que Garramuño iba a ser uno de los grandes».

Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, México


«Es lo más cercano a Cien años de soledad en cuanto a calidad».

Seymour Menton, La novela colombiana, planetas y satélites, Bogotá


«Breve historia de todas las cosas es superior a Cien años de soledad».

Omar Genovese, Los libros muerden, Buenos Aires


«Breve historia de todas las cosas podría repetir el fenómeno de Cien años de soledad«.

Edmundo Valadés, Novedades, México


«Lo que caracteriza a Garramuño en Breve historia de todas las cosas es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historias divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos».

Raymond Williams, Inter American Review of Bibliography


«Breve historia de todas las cosas es una novela inmensa de un inmenso escritor».

Guillermo Samperio, presentación de la 3ª edición en México


«Me gusta más Breve historia de todas las cosas que todo lo escrito por García Márquez».

                                    René Avilés Fabila, presentación de la 3ª edición en México


«Me gusta más lo que escribe Garramuño que lo que escribe García Márquez».

Daniel Divinski, contraportada escrita por el primer editor de Breve historia en Buenos Aires


«Una novela como Breve historia de todas las cosas debería obligar a la crítica a replantear la historia de la literatura en español».

Alejandro Hermosilla, Avería de pollos, Barcelona


«Breve historia: obra magna, increíble que un joven de 25 años haya escrito semejante novela».

Daniel Ferreira, El Espectador, Colombia


«Eduardo Gudiño Kieffer, el ya famoso novelista argentino, durante una estancia en Cali, Colombia, en un congreso de narrativa, descubrió un inesperado parentesco con un joven escritor colombiano: Marco Tulio Aguilera Garramuño, autor de la novela inédita entonces Breve historia de todas las cosas. Gudiño llevó a Buenos Aires el manuscrito, “después de haberlo leído casi sin pausas para respirar, en el avión y luego en casa” (son casi 400 páginas). Le pareció que había en él una revelación deslumbrante de un escritor muy interesante. Al día siguiente, desvelado, se lo llevó a su editor Daniel Divinsky (editor y casi inventor de Quino, autor de Mafalda). Divinsky celéricamente publicó la novela en su prestigiosa Editorial La Flor. Desgraciadamente eran los tiempos de la peor violencia argentina y entre tanta sangre la novela no tuvo la repercusión que se esperada. En la contraportada Divinsky escribió que consideraba que esta novela era lo más interesante que había aparecido en América Latina desde Cien años de soledad».

                                                                       Edmundo Valadés, Novedades, México


«Una novela pura vida. Más divertida que las del boom, ella sola vivita por la energía que emana de la historia  y la solapada ternura de su autor por los personajes, por nuestras montañas, por la tristeza vital de la provincia y por esa mirada que descubrió en los costarricenses, y que a pesar de su confesada miopía logró descifrar hasta el agotamiento (…) Más divertida que  Cien años de soledad  (…) Es un sainete bellísimo en donde lo real se vuelve fantasía y lo maravilloso se hace casi real, por las características esenciales de unos personajes deformados, caricaturizados, elementalizados y hechos vida por la magia del recuerdo y la sonrisa (…) Hay una especie de concubinato entre García Márquez y José Amado, entroncada por supuesto, y ahí reside la categoría de pastiche, con las locuras, fantasías y fiebres de este especialísimo personaje que debe  ser Marco Tulio Aguilera Garramuño».

Alfonso Chase, suplemento Postdata del periódico Excélsior, Costa Rica, 10 de agosto de 1975


«San Isidro de El General no tiene nada que ver con Macondo, salvo el hecho de que ambos personajes de ficción inventados por autores literarios colombianos. ¿Inventados? Hasta cierto punto, puesto que, podrían constituir un reflejo,  entre real y mágico de,  muchos coloridos pueblos de Latinoamérica. San Isidro de El General —a todo color y sabor— es el protagonista de  Breve historia de todas las cosas, entretenida y chispeante novela del colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño que acaba de publicar en Buenos Aires. Breve historia de todas las cosas impone a la atención de la crítica y de los lectores de habla castellana a un nuevo e imaginativo narrador colombiano en momentos en que el mundialmente famoso Gabriel García Márquez anuncia que durante un largo periodo dejará de lado la novela y el cuento para dedicarse a la política».

ANSA-Noticiero Cultural Latinoamericano, hoja 11, agosto 13, 1975, Buenos Aires


«Entre la generación de jóvenes rebeldes que aparece hoy en día en la novelística latinoamericana, Aguilera Garramuño puede ser considerado como el primer colombiano que entra dentro de la categoría de los que convierten a la literatura en objeto de juego. Sin embargo lo que es de mayor importancia en Garramuño, especialmente en su novela Breve historia de todas las cosas, es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historia divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos, algo que sin lugar a dudas es esencial a la novela».

        Raymond Williams, Inter-American Review of Bibliography, num. 1, enero-marzo, 1977


«Novela “frenáptera”, la Breve historia de todas las cosas, tal vez más larga que breve (pero se lo agradece el lector), tiene una carga de humor e ingenio grande. Humor que no fabrica el narrador, sino que sabe tomar de las actitudes y personalidades de la gente de todos los días, que hace de sus vicios y profesiones, de su manera de enfrentarse con los demás y con el mundo, un extraordinario espectáculo trágico-cómico. Pero ellos no ríen, ellos simplemente hacen su vida; la vida no es un asunto de reírse. Reímos nosotros, los espectadores, que vivimos fuera de ese círculo, de ese alejado y particularísimo rincón del planeta llamado San Isidro de El General».

            Andrés Hurtado García, La Estafeta Literaria, no. 583, Madrid, 1976


«Nos deja esta novela la impresión de que la vida es un circo, su lectura trae el premio de la gratificación de la amenidad. Novela entonces amena y hasta en su mayor parte regocijante, de inventiva ingeniosa y sostenida a veces hasta el delirio, con un humor que cuesta llamar alegre por el rictus que conlleva, Breve historia de todas las cosas accede a la narrativa latinoamericana con brío y un despunte de sabiduría (sabiduría narrativa, técnica y de la otra: de la vida) sorprendentes y hasta increíbles en un joven de 24 años».

Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, No. 29, Nueva Época, enero-marzo 1979, Xalapa, México.


«Cosas como «Aguilera Garramuño no es un pseudónimo de García Márquez para escribir una novela más divertida que Cien años de soledad» nos parece una publicidad torpe, ya gastada, y que previene en el lector contra el libro. Lo menos que se puede pensar es que se trata de alguien que quiere utilizar a otro como trampolín, recurso también muy trajinado y poco serio (…) Sin embargo se encuentra uno con un narrador dotado, imaginativo, bastante descuidado, hiperbólico, desmesurado, gratuito en muchos aspectos, torrencial y desmadejado»

Miguel Donoso Pareja, Bitácora Latinoamericana, enero 5, 1978, Diario El Día, México D.F.


«No es de extrañar la paradoja de una visión muy seria de la sociedad dentro de una obra tan divertida. Paradójico es el título BREVE historia de todas las cosas. Paradójico es también el hecho de que San Isidro de El General, Costa Rica, Centroamérica, se convierta, igual que Macondo, en el prototipo de cualquier pueblo latinoamericano. Por lo tanto no tiene sentido que los astrónomos colombianos sigan desconociendo la obra por su ambiente “extranjero”. Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes de Cien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites de la última década».

Seymour Menton, La novela colombiana: planetas y satélites, Plaza y Janés, Bogotá, 1978


«La novela de Aguilera Garramuño es muy divertida y verdaderamente legible, pero está muy lejos de superar y ni siquiera igualar a su modelo (Cien años de soledad), a pesar del empleo indudablemente hábil de una gran cantidad de recursos narrativos: los ingredientes de la pasta pueden ser muy buenos y la preparación esmerada, pero con todo a veces los pasteles que pueden ser muy buenos no se esponjan en el horno, por lo menos no tanto como uno quisiera. El autor publicó esta primera novela cuando andaba por los veinticuatro años, así que, si no se quema (como los deportistas) al proponerse a García Márquez como modelo, no dudo que llegue a dar mucho. Si Gabo se propuso a Cervantes como modelo, no veo por qué Marco Tulio no pueda hacer lo mismo con García Márquez».

            Juan José Barrientos, Punto y aparte, Xalapa, 18 de octubre de 1979.


«No hay que equivocarse entrando en comparaciones entre los estilos de García Márquez y de Garramuño, pues la propiedad con que este último se desenvuelve dentro del lenguaje desenfadado y verborréico, permite advertir que no está empeñado en imitar a nadie,  que simplemente está soltando su vena deslumbrante por donde tiene que hacerlo, por la vía que le es absolutamente propia y que por tanto maneja a su antojo… Garramuño no es un imitador de García Márquez, ni pretende plagiar a nadie, es un autor con auténtica vena literaria de la mejor estirpe, emparentada con Cervantes y lo mejor de la literatura castellana, una vena  que ha explotado artísticamente la vida de un pueblo por el conducto más indicado de la sonrisa y la ironía».

            Carlos Morales, La República, San José, Costa Rica, junio 29, 1976


«La presente versión de Breve historia de todas las cosas, realizada por Plaza y Janés en Colombia, con un tiraje extraordinario para una novela publicada en Colombia (20 000 ejemplares), es la segunda edición de la publicada en Buenos Aires. De ella se habló bastante hace tres años entre los escritores. Por entonces Jairo Mercado escribió que no se explicaba cómo una novela como ésta aparecía y no se armaba con ella un fenomenal escándalo literario, sólo comparable al de Cien años de soledad. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y un endiablada sabiduría literaria y humana, y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y llenos de poderío de la literatura colombiana, y me atrevería a decir latinoamericana, de todos los tiempos».

            Germán Santamaría, Dinners, Bogotá, Colombia.


«El narrador muestra sus ganas de contar, de describir en la narración con ritmo frenético el complejo mundo de su situación en el universo. Muestra. Exhibe su capacidad de observación. Mira todo lo que a su alrededor acontece, sin perder detalle. Visión de impresionismo fotográfico que capta en un todo, como a través de una lente cóncava y tridimensional, la vida urbana. Alucinación que abarca en una muestra representativa el todo del ente nacional de un pueblo que es, como diría Borges, todos los pueblos. De ahí la universalidad de una novela tan intensamente localista. Es tan ajena que parece propia. Todo lo  abarca sin perderse en el fárrago, con un equilibrio pasmoso: niveles sociales y sus desempeños, caracteres individuales cargados de una tipificación sociosicológoica, grupos cívicos (Club de Damas Grises, Cámara Junior, Club de Leones), grupos místicos (los mormones, el niño hindú Masera-Ti, espiritistas del Centro Flor de Paud), centros sociales, prostíbulos (los más hermosos y sorprendentes lugares, los más originales, los más sórdidos, con criaturas tan delicadas que habría envidiado Kawabata), compañías de explotación transnacionales, estatal desorden administrativo, corrupción, peculados, locos, bobos, ineptos, ilusos, imbéciles, pordioseros,  intelectuales, que, y no sería extraño, Garramuño, en su casi anormal sabiduría de 24 años de edad, hacen pensar en la realización plena del aleph borgiano. Realización del aleph borgiano pero en novela, no en cuento. Todo aparece en esta fotografía y mucho más.  De todo se ríe el narrador (que en este caso es desvergonzadamente el autor). Con una sonora risa lingüística, con una extensa  carcajada estructural, con una sorprendente capacidad para ironizar, para burlarse del mismo lector, para tomarle el pelo, para desmitificar, para jugar con la historia de la historia, pintando anárquicamente la anarquía…  Desde ahora afirmo y sin recelos que  Breve historia de todas las cosas es una excelente novela, un  tour de force casi inexplicable en un joven de 24 años. Es una de las novelas mejor escritas en Colombia y su escritor, Aguilera Garramuño, estudiante de filosofía y fondista, se constituye no en una promesa sino una realidad actual, original, que marca a la literatura colombiana como sólo tres o cuatro grandes novelas lo han hecho. En este autor desemboca lo mejor de la literatura latinoamericana: García Márquez, Rulfo, Borges, Arreola, Sábato, Carpentier y Agustín Yañez, ese casi olvidado y maravilloso autor de Al filo del agua«.

José Guillermo Varela García, El País, Cali, Colombia, 29 de marzo de 1981


«Breve historia de todas las cosas le confirió al autor, de inmediato, pasaporte de escritor de pesos completos. Se trata de una novela de 370 páginas cuya composición total podría asociarse a un gran mural de un pueblo maravilloso, como sólo podría estar en Latinoamérica y en la imaginación prodigiosa de este joven colombiano que es Marco Tulio Aguilera Garramuño».

Isaías Peña, El Espectador, Bogotá, Colombia, 1 de octubre de 1981


«Las posibilidades de juego de la imaginación en la novela Breve historia de todas las cosas son casi infinitas».

John Brushwood, La novela hispanoamericana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México


«Su novela pertenece a la gran tradición de la novelística hispanoamericana y contemporánea (…) La modernidad de esta novela consiste en ser una construcción que se mira en el espejo de otras edificaciones literarias; digo espejo a propósito, porque reflejo no es fiel reproducción de la sombra, antes bien la imagen. Y la obra de Aguilera Garramuño es proyección no sólo de la narrativa de “experimentación” actual, sino también de los clásicos: el Quijote, obra de la que recupera lenguaje, ingenio y una percepción alucinada de la realidad (…) Esa actitud crítica hacia la sociedad es lo que hace de Breve historia de todas las cosas una gran novela (…) Si se quiere, la historia de ese pueblo inolvidable de San Isidro de El General, su controversia como pueblo o ciudad, es un drama donde la sangre no se derrama; sino que bulle; hierve porque todos sus pobladores están insatisfechos. ¿De qué? Ausencia de confrontación y con una fantasía que los devora; ellos quieren vivir el paraíso con el disfrute de la carne (…) ¿Semejante a Cien años de soledad?  No. Lo que hay es una semejanza disímil. Un gozoso paso adelante. No realismo mágico sino magia realista. Garramuño usa un procedimiento inverso. La imaginación del novelista se sitúa en primer plano; con ella él intuye y descubre su propia fantasía y la de otros; el mundo real en que vivimos con nuestras irrealidades. El estilo de Garramuño se nutre del sueño, es pariente de Calderón de la Barca; apenas despertamos vemos alrededor la magia de la realidad.  Marco Tulio le impone su sueño, su fantasía, a la realidad: no depende de ella. Y la imaginación de este joven colombiano es de un poder arrasador (…) Su novela no es una aceptación de un mundo creado sino la creación de otro tan poderoso como el anterior. Garramuño compite con la creación. Ese es el tamaño de su ambición. Es un deicida. Crítica de la realidad. Eso es. Y además, crítica de la crítica, autoconciencia en la creación. En efecto: en Breve historia de todas las cosas se cuenta la historia de la escritura, cómo nació, se gestó y se desarrolló. Al narrador le interesa primus inter pares no la historia, sino la escritura del relato: le interesa el sueño, no el origen del sueño. Parodia del Quijote  (parodia de la parodia, pues) — hay una Dulcinea, hay un presidiario que está al borde de la locura a causa de los excesos de lectura, hay un lenguaje arcaico (burlesco). Parodia de Cien años de soledad —hay algunas escenas que podrían entrar en la novela de García Márquez sin pedir permiso, pero que se diferencian porque Garramuño les pone una piedra que no las deja flotar—. Parodia y homenaje a Shakespeare (tenemos una tragedia de amor tan conmovedora como Romeo y Julieta).  Homenaje a Al filo del agua y Pedro Páramo. Alusión ala  alegoría de la caverna de Platón. Reinterpretación y ampliación del aleph de Borges… Todo ello haría pensar en una obra pedante, erudita, pesada. Nada más lejos. Esta novela es de una alegre ligereza que ha llevado a algunos críticos a hablar de superficialidad. Podría decirse que sí, es superficial como una fiesta de disfraces … que oculta cien tragedias. (…) Y hasta lo insólito: escribe mal para poder burlarse de sí mismo: el narrador apela a un cierto descuido, elegante y divertido descuido en la coherencia de su escritura, en el manejo del tiempo, en las identidades de personajes que cambian de nombre y de vida. No le tiene miedo a las influencias. Las anota con nombres y apellidos. Es un reto. Un sentimiento de poderío narrativo a veces incluso descarado, que a algún crítico ha llegado a molestar. (…) La crítica seria ha reconocido dos poderes en Aguilera Garramuño: su gran imaginación y la fantasía con que escribe. Es notable también la selección a veces extravagante o precisa de palabras, que sin duda aprendió de Borges y a la que supo darle matices absolutamente personales».

Tradición y novedad: Breve historia de todas las cosas, Separata de la Revista Iberoamericana, Pittsburgh, números 138-139, enero-junio 1987, Estados Unidos.