El Bola de Nieve de Ramón Fajardo

Sobre la biografía Bola de nieve. Si me pudieras querer, de Ramón Fajardo Estrada

Dulce María Sotolongo Carrington

Bola de Nieve. Si me pudieras querer
Ramón Fajardo Estrada
Unos&Otros Ediciones, Estados Unidos, 2019

 

Bola de Nieve es uno de esos artistas cuya historia podría inspirar a muchos: Negro, pobre, homosexual con una voz poco privilegiada que el mismo llamó de manguero o de vendedor de ciruelas o duraznos llegó a conquistar los grandes salones de su época en países como México, Brasil, Francia, Argentina, Estados Unidos, Bulgaria.

Existió cuando la música cubana se adueñaba del mundo y ritmos como el danzon, el mambo, el chachachá, la conga, la rumba y el bolero servían de embajadores para la Isla Caribeña.

Leer el libro Bola de Nieve. Si me pudieras querer de Ramón Fajardo es como asistir a una de esas actuaciones memorables al lado de Rita Montaner o Ernesto Lecuona disfrutar ese virtuosismo capaz de hacer aplaudir hasta el público más selecto porque decir Bola de Nieve, es decir, la canción cubana, elevada a la excelencia.

Ignacio Villa como se llamaba este intérprete regresa a la vida en esta biografía donde se va de la muerte del interprete al nacimiento para que podamos asistir a su mejor actuación: su vida, una vida dedicada a la música donde hay pasión, odio, homofobia, racismo, pero sobre todo amor, arte y muchas ganas de triunfar.

Sazonada por datos, anécdotas, referencias, testimonios, por ejemplo; pocos saben que el escritor Alejo Carpentier, premio Miguel de Cervantes Saavedra 1978 describió las fiestas en la casona guanabacoense de Bola de Nieve en La consagración de la primavera, el personaje de la bailarina rusa Vera —después de su llegada a La Habana, procedente de Europa— es invitada a asistir a una de ellas para que pueda apreciar nuestro folclore coreográfico:

Y a ese lugar llegamos, una noche, después de cruzar la bahía en la lancha Nicolás Lenin, y de tomar un autobús en Regla, frente a una taberna mexicana pintada con colores de sarape, oliente a tequila y guacamole, cuya rocola patriotera y jingoísta alzaba voces de mariachis en jipíos de corridos a la gloria de Jalisco o de Pénjamo… El lugar era la casa de un músico negro, cantante y pianista —lo llamaban Bola de Nieve— ahora en gira por América del Sur, y que, en su ausencia, dejaba sus puertas abiertas a quienes en su patio querían armar holgorios de tipo familiar, bajo la nada engorrosa vigilancia de una madre anciana, ahora atareada frente a sus anchos fogones, en una preparación de olletas de «rabo encendido», que la tenían andando a lo largo y ancho de la cocina, a paso de baile, añadiendo percusiones de cucharón sobre cazuelas y sartenes a la concertante batería que afuera se estaba organizando. Porque, aunque todo hubiese empezado como cualquier fiesta un poco aldeana, con las mujeres modosamente sentadas en círculo en torno al espacio de danza, ya los tambores empezaban a tronar, golpeados por hombres de una rara corpulencia que, durante el día, trabajaban en la estiba de barcos.

Y, cuando volvimos a cruzar la bahía a bordo de la Nicolás Lenin: «Si Nijinsky hubiese contado con bailarines así, su coreografía primera de La consagración de la primavera no hubiese sido el fracaso que fue. Era esto lo que pedía la música de Stravinsky: los danzantes de Guanabacoa, y no los blandengues y afeminados del ballet de Diaghilev”1

 

Nadie mejor para describir físicamente al cantante que el crítico Antonio Quevedo en el artículo Bola y piano publicado en 1960 para Información:

Este «Bola» no es un bola cualquiera. Es una Bola de Nieve negra, que es la mayor paradoja que puede concebirse. Dientes que son un destello de luz al reír su dueño, y un signo de salud física que desafía lo perecedero de la vida humana. Unos ojillos maliciosos, turbadores en la intención, que ríen por arriba, así como sus dientes ríen por abajo. La frente se abomba sobre los temporales como un arco de bóveda sobre sus apoyos. La nariz se desparrama sobre las mejillas, gozadora de los olores del mundo. Y toda esta cabeza con sus atributos es una bola de billar que no juega en mesa alguna, salvo en la del comedor a las horas del almuerzo y la cena.

También Ramón Fajardo apela a otros críticos como Andrés Segovia —el más destacado guitarrista clásico del siglo XX— afirma: «Cuando escuchamos a Bola parece como si asistiéramos al nacimiento conjunto de la palabra y la música que él expresa»;2 y el dramaturgo Jacinto Benavente, —premio Nobel de Literatura— opina: «No se puede hacer más con una canción».3 A su vez varios críticos españoles coinciden al observar calidades de alto rango en el desempeño profesional de Bola de Nieve y subrayan su carácter polifacético al abarcar desde un lied y canciones sentimentales hasta composiciones de pura raíz afrocubana

El testimonio de Ignacio Villa aparece reiteradamente en esta biografía, quien mejor que él para que lo conozcamos mejor y sepamos el secreto de su éxito.

[…] Creo que lo que mejor me califica es mi personalidad de intérprete. No soy exactamente un cantante, sino alguien que dice las canciones, que les otorga un sentido especial, una significación propia, utilizando la música para subrayar la interpretación. Si hubiera tenido voz hubiera cantado en serio, me hubiera gustado cantar en serio, me hubiera gustado cantar ópera, pero tengo voz de manguero, tengo voz de vendedor de duraznos, de ciruelas, entonces me resigné con vender ciruelas sentado al piano. Cuando interpreto una canción ajena no la siento así. La hago mía. Yo soy la canción que canto; sea cual fuere su compositor. Por eso, cuando no siento profundamente una canción, prefiero no cantarla. Si yo canto una canción porque está de moda, pero no la siento, entonces no la puedo transmitir, no le puedo dar nada a quien me escucha. Yo entiendo por arte dar las cosas como uno las siente, poniendo al servicio del autor la propia sensibilidad, y establecer esa corriente que hace que el público ría o llore, o guarde silencio.4

Después de la lectura de esta apasionante obra podemos contestar a Bola de Nieves: Si te queremos Bola como también deseamos seguir leyendo otras ofertas de Ediciones Unos y Otros quien se vistió de gala con la publicación de este libro, lo añade a su ya selecto catálogo y da pasos firmes en su interés de convertirse en la principal divulgadora de la historia musical de nuestro continente.

Notas del artículo

  1. Alejo Carpentier: La consagración de la primavera. Siglo XXI Editores, 1978, pp. 257-260.
  2. Raúl Nass: Art. cit.
  3. Fernando G. Campoamor: Art. cit.
  4. Fernando Rodríguez Sosa: «Bola con su sonrisa y su canción». Revolución y Cultura, La Habana, agosto de 1981, p. 21.