Jose Poveda Cruz (Placetas, Cuba, 1961). Ha publicado los poemarios: Cercos que teje la memoria (1990), El Bosque y las sombras (2004), Otras veladas profecías (2011) y Señales de Humo (2014). Su obra ha sido recogida en numerosas antologías en Cuba y el mundo. Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas. Es Master en Historia y Cultura.
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La imagen de la tribu
Me cansé de la imagen de mi tribu
y cambié de lugar.
Tomaz Salamun
Juego con las palabras para serenarme,
mediante este extraño rito me libro de escarchas
y cenizas. Aclaro mis dudas como un gato que
se lame el pelaje desde la cola hasta la cabeza.
Pocos lo pudieran entender
¿Acaso eso importa?
Nadie pretende ser mi cómplice
en esta aventura de sobrevivir el día tras día,
cada cual carga con su propio equipaje.
El contacto con la poesía exige esfuerzo
es una mujer celosa y colérica.
Escribir en tiempos de sequía
con los códigos del lenguaje de mudos
exige una tenacidad a prueba de ternura.
Hacer versos para luego leerlos
para luego quemarlos,
para que alguien, en la anónima multitud
se apropie un ápice de su ambigüedad
requiere la valentía de apartarse de la tribu.
Solo el poeta se atreve a desafiar las normas
el autoexilio es más atroz que el hambre.
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Elogios & silencio
Estos seres me ofrecen la gracia, el desatino,
la alienación de una vida virtual.
A cambio me piden un trocito de lengua
que multiplique mi mutismo al cuadrado,
y que en vez de detonar las palabras
las amanse con gestos inequívocos.
Quieren que sea feliz como un lobo amaestrado
y que renuncie a desafiar los miedos.
Alrededor de mi se han congregado
las circunstancias más dispares,
ataviadas con el ropaje de la discordia
aún así debo abstenerme de
participar en el festín del luto.
Alguna vez pensé algo diferente
cuando todos rumiaban sus rencores.
Eso me lleva a recelar de mi propia
imagen reflejada en los espejos.
Estos seres incautos me proponen
el oportuno premio del olvido.
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Manuscritos del vigía
Estoy anclado a este presente como alguien
que mira hacia atrás, sujeto por un hilo
de araña al umbral de Dios.
Los marineros abandonan el bajel de forma
taciturna y subrepticia,
el capitán y la tripulación miran indiferentes
hacia la blanca línea del horizonte.
Estar encallados es peor que el naufragio,
es una lenta forma de autofagia.
Hay una antigua y muda orilla que me nombra
imposible llegar hasta ella
no puedo nadar,
estoy amarrado al palo mayor.
Enredado en las arboladuras de este tiempo
remolino que habrá de absorbernos
para el nunca jamás.
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Pasajero de una sola estación
No podrás ver la inocencia, no podrás
no es tan sencillo como beber aguardiente junto
al rio. No podrás fabricarte los sueños que dejaste
atrás, no podrás.
No te sobornarán las vísceras sangrantes,
ni el cuerpo de la res ,su dueño presuntuoso,
con las manos metidas en la masa.
No vendrán los cantos de sirena desde el bajel de Ulises.
Cuando te quites los tapones de los oídos
será el tronar de una música insípida quien
te impida entrar en tu propia cordura.
No podrás tirar la moneda y esperar cara o cruz.
No te dejarán hablar llegado el momento,
está excluido el tiempo y otras dimensiones.
Cuando llegues adonde perteneces.
Otros seres que fuiste y te habitaron
serán quienes te esperen.
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Pasos en la niebla
Es morboso el modo que tienen los comerciantes
de dar gato por liebre en los mercados.
Los observo manipular las pesas y las formas
en un jugueteo sutil y habilidoso
que me hace dudar de mi propia cordura.
Con los espejuelos empañados
transito cada dia mi ruta habitual
de un lado a otro de la ciudad.
Veo como cambia el aspecto
de las casas,a través del cristal.
Ríen a carcajadas los beodos en las esquinas
y se extravía su eco aplastado
por el peso de los carromatos.
Al final de la jornada
regreso exhausto y perplejo
cuento los pasos caminados
y los coloco una tras otro
en el fondo del arca
del tiempo perdido.
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Testimonio del náufrago
Nadie me había advertido que habito una quimera
con la misma inocencia de un niño que palpa
un caracol.
La apariencia del agua me aterraba y al final
su omnipresencia terminó por consolarme,
era un sentimiento contradictorio como
un dolor de muelas del que no puedes desprenderte.
El mar no llegaba hasta mi portilla, en cambio
admirables oleadas de polvo sacudían mi barriada
de vez en vez.
Continué tirando las barajas,
los naipes afirmaban lo contrario,
era ciudadano de ninguna parte, no había isla,
ni mar, ni peces, ni pescadores echando sus redes.
Estaba desolado y deliraba.
