Fuego a voluntad
Fernando Carrera
(Instituto Municipal de Cultura de Toluca, 2018
Conocí a Fernando Carrera y su poesía hace ya varios años, durante un encuentro de escritores en el que coincidimos como participantes. En cuanto lo escuché leer, su poesía destacó, para mí, del resto por su calidad, su –precoz– madurez, su belleza y porque, a diferencia de la mayoría de los trabajos presentados, caracterizados por una intencionalidad “experimental” no siempre lograda y en todo caso cuestionable –porque el gesto vanguardista lo agotaron en sí mismas las Vanguardias Históricas–, el suyo era fruto de una apropiación de la Tradición, es decir, del Canon. Insisto en el término “apropiación” porque no significa mera copia, sino lectura atenta, crítica y asimilación de lostextos que consideramos canónicos. Lo anterior no quiere decir que Fernando Carrera desconozca las vanguardias –al contrario, su poesía denota que las conoce muy bien, tan bien como para evitar tratar de repetirlas–que, paradójicamente y aunque nos pese, son parte del Canon, ni que escriba como si no hubieran ocurrido. Lo que quiero decir es que Carrera no repite el acto parricida que derroca a un soberano para siempre sustituirlo por otro, acaso más opresor. En cambio, se sienta frente al Padre y dialoga con Él para conocerlo, aprenderlo y aprehenderlo e, inevitablemente, cuestionarlo.
Antes de Fuego a voluntad (Instituto Municipal de Cultura de Toluca, 2018) –ganador de los V Juegos Florales Nacionales 2017 “Horacio Zúñiga”–, Fernando Carrera había publicado dos volúmenes de poesía: Expresión de fuego (2007, Mantis Editores y Secretaria de Cultura de Jalisco) y Donde el tacto –Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”– (2011, Instituto Cultural de Aguascalientes), este último reeditado en edición bilingüe español-francés como Donde el tacto – Là où le toucher (2015, Mantis Editores, Écrits des Forges yla Secretaria de Cultura de Jalisco). Esta información no es ociosa por dos razones: La primera es que Mantis Editores, la “casa” de Fernando Carrera, es una de las editoriales independientes más prestigiosas de México, tal vez la más importante especializada en poesía, con un catálogo impecable. La segunda es que, cuando un poema, es decir, un objeto estético cuya materia es la palabra, es traducido, en realidad se compone un nuevo texto que trata de reproducir el efecto estético del original. Lo cual es una prueba de fuego para todo poema, pues lo que se traslada de la lengua original a la lengua de arribo es la poesía, la cualidad poética del uso de las palabras, no las palabras mismas. Puede que el poema “no funcione” en la lengua de llegada o que el traditore traduttore realmente “traicione” el espíritu del texto original y le dé una “ayudadita”. No es el caso. Los poemas de Donde el tacto – Là où le toucher “funcionan” tanto en el original castellano como en las versiones de Françoise Roy.
Dicho lo anterior, expondré mi lectura de Fuego a voluntad. Mi hipótesis es que este libro dialoga con el padre de la poesía moderna, Arthur Rimbaud, específicamente con su famosa carta a Paul Demeny del 15 de mayo de 1871, conocida como “Carta del vidente”, donde expone su proyecto poético, su poética. Allí, Rimbaud afirma: “Así pues, el poeta es verdaderamente ladrón de fuego”. Lo cual equivale a decir que el poeta es Prometeo, el titán que amaba a la humanidad y que robó el fuego del Olimpo para regalarlo a los hombres, a quienes, además, enseñó muchas artes. Prometeo es, por tanto, un héroe civilizador. Sin embargo, por su causa también se liberaron los males en el mundo, pues Zeus, en venganza por el hurto, mandó a Epimeteo –hermano de Prometeo– una mujer, Pandora, para que la tomara como esposa. Y Pandora llevaba consigo un ánfora que no debía abrir, pues contenía todas las desgracias, pero pudo más su curiosidad y los males se derramaron por la tierra.
No es extraño que Rimbaud identifiqué al poeta con Prometeo, pues hace al primero responsable por la humanidad, “un multiplicador de progresos” cuyo deber es crear “la verdadera vida” y reinventar el amor. Una de las causas plausibles de que Rimbaud abandonara la literatura –además de que la agotó para sí mismo en el corto lapso de dos años– es que su poesía no transformó la vida, incluso pasó casi desapercibida para sus contemporáneos. Cuando la obra del eterno adolescente fue “descubierta”, Rimbaud llevaba años abocado a su empresa africana de acumular oro. Pero, si bien la obra de Rimbaud no cambió la vida, si dibujó el rostro de la poesía venidera.
Pues bien, Fuego a voluntadinicia después del robo del fuego y la consiguiente caída, comienzo de la condición humana que, en todas las mitologías, es una caída desde un estado de naturaleza, anterior pero impensable. En la primera sección del libro, “Un lenguaje de transfiguraciones”, el sujeto lírico se reconoce como un ente caído, arrojado a la existencia. En el tercer poema de dicha sección, “Destruiré este templo”, habla un héroe redentor, que no es Prometeo sino Cristo, clavado a la cruz como el titán encadenado a una roca del Cáucaso, y reconoce que su martirio se debió a un error lingüístico, a que él mismo malentendió sus “vocablos de fuego”, que no fueron sino “citas de hombres que creyeron ser el fuego”, quien se llamó a sí mismo “Camino / Verdad” se descubre “(el plagiario) de unas cuantas palabras”. De igual modo, sus seguidores/enemigos lo malinterpretan y devoran/destruyen su cuerpo/el templo. El último poema de la sección, “Un árbol siempre en el principio”, refuerza la idea de que es sólo a través de la caída que el hombre alcanza la condición humana.
En la segunda sección del libro, “Certeza de la devastación”, se cantan algunas imágenes de la civilización: los hombres alrededor del fuego, la escritura de la ley, un rostro olmeca –cultura madre de México–, la vida en la ciudad, una búsqueda en la Red, la destrucción de la casa que obliga al héroe a emprender su viaje iniciático, de transformación y redención.
Precisamente, la tercera sección, “Las piedras de la noche”, es un diálogo con uno de los hitos poéticos de Occidente yuna epopeyaque relata el viaje iniciático de un héroe:la Divina comedia de Dante Alighieri.Pero las bestias que debe enfrentar el sujeto lírico de Fuego a voluntad, los círculos del infierno que debe atravesar son Soberbia, Control y Abandono. Acomete esta ascesis, esta purificación, sólo para despertar en los ínferos de la carne, en “Flor de los adentros”, cuarta sección. Carne de varón y de hembra, gozosa y doliente, mortal, finita. Pues, a diferencia de Dante, que después de descender al infierno asciende al purgatorio y finalmente al paraíso, donde casi alcanza la visión de Dios, el yo lírico de Fuego a voluntad despierta a la pesadilla de la carne, de la existencia azarosa, insignificante y mortal, de una caída sin fin, donde siempre se puede descender más profundo, así en “Una luz hasta ayer desconocida”, quinta sección. Luz de tinieblas, amor que no es salvación sino consuelo y desesperación y riesgo en los poemas “Andrea trae el agua” y “H” –“H” se titula también un poema de las Iluminaciones, de Rimbaud, lo que podría indicar que mi hipótesis no es desacertada.
Finalmente, la última sección, “El indomable rojo”, se compone de dos poemas sobre la música: “José Monge y el río” y “Rachmaninov-Concierto para piano y orquesta No. 3, por Horowitz”. En ellos yace la lección, el conocimiento, la sabiduría ganada por el sujeto lírico en su viaje iniciático, descenso, catábasis: Acaso la música sea la mayor de las artes, pues, al no depender de la palabra, es, según el lugar común, un “lenguaje universal”. En todo caso, la poesía necesariamente es ritmo, palabra ritmada, musical, la música del pensamiento. La poesía está subordinada a la música. Sin embargo, la música es la más efímera de las artes, muere en el mismo instante de su nacimiento, en el instante mismo de ser creada, interpretada y reinterpretada. Sólo nos deja un recuerdo, que es más una sensación, la audición de la belleza, el sonido que nos mueve las entrañas. Un recuerdo más duradero que el sonido que lo provocó, pero igualmente finito, se va borrando como un gusto en la boca.
Pues bien, el poeta-Prometeo contemporáneo no necesita robar el fuego a los dioses que nos han abandonado, pues, artífice, puede crearlo a voluntad. Mas sabe que sus palabras no transformarán la vida ni reinventarán el amor. Su fuego es una chispa en la noche. Sus palabras son pasajeras como la música. No es responsable por la humanidad ni debe expiar culpa alguna, basta la existencia. Si es un poeta verdadero, sus palabras provocarán en quienes las oigan o las lean, que es una forma silenciosa de audición, un instante de belleza: “amor que no muere con la muerte. Fuego queen el corazón de los que escuchan prevalece”. Así este Fuego a voluntad del poeta Fernando Carrera.