Fernando López (Argentina, 1948) Escritor, columnista, abogado. Organiza el Encuentro Internacional de Literatura Negra y policial CÓRDOBA MATA (2014/22). Ha publicado 18 libros, entre otros, la saga de novelas Philip Lecoq, el detective de los pobres. Entre sus premios destacan el Latinoamericano de Narrativa Universidad de Colima, México, a la novela El mejor enemigo (1984); primer finalista premio Planeta Argentina con la novela Odisea del cangrejo (2005); y finalista en el concurso Novelas de Película del BAN! con la novela Un corazón en la planta del pie (2015). Arde aún sobre los años se alzó en 1985 con el prestigioso premio internacional Casa de las Américas, de Cuba.
III
Los hombres ponían buena voluntad pero el gesto de miedo les salía como una mueca grotesca, más cerca de la risa, que acaso les tentaba. El rollo se terminó cuando salían por segunda vez e intentaban mejorar la expresión de acuerdo con lo que el Moro les explicó, pacientemente, con el pucho en la boca. El Mensajero había arrojado la sal, ahora se iba a filmar sin sonido confiando que, a la señal convenida, volvieran la cabeza hacia nosotros.
—Yo golpeo las manos, ustedes piensan que son tiros y se asustan —dijo el Moro—. ¿Listos? ¡Acción!
Unos segundos después la cámara comenzó a silbar y se trabó.
—Paren, paren. Vuelvan adentro que hay que cambiar el rollo.
Era de imaginar que no iba a ser fácil lograr el realismo buscado. Tablita y yo insistimos, antes de comenzar a filmar, que había que ir a la Policía a pedir permiso para tirar unos tiros, pero el Moro y el resto del grupo se opusieron. No querían arriesgarse más, aunque la escena no fuera perfecta y seguir adelante con la película a pesar de los inconvenientes. Ya habían querido controlar el guión y les dijimos que no estaba escrito, la verdad, pero no nos creyeron, porque decían saber que una película no se puede improvisar. Vinieron a la filmación de las primeras escenas, se pudrieron de estar al pedo cuando ensayábamos o preparábamos las cosas. Dejaron de venir y se conformaron con la explicación del argumento. El Turco les pidió que nos dejaran tranquilos. Yo me hago responsable, dijo, después de escuchar el discurso del comisario advirtiendo que todo el país debía someterse a los controles de seguridad, incluyendo la Secretaría de Cultura. Al Turco le dijimos que si sabía el argumento de antemano no le iba a encontrar sabor, por falta de sorpresa y también quedó conforme. El Moro no habría consentido, ni nosotros tampoco, que nadie nos molestara insistiendo una vez más sobre los temas que podían o no podían filmarse, como si no lo supiéramos ya. El Moro sacó el rollo de la cámara, lo envolvió con papel de aluminio y lo guardó en la cajita.
—Enano, dame otro rollo —dijo.
Nadie se movió ni dijo nada.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está el enano?
Ya no estaba a nuestro lado. Desapareció sin abrir la boca, sin dejarnos saber por qué tanto misterio, pero al ver que el Moro se agarraba la cabeza y empezaba a putear se nos hizo evidente que había metido la pata.
—¡Lo voy a matar, hijo de puta! ¡Lo voy a enterrar de cabeza para que no haga más daño! ¡Hijo de puta!
Nada menos que al Moro se le ocurrió que Patita e’ropero fuera el productor. Se lo advertimos, pero dijo que lo iba a sacar bueno, así le costara la salud y todo el tiempo del mundo. Que se ocupara de proveer corriente a las lámparas, que iluminara la escena, que ubicara las pantallas de tela blanca, vaya y pase, no era cosa del otro mundo, pero darle además la producción nos había parecido una idea descabellada. ¡Al Patita e’ropero, el más distraído del grupo! La de las ramas verdes no fue la primera trastada que se mandó, como no sería la última olvidarse de traer otro rollo para filmar la salida de la fábrica. Eso de esconderse no era nuevo. Esperaba que nos relajáramos y cuando estábamos hablando de cualquier pavada se aparecía como si tal cosa. No soportaba que le dijéramos nada, una palabra de más era bastante para deprimirlo. Optábamos por menear la cabeza, más divertidos que coléricos, como que no importaba demasiado el tiempo que nos llevara filmar esa película.
—Bueno —le dijo el Moro—, espero que mañana no pase lo mismo.
Patita dijo que no con la cabeza.
—Vamos a llevar éste a revelar y de paso compramos cuatro o cinco. Los vas a tener siempre en un bolsillo, ¿estamos?
Dijo que sí.
La tarde estaba perdida. El Turco abría a las cuatro, no había forma de repetir porque los muchachos tenían hambre, los esperaban con comida caliente y vino fresco. Cuando vimos desaparecer las bicicletas en la ochava creo que todos sabíamos que esa escena no se volvería a filmar. Quedábamos a merced de la suerte, de que todo hubiera salido más o menos y el rollo no volviera con fallas en el color. En fin, de que no se perdiera en el trayecto a Buenos Aires como había pasado alguna vez. Guardamos todo y nos fuimos a echar a la sombra de los árboles, frente al laguito, a un costado de la escalinata que baja por el barranco hasta la orilla del agua. No queríamos ir a casa para no quedarnos dormidos. Allí, como otras tardes, nos íbamos a enterar de lo que el Moro tenía previsto para el día siguiente. Después de un rato se le soltaba la lengua y contaba sus proyectos, babeándose como si la película estuviera lista, como si ya la hubiéramos proyectado en el cine del gringo Magistrello o en el microcine del Centro Comercial.
—Yo quiero hacer películas de acción, con mucha acción, como es la vida —dijo una vez—. No la de este pueblo de mierda, la vida en serio. San Tito es como un estanque, como este lago artificial. ¿Y qué es un estanque? Agua podrida. No, la vida es como un río: pura turbulencia, movimiento puro. Yo lo sé porque estuve en otras partes. Ibáñez también sabe y dice lo mismo en un poema:
A veces me han negado tu destino de cordura
divina y suave y fresca a un tiempo
para bien o para mal de las fronteras.
Y yo te he defendido.
Mano susurrante
espejo de verdores y de espectros
—rubio negro o rojo según cuente la historia.
Talla de piedras madre verdadera
lavandera de progresos.
Súbita brújula que apunta eternidades
sé por seguirte armado con la muerte
que no te detienes camino de la vida.
Más que sal y amor y peces yo pidiera
no te dejes domar por las quietudes
no me pueda olvidar de tus excesos.
El Moro hablaba siempre con Ibáñez. En general, al grupo, nos daba poca bola, pero con él tenía buena relación. Desde que vino a vivir a San Tito creó la expectativa de que era un tipo diferente. Por la forma de vestir, de hablar, su barba, lo poco que sabíamos de él, como que a la cana no le gustaba su presencia en el pueblo, nos fascinaba, tanto como escuchar la lectura de algún poema suyo que nos llegaba por el Moro. No sabíamos si eran buenos o malos. Nos deleitaba saber que el forastero hermético era una persona sensible que en nada se parecía a un empleado de banco. Lo respetábamos, a pesar de que no había querido colaborar con nosotros.
—Traté de convencerlo —dijo el Moro—, pero no hay caso. Le dije: largá la lapicera, Ibáñez, agarrá la cámara. El cine es el arte del siglo veinte, entendelo. Vos te quedaste en el diecinueve. Después me da bronca porque se ríe, dice que tengo razón, pero se ríe. ¿Qué quieren que haga?
Cuando yo le decía de la importancia de hacer bien el guión me contestaba lo mismo, que yo seguía en el siglo diecinueve, me hablaba del lenguaje cinematográfico, del poder de la imagen, de todo lo que nace cuando el artista improvisa. Nunca nos pusimos de acuerdo y manteníamos un término medio de lo que cada uno aportaba. El Moro tenía una idea, la contaba al grupo y yo trataba de armarla, en algo parecido a un guión que nunca pasaba de ser un boceto. Después filmábamos, sin orden, cambiando el significado de la escena, de los personajes y casi siempre también de la película. Por eso nunca sabíamos lo que se iba a filmar al día siguiente.
—Mañana podemos hacer: o la escena de la violación o la escena de la meada poética. Hay que ver si el Fuin está disponible. Vos, Margarita, ¿cómo estás para dejarte violar?
—Y… bien.
—Tenés que ponerte un vestido blanco. Avisale a tu mamá que lo vas a ensuciar para que no se enoje.
—Tengo uno de jersey. ¿Sirve?
—Uno sensual tiene que ser.
—Tiene el escote hasta acá.
—Ese. Ponételo sin corpiño.
—Bueno.
Ella siempre estaba dispuesta. Dejó la secundaria porque la habían convencido de que no le daba la cabeza. Empezó a trabajar en el negocio del padre. Escuchaba los discos, grababa los temas que se adaptaban a tal o cual escena, nos traía cassettes cuando filmábamos sin sonido directo y a veces, cuando las ventas crecían, a principio de mes, aportaba dinero para pagarle los rollos al Turco. Era la estrella de todas las películas que habíamos comenzado. La flaca hizo de buena, de mala, de loca reventada y de virgen, según se le pintaran los labios y se insinuara o no la hermosa pechuga que le inflaba su musculosa. El mejor de sus trabajos fue el de virgen, cuando hicimos el corto en el aniversario de una capilla rural. Jesús y María devenían seres reales que abandonaban el templo junto a los hombres y mujeres del campo y los acompañaban a hacer sus tareas en la tierra, con el fondo musical del Aleluya de Giovanni Pergolesi. Era enorme la alegría de esa gente cuando se vio junto a Jesús y la virgen ordeñando las vacas, arrojando las semillas o alimentando a los puercos, después sentados a la mesa y al final, dormidos entre sábanas impecables, recibiendo la bendición. Cuando encendieron las luces del Centro Comercial un aplauso atronador saludó ese producto que nos presentaba en sociedad. Me quedé con ganas de capturar el rostro de los campesinos, en la oscuridad de la sala, esa maravilla de risas y ojitos brillantes que se grabó en las retinas de todos nosotros, un certificado de existencia que nos confirmó en el camino elegido. Esa fue la tercera película que empezamos y la única que vimos terminada. La primera, Historia de una prostituta, estaba inconclusa porque los rollos donde Patita e’ropero dejaba su virginidad, entre las piernas de Margarita, jamás volvieron de Buenos Aires. La segunda, Las malas vecinas, quedó en el carretel: en todas las secuencias aparecimos sin cabezas. Del Moro fue la idea de que Patita manejara la cámara y así nos fue, ni ganas quedaron de empezarla otra vez. La cuarta, sin título, donde Margarita hacía de buena y era la esposa de un metalúrgico —el Fuin—, quedó sin la escena del pan, donde el niño lloraba y los padres alegaban, alrededor de los platos vacíos, contra la mala suerte de tener un salario tan bajo. Esta vez el problema fue con el color: llegaron los rollos desteñidos, como quemados por un ácido que no era el adecuado para tratar la emulsión. Si aquella noche en el Centro Comercial no nos hubieran aplaudido a rabiar, el quinto, el policial, el primer largometraje encarado por el grupo habría terminado en las ruedas de una moto que el Moro pensaba pagar con la venta de la filmadora. Quién sabe, en una de esas, noche mediante, se habría mandado a mudar otra vez.
