Lydia Cacho y el imperio del mal

Por Amir Valle

Lydia-CachoTuve el privilegio de ser miembro del jurado del Premio Internacional Rodolfo Walsh 2008, que se otorga cada año al mejor libro de no ficción publicado en lengua española, en la edición en que se presentaban dos periodistas mexicanas: Sanjuana Martínez (que finalmente se llevó, por unanimidad, el premio con su libro Prueba de fe: la red de cardenales y obispos en la pederastia clerical) y Lydia Cacho, que discutió muy duramente el galardón gracias a Memorias de una infamia, su segundo libro sobre la pederastia en México.

En el año 2005 había publicado Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil, libro que sacudió a la opinión pública mexicana y convirtió a Lydia Cacho en la diana de los ataques de esa trama de poder que corrompía a esferas muy importantes de la vida política, judicial y pública mexicana. Memorias de una infamia, entonces, es la historia de toda esa persecución que obligó a la periodista a defender su vida en todos los órdenes, pues los ataques del imperio del mal al cual ella había denunciado, no se limitaban solamente a las amenazas físicas, sino también a su aniquilación moral como periodista y profesional, a través de acusaciones en las cuales se vieron implicadas los poderes judiciales y policiales del país, dando fe de sus sucios vínculos con la poderosa red de pederastia, prostitución infantil y juvenil que el libro de Lydia Cacho había descubierto.

De entonces a la fecha, lejos de extinguirse por la valiente denuncia de periodistas como Lydia Cacho (y otros que han sido asesinados), el imperio del mal se ha extendido en México y, como ya el mundo entero sabe, ha transformado a toda la nación en un volcán de violencia, considerado por los organismos internacionales como uno de los sitios más violentos del planeta, en el cual, para referirnos sólo al sector centro de las denuncias de Lydia Cacho (la mujer) la violencia es la quinta causa de muerte entre las mujeres: cuatro de cada 10 fallecimientos suceden dentro del hogar, y tres de cada 10, en las calles.

Ese imperio del mal no tiene que ver sólo con el narcotráfico aunque todas las miradas se fijen en ese punto: la prostitución infantil, el comercio sexual dirigido a los pederastas del patio o extranjeros, las amplias redes de la prostitución de la mujer y de los homosexuales, controladas en muchos casos por las mismas tramas de poder que rigen el narcotráfico, y especialmente sus vínculos con los poderes económicos, políticos, judiciales y militares hacen todavía más difícil, peligrosa y por ello valiente, el trabajo de periodistas como Lydia Cacho que ha dicho que vale la pena que su vida se haya convertido en un infierno para que otras almas perdidas de la sociedad mexicana actual puedan encontrar ese paraíso que todos los mexicanos debieran disfrutar alguna vez.