La dificultad que entraña “entender” a José Lezama Lima surge de haberlo situado siempre en el contexto racional del mundo de las formas. Ante todo, aclaro que no niego ni desdeño las posibilidades que brinda el discurso lógico —digámoslo así— para analizar toda su obra (poesía, novela y ensayo) y desde esta perspectiva obtener resultados válidos. Pero se trata ahora de intentar asimilar sus escritos y, más que ello, de digerir sus escritos, llegando incluso al placer de degustar sus textos, mediante un sentir poético, intuitivo y/o de sensible asociación de ideas. Algo así como aquello que expresara cierta vez el crítico cubano-español Olivio Jiménez, cuando insistió en la necesidad de “escuchar la respiración de Lezama” para comprender su obra.
En efecto, esto de la “respiración asmática” del poeta es bien interesante si pensamos que el asma produce un ritmo bronquial que llega a convertirse en algo esencial en la vida de una persona. Quizás, un poeta busque la manera de sobrellevar su asma con la intención de convertir —mediante palabras— las oscuras sombras de la noche en un proceso de gradación hacia los transparentes resplandores del amanecer.
El ritmo bronquial fluctúa a veces como un movimiento de percusión hacia adelante; así pudo haber sido en Lezama, que lentamente va dando paso a un fondo de imágenes, un sonar y sonar transformativo del mundo alrededor del poeta, y de esta manera ese sonido pulmonar, esa sensación de tener la imperiosa necesidad de alcanzar el aire, se va apoderando de todo el cuerpo. Hay entonces la conjugación del ritmo y la danza con la brisa de todos los tipos de aires, según sea el temperamento, propicio para que el sujeto poético se desarrolle a través de la contemplación de la propia respiración. Es muy probable que de este modo se re-crea y se sustenta todo un mundo imaginativo detrás de esa “respiración asmática”, que se descubre como una manera más de sentir la vida y, al mismo tiempo, como definición de un modo de proyección poética y/o narrativa de concebir la realidad.
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Cuando entramos en su obra, y en el recuerdo de él mismo como persona, desde una perspectiva racional, “científica” (en lo que tiene mucho que ver cualquier tipo de disciplina humanística), se hace difícil y a veces hasta indescifrable poner en claro, comprensiblemente para un lector amplio, los resultados de interpretación o estudio de lo que Lezama quiso hacer, y ha logrado o no, con su obra toda. Claro está que hay trabajos de este tipo que no dejan de dar señales de un camino profundamente interesante —laberíntico si se quiere ver así— que se le presenta a todo lector de buena poesía y a todo estudioso de la literatura cubana, latinoamericana y universal. Pero esto es lo que sería entonces “entender a Lezama”, o al menos intentar acercarse a él desde una proyección racional (y en algunos casos “racionalista” por demasiado lógica).
Sin embargo, más que “entender” a Lezama, me arriesgaría a buscar señales de otro nuevo sendero como es el intento por “sentir a Lezama”. Sentir cómo realmente fluían sus creaciones, con el encuentro de lo sorprendente, de lo no convencional, con la potencialidad de lo nuevo y la erudición de lo barroco. Pero también agregaría con el sabor de una mezcla entre lo popular y lo erudito en el revestimiento desconcertante de su palabra: esa profunda impresión, inexplicable, que da su lenguaje y su hervidero de imágenes poético-filosóficas.
En este sentido, intento reivindicar un tanto cierto impresionismo positivo. ¿Por qué no? Más bien, una impresión (no como algo baladí o superficial) que, de hecho, tiene que ver con la intuición de que en cada una de las imágenes haya una puerta hacia la fascinación de lo inefable. Es tal vez el reencuentro con la pasión del surrealismo que nos vuelve al asombro. Y no hablo de un neosurrealismo que haya abanderado el poeta cubano (pues lo único que él lideró fue el grupo Orígenes, reconocido por su diversidad de estilos), sino que el surrealismo, y asimismo el dadaísmo, ha quedado en nosotros como un recurso de nuestro inconsciente individual y colectivo, y que procede de antes de los tiempos de André Breton y sus colegas (independientemente de la acuñación comunista que este movimiento, y en específico Breton, quiso imponer en el arte y la literatura), y es que hablo del recurso que, en su esencia, ya venía del dadaísmo. Y asimismo quiero aclarar que no estoy diciendo que Lezama haya sido surrealista o dadaísta, y mucho menos político (aun cuando en lo político podría considerársele como un ingenuo). Realmente en su obra funciona la potencialidad de este aspecto (es decir, del surrealismo o del dadaísmo) como una cualidad psicológica intuitiva, que está ahí, en el fondo de sus imágenes; un recurso que puede activarse en nuestro pensamiento automáticamente, y más en el caso de una lectura a cualquiera de sus libros como Muerte de Narciso, por ejemplo, o Enemigo rumor, Aventura sigilosa, La fijeza o Fragmentos a su imán, porque entramos directamente en una zona profunda de lo desconocido, en la que se encuentra ese latir inconsciente de lo intuitivo y lo bello mediante la superposición y diversidad de las imágenes. En relación con esto, debo añadir que para mí el surrealismo ha sido, es y será un punto de partida para nuevas manifestaciones dentro de la gestación siempre de un espíritu de época por venir, y totalmente despejado de todo compromiso político y, mucho menos, comunista.
Del ser para el ser
De la misma manera en que un escritor otro le podía haber visitado en su casa de la calle Trocadero, charlar con él, deslumbrarse de sus ocurrencias, de sus ideas, de sus temas en los cuales le daba valía universal a cualquier hecho popular, caribeño, local por ocurrir incluso en su barriada habanera, a cualquier conversación sobre lo culinario cubano, sobre el homosexualismo histórico y hasta mitológico, sobre la chismografía rodante del momento, sobre una abrumadora carga erudita de asuntos históricos, literarios o artísticos; de la misma manera, repito, en que ese escritor visitante de su casa, o de otro lugar en el que se pudiera encontrar con él, le veía como un Maestro, un conocedor insaciable que convertía cualquier tópico —por aparentemente pueril que fuera— en algo sublime y hasta indescifrable para los mismos críticos especializados de la literatura —no digamos entonces para un lector común por muy avezado que fuera—. Ese escritor que lo visitaba, o se encontraba con él en los jardines de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), o en la misma Biblioteca Nacional, simplemente se llevaba de su imagen no el entendimiento de las cosas, sino el sentir de las cosas, el misterioso fluir de las cosas, la sensación de haberse introducido en otra dimensión —de imagen y magia— muy diferente a la realidad formal (me refiero al mundo del ego, en este caso) del discurso lógico.
Vuelvo a decir que no desdeño los resultados que pueden haber salido de los trabajos racionales que se hayan escrito sobre su obra; incluso no desecho aquellos ensayos o artículos que hayan descubierto inconsistencia en sus escritos como proyecto cultural, pues Lezama como todo ser humano, y también como extraordinario creador que fue, no quedó exento de fallas, o de equivocaciones y ensoñaciones alejadas de la verdadera realidad política y social de su historia y de su momento en Cuba. Pero también creo que es de reconocer que Lezama no fue un político ni un sociólogo, y mucho menos un ideólogo, sino que se destacó siempre como un creador en toda la extensión de la palabra (que es algo muy diferente) y, por tanto, su preocupación a profundidad fue la imaginación. Tal vez, su aparente mayor error pudo haber sido el hecho de que su proyecto cultural no lograra articularse con el burdo contexto, primero social —en los años de las décadas del 30 y 40— y después político, y más que todo a partir de 1959 —en un nivel bien burdo— que le rodeó, le atenazó y que no le comprendió (¿o es que fue él quien no comprendió su momento?). Sin embargo, pienso que un creador no debe tratar de comprender el tiempo en que vive, para entonces adaptarse a ello, sino comprenderlo para saber ser quién es, y, por encima de todos los avatares, superarlo. Y Lezama lo fue.
De la comprensión a lo No-Manifestado
Esto de la comprensión (desde una perspectiva gnoseológica y humanística) sobre Lezama, de los que estamos fuera de él y nos queremos acercar, atañe no solo a intentar una aproximación a su visión del mundo, sino además a su hermética manera de escribir, como ha pasado con muchos otros clásicos de la literatura, pero que en él se acentúa (el enigma de su escritura, digo) debido a la problemática sociopolítica de los diferentes momentos que rodearon su obra. En el supuesto entorno intelectual que le envolvió, ya dentro de la dictadura revolucionaria, a los análisis de crítica marxista (realismo socialista), y también a la mediocridad de un “coloquialismo pacato” enaltecedor de una patria absurda y trasnochada (idiotización), le faltaron tanto los instrumentos y valores de la libertad de expresión como los del ahondamiento fenomenológico y metafísico. No en todo su contexto, por supuesto, pero en general no hubo sensibilidad de lo humano-físico, ni de lo humano-fantástico, ni de lo humano-espiritual para poder adentrarse con justeza en la obra lezamiana.
Desde esta perspectiva de la sensibilidad, comprender a Lezama entonces ha estado, junto a que se le haya estudiado siempre “racionalmente”, en la posibilidad de asumirlo ahora mediante los impulsos de la intuición y dejarse llevar, por tanto, por el río tumultuoso de su lenguaje escrito; por ese entretejido de claves, misterios, alusiones, parábolas y alegorías con palabras tan envolventes como los mismos enigmas que nos vienen de la antigüedad; por el torrente de una dimensión secreta, sensiblemente interiorizada y, ¿por qué no?: ciertamente ambigua, como se ha dicho ya; imágenes que nos empujan al ámbito de algo desconocido que solo podemos sentir por asociación; porque esas palabras y esas imágenes nos hacen bullir toda la potencialidad creativa que llevamos dentro, se convierten en una puerta que nos señalan el camino hacia una enorme profundidad de ser nosotros mismos, de ser en nuestro interior, y nos diluyen deliciosamente en lo No-Manifestado1.
De la intuición a la apariencia de lo incomprensible
Este que soy yo, y que escribe ahora sobre José Lezama Lima, lo hace (lo hago) por pura intuición; porque también en el poeta habanero fluyó la intuición, “la estética de la intuición y de lo intuitivo”, como se ha dicho, “percepción primaria donde se encuentran todas las clarividencias”. Y debido a ello, a la intuición, digo, quiero dejar bien en claro, que no soy experto ni especialista en este extraño y complejo vate cubano, ampliamente barroco, que fue Lezama. En realidad no soy especialista de ninguna materia (disciplinas humanísticas o científicas) ni de la antimateria ni de las espectaculares hazañas que hayan hecho clásicos y grandes escritores. Soy un ser sensible, eso sí, asociado sin remedio a la intuición. Por intuición escribo y por intuición pretendo conocer el mundo y sus alrededores que, entre ellos, está la vida exterior e interior que nos circunda e inunda. Pretendo intuir así los escritos de José Lezama Lima, en especial su poesía, intuirla en la medida en que me han servido como una posibilidad para despertar —o encontrar en determinados momentos de introspección al leer sus poemas— la potencialidad creativa de hacer contacto, por efímero que fuera, con la invisible realidad de Imago.
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Insisto de esta manera en aquello que deriva —siquiera para mí— del mundo lezamiano: o sea, su mítica realidad legendaria que nos lo hace ver como un imponente Maestro de maestros o un enorme paladín que de lo cubano saltó a lo universal, o de esa realidad corpórea impactante en figura de erudito, histórica más bien, que también corresponde a una confrontación generacional con la cultura, su liderazgo indiscutible del grupo Orígenes, su estar ahí de respeto/rechazo al extremo suyo que fue Virgilio Piñera (otro de los grandes pilares de la cultura cubana), su figura de “viajero inmóvil” o la imagen de intelectual congelado (condenado a no publicar, condenado a desaparecer) que fue producto del régimen castrista, entre otras, dentro de un gulag que ha sido y es la isla de Cuba para muchos escritores importantes. Insisto en que todo esto es la parte menor y que admite lo controversial; es decir, algún desacuerdo que pueda darse de sus concepciones, de su “espacio gnóstico americano” o de su “teleología insular”, al lado de una proyección otra en que se registre la obra de Lezama y que nos induzca a hurgar en lo imaginario, en el proceso de las dimensiones angélicas que nos podrían conducir a la iluminación, al encuentro interior con el verdadero ser de uno, y hasta al encuentro poético con el Ánima-Mundi.
Y es por eso que persisto en lo “incomprensible” que parece ser su obra cuando queremos analizarlo desde la perspectiva del ego (del ego suyo, del ego nuestro y del ego del mundo), y a veces solo le vemos en su propia imaginación de hablante, en lo coloquial de su vida de Maestro y en lo portentoso de un discurso barroco que nos lo pinta de hermético. Mi insistencia es, fundamentalmente, y vuelvo a repetirlo, por lo “incomprensible” que parece ser para muchos —si no lo es para todos— su modo de escribir, que al ser instintivo (mejor diría “automatizado y asociativo”) lacera nuestra racionalidad, y que comprende el mundo de la poesía, de la narrativa y del ensayo. Lo que sucede en este poeta es que su modo de crear más que instintivo y lógico era intuitivo y desde la impronta más desgarradora de su cotidianeidad transformaba (para no decir “confundía”) el mundo circundante en una quizás aproximada dimensión imaginaria de la Imago. El no fue un poeta circunstancial (quiero decir, de la experiencia de la vida; un poeta que, de alguna manera, afincara su dependencia existencial en ásperas tensiones en sus relaciones sociales; en otras palabras, que se debiera a una cruda situación laboral para sobrevivir y, por ello, en la mayor parte de su vida no tuvo necesidad, al menos en buena medida, de las influencias enajenantes de su sociedad, aun cuando se quiera decir que en Paradiso pudiera darse una tendencia consciente a sus problemáticas personales). Realmente, el fue un poeta en Imago. En menor o mayor medida estuvo siempre metido en cuerpo y alma en el contexto de la poesía. Su dicha estaba en ser libresco, en buscar el mundo a través de la erudición. En este sentido, sí fue un viajero, un trotamundos, y hasta un peregrino del tiempo que conoció remotas civilizaciones. De aquí que su poesía estuviera embebida de lo filosófico y aun de lo metafísico, y de los papiros secretos de otras culturas. Y que sus ideas, sospechosamente más lógicas en sus ensayos (Analecta del reloj, La expresión americana, Tratados en La Habana y La cantidad hechizada) estuvieran cargadas fuertemente de enigmas alquímicos (siempre añorando la piedra angular de las cosas, entre las que principalmente se encontraba la identidad cubana)… ¿Pero qué identidad corpórea ha sido esa? Si el cubano de carne y hueso no ha sido más que una espiral histórica de altas y bajas proyecciones. ¿Solamente los ojos ingenuos de Lezama, hasta inocentes, vieron siempre al cubano con magnificencia?
Esta cúpula imaginativa en que vivió Lezama no ha sido mi preferencia, porque como ya dije en un trabajo anterior, y disculpen si fuera una presunción el hecho de autocitarme, pero lo encuentro necesario por cuanto ya vengo insistiendo en ello desde hace algún tiempo:
“El creador circunstancial” —en el que me atrevería a considerarme— “está rodeado y obligado a atender sus circunstancias para subsistir él mismo y los suyos (…). Aquí se da la lucha entre ambas dimensiones: la Historia humana y la imaginativa (anímica, espiritual)”2.
Es en esta postura en la que una inmensa mayoría de creadores se debaten. De alguna manera hay una imbricación mayor con la experiencia vivida. Mientras que Lezama, que se sepa, tuvo la buena suerte de beber, constantemente y por siempre, en la fuente de los libros. Pero esto no debe menguar ni en mí ni en nadie para admirarlo, para reconocer el valor de su obra, y mucho más me digo: reconocer la belleza y profundidad de su obra, a pesar de su cifrado, de su característica críptica, que también es muy válida… a pesar de su sólida vida de creador en Imago, sin los titubeos de las necesidades perentorias ni de peligrosas adversidades de la existencia, a no ser, claro, la incertidumbre, y, más que incertidumbre, el riesgo político que sufrió.
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Y toda esta “incomprensión” podría ser porque la crítica le ha estado viendo frecuentemente desde la perspectiva del ego, buscando el camino de un discurso lógico —como ya he dicho—, lleno de formas y de riesgos, en los que podrían disfrazarse cuestiones que atañen a este mundo egotista. Es decir, mi insistencia va por la intuición que despierta en mí (ojalá que esto, asimismo, le suceda a otros)3 esa intención suya por abrirnos las puertas del distinto invisible y remoto mundo que habita en nosotros, en cada uno de los seres que en el mundo somos: unos como creadores y otros como receptores; abrirnos las puertas de nuestro verdadero ser interior, donde radica, al llegar a él (a nuestro ser interior, digo) la inevitable iluminación.
Lo que sucede, y puede ser algo más de lo extraño que siempre rodeó la creación de Lezama, es que el camino poético de este increíble creador de paisajes íntimos ha sido paradójicamente el de llegar al reino de lo No-Manifestado (o al menos acercarse a él para diluirse en él) paradójicamente a través de la manifestación de las imágenes. Es decir, llegar al mundo interior del silencio y de la no-imagen mediante un discursar imaginativo y sonoro que se va re-componiendo y re-descomponiendo, alternativamente, en un proceso temporal que, en un momento impredecible, se hace no-tiempo y se transforma en luz; imágenes que se mezclan y fusionan hasta dar lugar a la blancura de una luz, que a su vez se disipa para dar paso a un infinito espacio sin contenido y solo lleno de un vasto silencio. Y es porque su poesía —si la dejamos sentir—, después de ser leída, nos puede llevar al momento búdico de la quietud, pero aun más, nos puede llevar a un destiempo crístico de la contemplación. Momento (sin tiempo ya) en que logramos sentir su ubicuidad de lo efímero y perenne del poema, donde este es y no es, cuando este está y se va, y cuando este (el poema) procede a transmutarse en disímiles imágenes, que en su avance temporal llegan a perder toda relación con el mundo de las formas, para entrar en la Imago, antesala de lo No-Manifestado (porque después de la Imago solo está la luz inexplicable). De esta manera es que sus imágenes pueden llegar a transgredir la dimensión de lo filosófico: de su propia poesía-filosofía, introduciéndonos en el escalón mayor de la fe y a su vez en las posibilidades de la iluminación búdica, la cual reconoce y representa en el ser humano alguien que, por sensibilidad, va de lo corpóreo a lo imaginario y del ego a lo espiritual.
Creo que Lezama —como todo gran autor— es algo más que la definición que de él se haya dado, pero al mismo tiempo es algo más por las infinitas aristas que desprende su obra, incluso cuando se trata de un lector como el que propongo (y me refiero también, por supuesto, a este que soy, que lo siento y lo re-creo). Esa impresión de sus metáforas, que pueden acompañarse (según mi sensibilidad) hasta de un máximo tintineo sonoro y desembocar en el silencio inaudito, nos atrapan por su propio valor “imaginario” (nada racional), “incomprensible”, musicalidad compuesta de espacios y silencios; corriente que nos extrapola hacia algo que está más allá de nosotros como seres corpóreos, pero que es dentro de nosotros mismos donde se desarrolla.
Lezama—como lo pudo ser Borges, Rilke, Paz, Yeats, el mismo Cortázar de Rayuela, Joyce, entre muchos más—, al ser algo más profundo de lo que fue su forma, su corporeidad y su materialidad en obra (el proyecto cultural que él mismo se propuso basado en una sistematización de la imagen), nos presta su sentido para mostrarnos puertas hacia lo imaginario, hacia la invisibilidad extrasensorial que se consigue al acercarnos a la Imago, un reservorio perenne de creación. Y es en este sentido que puedo entonces atreverme a buscar cierto punto de partida en la clasificación de su “cronotopo poético” (su concepción del tiempo y del espacio, que muy bien ha fijado la ensayista cubana Ivette Fuentes)4. El estudio así sobre Lezama, basado en el cronotopo poético (“cronotopo”, categoría pedida en préstamo al teórico literario ruso Mijail Bajtin), que en apariencias solo encuentra las coordenadas del ámbito de lo Manifestado, contribuyen a encontrar la belleza de las formas que rodean a todo ego, incluso al Ego-Mundi. En otras palabras, en el mundo natural que rodea el exterior del ser de carne y hueso. Pero asimismo, la belleza de las formas ayuda a sensibilizar el ego, a desechar su irracionalidad y a conducirlo por un camino de moderada racionalidad, de manera tal que ya en su ergo proteico, este ego sea seducido por el alma.
Sin embargo, aquí me he arriesgado a hablar sobre la cara oculta de Lezama, de ese Jano que todos llevamos dentro, de la posibilidad de que su obra poético-filosófica se adentre en un fluir vertical hacia la interioridad del ser humano (del lector que somos y de él mismo), recurriendo al recurso de la asociación de ideas (automatismo impulsado por la intuición), o lo que es lo mismo decir por los impulsos intuitivos que producen sus imágenes y metáforas, para que el receptor pueda realizar su propio viaje hacia Imago; además de que su fluir en el espacio-tiempo, o lo cuántico einsteniano (algo que es muy humano ya, pero que nada más se puede aprehender) conlleve, de hecho, la posibilidad de la evolución en espiral hacia el Espíritu, como sistema y proceso individuales que pasan a formar parte del Imago-Mundi.
Del portal de las formas y la conversión de la otra búsqueda
Cuando hablo del “portal de las formas” me estoy refiriendo a la producción material (todo lo materialmente concebido) que se desarrolla y despliega desde un punto focal que casi siempre —si no siempre— está centrada por alguien. En otras palabras, me baso en aquello que concierne a una persona: su relación, dependencia y/o influencia con las cosas a su alrededor; y en este caso al autor Lezama Lima no solo por lo que ha trascendido su vida, su corporeidad, sino además, y en extremo importante, por su obra en general.
Estoy hablando ahora de José Lezama Lima visto desde el mundo de las formas, y observado incluso principalmente como una forma más. Es el ego y el mundo egotista que le rodeó lo que —supongo— en una gran parte se ha dicho y estudiado de él: su vida, los momentos minuciosos y los momentos relevantes de su biografía; el análisis y la re-creación no nada más de su figura, sino fundamentalmente de su liderazgo del grupo y publicación de Orígenes, las anteriores revistas que fundó y cada uno de sus libros de poesía (incluso existen estudios que tocan exclusivamente algunos de sus poemas); también su ensayística (en la que se realza su intención de crear un proyecto americano) y en grado muy importante, si no el más, su narrativa encabezada por la novela Paradiso y seguida por la publicación póstuma, y de hecho inconclusa, de su otra novela Oppiano Licario.
Casi podría decirse que se ha constituido un movimiento lezamiano, afincado por celebraciones de aniversarios y congresos en su honor. Y es justo que así sea, indiscutiblemente válido, ¿por qué no?, claro, me refiero a las celebraciones auténticas que tienen la intención de señalar caminos para un acercamiento racional; quiero decir, para la necesidad social que tenemos también de reconocer los hechos importantes que acontecen —como es el caso de su obra— en este mundo regido por el pensamiento. Pero hay que tener bien en cuenta que en esta dimensión de las manifestaciones de las formas no todo es oro, sino que contrariamente hay una mayoría de “críticos” y prostibularios postalitas de congresos que se mueven en el ego irracional, y recalco “irracional” (en el que también incluyo los ámbitos políticos, como el que más), que hacen de los aspectos de la vida, también del arte y la literatura, por supuesto, un mercado de intereses, un mercado de la apariencia (como cuando decidieron convertir la Casa de Lezama en un museo al servicio de los turistas extranjeros), un consumismo aberrante y egotista.
Si vemos que la obra de Lezama asimismo nos puede dar la posibilidad de otros senderos, o quizás tengamos que hablar de un solo camino de búsqueda interior hacia el ser de cada uno, que en potencialidad puede transmutarse en un intento por acercarnos o encontrar el ser, si tan siquiera realizáramos esta posibilidad de indagación, digo, empezaríamos entonces a comprender que lo asimismo esencialmente válido es que hay que “sentir a Lezama” y no solamente entenderlo. Tendríamos que leer sus poemas, por ejemplo, de una manera superficialmente profunda (valga esta paradoja para querer decir que nuestra vista corre por los poemas, haciéndonos sentir la sonoridad de sus metáforas, sintiendo un cúmulo de imágenes impredecibles, inesperadas, de puras claves intuitivas sobre antiguos pasajes; de cómo inclusive la grafía de sus palabras escogidas en cada frase, en cada verso, en cada estrofa nos provoca pensar en el ritmo y la danza, en el movimiento del tiempo, o en la vastedad de un espacio cósmico; si solo nos dejáramos llevar por la múltiple interpretación que cada quien pudiera hacerse de sus versos, y que la interpretación se aviva en una llama independiente a cualquier relación histórica, biográfica o simplemente política y social, entonces el ahondamiento del viaje hacia la Imago ya no es de Lezama, sino de uno. Descubro así mi propio viaje.
Hay que sentir a Lezama concentrándonos en nuestra asociación de ideas, donde yo creo mis imágenes y tú, como lector, creas las propias. Si así lo hacemos, primero rodeado del mayor silencio y en el mejor ámbito adecuado para leer, caeríamos en el éxtasis de las palabras, en la cristalización de nuestras mágicas imágenes. Una dimensión nueva se abre, de hecho, y sentiríamos el viento y las alas, el abismo y la vastedad, y sentiríamos la prueba en nosotros mismos de cómo el barroco se convierte en surrealismo, y en intuicionismo muy individual, en suave sonrisa de ocurrencia, y sentimos que el mundo se desgrana, no en divagaciones, sino en sorpresas, en rejuegos y superposición de imágenes; y es tanto el collage de las palabras más sonoras, de las palabras más ausentes, de las palabras más remotas y modernas, que en mi respiración empiezo a escuchar un eco muy lejano, y una brisa y un olor a alma que me hala hacia adentro, que me hace respirar el presente grandioso de “estar ahí”, en una región inaudita, impensable, donde todo se diluye y al mismo tiempo se va esfumando en una niebla muy brillante. Verdaderamente, soy entonces el que soy, estaría ya así en el espacio total, en el silencio insólito del Ahora5.
Del tiempo vertical a la casa del ser
Lezama perteneció, como todo lo humano, al mundo del Tiempo. Pero no veo solamente el Tiempo aquí como fase de lo perecedero en relación con las condiciones limitadas del ser humano, sino como movimiento hacia adelante en función de una evolución intelectual. En cuanto al mundo de las formas propiamente, el tiempo es horizontal, y se trata del individuo (o los individuos Lezama y su lector) que no pueden escapar a este “tiempo” que irremisiblemente lleva a la muerte de la forma. Pero en su correlación, esa horizontalidad en un momento dado se hace una vertical, un empuje hacia el interior en busca del ser, y es cuando ese movimiento temporal, ahora vertical y repentino, se revela como viaje hacia la Imago; lo que en otras palabras quiere decir es un viaje hacia el ser interior de un creador (en el que a su vez incluyo al lector). Ese viaje vertical está en cada poema de Lezama, como puede estar en la obra de cualquier creador auténtico. La peculiaridad que tiene la verticalidad del viaje interior de Lezama es que, como los grandes clásicos, sirve para que el recorrido íntimo de un lector se haga muy a gusto con las imágenes de este poeta.
El tiempo entonces aquí (en los poemas de Lezama) es encuentro; o mejor sería decir: un encuentro consigo mismo a través de las imágenes del poeta. Pero para ello hay que terminar el poema (terminar de crearlo —autor—, o completar su lectura —lector). Toda creación de un poema es un proceso en movimiento (un tiempo que transcurre verticalmente, ya lo he dicho). Al estar terminado, pulido, ese acabado ya se encuentra en la región de Imago, y el creador lo siente así, inexplicablemente, y por eso lo siente. Y es entonces que comienza la contemplación6. Esta contemplación también está dispuesta para el lector, cuando finaliza la lectura de ese poema. Es cuando el creador se transmuta en lector mismo.
Nos regodeamos entonces en las metáforas, en las imágenes, en el ritmo y en el sonido de las palabras, en la asociación automática, intuitiva, que nos va envolviendo. Al decir de Deepak Chopra: es la contemplación cristiana, a modo de un camino diferente pero de tan grandiosa resonancia como la meditación búdica. Ya en la contemplación nos alistamos para adentrarnos en el universo interior que nos conforma como contexto donde yace nuestro verdadero ser. Aquí hemos llegado a un éxtasis que va de las formas del mundo, de las palabras y las imágenes del mundo, al silencio y la quietud de lo divino, donde todo es sentido y no nada racionalizado, donde como en la mejor etapa del sueño —la parte sublime y exquisita de lo poético dentro del sueño, digo—, sentimos que las imágenes y escenas del mundo se van diluyendo —difuminándose también podríamos decir— para dar paso a la quietud inexplicable de un espacio, no lleno de vacío, sino de ese silencio de Dios, que es la libertad suprema e inexplicable de nuestro ser en el Ser.
Según Chopra la contemplación y la meditación dan la posibilidad de un encuentro con Dios:
Ambas se aproximan a Dios desde el plano mental. En la meditación la mente permanece inmóvil, mientras que en la contemplación cierta idea o imagen se expande y adquiere significados más profundos (…). Jesús se dedica a la contemplación. Por ejemplo, lo encontramos cavilando acerca de su destino. Él estaba al corriente del sacrificio que Dios le pediría mucho antes de que ocurriera. La inminencia de la muerte se convirtió en el centro de sus más profundas contemplaciones, como en las conocidas reflexiones de Jesús en el huerto de Getzemaní, justo antes de que Judas le entregara a los romanos (…). En la contemplación profunda la idea o la imagen con que se comienza conduce al silencio7.
Es en una contemplación poética (salvando las diferencias entre poesía y fe, y siguiendo mi propia intuición de que la poesía, o quizás, digamos mejor: “lo poético”) puede ser un escalón anterior a la fe; es aquí, repito, donde determinada imagen, o metáfora, versos, o en general, el poema todo, nos abre un campo de relaciones agónicas mundanas o asociaciones íntimas de éxtasis místico, y nos acerca siempre al descubrimiento de algo nuevo. Pero también lo importante de este proceso es que se produce dentro de nosotros mismos, al tiempo de haber mentalizado una oración o la lectura de un poema. Es decir, la contemplación del poema nos puede ubicar en una región de nuevas imágenes, inauditas, espontáneas, sorprendentemente distintas porque nunca habían pasado por un proceso mental, sino que son frutos de una relación o asociación arquetípica que nos viene desde los mismos orígenes del mundo. Podrían ser escenas de Imago, como sucede en los sueños (en la hondísima superposición poética de los sueños, como dije antes). El poema ya no es el poema, entonces, sino aquello que nos señala que hemos llegado a nuestra verdadera casa, o que al menos nos encontramos en los predios de nuestro ser. Este ser nuestro es parte del Ser, es parte de Dios, y nos define en lo divino que tenemos, nos descubre lo verdadero que somos desde nuestra individualidad hasta la multiplicidad divina; nos descubre nuestro propio ser Dios mismo.
La poiesis, o todo proceso creativo, basado en el impulso lezamiano de la palabra, conlleva la potencialidad de la contemplación (la “potencialidad”, digo, porque aquí esta palabra puede ser un concepto más amplio de lo que encierra el término “posibilidad”. O sea, es la posibilidad dada pero por un esfuerzo creativo). Lo que significa que el lector en su soledad ante la sensorialidad, la rareza y lo inusitado de un poema de Lezama pueda experimentar la contemplación, gracias a la verticalidad del tiempo, y de ahí el ensimismamiento místico hasta conectar con la quietud de su universo personal, profundamente interno. Este “estar aquí” es el morar en la casa del ser, nuestra invisible y remota casa de los tiempos primeros (uno mismo muy adentro, de donde uno realmente viene y donde uno realmente debe estar).
A no dudar José Lezama Lima supo esto y se propuso sistematizarlo, pero quizás su articulación para un público amplio nunca ha sido apropiada si lo entendemos, como dije al inicio, debido a que se ha aspirado siempre a que su poesía dé a conocer una lógica dentro de la dimensión de las formas. Pero realmente hay otra senda, quizás más perdurable que leer a Lezama desde la perspectiva de las formas, desde las necesidades, repliegues y deseos del ego racional que, por supuesto, no desdeño tampoco. Es por eso que aquí corro el riesgo de parecer inverosímil a los egotistas. Pero digo que la literatura y la espiritualidad se pueden conjugar. Y me apoyo asimismo en la sensibilidad que va de la poesía a la fe, que trasiega los vericuetos y laberintos del “yo”, para intentar señalar un camino que no es de “entendimiento racional”, sino de sensorialidad fónica e imaginativa, y de espontánea asociación intuitiva como acicate creativo que nos lega Lezama.
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