La cueva

(Cuento del libro Sobre Vivientes)

Esther Andradi

 

Sobrevivientes, libro de cuentos de Esther Andradi.Este cuento se publica a modo de promoción del libro.
Los interesados en adquirir un ejemplar pueden hacerlo
directamente escribiendo a este email:
dfbteamart@bluewin.ch

XXIII

Por esas cosas del destino a mis dieciocho años viví con nue­ve hombres en una casa ocupada. Era una casa con paredes internas de color verde y azul que le llamaban la cueva. A media cuadra de la cueva estaba la comisaría. Esa casa de paredes verdes y azules perteneció alguna vez a los sindicatos oficiales y los jóvenes que éramos entonces la habíamos tomado como re­fugio. La parejita en planta baja, los hombres solos en el primer piso. La joven que todos los días salía con un hombre diferente a comprar la leche o el pan, encarnaba para los vecinos el es­cándalo por excelencia; sin embargo no había nada más lejano a la orgía ni más lindante con el celibato que esa reunión de homeless; aquello que éramos en realidad los habitantes de ese espa­cio. Esto era sin duda lo último que podría haberse imaginado el portero del moderno edificio de al lado. Cuando los sindicatos por alguna razón recordaban que existía la casa y querían recu­perarla de los troskos, a la sazón nosotros, les bastaba una de­nuncia. Entonces la policía cruzaba la calle y nos hacía un allanamiento. Igual que los inundados que siempre retornan aunque el río los arrase una y otra vez, volvíamos a ocuparla. Claro que a veces la política se hacía a un lado y alguno que otro agente se movilizaba detrás del buen propósito, como aquella vez que de­cidí hervir los repasadores de cocina como recomendaba mamá —para más blancos más limpios— y a mitad de camino me ol­vidé del fuego y me fui quién sabe adónde. Los vecinos, alertados por el humo y el olor a tela quemada que salía de las habitacio­nes avisaron a la seccional. Como no había nadie en la cueva, los agentes treparon por los techos, apagaron la cocina, sacaron la olla con repasadores carbonizados de la hornalla y por poco casi lavan los platos. Al servicio del orden en la comunidad do­méstica.

Pero un día vinieron por más. Y se llevaron la ropa, los li­bros, las pancartas debajo de la cama y los documentos. Por suerte no estábamos. Un ángel verde y húmedo momentos antes nos había expulsado de ahí.

 

XXI

Veinte años después volví a la cueva. Despacito quise llegar, como yendo para otro lado, para evitarme la impresión. Ya no tenía techo, las paredes habían sido demolidas hasta la mitad, las aberturas vacías de sus ventanas me condujeron al interior, un baldío donde crecían las plantas, árboles de quién sabe qué se­millas que el tiempo dejó por ahí se trepaban por los muros, sobrepasándolos. Pero la pintura, aún recortada por la vegeta­ción y el desmoronamiento seguía verde y azul como entonces. Desde la vereda de enfrente la miré. Las cuencas vaciadas de las ventanas se fijaron en mí. No quise acercarme demasiado por miedo a que una mano volviera a abrir esa puerta sellada con mil candados y me obligase a entrar; a trepar por las escale­ras que ya no existían, a deletrear los poemas de amor que un día estampamos en las paredes, a soñar otra vez como enton­ces, cuando vivía en la casa de paredes azules y verdes. Marchi­tas. Húmedas, perdidas para siempre. Recuperadas por los yuyos que rumian la historia.

XXII

Una de las habitaciones de la cueva había sufrido un incendio mucho antes de que la ocupásemos. Desde el piso quemado, madera noble hecha cáscara, se elevaba la figura del humo que había dejado sus huellas en la pared. Allí el Loco recreó una noche a Dostoievsky frente a mis años que se agrandaban sin remedio. Todo el fulgor y el dolor de Occidente en ese pedacito de brasa se aferró al piso. Y si aún no cayó, seguro que sigue ahí, cimentando los pastos que lo afirman a la tierra.

XXIII

En la cueva hubo polenta, un primer flan, una heladera de regalo. Un calentador a gas donde freía milanesas que luego tras­ladaba de un extremo a otro de la habitación hincándolas con el tenedor como a un bicho.

—¿No seríamejor ponerlas en un plato para servirlas? —su­gerían los muchachos sentados a la mesa, viendo el reguero de aceite que mi acción dejaba sobre el piso de madera.

—No —les respondía yo a mitad camino.

Y seguía.

 

XXIV

Hubo tardes de siesta y torta frita, vagabundos reunidos alre­dedor de la olla mientras una flor se abría en el patio castigada por la tormenta. A veces por las noches salíamos a descubrir alguna nueva habitación en la cueva. Oscura, clausurada por de­rrumbes internos, abandonada a su suerte desde el hueco inex­plorado nos alcanzaba el aliento de un pasado impreciso.

«Soy marxista leninista y no creo en fantasmas ni temo» nos armábamos de valor apostando en la penumbra, rezando, un poco en broma y muy en serio mientras atravesábamos puertas crujientes en busca de señales que no éramos capaces de tradu­cir. La vela ardiendo tiritaba en la mano, y la aventurera muchas veces volvía atrás. Para recomenzar la noche siguiente.

XXV

No teníamos agua caliente.
Clausurada por el frío, una bañera imperial
dormía en seco su descanso de mármol.

XXVI

Después vendrían otros días. Lucy, la perra con la que convi­víamos, los golpes de la chica de al lado, la delgadez exquisita del flaco con sus bigotes a lo Palacios.

Lucy escapó a la libertad de la calle mil veces y siempre en­contraba el camino de regreso.

A la chica de al lado su hombre acaso la abandonó por otra que se quejaba mejor.

Al flaco se lo llevaron una noche y nunca más volvió.

Sobre la cueva ya creció la hierba. Pero todavía sigue en pie. Verde y azul como la evocación. Sombría.

Del Autor

Esther Andradi
Nació en Ataliva, Argentina. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Vivió en Lima (Perú) donde ejerció el periodismo escrito y publicó el libro de testimonios Ser mujer en el Perú” en coautoría con Ana María Portugal. Ha publicado novela, cuento, ensayo y poesía así como numerosos reportajes. Ha sido traducida al inglés y al alemán. Reside en Berlín donde escribe para publicaciones culturales y literarias de Argentina, América Latina, Europa y USA. Traduce poesía y teatro del alemán al español. Entre otros libros es autora de la novela Berlín es un cuento, y del dossier Lo pequeño es grandioso, una introducción al microcuento argentino en la revista alemana ILA (2010). El cuento aquí publicado pertenece a su hermoso libro Sobre Vivientes.