Banderas sobre el polvo

Martín Sotelo

Sartoris
William Faulkner
Alfaguara, 2010.

 

Sartoris, de William FaulknerTodos los lectores de Faulkner, así como todos aquellos que se acerquen a su obra por primera vez, están (estamos) de enhorabuena por la reedición en Alfaguara de gran parte de su producción literaria, con magníficas traducciones de José Luis López Muñoz. Inmejorables ediciones para adentrarse en el complejo universo –nimbado siempre de esa sangrienta y moribunda luz del atardecer- de uno de los mejores novelistas del siglo XX, de cuya muerte se cumplen cincuenta años.

Supo Faulkner que no necesitaba irse muy lejos para dejar hablar a su corazón sobre lo que necesitaba hablar: la  sacrificada y tenebrosa lucha del hombre sobre la tierra, en conflicto siempre consigo mismo. Sabía que su propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y sabía algo más: que nunca viviría lo suficiente para agotarla.

Con la novela que nos ocupa, Sartoris, novela fundacional, pilar de todo lo que vendría después, tercera novela suya, publicada en 1929, comienza a volcar todo su talento, con absoluta libertad, sobre esa realidad cercana que él convertirá en apócrifa y universal, en algo, gracias al poder de la ficción, más real y verdadero que la propia realidad que toma para sublimarla.

Lo que después sería Sartoris primero fue Banderas sobre el polvo. Imaginemos a Faulkner, con 29 años, en el otoño o invierno de 1926, escribiendo febrilmente, con la ansiedad de quien ha descubierto un inmenso mundo propio y quiere de golpe plasmarlo en papel sabiendo que una sola vida no será suficiente, sobre familiares fantasmas del pasado que tratan de sobrevivir como pueden (y algunos, como sucede en esta novela, sólo pueden sobrevivir buscando la muerte) en un lugar condenado y maldito y en un tiempo presente convulso y cambiante. Imaginémoslo después, con la novela ya acabada, a finales del 27, buscando desesperadamente un nuevo editor, ya que el que había publicado sus dos anteriores novelas no sólo la rechazó sino que consideró que ninguna revisión podría salvarla, opinión compartida por todos los amigos del propio Faulkner. Presentó la novela a once editoriales. Todas la rechazaron. El problema, al parecer, era que Banderas sobre el polvo contenía material no para una novela, sino para seis al mismo tiempo. Él ya estaba escribiendo su siguiente novela, El ruido y la furia, cuando por fin una editorial aceptó publicarla, con la condición de cambiarle el título (se publicó como Sartoris) y de que alguien que no fuese Faulkner hiciera los cortes que el editor consideraba necesarios. Bastantes décadas después, cuando ya Faulkner era un negocio y ya estaba muerto, los mismos editores que, en su día, desestimaron la publicación de Banderas sobre el polvo recopilaron todo el material descartado, conservado por el propio Faulkner, para publicarla de forma póstuma en 1973.

Dejando de lado los motivos que los editores pudieron tener para rechazar tantas veces su novela (acertaron a mi juicio al imponerle una buena poda) lo cierto es que tales desvelos, tales idas y venidas, tienen su importancia no tanto por las dificultades y la incomprensión que un escritor de la talla de Faulkner debió sufrir como por el hecho de ofrecernos una clara aproximación al mundo tan descomunal que el autor sabía que se le venía encima como material de trabajo y de permitirnos apreciar el modo tan extenuante y desesperado que tuvo de desempeñar tal ambiciosa tarea, zozobra que le venía de una realidad impuesta que quería meter entera entre una mayúscula y un punto, y que, a pesar de estar acotada, lo desbordaba en toda su riqueza y potencial narrativos, en tanto que, retratando a un criado negro, a una mujer encinta, a un juez borracho, a un viejo analfabeto de su tierra natal, era también consciente de estar retratando los infatigables e insignificantes pasos, las insignificantes e infatigables voces del alma humana en su conjunto, desde los tiempos prehistóricos en que el humano pisaba un trozo de tierra y la hacía suya (como hacen tantos personajes de Faulkner que parecen surgir de la nada) hasta los tiempos modernos en que conducir un coche a tumba abierta por la ciudad sirve para reflejar el desencanto de una juventud que desahoga así su rabia contra una vida que muchas veces no merece ser vivida.

Faulkner ahondó en lo más cercano para llegar a lo más lejano y desconocido que existe: el alma humana.  Por ejemplo, uno de los principales personajes de la obra de Faulkner es John Sartoris, el Coronel Sartoris. A pesar de no aparecer como tal en toda la novela homónima (lleva años muerto), su presencia sobrevuela cada página. Por comentarios y recuerdos de familiares, conocidos y amigos, sabemos que él fue quien construyó la vía del ferrocarril, que era dueño de una plantación, que fue de las primeras personas en tener coche, que luchó en el bando Confederado durante la guerra civil y fue elegido coronel para un año después ser destituido por la tropa, que tras la guerra se convirtió en político y hombre de negocios, que quiso impedir el derecho a voto promovido por los negros disparándolos y matándolos y que finalmente, cansado de matar hombres (Cuando una persona empieza a matar gente, la mayor parte de las veces tiene que seguir matando. Y cuando le pasa eso es como si ya estuviera muerto) se dejó matar por un antiguo socio. Pues bien. Este personaje está basado en el bisabuelo de Faulkner, William Clark Falkner, que también fue destituido de sus tropas, construyó el ferrocarril, fue de los primeros en tener coche y murió de forma violenta a manos de un antiguo socio.

Y, con Sartoris, William Faulkner empezó a entretejer todo este universo de vidas cruzadas, de hombres que parecen surgir de la nada para fundar un hogar, un banco, un juzgado y una mansión donde ejercer de alcalde, empecinados en trastocarlo todo para después empecinarse en que nada cambie; de hombres que son peleles en manos de mujeres que los cuidan aunque los odien; de mujeres abandonadas y tenaces y valientes que se enamoran de hombres salvajes para salvarlos de un seguro y fatal desenlace, pese a comprender que con ello no hacen sino precipitar otra tragedia aún mayor, la de la familia condenada a perpetuarse para repetir el mismo drama, y que acaban por no estar dispuestas a darle a ninguno de los fantasmas de los hombres con que han vivido la satisfacción de derramar una lágrima por ellos.

Sartoris es la historia de todos ellos, de todos nosotros, y de todos los que vendrían después, en las páginas de futuros libros y en las cunas y las mortajas de cada casa del Mississippi o de Castilla. Historias contadas por voces (por esas insignificantes e infatigables voces), que en la obra de Faulkner adquieren, así como el tiempo, una importancia capital. Alguien cuenta algo a alguien y este alguien sigue contando la historia, bien a sí mismo para entenderla mejor, bien a otra persona, completándola con el recuerdo, siempre confuso y mudable, o con la invención, más verdadera a veces que la propia verdad. Así sucedió en los oídos y la imaginación de Faulkner al escribir Sartoris, y con la misma fidelidad estructural que se lo contaron lo contó, y así sucede también en la nuestra, sus lectores, ampliando con cada lectura un universo inagotable de voces todavía vivas, tan orgullosas y sosegadas como banderas sobre el polvo.