Sí, Padre, hace pocos días que comenzó a llover fuerte, pero el tejado del templo está tan desgastado que no aguantó estos aguaceros. ¡Con los años que tiene! Además, no ha sido éste el único invierno: las goteras son viejas, de al menos dos o tres, si no es que más, por eso causaron tanto daño en las paredes, borrándoles el color y agregándole esos verdes y marrones que son los hongos por la humedad que se huele. Vamos a tomar unas fotos y a evaluarlo todo, el estado de las maderas y los muros, la condición del techo, sobre todo la torre que es lo más amenazado de ruina. Así las cosas, es mejor cerrarla, no va y sea una catástrofe con gente adentro. Se las enviaremos al obispo y a los periódicos para justificar el cierre y conseguir apoyo, unas cuantas monedas que va a costar reparar todo esto.
Apenas pudo limpiarse las lagañas de los ojos cuando sonó el teléfono. El autoritario obispo, al otro lado de la línea, gritaba más que hablaba. ¡¿Cómo pudo permitir que publicaran esas fotos?! ¡Y cerrar la iglesia! ¿Dónde tiene la cabeza, Padre Gustavo? Precisamente hoy domingo, cuando más personas leen los diarios, ¡y en primera página! ¿Se ha vuelto usted loco? Ese pueblo no me da más que quebraderos de cabeza. Estoy a punto de lograr del Cardenal una ofrenda especial para reparar al menos la bóveda, y viene usted a armarme semejante escándalo. Sí, entiendo eso de los riesgos, pero debió consultarlo; lo habríamos manejado de manera discreta, ahora no sé cómo vamos a solucionar el zafarrancho que armó, Padre.
Lupita escasamente lee. Sabe hacerlo, pero ese es un ejercicio del domingo, único día en que se compra el periódico en su casa. Ese domingo ve las fotos de la pequeña iglesia parroquial cayéndose, con las paredes escaldadas y manchones de colores dejados por el agua en su camino. Como tantos creyentes, se persigna con horror ante la evidencia del estrago, hasta que algo especial le roba la mirada: “no es una mancha, es una imagen”, dice, mostrándosela a Lourdes. Su hermana la mira, incrédula en principio, se frota los ojos y mira de nuevo e inmediatamente cree. Ella también la ve, no dudan.
Rancho Viejo no es una barriada pobre. Clarita encuentra el periódico dominical servido al tiempo con los huevos rancheros y el chocolate caliente. Al repasar las fotos, de manera intempestiva deja caer la taza y se escucha un “¡Oh Señor!” haciendo coro al estrépito cerámico. No se frotó los ojos, pero tampoco duda.
Si alguna vez viviste en un lugar montañoso del trópico, Las Mercedes lo resume todo. El calor húmedo, el olor del verde y de los frutos que maduran hoy sí y también mañana, eso por la lluvia cotidiana y el sofocante sol que los acompaña día a día. El pueblo no es muy grande, suficiente para tener párroco, alcalde, juez, médico rural y estación de policía, y a no mucho de los centros urbanos importantes, así que todos los de por aquí saben dónde queda. El alboroto que se armó fue mayor que el tamaño del villorrio. Pedro, Juan, José, María, Antonia, Lupe y dos mil más que oyeron a Lupita, Lourdes y Clarita comenzaron a ver la imagen en vez de la que fue una mancha laboriosamente pintada con brochazos de lluvia y humedad. Una imagen con un pálido velo de azul aguamarina y un perfil muy suave, como queriendo hablarnos, no puede ser más que un milagro.
En pocas horas se regó la bola, y la iglesia, que era más una ermita agrandada, tuvo que ser reabierta por la presión de los cientos de creyentes que llegaron para ver con sus ojos el prodigio. Como seguía lloviendo, el padre Gustavo se aprestó a reforzar sus oraciones para que no se derrumbara la techumbre podrida. La llamada al obispo buscando su apoyo en la decisión del cierre se convirtió en un descalabro. ¡Claro que no padre!, el daño ya está hecho y necesitamos cosas como ésta que son fertilizantes de la fe, no podemos nadar contra la corriente cuando nos está arrastrando. ¡Ni se le ocurra hablar llevando la contraria a lo que la gente cree!
Para mantenerla abierta hubo que construir una gran empalizada rematada en un toldo que lo cubriera todo, y trabajar de noche, a marchas forzadas, con la premisa clara de no tocar la mancha, el milagro. Trajeron desde la catedral alcancías de limosnas que se llenaban y había que remplazar cada treinta minutos, especialmente en los fines de semana. Al milagro se le armó su propio nicho, un poco más grande que los de los santos vecinos, y espacios aledaños en los cuales colocar las muletas, las tablillas de cerámica o mármol con expresiones jubilosas dando gracias y demás abalorios que dejaron los tocados de milagros.
Stephen Johnston, en su nativa Chicago, había sido un exitoso fotógrafo del diario vivir, a lo que añadía un costoso pasatiempo: fotografiar los lugares de apariciones milagrosas. Así recorrió el mundo, registrándolos con sus milagros cuando se suponía que eran visibles. Había viajado desde Garabandal en el Cantábrico hasta Siracusa, en Sicilia, pasando por Banneux en Bélgica, la holandesa Ámsterdam, y Akita en el Japón, Betania en Venezuela, Cuapa en Nicaragua, Kibeho en Ruanda y Damasco en Siria, Nueva Orleans y las ocurridas en la misma Chicago y vecindarios. Mr. Johnston llego atraído por el bochinche que se armó en torno a la imagen, pidió permiso para fotografiarla durante la noche sin fieles en el templo y lo consiguió. Como a muchos, le pareció solo un borrón en la pintura y con ese comentario publicó su trabajo en los diarios. El padre Gustavo le apoyó sin condiciones porque a pesar de que la barahúnda lo convirtió en Monseñor Gustavo Camargo y le dio dinero suficiente para reparar cuanta cosa se propuso en la iglesia, nunca pudo ver algo diferente a una mancha, lo que también en voz baja le confesó el Obispo.
Mostrar las nuevas fotos fue echarle leña a la hoguera. No bien salieron, y otros cuantos miles vieron lo contrario que Mr. Johnston y Monseñor querían probar. La romería creció, la calle se llenó de vendedores ambulantes de tortillas y gorditas, guacamole, frijoles refritos, chorizos y demás en esa feria de ocasión, y las inevitables reliquias de tierra santa extraída de la restauración. José tuvo que traer a su mujer, sus hijos, sobrinos y toda la familia Garza disponible, para poder atender los pedidos de la multitud hambrienta que esperaba horas para entrar a la capilla, donde solo podían estar ante la imagen milagrosa unos segundos.
Con el paso del tiempo las visitas se fueron espaciando y escasearon los milagros. La reconstrucción dejó un pueblo más grande, una hermosa iglesia diocesana, nuevos restaurantes, buenos hoteles y mejor carretera. Años más tarde retiraron la mayor parte de las muletas y objetos producto del original multitudinario agradecimiento; por último, quitaron las tablillas que no fueran en mármol, terminaron de arreglar el remanente de la humedad y los hongos del pedazo de pared que permitió a Las Mercedes su milagro, y en el nicho de la imagen se pintó un pequeño mural de Jesús sanando enfermos. Stephen Johnston regresó, recorrió la antigua ermita ahora embellecida y agrandada, conoció al padre Daniel, el nuevo párroco y preguntó por la imagen. Él solo atinó a decirle: “El día que me entregaron la parroquia, Monseñor Camargo, el Obispo, me contó que aquí ocurren milagros”.