La nueva novela de Enrique Medina, El jardín de Anías (Galerna), no solo vuelve a ubicar a su autor como uno de los más destacados de su generación, sino que a su vez, el libro continúa explorando aquella zona tan cara a su estilo: la prosa cruda, sin concesiones, ajena a todo fácil efectismo. El lenguaje propio de un tenaz provocador.
En esta novela despiadada que protagoniza Eustaquio Anías, un periodista de espectáculos que ama su jardín, sus esculturas, sus muñecas y sus perros; vive una de las historias más extremas posibles. ¿Novela negra inflexible?, ¿thriller policial inclasificable?, en esta narración francamente perturbadora también hay lugar para el despliegue sádico de las relaciones del despotismo y la sumisión del deseo; dos elementos claves de su autor.
Se trata de un texto desbordante, porque además de la conformación de un territorio y un estilo absorbente, en la novela figura una búsqueda alrededor de los géneros literarios. Y Medina los atraviesa con una mirada existencialista del mundo. Pues narra con el cinismo y la nostalgia de quien ya no puede creer más que en la existencia inmediata. Obra mayúscula dentro del ya mítico cuerpo narrativo del autor de Las tumbas.
¿Qué lo impulsó a escribir El jardín de Anías?, ¿por qué?
Fue escribiéndose de casualidad. Moriré con tres carencias: 1) no ver mis libros en las vidrieras del Ateneo de Florida y Sarmiento, 2) no tener una casa con jardín, 3) no tener una mujer de pelo hasta los tobillos que me cebe mate mientras descanso en una silla de viaje en dicho jardín. Vista la realidad, me propuse subliminar en una página mi soñado jardín. El jardín creció desmesuradamente, salvaje. Eran muchas páginas que necesitaban con urgencia un jardinero que impusiera orden. Entonces puse a Anías a cuidarlo. Y Anías lo cuidó, a su modo. Literariamente, a esto se le llama exorcizar fantasmas. Y se da cuando el personaje que originariamente tuvo una misión simple y limitada, se rebela y exige otros comportamientos. Sobreviene una lucha interna entre el protagonista y el autor, mientras la novela crece. Cuando el autor recibe un gancho al hígado y un directo a la cabeza y se siente conmovido, tiene dos opciones: 1) trabar, ó 2) dar un paso atrás y echarle una mirada al reloj para calibrar las posibilidades de recupero, y salir en el próximo round con la decisión de rescindir la novela, tachar el personaje, y exigir un nuevo combate con nuevos árbitros. En el caso que nos ocupa, el autor, quizás por experiencias pasadas, quizás por una recurrencia insondable, quizás por una imperiosa necesidad de bucear lo que no reditúa bien y en cambio contamina mal, actuó con el capricho del boxeador que responde con torpeza, en pie, dirimiendo el poder, golpe a golpe, recibiendo más de lo que da. Un golpe de suerte puede hacer que la pelea termine en cuento o relato. En este caso llegó a los 12 rounds y terminó en novela. Los contrincantes, algo groguis y sangrando, por llegar al final creen que han ganado la pelea. El referí los llama al centro del ring para levantar el puño ganador. ¿Triunfo, empate? El público-lector del ring-side y el de la popular, deciden.
El jardín de Anías es una novela negra, pero también un thriller policial…
Así es, sigue la línea de muchos de mis relatos y especialmente de El Duke y El Escritor, el Amor y la Muerte (la masacre cometida por el odontólogo de La Plata). Es una de las novelas que más me costó escribir, que más correcciones tuvo, y que más quiero. Creo que está lograda la metáfora cruel con la realidad que circunda a los personajes. Anías existe y está entre nosotros; destruye y aplaudimos. Es la vida que los pueblos deciden vivir. Si uno hilara fino se daría cuenta de que, con plena evidencia, la realidad supera la ficción. El Jardín de Anías es una ficción que intenta alcanzar la realidad. Es un laberinto que el lector aceptará, si es que sabe por donde hallar la salida. O negará, si teme auscultarse. Un crítico me ha dicho que Anías es el símbolo del destrato que recibimos a diario. Nunca se percibió en el aire tanto odio, tanta mentira, tanta infamia, tanta prepotencia, tanta arrogancia y, fundamentalmente, tanto miedo; pero jugamos a hacernos los distraídos. Anías, aparentando ser convencional, simboliza todo ese negativismo destructor.
Eustaquio Anías, es un personaje de gran complejidad. ¿Cómo pensó y estructuró la profundidad de su personalidad?
Como dije al principio. Fue creciendo. De a poco. En algún momento creí que se quedaría en relato. Pero fueron apareciendo detalles, complementos que iban ensanchando su continente. Creció, y se impuso. Anías está vivo, camina a nuestro lado y manda sin que lo veamos. Algunos, pocos, sí pueden verlo. En realidad el procedimiento para novelar, en mi caso, siempre es el mismo: enfrentarme con un hecho que me impacta, y meterme en el barullo. Así pasó con Las Tumbas, Año Nuevo en Nueva York, Gatica, El Último Argentino. Me envanezco y pienso que la vida me exige un desafío, me la creo, y arremeto contra los molinos de viento. A veces bien, a veces mal. En mi caso, considero que la novela es el personaje, siempre. Cuando uno recuerda una novela es porque hubo un protagonista que nos llegó, para bien o para mal. Así me ha ocurrido con Lucy (Buscando a Madonna), El Duke, Heriberto Domínguez (El Escritor, el Amor…), Zacarías (El Último…), etc. La personalidad que uno puede lograr, hablando desde el narrador, en un protagonista, depende de las herramientas que uno le dé para que se desenvuelva con autonomía. Anías tiene una fachada impecable, es fino y culto; nunca me permitió presenciar sus hechos aberrantes; posiblemente, si hubiera sido más vulgar, me lo hubiese permitido. Sólo me permite usar la imaginación. Y esto no tiene nada que ver con prejuicios sino con la realidad que todos los días nos escupen desde la televisión y otros medios irrespetuosos.
A menudo se dice que su literatura es cuestionadora y frontal. ¿Cuál es el sitio que le otorga a la transgresión en su narrativa?
Lo vengo diciendo. Y agrego: no escribo para adornar una biblioteca (estoy prohibido en casi todas), escribo para mí, para radiografiar mi existencia, para no vivir sin sentido, para entenderme, para saber qué hago en la sociedad que me ha tocado desempeñarme. Escribo para mí y para ese lector que, casualmente, coincide conmigo. En cuanto al sitio que debería otorgársele a la transgresión a mi narrativa… No lo sé. ¿Acaso se le debería otorgar algún sitio?… Creo que este ha sido siempre el dilema de críticos y ensayistas con mi literatura, que nunca yo agarro por el camino que ellos suponen que yo debería haber tomado. Eso los desconcierta y no saben cómo ubicarme. Se les mezcla el naturalismo petardista con el realismo conjetural, por eso jamás se me nombra en ninguna cátedra de literatura. Porque no tienen manera de explicarme. Un crítico, para explicar El Jardín de Anías, se limitó a decir que en la novela hay fotos de muñecas y que Anías es malo y le saca los ojos a la gente. Cuando publiqué Strip-Tease, Enrique Pezzoni me dijo: “Ahora sí que te quedaste sin casillero”, refiriéndose a que la crítica no sabría por donde abordarme. Y esto para mí no es novedad, ocurre hasta el día de hoy. Lo que me hace muy feliz porque, gracias a mis lectores, hace 40 años que soy escritor y, con los eternos bolonquis de vida que todos cargamos, muy a pesar de ellos (o gracias a ellos) pude escribir 28 libros y en dos meses saldrá el 29: La Yegua.
Es interesante que en sus novelas se entretejan diferentes registros y géneros. Pienso particularmente en la adhesión de fotografías, cartas o técnicas parecidas en cierta medida al cut-up. ¿Puede comentar esta mezcla genérica?
Desde chiquito fui un lector fanático. Mis ex compañeros de tumbas, cuando me encuentran de tanto en tanto, me reprochan no haberme dedicado al fútbol, donde me hubiera ido mucho mejor. Puede ser. Pero a los 10 años dejé las historietas para leer las novelitas policiales y las de cowboy, y a los 12 me puse más pretencioso hasta que topé con Céline y su Viaje al Fin de la Noche, y ahí entendí que yo sería escritor. Primero me entretuve en otras actividades como la pintura, el teatro y el cine, pero al final sacudí las riendas y, desde entonces, los caballos se han negado a detener el carruaje. Las viejas novelitas venían con dibujitos. Yo tengo imágenes que el cine me incrustó en la mente. Siempre quise publicar mis textos con imágenes. Creo que un libro puede concebirse como un diario, donde hay de todo. Yo creo con esa libertad. En libros anteriores a la última edición de Las Tumbas, yo ya había puesto alguna que otra ilustración. Pero en aquél entonces, poner una ilustración encarecía el libro. Al menos es lo que me decían los editores. Incluso yo quise editar Strip-Tease con ilustraciones y un CD con la música de esos ambientes, pero no se pudo (espero encontrar algún editor que se anime). Ahora, gracias al adelanto tecnológico, ya no es caro y uno puede hacer dos novelas o relatos al mismo tiempo, uno con el texto y otro con las ilustraciones. En Gatica pude hacerlo por primera vez de manera decidida. Puse no sólo fotos de él, sino de la época: afiches publicitarios, de cine, personajes famosos, noticias políticas, etc. ¡Hasta una nota en la que se hacían competencias deportivas en el Riachuelo! El mismo Riachuelo en donde hoy se puede caminar sin mojarse la suela de los zapatos, tanta es la porquería que lo ha endurecido hasta el asco. Lo mismo hice en Las Tumbas, y la respuesta de la gente ha sido muy positiva. Los puristas niegan esta mezcla que hago, porque le temen al dicho que una foto vale más que mil palabras. Yo no le temo a las fotos, me les animo, y creo que a veces les gano. Las fotos me sirven para hacer una narración paralela ilustrada, y para agilizar la lectura del texto. Pero esta mezcla se incrementa en mi próxima novela La Yegua, donde, ilustrativamente, le hago un homenaje a los escritores que me enriquecieron y con los cuales, a través de sus libros, pude tener diálogos que aún llevo en mi corazón. Además de fotos, dentro de la misma novela, se integran textos dispersos y ensayísticos que, de alguna manera recuperan, para mí, un modo de lectura caótico con el que me formé: yo leía al mismo tiempo una novela, un libro de ensayo, uno de poesía y lo que me cayera. Tenía espacios del día destinado a cada libro, cuando viajaba al trabajo leía novela, los ensayos o memorias en la cama antes de dormir, y así… Quizás en mis textos actuales haya aquella influencia del cortar y pegar que recibí de Burroughs al leer sus libros.
La alegoría, los símbolos, los signos en general están presentes en su obra.
En caso de que sea sí, mejor. Si se notan es que logré la propuesta. Aunque también reconozco que soy presa fácil para caer en la trampa de pisar el palito y cometer torpezas, especialmente en lo discursivo. Uno, yo, cree que con lo narrativo no alcanza, y entonces se agarra de aquello de Shakespeare: “la verdad puede ser dicha por un idiota”, y entonces uno dice y recontradice su discurso sin remedio. Y cuando ve el libro publicado quiere ver ese página, pero no se anima. Y bueno, ya está; se lamenta uno. En la próxima seré más distante, frío. Espero. Pero se es humano y por lo tanto se tiene derecho meter otra vez la pata en el mismo agujero. Yo sé que abuso de ese derecho. Y lo lamento. ¿Pero, si no me doy el gusto para qué diablos pongo mi nombre en la tapa? De todas maneras me tengo prometido algún día escribir sin que el lector perciba mi presencia.
Una curiosidad y, ya que hablamos de íconos, Medina. Ciertos libros suyos cierran con una amplia fotografía de la bandera argentina. ¿Se trata de una condición sine qua non para garantizar cierto tono de argentinidad?
Eso que usted ha dicho puede parecer una torpeza, una ingenuidad, una estolidez, un disparate, hasta una balandronada y montones de cosas más, pero tal y como usted lo dice, así es. Muy humildemente de mi parte y con todo el respeto y amor que le tengo a esta bendita tierra en que nací, es así. A esta tierra le dediqué mi Transparente, que es una novela en la que rindo homenaje a mis abuelos españoles que vinieron después de pelear en la guerra de Cuba y fueron a trabajar al campo. Con su esfuerzo y sacrificio murieron pobres y dignos, haciendo grande este país, para que los indignos lo despojen y arrasen mientras todos nos entretenemos con el circo romano. Pero además, esa imagen, tiene un significado muy especial. No es solamente una bandera flameando. Es Belgrano, el general, que la sostiene frente a la casa de gobierno en un gesto de entrega vehemente, como incitando a los mandatarios a respetar y cumplir con el sagrado destino que ellos, los héroes, iniciaron. Para mí es muy especial ese monumento porque lo tengo grabado desde el bombardeo a Plaza Mayo (sin “de”) en el 55. Con otros dos compañeros de las tumbas decidimos ir por la noche a ver los destrozos. Como se había establecido “estado de sitio”, más de dos personas juntas no podían transitar, decía la radio; y se aconsejaba no salir, lo que para nosotros, que éramos los duros de las tumbas, sonó a desafío. Así que dos fuimos por una vereda y el otro en la otra, turnándonos. Las calles no estaban muy iluminadas, casi que no. No había nadie por ningún lado. Ni policía, ni milicos ni nada, sólo nosotros chiflándonos contraseñas. Llovía suave. Llegamos a la plaza y sí había alguna que otra luz y personas curioseando, pero nadie en grupo, salvo nosotros. Aparecieron unos policías con el mismo interés que nosotros: chusmear. Nos vieron muchachitos sin peligro, y no nos dijeron nada. Los pocos que deambulábamos lo hacíamos con la misma discreción que en un museo de arte. Recuerdo una paloma sobre un cable. Quieta. Pensamos que el fuego de la explosión de una bomba la había petrificado o algo así; la veíamos negra, porque era noche y porque ese bicho se veía negro. Para nosotros no se movía porque debido al susto había apretado las patas y ahí se había endurecido, electrificado, fatalmente, transformándose en una estatuita. Vimos colectivos incendiados, ya sin fuego, o poco. Una ambulancia dando vueltas. Un auto destrozado como una lata de sardinas mal abierta. Dentro del auto, sin los asientos delanteros, se había formado una lagunita de color rojo mezcla de sangre y lluvia. Corito se acercó y dijo que había un bulto, una persona muerta. No quise mirar y seguí hacia la Casa Rosada. Y vi que Belgrano estaba por caer del caballo, es decir se estaba por venir abajo el caballo con su jefe (habría que averiguar el nombre del caballo, o inventarle uno, se lo merece). El monumento había recibido una bomba justito al lado y, por suerte, lo más que había hecho fue un enorme agujero, un tremendo pozo que había hecho tambalear al animal y su jinete. A las bombas les faltó apenas un pelito para llegar al sacrilegio. Estaba tan inclinado el monumento que pensamos se caería ya. Juanca decidió buscar algo para sostenerlo. Buscamos y hallamos un poste de luz fuera de su agujero. Un tipo nos dijo que tuviéramos cuidado con los cables porque aún tenían corriente. Nosotros éramos fuertes pero el poste más. Hicimos un pocito en la tierra para afirmarlo. Para que no resbalara en la punta de arriba pusimos una madera como cuña. Fanfarroneamos por el logro. Juramos que ya no se caería. Y no se cayó. Decir que aquello para mí fue como una epifanía puede parecer estúpido, irreverente o un despropósito. Pero fue así, una epifanía, porque pasados los años y los gobiernos, un día fuimos los tres a verlo y, casi puedo jurarlo, Belgrano, con el caballo derechito, nos guiñó el ojo. Por eso, para mí, ese monumento representa, en todo, en sí, en la actitud orgullosa, triunfal, del general enarbolando la bandera que flamea alegre, la argentinidad plena. Y al poner esa foto al final de mis libros intento reflejar eso que usted descubrió. Se lo agradezco.
La actividad del voyeurista regresa en El jardín de Anías… No creo que se trate de pura casualidad. ¿Qué le atrae de esa mirada prohibida de la realidad?
La “mirada prohibida de la realidad” a la que usted hace referencia, podría deberse a que nunca quise escribir porque sí (iba a decir al pedo, pero queda feo, agresivo, y no soy eso). Eso que usted dice puede suponerse una propuesta de guerra dentro de lo literario. Son apuestas. Uno debe escribir como si fuera a morir al día siguiente.
Detengámonos en su estilo narrativo, me refiero al ritmo por el cual está articulada la historia. ¿Cómo trabaja la respiración de su prosa?
Siempre tuve en cuenta el ritmo. Céline habla muchísimo de su creación: “la emoción en el ritmo”, “el truco”, dice él. Leer poesía me ha ayudado a cuidar los tempos, la densidad, mi densidad, la articulación de lo narrativo con lo coloquial, detenerme, cambiar de carril, volver, distraer, descender y subir sin avisar, retomar hasta concluir. En un tiempo cuidaba esto hasta con una regla de calcular, hoy creo que ya tengo el método internalizado. Mujica Lainez me aconsejaba que no me controlara tanto porque eso mataba la libertad y la espontaneidad. El escribía a mano y de un tirón, casi sin corregir. Saber leer es importante, porque uno aprende a pausar como es debido. Hay gente que no sabe leer. Uno escucha a gente leyendo por radio y es para morirse; o no respetan las pausas, o el que redactó no las puso. Quien sea el equivocado no es más que un ejemplo de la degradación que vamos sufriendo en todas las escalas que uno mire. Proust es un ejemplo tácito con sus largas, larguísimas frases, en esto de la “respiración en la prosa”. Una maravilla de sintaxis pausada genialmente. Siempre me intrigó su estilo, ese manejo magistral de la frase, de la oración que narra. Y cuando me enteré que el pobre era asmático, ahí encontré el porqué. Esas largas frases, ese largo aliento, ese esfuerzo sostenido para alargar la oración, para mí, no es otra cosa que su defensa, su medicina. Su “no te des vencido ni aún vencido”. Con ese estilo él creía vencer al asma. Puede parecer una conclusión descabellada, pero a mí me sirve. Ergo: trabajo la respiración de mi prosa en función de lo que considero necesario, es decir, si hay que ser ligero para no aburrir, apunto lo que corresponde y sigo, y cuando considero un fragmento como importante, me detengo. Por ejemplo, creo que el primer capítulo de Anías es bueno y está logrado. Ahí ya se pinta bien el personaje, se crea una intriga, y la situación puede entenderse como un paso de comedia en una novela que va a ser de terror. Previo al paso de comedia, un cuerpo cae al vacío. Son guiños con los que aviso cómo vendrá la mano. Insinúo un modo de lectura. En Strip-tease en las primeras páginas hay un choque, y una anciana atraviesa las ventanillas perdiendo un ojo. Alguien comienza a hacer “jueguito” con el ojo. En cuanto a la respiración de la prosa, otro capítulo que me gusta es la seducción de Anías a la cajera, hasta que le aprieta el cuello. Creo que Anías Y El escritor… son dos novelas que se emparentan en el estilo denso. Incluso en el cuidado de la prosa. Muy diferente a otros libros míos más urgentes. Amo a mis personajes, y en esta novela, Jalki no existía, apenas si había caminado por la redacción del diario. Solita se fue metiendo en la novela, ella la termina. Y queda flotando como una incógnita, como otra novela. O la misma, pero vista desde ella. Siguiendo con la respiración, creo que en síntesis es el mismo ritmo, la respiración, digo. Entre los nuestros, a los que considero en un nivel superior, puedo mencionar a Mármol, Sarmiento, Martínez Estrada y Marechal, como los que más placer me han dado al leerlos. Y otros que ahora se me escapan, como Di Benedetto.
¿Lee poesía?
Ahora no tanto.
¿Por qué?
Sólo leo a Alfredo Vento, un poeta amigo que sólo publicó un libro “A lo fugaz perpetuo”, y que ahora vive en París y se ha dedicado a los aiku, de manera notable. Pero puede decirse que leí casi todo. Desde los poemas sin palabras de Hemingway hasta los de Bajarlía hechos con números. Por supuesto, es elemental que me guste y mucho, Whitman, y además el Whitman nuestro: Almafuerte. No en cambio el Whitman de mentiritas, el chileno. Tuve la suerte de ser amigo de Alberto Girri y él me enseñó mucho a saber leer poesía. También soy admirador de un poeta dominicano hoy casi desconocido o innombrable: Manuel del Cabral, del que fui amigote. Si hoy uno lee determinadas poesías escritas por él hace muchísimos años, podría uno pensar que fueron escritas ayer; me refiero a su poesía erótica, por así llamarla. Yo lo considero un precursor. Puede que me equivoque, pero me parece que la poesía de hoy está en un impase. Le cuento que en mi próxima novela La yegua, le hago un homenaje a Ezra Pound, poniendo como acápite de todos los capítulos, versos de él.
Hay ecos de una marcada deshumanización en muchos de sus libros. La violencia es uno de los puntos cardinales dentro de su producción, ¿qué aspectos explorativos le atraen más de ella?
Quizás esa sea mi elementalidad, mi limitación al mundo que me rodea. Puede que sea obsesivo. O quizás sea mi pasión por la pintura. Creo que lo aprendí de los grandes maestros. Uno ve esas telas con espléndidas figuras en pose, luciendo sus adornos, pero en algún rincón, el pintor ha dejado como muestra de su realidad, un cojo orinando, un jorobado sin dientes, un perro devorando un feto, etc. Es la defensa del que acepta tranzar pero no perecer sin honor. De todas maneras no sé bien a qué le llama usted “deshumanización”. Si se refiere a la violencia, entonces está bien. Hoy por internet se puede ver, lo dice Anías en la novela, a dos víctimas del negocio de la droga, siendo ajusticiados como en esas delirantes películas de horror que a toda la juventud le encanta ver. A uno lo degüellan con una sierra eléctrica y al otro con una daga que parece no estar bien afilada. En este caso soy yo el que recibo esta violencia, que luego me veo obligado a usar artísticamente, aunque suene a broma. Sí tenía ese grado de violencia Georges Bataille, cuando en los años 20 publica esa terrible foto del chino crucificado sufriendo la tortura de los cien cortes. Y que luego utilizó el mexicano Elizondo para hacer una magnífica novela. Y ahora yo la puse en Las Tumbas. En aquél tiempo, cuando la publicó Bataille causó un revuelo tremendo. Se lo acusó de todo. Hoy, esa foto, y millones aún más espeluznantes, cualquier chico las encuentra en internet. Le cuento: cuando viví en México, me asombré que a un cantautor muy popular, Juan Alfredo Jiménez creo que se llamaba, lo criticaran ferozmente por una canción de la que había hecho un éxito de locos: “Llegó borracho el borracho” se llamaba. Y él, muy tranquilo, a las críticas de que mostraba un costado negativo de la sociedad, repondió: “Cuando yo nací, México ya estaba borracho”. Creo que yo podría responder bastante parecido. ¿No le parece?… Al fin y al cabo nuestro narrador fundacional escribió El Matadero cuando el país recién se iniciaba. Aunque, la verdad, debo reconocerlo, yo soy hijo de una República Argentina pacífica, honrada, trabajadora, creciente, que luego fue desbarrancando sin remedio. Y lo más triste es que yo siento que parte de esa culpa me corresponde. Me gustaría saber cuáles son los otros puntos cardinales de mi literatura, además de la violencia… Pero no se olvide que también escribí una inocente obrita de teatro infantil. Quizás usted se refiera el destrato entre nosotros.
Volvamos a sus años de aprendizaje. Me refiero a los diez años inmediatos a la aparición de su primera novela, Las tumbas. Se trató de un período intenso donde usted recorrió buena parte de Latinoamérica como actor y director de teatro independiente, cameraman del Canal 11 de televisión, periodista freelance y marionetista. ¿Recuerda qué autores le interesaban entonces?, ¿qué tipo de búsquedas formales resultaban entonces apropiadas a sus indagaciones estéticas?
En ese tiempo yo ya había leído casi toda la literatura argentina, pero mi orientación me tiraba hacia lo latinoamericano, Vallejo, Ciro Alegría, Augusto Céspedes, Jorge Icaza, Arguedas, Palma, los novelistas que hablaban de un mundo en ebullición que me obligó a viajar para conocerlo. Lo hice durante 10 hermosos años de mi vida. Y tuve la suerte de estrechar la mano de algunos de ellos. En México lo conocí a Bruno Traven, que ya había leído acá; y en Costa Rica descubrí, en un burdel (los burdeles en esas tierras obraban como los bares en Buenos Aires, eran, y creo que aún lo son, lugares de reunión, además del pecado a cometer, claro. En un mismo sitio de Guatemala pude discutir mano a mano con un futuro presidente: René Schick, candidato títere de los Somoza. Pero estas son otras historias, como diría Kipling). Sigo: en un burdel encontré a Carlos Luis Fallas, un escritor maravilloso que tenía una novela clásica llamada Mamita Yanai ya leída acá, y él me regaló Gentes y gentecillas, una novela superior. Él era un borrachín comunista y entonces el partido lo echó por indisciplina. Pero esos años maravillosos fueron antes de que yo escribiera Las Tumbas. En ese tiempo yo quería escribir un ensayo sobre mi viaje, pero por suerte me arrastró la vida y en lugar de escribir, disfruté. Volví mal a mi país. Trabajé en cine y en televisión. Volví a Uruguay y allí en los camarines del Teatro Stella d´ Italia trabajando de marionetista, escribí Sólo Ángeles por la mañana y Las Tumbas en las tardes. Pero desde México hasta Bolivia me las rebusqué con el teatro local. Hacía periodismo publicitario más bien, propaganda para la compañía que trabajaba. Y teatro local y de títeres en las plazas y en las escuelas. Fue una etapa de mi vida que me vacunó contra todo.
Recién se refirió a su experiencia con al cine. Por cierto, ¿cuánto influyó el séptimo arte en su labor literaria?; su escritura a menudo es muy visual y los diálogos parecen adecuarse a los 24 cuadros por segundos…
Sin duda es así. Me lo decía Puig que le había gustado mucho Las Tumbas. Siempre me prometió hacer una nota sobre la novela pero nunca tuvo tiempo, sí me dio la foto de Rita Hayworth para que yo ilustrara la tapa de Sólo Ángeles. Él siempre fue muy generoso. Incluso hizo traducir un capítulo de Transparente y lo hizo publicar en una revista de USA. Sí, cuido los diálogos. A veces salen bien y otras no tanto. Yo me sentaba a la última mesa entrando a la derecha del Bar La Giralda. El teléfono público estaba detrás. Yo escuchaba lo que decía el que hablaba y lo anotaba, dejando el espacio en blanco de lo que correspondía al que estaba hablando del otro lado de la línea. Luego yo ponía esos parlamentos que faltaban, y así inventaba y armaba la conversación como si fuera un espía o un agente de inteligencia.
Durante la última dictadura militar, sus obras fueron absolutamente prohibidas. Hoy, tras treinta años de democracia, sus libros ya no sufren los embates de la censura y la persecución. ¿Está conforme con la recepción que han tenido sus últimos libros?
No sabría decirlo porque no sé cuáles serían los parámetros. De todas maneras hay que aclarar que no sólo fueron prohibidos mis libros sino que yo mismo fui perseguido, amenazado por teléfono tuve que esconderme durante meses viajando de incógnito por el interior y en Montevideo. Yo, ingenuamente, me creí mi papel de rebelde a la violeta sin darme cuenta la que me estaba jugando. Hoy, al ver el aterrador espectáculo de la política que tengo delante de mis ojos, como dice el tango: “no puedo creer haber sido tan gil…”
A pesar de ser un autor de varios best-sellers, rara vez se lo ve vincularse con los intelectuales de su generación. ¿Busca ese distanciamiento?
Para nada. Las generaciones de artistas, en general, cada vez más están iluminadas por el Espíritu Santo, son todos de generación espontánea. No sé de nadie que reconozca antecedentes. Sólo reconocen a Borges. Mencionarlo a Borges, es otra cosa. Pero hasta ahí, porque para ellos ese Borges no es argentino. Ocurre que la misma vida es otra. Cada vez somos más individualistas y más creídos. El que zafa, zafa, el que no que se joda. Son la generación de los pibes ignorantes que ganan sueldos de 50 mil para arriba para hacer puré la República. Esto nunca se vio. Es una novedad “revolucionaria”. Es el ejemplo. ¿Por qué ser diferentes en otras áreas? El “retorno” de dinerillos que se propagó en el menemismo, hoy es el ABC de cualquier transacción artística, y de las otras, claro. Con éste panorama, ¿cómo pretende usted que los escritores que, a diferencia de famosas nudistas tetudas nombradas embajadoras internacionales, somos ya de por sí mala palabra, nos reunamos para hablar del hemistiquio cuadrado en la poesía jacobina del siglo XIX? Además, hoy, antes de publicar el primer libro, ya todos creen merecer el Premio Nobel. Tuve la suerte de tratar a otra clase de gente. Eran señores, palabra que hoy se ha convertido en palabreja. También, lo que ocurre, es que los amigos mayores se me fueron adelantando: Denevi, Bioy, Arias, Villordo, Kordon, Puig, Sábato, Lastra, Quiñoy, Pezzoni, Mallea, Manucho, Blaisten, Costantini, y muchos más, sin contar los que tomaron otros caminos; fueron gente admirable, generosa y honesta. En cuanto a las mujeres, María Esther de Miguel, Marta Lynch, Marta Mercader…, Bullrich, ¿qué decir?… Damas argentinas, y ya. El molde se hizo añicos. Era otro país, claro; no este pedazo de tierra en manos de cipayos en relación de dependencia con la Banca Mundial. Por otra parte no creo que en otras actividades se mantenga algún espíritu de confraternidad. Eso existió en un tiempo donde el mayor adelanto tecnológico era la radio. Hoy hay mil tentaciones que nos idiotizan robándonos el tiempo, haciéndonos vivir al cuete. Y encima creemos que somos felices. Pero en el caso de que sí, como usted sueña, se pudieran reunir cuatro, cinco o diez escritores, le aseguro que cada uno de ellos estará mucho más atento a su celular que a la conversación que estén entablando.
¿Se considera un outsider del establishment?
Creo que cuando uno se autocalifica, corre el riesgo de patinar feo y darse un buen porrazo. Pero, como esta pregunta se corresponde con la anterior, digamos que no puedo escurrir el bulto. No creo ser yo, por elección, eso que usted dice. En tal caso, la ausencia de amigos que ya no están, como ya dije, y la urgencia de vivir, hacen que cada uno pueda ser etiquetado convenientemente, o no. Y ahí me cae la palabreja que usted esgrime. Haciendo cuentas, y remitiéndome a otros ejemplos, como Kordon o Denevi que sí eran marginales pero tomaban un café por la tardecita y varios whiskys en el Bajo, puedo aceptar lo suyo si es para bien. Pero, en tal caso, es que no tengo más remedio. Supongo que soy algo así como un Sade en atraso. El divino marqués nunca quiso ser la rata maloliente que resultó ser, él sólo ambicionó ser un famoso dramaturgo de comedias suaves, ganar mucho dinero, y ser festejado por la gran burguesía. Nada fuera de lo normal, digamos. El destino dispuso otra cosa. Además no sé hasta dónde es bueno o no, ser eso que usted dice. ¿Es un honor, un desprecio?…
Me gustaría conocer su opinión sobre los autores nacionales nuevos que le interesan.
Entre los autores que me merecen fe por estar libres de toda contaminación, leo a: Nélida Arp, Carlos Crosa, Ramón Minieri, Diego Kenis, Alejandra Tenaglia, Alfredo Vento, Claudio Barbosa, Facundo Soto, Gabriela Cabezón Cámara, Rubén Revagliatti, Susana Aguirre, Federico Racca… En el caso de los consagrados, debería decir que todos me han interesado y me interesan, pero sacándole punta al lápiz anoto: Mármol, Sarmiento, M. Estrada, Marechal, Martel, Wast, Mallea, Barón Biza, Storni, De Miguel, Lynch, Almafuerte, Eduardo Gutiérrez, etcétera…
¿A qué se debió el éxito de Las Tumbas, cómo surgió?
Las Tumbas fue sugerido por Don Miguel Cané. Primero vi la película y me gustó. Luego leí el libro y decidí hacer mi versión de Juvenilia. En ese entonces yo ya estaba influenciado por Miller, Céline y la generación golpeada. Y los que me dieron una mano desde aquí, fueron Alfredo Varela, Manauta, Biza. Pero, de verdad, el libro que realmente me ayudó, su lectura, para que yo me decidiera fue El sendero de los nidos de araña de Italo Calvino. Es su primera novela, la guerra desde la mirada de un chico. Tanto me encantó cómo narraba las aventuras y peripecias de ese chico, que yo me dije: puedo hacer lo mismo. También me sedujo los Barcos de Papel, de Álvaro Yunque. Eran historias de chicos de barrio. Lo mismo que con Calvino, me dije: puedo hacerlo, y bien, si aprovecho el decorado. Por eso es que sueño para que alguna vez Las Tumbas se lea como ficción y no como documento o testimonio. Resumo: Las Tumbas se lo debo, en orden, a Miguel Cané por sobre todo; luego a Calvino y Yunque.
¿Cuál es el tipo de literatura que más disfruta leer y admira?, ¿por qué?
Novelas, ensayos y memorias. Todo lo que sea apasionado y controvertido. Admiro, como bloque, primero que nada, a los franceses, aprendí mucho de ellos: Stendhal, Flaubert, Hugo, Balzac, Proust. La Leduc me vuelve loco. Mi buen amigo Pepe Bianco me regaló un primer ejemplar traducido por él de La Cacería del Amor de la Leduc. Me dijo: “Leélo con atención, te va a gustar.” Tolstoi, Melville, Dostoievski… Miller, Kerouac, Mailer. Creo que Mailer debió tener el premio Nobel, lo mismo que Baroja. Las memorias de Leni Riefenstahl me pareció brillante. Los últimos libelos de la Oriana Fallaci son extraordinarios, me recuerdan al Mea Culpa y Conversaciones con el Profesor Y de Céline, son larguísimos improperios que hay que tener un estilo muy seguro y firme para sostener durante páginas y páginas. Últimamente descubrí un ex comunista, militante de la pesada en la guerra civil española que me fascina porque en sus memorias cuenta el otro costado de ciertos mitos, es Pío Moa.
El lenguaje ha sido una de sus mayores obsesiones. La cadencia argenta, la voz argentina…
Sin duda, sí, trato de cuidarlo, ser respetuoso con el lector. En un tiempo escribía sin importarme el lenguaje, sólo me atenía a aquello de Oscar Wilde: “el escritor tiene dos obligaciones: 1) tener algo que decir, 2) decirlo”. Y yo ya me daba por hecho. Creo que El Escritor, el amor… y El jardín de…, son mis mejores textos, en cuanto al cuidado y el logro. Lo que sí hago es tratar de conseguir un estilo, mezclar un término lunfardo en una línea elegante, por ejemplo. Pero siempre respetando el personaje. En realidad siempre fui muy obsesivo, desde el principio. Por ejemplo en Tumbas, al final hay una línea que en las primeras ediciones decía: “debe ser terrible morir retorcido bajo las ruedas de un tren”… Y no me cerraba. Yo sentía que esa reflexión no bastaba para el Pollo-narrador. Y pasadas unas ediciones le encontré la vuelta, y la cambié por “debe ser incómodo morir …” Este detalle no cambia absolutamente nada en la historia ni en la lectura del lector, pero sí pinta mejor al personaje, la frase deja de ser un lugar común, y la reflexión resalta por lo picaresca.
Para William Burroughs, el ser humano está alienado por el lenguaje. Lo considera un virus, un parásito que ha elegido nuestras mentes como hábitat. ¿Cree que exageraba?
Creo que sí, si es que él apuntaba a una obsesión por la pulcritud. No creo para nada que en la sociedad en la que vivo nadie esté alienado por el lenguaje. Todo lo contrario: la degradación general comienza por el lenguaje que ha ido mermando en importancia y en uso de manera extraordinaria. Creo que hay estudios que marcan el enorme desuso de infinidad de palabras. Cada vez nos manejamos con menos palabras. Es un espanto, teniendo uno de los idiomas más ricos del planeta, sino el mejor. Nuestra juventud se maneja con cuatro o cinco palabras y ya, total, para aspirar la droga es suficiente. Los diccionarios ya han dejado de ser orientadores y explicativos, ahora aceptan cualquier paparruchada y dale que va. Ojalá Burroughs hubiera tenido razón, otra sería la historia.
Hay un dato particular de su vida que me agradaría conocer, si es posible, claro. En 1996, junto con Adolfo Bioy Casares es invitado al Festival Internacional de Literatura de Saint-Malo. ¿Guarda alguna anécdota junto al autor de La invención de Morel que le agradaría compartir de aquel fugaz encuentro?
No, no fue un fugaz encuentro. Con Bioy fuimos muy amigos a partir de 1974 en que él y yo hicimos un reportaje juntos para la revista Gente. Fue una nota de unas seis páginas, creo. Y para mí, el de él fue un gesto tan maravilloso que aceptara un reportaje con un escritor que recién había publicado dos novelas, que se lo dije muy agradecido. Y a partir de ahí nos encontramos seguido en La Biela y en un bar cercano, en la esquina de su casa. Incluso íbamos al Cine Club de la Hebraica, creo, a ver películas policiales de la época en que él y Borges eran fanáticos. Un día veo que se desliza en el asiento, como si se resbalara, desintegrándose al suelo, y me asusté porque creí que se sentía mal, entonces le pregunto eso, y agarrándose la cabeza me dice: “No puedo creer cómo defendíamos estas películas!”. Cuando él se pone mal yo estoy con familia en Francia y nos hablamos a las largas. Pero yo ya no aguantaba verlo doblado, con la espalda torcida, me daba mucha pena. Yo alcancé a verlo pleno. Y fue buen amigo porque recuerdo que cuando nos prohibieron a Puig y a mí al primero que llamé fue a él. Me dijo, con un reproche amistoso: “Mirá en la que me metés”, y él encabezó la lista de los que nos apoyaron en contra de la prohibición de entonces. En cambio, cuando lo fui a ver a Jauretche en el bar El Foro, de Corrientes y Uruguay, por más que siempre me había dicho que Las Tumbas le había gustado un montón, no quiso firmar, se excusó echándole la culpa al comisario de turno. En ese momento me dio bronca y durante un tiempo no le di bolilla, luego volvimos a vernos por mediación de Ulises Petit de Murat, que en un tiempo había hablado mal de Las Tumbas, pero luego nos hicimos amigos. Ulises firmó. Ahora, con el paso del tiempo, me reconcilié con Jauretche porque comprendo su postura. Lo mismo que la posición de Borges que, por más que yo le decía que tenía una oportunidad para desacartonarse, no cayó en el lazo, como dice uno de sus poemas. No me firmó pero siempre me siguió considerando. Él me consiguió un trabajo y allí lo conocí. Yo estudiaba inglés en Icana, y un día a la salida él pasa y lo saludo. Estaba perdiendo la vista pero aún veía lo suficiente como para caminar solo, pero con bastón. Nunca lo ví sin bastón. Era el año 56 ó 57, creo. Le charlo y él se alegra de que estudie inglés y yo le digo que ambicionaba ir a Estados Unidos para practicarlo, mentiras, para disfrutar. Entonces él me dice que había una librería inglesa donde necesitaban un cadete, y allí podría practicar. Ese mismo día fui y me tomaron. Era el pibe de los mandados. La librería era “MacKern´s”, Sarmiento 525. Él venía a revisar libros y compraba. Las vendedoras me dejaban hacerle el paquete para que charláramos. Un día le pregunto por una novelita que estaba sobre la mesa y me dio una conferencia sobre el autor: John Dickson Carr escribía novelas con un estilo, pero cuando firmaba la tapa como John Carr Dickson cambiaba el estilo. Y me contó algunas de las tramas. Pasado el tiempo, siendo ya escritor, yo, cada vez que lo veía, sentía que debía presentarme como el pibe de “Mackern´s”. Él se reía y le sacábamos el cuero a “Mister Smith”, el gerente, que según Borges no era inglés sino un irlandés de cuarta. Villordo me los presentó a casi todos en el bar de la Nación. En una charla que Borges dio en el sindicato o en la casa del canillita, estando Villordo de coordinador y ya levantándose la reunión le pregunta a Borges qué opinaba de la literatura joven indicándome a mí entre el público, y Borges, que ya no veía, muy serio dijo “la literatura de Medina es necesaria porque concientiza al lector, además a los dos nos gusta Rita Hayworth” y rió. En El Último Argentino le hice un homenaje poniendo un cuento sobre “nosotros” tres, Rita, él y yo. En la casa de Sábato un día fui con la cámara haciéndome el canchero para sacarle fotos a él para publicidad, y de paso con mi hija de 4 años. Pero fue un bochorno porque cuando las mandé a revelar las fotos me salieron, en cada fotograma, mitad oscuras porque yo había puesto mal la velocidad. Estaba tan avergonzado que ni lo llamé para disculparme. Él me llamó varias veces preguntando, y yo zafando, hasta que Matilde (su esposa) supongo lo calmó. Manucho era divertido y muy irónico y muy rápido, yo no lo sabía hasta que un día, creyéndomela, para mandarme la parte le hice alguna observación poco feliz y redondee explicándole que yo nunca podría escribir como él, refiriéndome al estilo, y enseguida él contraatacó: “No te preocupes, yo tampoco podría escribir como vos”. O me lo presentó Lastra o Gudiño, o Villordo en La Nación. Denevi me llamó por teléfono por Con el trapo en la boca, le había gustado el discurso de la protagonista. Me dijeron que en el programa de radio que Neustadt tenía por la mañana y donde Denevi era columnista había hablado muy bien del libro. Con Mallea coincidimos en la preferencia por las estrellas del cine. Era muy serio. Yo le hablaba de Rita y él de la Crawford. Me contó que su primer cuento lo había escrito casi de pibe; había sido una descripción de un living hasta llegar a una mesa donde había un retrato de ella. Había sacado la idea del primer capítulo de La Bolsa, que me hizo leer y siempre se lo agradecí. Dramático fue cuando Di Benedetto luego del exilio retornó al país. No aguantó el llanto frente a las cámaras de canal 13. Luego me abrazó y me dijo “Pensar que yo te leía en la cárcel”, claro yo también lloré. Eso lo cuenta él en el prólogo que me hizo para Transparente.
Usted ha vivido muchos años en Francia. ¿Qué aspectos le resultan interesantes de su cultura?, ¿por qué?
Desde hace 25 viajo todos los años porque tengo dos hijos franceses, que ya se están yendo… Pero al margen de eso Francia es una maravilla inacabable, que lo que yo podría decir nada agregaría a lo que ya está dicho desde siempre.
Hablando de la tierra de Proust y Balzac, intuyo que Céline es uno de los autores a los que más veces habrá vuelto…
Es el escritor que me definió. Luego de leer el Viaje, tuve en claro que sería escritor. Lo releo y siempre le encuentro algo nuevo. En La Espera Infinita, le dedico un capítulo, analizando uno de sus párrafos más tocantes, con las distintas traducciones hechas sobre su novela. Visité su casa y conocí a la viuda.
Para terminar, Medina. ¿Qué piensa de la nueva narrativa argentina?
No puedo hablar con autoridad sobre lo que se está haciendo, ya que debido a problemas visuales, estoy algo limitado para leer, así que no podría dar un amplio panorama y concluir con un diagnóstico medular. Pero sí, creo de verdad, que la narrativa argentina continúa siendo una de las más importantes en idioma español y, contra viento y marea, siempre apareció un nuevo grupo de escritores, disímiles entre sí pero aunados en la misma propuesta creadora, que dieron muestra de exquisitez, rompimiento y novedad, acrisolando los valores de nuestra literatura. Esto siempre ha sido así y, no tengo ninguna duda que seguirá siéndolo.
