Aunque separadas cronológicamente sus respectivas realizaciones por una década, los filmes Missing y Estado de sitio, del director greco-francés Konstantinos Gavras1, tienen más de una analogía en común. El orden de prioridades asincrónico que hemos elegido para su análisis no es casual. Histórica y dramáticamente, la narrativa carente de un acto de justicia legal para los culpables del homicidio del joven norteamericano Charles Horman que se muestra en Missing (1982), encontrará su final no después, como era de esperar, sino diez años antes y de forma simbólica en Estado de sitio (1972), al ser ejecutado extrajudicialmente el protagonista principal, el también estadounidense Michael Santore.
¿Existió en la ficción o en la realidad algún grado de familiaridad, parentesco o amistad entre los caracteres cinematográficos de los norteamericanos Santore y Horman?
No, que sepamos, no, de ninguna manera2.
Los unió únicamente el hecho de ser norteamericanos que habitaban temporalmente como extranjeros en el territorio sudamericano (Santore en Uruguay y Horman en Chile) durante la década de 1970’s, plagada de luchas políticas, dictaduras militares, violaciones de los derechos humanos, violencia sin control de la derecha y de la izquierda, tortura, muerte y exilio de millares de personas en las diferentes “guerras sucias” del Cono Sur iberoamericano (Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia y Brasil).
Missing
”Missing”, que tiene una duración de 122 minutos y un costo de producción de cinco millones de dólares, se filmó mayormente en locaciones de México. El filme abre con una nota de advertencia que, a la vez que llama la atención de los espectadores, los alerta sobre lo que van a ver: “los hechos que se cuentan fueron reales, el país en el cual ocurre la historia no se identifica, algunos de los nombres de los verdaderos protagonistas de la historia han sido cambiados para proteger a inocentes y también para proteger al filme”.
Missing está basada en el non-fiction book The execution of Charles Horman: An American Sacrifice (1978), del autor Thomas Hauser, reeditado en 1982 como Missing y adaptado al cine en guión de Costa-Gavras y Donald Stewart, labor por la cual obtuvieron el Oscar de la Academia de Hollywood.
El hecho de que Costa Gavras no mencione a los verdaderos protagonistas, ni indique que el filme transcurre en Chile, ni nombre al general Pinochet, culpable del golpe de estado de 1973 contra el presidente Salvador Allende, no le resta efectividad política a Missing, cuyo rol de denuncia se puede medir entre otras cosas por el hecho de que estuvo prohibida su exhibición en Chile todo el tiempo de la dictadura de Pinochet3.
Y en lo que a Estados Unidos se refiere, ambos, el film de Costa-Gavras y el libro de Hauser fueron removidos del mercado siguiendo un procedimiento judicial por difamación iniciado por el embajador norteamericano en Chile Nathaniel Davis contra el director y la Universal Pictures4 mientras que la exhibición de Estado de sitio programada en el Kennedy Center for the Performing Arts en Washington bajo el auspicio del American Film Institute fue cancelada en el último momento cuando se dijo que no era un filme apropiado para ser presentado bajo ese patrocinio
¿Cuál es la historia que cuenta Costa-Gavras en Missing que poco antes fuera contada por Hauser en The execution of Charles Horman…?”5
Básicamente es la historia de los jóvenes norteamericanos Charles Horman (actor John Shea) y Beth Horman (actriz Sissy Spacek) en Chile en el momento del golpe de estado de Pinochet (1973).
De tendencias políticas que oscilan entre un cándido liberalismo y el socialismo, políticamente naifs en su compresión de la guerra civil que se ha iniciado tras el golpe de estado, la conciencia de lo que ocurre para la pareja comenzará cuando Charles toma notas en su diario de las cosas que ve mientras viaja por la capital y el interior del país acompañado de su amiga norteamericana Terry Simon (actriz Melanie Mayron).
En el recorrido verán retenes y requisas policiales en medio de las carreteras, tropas en movimiento, cuerpos ensangrentados a la orilla de los caminos, cadáveres arrastrados por la corriente de los ríos y, lo que resulta aún más extraño, la presencia de militares norteamericanos en lugares en los cuales no se supone que deben estar.
Es uno de estos oficiales, de nombre Carter Babcock (actor Richard Bradford) , quien en secreto les comenta en un café sobre la ley marcial puesta en vigor y deja a la pareja de jóvenes con la impresión de que sabe más de lo que ha dicho al ser requerida su presencia por un alto oficial del ejército chileno.
Poco después, cuando trata de poner a salvo a Beth enviándola de regreso a Estados Unidos, Charles se disculpa de ella por tener que ir a hacer unas compras, se aleja en pleno día por las calles y no se le vuelve a ver más. Es a partir de la ausencia que primero se dilata en horas de espera, y luego en días, cuando Beth, desesperada, comienza la pesquisa del esposo desaparecido.
Uno de los primeros lugares que visita es el consulado norteamericano, pero los oficiales a cargo de la sede diplomática no pueden, o no quieren suministrar mayor información. Tras nuevas gestiones fracasadas en diferentes ámbitos, llega, desde New York, Ed Horman (actor Jack Lemon), el padre de Charles, quien, a su vez, repite el “modus operandi” de Beth y confía en que las autoridades consulares le proporcionarán la información que busca sobre el paradero de su hijo.
El resultado es tan inefectivo como el que primeramente experimentó Beth.
A partir de ese momento, se producirá un choque entre dos tipos diferentes de mentalidades, la de light izquierdismo de Beth y la fundamentalista cristiana de Ed, mientras ambos buscan pistas a través de los testigos de la presencia de Charles en las calles de la capital antes de su desaparición.
Cinematográficamente, Costa-Gavras desarrolla este descenso a los círculos infernales con una gran dosis de contención emocional y pericia artística. El contraste entre lo que se ve de reojo, se comenta en susurros y la forma moderadamente fría en la que se muestra, crean una atmósfera sobrecogedora de la terrible experiencia que debió ser una ciudad asediada por el terror y la represión.
Del conjunto de imágenes – y por qué no, de sonidos y de silencios- mencionaremos algunas de las más elocuentes secuencias del thriller cinematográfico de Costa-Gavras.
Por ejemplo, Beth, al desaparecer Charles, pasa su primer noche solitaria en las calles de la capital, entre gente que corre delante de escuadrones de soldados que disparan contra ellos, muertos y heridos derribados sobre las aceras, vuelos rasantes de helicópteros artillados, al final, desesperada, encuentra un precario refugio detrás de la verja que protege la entrada de una pequeña iglesia.
Prácticamente, no hay una sola secuencia en todo el filme –igual da que las locaciones sean interiores o exteriores- en la que no se escuchen disparos en off como una muestra de que el peligro está al doblar de la esquina o agazapado en la habitación.
Y aún en circunstancias terribles como la del terremoto nocturno que obliga a los huéspedes del hotel a abandonar sus habitaciones, mientras bajan apresuradamente por las escaleras, no deja de escucharse afuera el repique ominoso de los disparos.
O cuando Ed, el padre de Charles, al borde del estrés y la depresión por no encontrar a su hijo, intenta salir de un taxi en medio de la calle mientras a su lado, desde un vehículo artillado, los soldados disparan contra los fugitivos que escapan por un agujero abierto en un muro y los proyectiles de ametralladora .50 derriban a pedazos la pared detrás de la cual han encontrado refugio.
El momento de mayor clímax ocurre en las visitas que Ed y Beth realizan al Stadium Nacional, el noveno círculo del infierno que en la realidad fue la sede elegida por los militares para detener, interrogar, torturar y asesinar a cientos de prisioneros en los primeros días del golpe militar de Septiembre de 1973.
La primera visita transcurre en pleno día acompañados de oficiales del consulado y de oficiales golpistas. En mitad del terreno oval de fútbol, se le permite a la pareja de Ed y Beth, dirigirse micrófono en mano a los cientos o puede que miles de prisioneros sentados al sol en las gradas. El eco repite el nombre de Charles Horman, pero solo encuentra el silencio por respuesta. Ni una sola mano se levanta para decir, sí, aquí estoy, o sí, yo sé donde está…
Esta primera visita será el anticipo de una muestra más en profundidad del horror –mediante la inserción de imágenes- a través de los relatos de los sobrevivientes del cautiverio, a los que se ve deambular, desnudos, silenciosos, con los cuerpos cubiertos de sangre después de la tortura, por los interminables laberintos subterráneos, fríos y grises, del Stadium Nacional, de vuelta a sus jaulas de prisioneros.
Y todavía habrá una visita aún más dantesca, acompañados de un doctor de medicina legal, Ed y Beth recorren las salas de la morgue atestadas de cadáveres con muestras de tortura y metralla en los cuerpos mientras el forense, como si se tratara de objetos inanimados, no de seres humanos, fríamente, va diciendo cuáles fueron identificados por sus nombres en los registros y cuáles no.
Metafóricamente, la pareja solo encontrará una corta frase de respuesta de lo que le sucedió al joven norteamericano Charles Horman desaparecido en las primeras horas del golpe de estado de Septiembre de 1973.
Y esa frase la dice un enviado de las fuerzas anónimas y diabólicas que se esconden detrás de las paredes concéntricas del noveno círculo infernal -léase Stadium Nacional de Santiago de Chile: Charles Horman fue ejecutado el 19 de Septiembre de 1979, una semana después del golpe de estado. Nada más…
El tiempo que resta del filme, aunque se sucedan nuevas búsquedas por parte de Ed y Beth, será cada vez más de un sombrío pesimismo sobre el destino final de Charles Horman, en cuya desaparición suponen que directa o indirectamente está involucrado el gobierno de su país.
No nos sorprenderá entonces que ambos, abatidos por la misma pena, emprendan el camino de regreso a Estados Unidos como una solitaria, desigual en años y desolada pareja que recorre en silencio un largo, solitario y frío pasadizo interior del aeropuerto.
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