La singular mirada “negra” de Ignacio del Valle

Por Amir Valle

Ignacio del Valle, escritor español.No recuerdo quien me recomendó la novela El tiempo de los emperadores extraños escrita por el gijonés Ignacio del Valle. Sé que transcurrían los días de la Semana Negra de Gijón del año 2007 y con esa novela Ignacio casi se lleva el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra publicada el año anterior en lengua española. Y recuerdo que yo estaba celebrando haber ganado el Premio Rodolfo Walsh de no ficción con mi libro de testimonios “Jineteras” cuando un librero que siempre encontré en Gijón (sin que hasta ahora mismo pueda recordar su nombre) le comentó a alguien en la terraza del Hotel Don Manuel: “estuvo reñida la cosa, el jurado discutió mucho, pero aunque yo prefiero “los emperadores extraños”, también la novela de Juanito es excelente”. Al decir Juanito se refería a un buen amigo, lamentablemente fallecido en plena madurez literaria, a los 47 años: el novelista y guionista mexicano Juan Hernández Luna, que ese año ganó el Premio con su novela Cadaver de ciudad.

Y fue ese comentario el que me hizo ir hasta la librería más cercana, a pocos metros del Hotel Don Manuel, y comprar El tiempo de los emperadores extraños, una de las novelas más alucionantes que he leído en eso que los críticos llaman “novela negra”.

Ignacio del Valle tiene la virtud de saber juntar elementos bien dispares pero de interés indudable para elaborar sus historias. Aprendí eso de una sola lectura. Porque esos dos personajes de la famosa División Azul, en un momento raigal de la Segunda Guerra Mundial (la batalla de Stalingrado), al encontrar el cadáver de un soldado sepultado en un lago helado, acompañado por decenas de caballos muertos y con un grabado a cuchillo en el pecho: “Mira que te mira Dios” es la excusa perfecta para abrir la puerta a una desbordada trama donde la guerra y sus marcas en el ser humano, el crimen y sus avatares, las ambiciones de ciertos ámbitos del poder militar y el mundo secreto de la masonería permiten al lector disfrutar de una apasionante aventura que aprovecha la investigación del enigma de esa muerte para hurgar en las miserias humanas en medio de una situación límite como lo es una guerra.

Es mérito de esta novela, además, construir un personaje de una fuerza humana y dramática que va creciendo más y más a medida que la novela avanza. Y aunque ya con la configuración psicológica y la armadura tan carnal que el novelista le imprime a Arturo Andrade, cuando leí Los demonios de Berlín, otra de las novelas donde aparece este singular protagonista, me convencí de que una de las virtudes de Ignacio del Valle como escritor es la de saber crear en el ámbito literario seres que resulten carnales, complejos y, sobre todo, creíbles incluso en escenarios donde el enigma y el misterio  enrarecen la “realidad” novelada. La resurrección personal, íntima, de Arturo Andrade, luego de creerse perdido, y los vínculos emotivos de esa segunda oportunidad con los hilos misteriosos de la trama resultan un elemento muy hábilmente manejado por el novelista para otorgarle credibilidad, convirtiéndolo en un ser contradictorio pero decidido a encontrar la verdad.

Esa complejidad de Arturo se verá todavía más enriquecida en Los demonios de Berlín, pues deberá moverse en una ciudad que asiste a los últimos quince días de la resistencia hitleriana, esos terribles días previos a otro mundo también terrible: el de la ocupación de la ciudad por las tropas aliadas y las atrocidades que éstas fuerzas cometieron, quizás como queriendo emular en sadismo con los derrotados “nazis”. Una novela donde Ignacio se zambulle en el mundo de los que van a perder, y avanza dramáticamente detrás de los sueños que esos seres perdieron, de los miedos ante la realidad que se les avecina, del suicidio al que ellos mismos, con sus aspiraciones de construir la gran Germania, condenaron sus vidas. Sé que muchos han visto en esta novela otras perspectivas, más apegadas a lo “negro”, pero a mí me llamó mucho más la atención esa reconstrucción que Ignacio del Valle hace de la otra cara de la moneda, es decir, de cómo se enfrentaron los perdedores a su destino que, por suerte para la Humanidad, fue bueno pese a todo: con la victoria de rusos, americanos, ingleses y franceses se cortó de plano el genocidio que contra el mundo planificaban Hitler y las otras mentes enfermas que lo secundaron. Y aunque esa derrota de un mal terrible significó el comienzo de otro mal que asoló a los países “liberados” por los rusos y que, hoy se sabe, fue casi tan criminal como el nazismo, lo importante en la construcción de esta novela está ahí, en ofrecer una versión de la historia que hasta ese momento no se había contado desde el punto de vista de ese ser humano que se escondía bien al fondo del corazón de esas bestias que tanta muerte y tanto dolor provocaron.

No hablo, entonces, de un escritor más de esos que esgrime estos temas como un aprendíz buscando el impacto que venda sus libros. Hablo de un escritor que ha sabido unir en un mismo escenario la diversión, la búsqueda del interés en el lector, el disfrute de la lectura y diversos estratos de esa necesaria reflexión ética que la buena literatura siempre debe tener.

No he leído la novela Busca mi rostro, que con tanta espectacularidad promocionan los vendedores por la espectacularidad que siempre despiertan asuntos como los entramados de la mafia rusa, las agencias de inteligencia, la guerra de los Balcanes (con todo lo que no nos contaron los medios de prensa), etc., pero estoy seguro de que, cuando ese libro caiga en mis manos, estaré ante un libro que combina la inteligencia y el pensamiento humanista con altas dosis de diversión, aventura y placer de lectura.