La mirada del observador

Andrés Peláez Paz

Medusa
Ricardo Menéndez Salmón
Seix Barral, 2012

 

Medusa, de Ricardo Menéndez SalmónMe parece que fue Borges el que dijo aquello de que uno debería escribir las ficciones como si no conociera nada de lo que está contando. Como todas las boutades de los grandes tipos, ésta también encierra una trampa y un enigma: la trampa está en su valor reversible; el misterio anida, sin embargo, en proponer la idea de que los textos –para escribirlos o para leerlos- son tejidos de sentidos infinitos que, en definitiva, implican que también la realidad se inventa.

Enfangados en la pedestre idea de que las ficciones son formas de la mentira, nos hemos empeñado en olvidar que la literatura no es más que la creación constante de esa forma de la realidad a la que, por no saber nombrarla de otra manera, denominamos verdad, entendiendo irremediablemente que todas las formas de expresión – ya sea la literatura, el arte, el cine – no son más que otras formas de conocimiento.

Prohaska, protagonista de este relato, artista impune de la barbarie, ojo perverso del horror, transita por el siglo de la imagen mecánica, haciéndose carne de aquéllos versos de Cal y canto de Alberti – Yo nací-¡respetadme!-con el cine. / Bajo una red de cables y de aviones – ; mientras habita y documenta la muerte de Dios en ese siglo desdichado. Siguiendo al pie de la letra la propuesta sobre la escritura que planteaba Borges, el autor implícito de Medusa rellena los numerosos huecos de su vida invisible, de la que –paradójicamente- apenas quedan huellas, en busca de un sentido para una vida que se mueve ambigüamente entre el horror y el consuelo de la experiencia estética.

Novela construida con fragmentos: libros, conversaciones, dibujos, fotografías, películas, momentos puntuales de los que se habla como si se hubiera roto el espejo de la existencia de Prohaska y se intentara reconstruir la pieza original con los trozos rotos más grandes, a la manera barthesiana, intentando que en ellos se encuentre el sentido más denso, aquél que se encontraría diluido en la lisa superficie de una vida completa, de la que supiéramos todo, o mucho. La vida de Prohaska, en fin, se nos presenta tal y como el filósofo Hans Blumenberg – en su El mito y el concepto de realidad – explicaba el carácter originario del mito: como terror y como poesía. Y el Mito y la Historia dibujan los contornos de esta historia.

De nuevo borgeano, Ricardo Menéndez Salmón nos propone un nuevo capítulo de la Historia Universal de la Infamia, al describir evasivamente  a “un hombre entre la multitud, el rostro de un burócrata del mal, el testamento hecho carne de alguien más allá de la culpa y del remordimiento”. Que Prohaska recurra a la representación de la vida y, sobre todo, de la muerte mediante el conspicuo uso de fotos, dibujos y películas responde a la “patética verdad de la imagen”: las imágenes ocupan el lugar de las cosas que representan, “en tanto que pérdida”: son las huellas de “lo real”, aquello de lo que -según Lacan- no se puede decir nada: ¡El horror! ¡El horror! Conradiano.

No deja de ser emocionante encontrarse con relatos que se empeñan en aventurarnos al peligro vertiginoso de asomarnos al interior.