Gabriel se encuentra solo en su casa de madera, abrazada por un denso y sombrío bosque de arbustos retorcidos. La noche es agradablemente fría y, junto al hogar, descansa la leña, dispuesta a arder y calentar la morada durante el inminente invierno. El hermoso adolescente se ha sentado en la cama. Su tierna cara se ilumina con la luz de enorme luna llena. Viste un pijama de algodón y sus cabellos se encuentran dulcemente revueltos. Todo el bosque experimenta una calma albina. Más allá se expande la nocturnal neblina brotando del suelo negruzco, empapado en el rocío de la medianoche. Más allá, la extensión de los poblados.
Sentado sobre su cama, el adolescente ojea un libro de leyendas. Ha estado ocupado desde el crepúsculo leyendo narraciones de hombres que vuelven de la tumba, cuentos de princesas encerradas en un castillo de soledad en ruinas. En su ancha cama se extienden migas de galletas y otros libros de cuentos, abiertos; entre ellos, un extraño y antiguo libro forrado de cuero, cosido a mano y con grandes letras capitales dibujadas a mano, que recopila oscuros y tradicionales mitos locales. Su padre, la única persona con la que comparte la casa, le ha hecho estos regalos y se ha marchado –dejándolo un par de días solo, como cada mes- a la compra de provisiones al pueblo más cercano, allá, más allá del bosque todo lleno se secretos.
Poco a poco, Gabriel empieza a sentirse intranquilo, empieza a sentir que algo va lentamente marchando mal en su organismo, como si las galletas que recién terminó de comer le hubieran causado empacho. Su sentido del oído se agudiza gradualmente al grado de que le es posible escuchar los ruidos más mínimos. Al mismo tiempo, empieza a percibir, entre todos, un zumbido que se hace cada vez más molesto, más taladrante.
Repentinamente y sin razón aparente, las ventanas se golpean por un viento helado. En la distancia, los aullidos de los lobos se van multiplicando. Toda la habitación experimenta un súbito cambio. Las páginas de los libros se revuelven por este viento inusual, el aire se torna denso y complicado de respirar de tal modo que el sofoco posee a nuestro Gabriel, quien tose y tose. Su corazón se agita impetuosamente como un pájaro enloquecido, objeto de la confusión y los aguijonazos del pánico. Los finos vellos de su cuerpo se han erguido agudamente. Recuerda su aislamiento y una extraña certeza, más que un presentimiento, lo obliga a atrancar las puertas con sillas y cajones. Huye y se esconde en el baño. El pavor producido el viento agitando las ramas y quebrándolas en el exterior lo estremece hasta el borde de la locura. Para este momento, las aves guardadas en sus jaulas ya se habían agitado frenéticamente durante prolongados minutos y habían muerto, debido a un estrés descomunal. Algo ha entrada en su casa.
-Soy yo
(Una imagen es enviada a la mente de Gabriel, permaneciendo sólo por una fracción de segundo, suspensa y tensa, como una fotografía). Pero Gabriel es incapaz de reconocer esa voz sin voz, susurrante, abatida y melancólica que le ha hablado; voz que Gabriel escucha, más no con sus oídos, sino dentro de su cabeza, en su mente. Horrorizado hasta lo inimaginable, grita hasta el mero limite de su voz. Desea creer que todo esto no es más que una perturbadora y cruel pesadilla. Quiere creer que se ha quedado dormido con la mente envuelta por un mar de tétrica fantasía y que ésta le ha creado esta pesadilla; que todo esto es sólo una alucinación que terminará con el despertar, en el confort de su cama. El baño se ha tornado gélido, pero el cuerpo de Gabriel expira calientes sudores. El espejo del baño se empaña y escurre, como debido al aliento de una entidad invisible. Gabriel mira dentro del espejo y la misma imagen se proyecta en su mente: un anciano que lo saluda sentado en una roca a la orilla de un río. La misma imagen aparece y desaparece en su mente mientras Gabriel mira el espejo, intermitentemente, velozmente. Gabriel queda un instante perplejo, aturdido por ese prodigio. Entonces, como acatando una orden, la bombilla que ilumina el baño explota; el fulgor rojo de la resistencia de ésta crepita y se extingue. Oscuridad absoluta. Es algo, como una sombra semihumana que se siente pesada, lo que a Gabriel acompaña.
– Soy yo. Recuerda.
Repite esa voz sin voz cansada y vieja, esa frecuencia telepática que va directo al cerebro de Gabriel. Entonces, un interés despierta en el adolescente; la duda abandona su frente crispada, evaporándose. De algún modo la voz le suena familiar y Gabriel empieza a calmarse sintiendo arribar a él una ola de inmenso bienestar. Y lentamente se produce el placentero cambio. Uno a uno sus músculos van cediendo a una grandiosa sensación de paz, sumisos. Gabriel siente una oleada eléctrica que recorre su espina dorsal mientras en su mente se proyectan imágenes de cuando él era un niño, un niño pequeño. Y como ese niño pequeño es como ahora se siente.
En su mente cruza una prodigiosa sucesión de imágenes, de una nitidez increíble. En ellas, Gabriel es sólo un crío con las mejillas sonrosadas de inocencia. Usa overoles de mezclilla y en su cabello se enredan las abejas. Camina las veredas que su padre ha forjado. Su piel es tersa lo mismo que el durazno. En la distancia, su padre lo saluda con el sombrero y, con un blanco pañuelo, seca el sudor en su semblante y vuelve a sus faenas, con el rastrillo en mano. Las mariposas diseminan el colorido polvo de sus alas por el ambiente; el arcoiris se tiende de montaña a montaña.
Mientras Gabriel está bajo el influjo de este trance, el viento en el interior de la casa ciñe sus perfiles y la cosa en su baño se materializa junto a él, en la forma de un anciano. Un anciano vestido de negro y que usa bastón. El anciano cierra sus ojos y, bajo sus párpados, sus globos oculares tiemblan inconsistentes, como en quien está profundamente enamorado. La cosa se advierte sumamente ansiosa. Sus labios resecos apunto de morder el cuello del adolescente extasiado se detienen víctimas de la culpa y el remordimiento. Persiste en el intento de posar su desértica boca en ese cuello joven, pero fracasa de nuevo. Sabe que no puede lastimarlo. Lo ama demasiado. Vuelve a intentarlo. No puede. Intenta tocarlo. No puede. Por más que alarga esas manos arrugadas y feas no se atreve a posarlas sobre el cuerpo de Gabriel. La pesada bruma del fracaso lo envuelve, lo aprieta, obligándolo a tirarse de rodillas sobre el mosaico sucio, como pidiendo disculpas.
El cielo se ha nublado terriblemente. Las sombras devoran la luna de imprevisto. Debilitado, torpe y temeroso la cosa camina con la cana cabeza caída, como quien ha sido humillado. Huye del lugar. Pestilentes lágrimas escurren por sus mejillas mientras esconde la cara entre sus manos.
Mientras el éxtasis sigue poseyendo a Gabriel, su cuerpo emite un brillo amarillo, como el de los santos dibujados en los vitrales de las catedrales. En su dorso, el placer fluye en rítmicas ondas, en forma de espasmos. Sigue viendo proyectada en su mente su memoria holográfica a la inversa: ve el potro que su padre lo acaba de regalar la semana pasada, se ve así mismo peinando esas crines duras. Ve los circundantes sembradíos donde ha crecido, los patos salvajes emigrando siempre hacia el Sur, la esplendorosa magia de los estíos, el cielo gris de las largas borrascas. Y en esta sucesión, finalmente, lo ve a él. Si, es el mismo. El mismo anciano, pero hace años, cuando Gabriel era un niño, un niño frágil y curioso. Y el anciano lo está tocando. Está sobando su cuerpo de infante con esos dedos largos, lo está como midiendo mientras acaricia sus mejillas con esas afiladas uñas largas. Gabriel observa en sus visiones cómo el anciano acaricia su tierna entrepierna y, mientras esta memoria se proyecta en su mente, siente una descarga eléctrica jugando en sus genitales. Gabriel se toca y la electricidad fluye de sus genitales a su mano, para luego escapar atraída hacia donde pendía la bombilla, quebrada ahora en minúsculos fragmentos intangibles. La descarga ha iluminado en su efímera duración el cuarto de baño de un color fosforescente, como una multitud de luciérnagas. Gabriel camina a la inversa por un camino en el bosque en sus recuerdos. Al fondo del camino el anciano le sonríe llamándole, sentado en una roca junto al río. Camina a la inversa por el mismo camino, el camino que conducía al anciano que a Gabriel cautivaba. Una mariposa roja. Gabriel estaba siguiendo a una mariposa cuando llegó misteriosamente hasta el extraño personaje. Gabriel ha recordado. A Gabriel le gustaba sentir esa energía que salía de los dedos pálidos y rugosos del anciano y le hacía sentir como en un sueño glorioso. El anciano descansaba en la misma roca, Gabriel iba a él y el anciano lo tocaba, todos los días, durante una extraña temporada.
Fueron días plenos, llenados de magia, en los que Gabriel era depositario de misteriosos goces, revelaciones y gracias. El anciano no dejó un solo día de controlar sus emociones a su favor aún en la distancia, de dirigir sus sueños alimentándose de esa pura y virginal energía que le robaba y lo dejaba tiernamente agotado, durmiendo un sopor de ángel sobre la hierba húmeda. Días en los que el anciano habitó en su mente, haciendo un trabajo persistente y logrado, gobernando su vida mediante la fascinación. Hasta que un día el anciano le dijo al oído mientras le besaba:
– Me iré. Pero vendré otra vez, para llevarte conmigo.
Si, Gabriel ha recordado. El anciano se fue con la tarde, encorvado, apoyándose en su bastón por la estrecha vereda, mientras Gabriel lo observaba alejarse, llevando consigo el perfecto mundo de ensoñaciones al que lo había acostumbrado. Pero, ahora que el sigilo se le ha terminado de revelar, la negrura se instala violentamente en su frente y pierde todos los expandidos sentidos. No ve nada, ve sólo una inmensidad negra, y duerme un sueño sin sueños.
A la mañana siguiente, Gabriel despierta tremendamente lúcido y descansado. Se sorprende de encontrarse recostado en el baño junto al retrete. Por el suelo se disemina el vidrio de la bombilla rota. Confundido, toca su entrepierna y cree recordar algo que no recuerda con claridad. Camina en su cuarto con pasos cortos, inspeccionando el lugar. En su cuarto las cosas lucen como cuando las vio por vez última la noche anterior, excepto por algunos detalles: los cajones no están en sus gavetas pues se obstinan tras las puertas. Y sobre su cama los libros están cerrados, excepto uno, y en ese mismo libro, el dibujo en tinta hecho a mano de un anciano vestido de negro y con bastón, parece mirarle a los ojos y sonreírle, sentado sobre una roca al lado de un río.
Entonces Gabriel recuerda otra vez.