"Ya no tenemos que distanciarnos de las obras y los temas clásicos, ni de la fantasía, para demostrar qué puede ser la literatura mexicana"

Entrevista con el escritor mexicano Alonso Burgos

Por Amir Valle

Alonso Burgos, y sé que es un poco osado pretender adelantarme a los acontecimientos, será un nombre que oiremos en el futuro de las letras mexicanas y latinoamericanas. Desde nuestro primer encuentro, que se produjo cuando él asistía como alumno a uno de los Talleres de Escritura Creativa que imparto en el Instituto Cervantes de Berlín, pude constatar su talento natural para narrar, acompañado ese talento por una cultura universal impresionante, algo que suele ser una «rara avis» entre las nuevas generaciones de escritores. Bastó leer un cuento para descubrir que estaba delante de un escritor, por lo cual le pedí (casi le obligué, cosa que no hice con otros alumnos con tanta insistencia) a que me enviara otras de sus piezas. Todas y cada una de ellas superaba a la anterior y proponía lecturas que, ancladas en la fabulosa tradición literaria mexicana, daba un salto hacia ese espacio donde circulan las grandes obras de la literatura universal: el de la existencia por sí misma, el de la configuración de un universo propio, independiente, que late más allá de los vientos de vida que el escritor, durante el proceso creativo, les insufla. Resultaba un crimen de lesa literatura no ayudar a alguien tan talentoso a lograr el sueño de todo escritor primerizo: tener su primer libro en las manos. Y me propuse eso como meta. Hoy, debo confesarlo, me siento orgulloso de haber encauzado esa nueva obra que conforman los cuentos de Nada más que diablos, que ahora publicamos en la editorial Iliada Ediciones, otra de las áreas editoriales de OtroLunes. Así nace esta entrevista.

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Te propongo comenzar saltando esa complicidad que nos une en torno a este libro, tu primer libro, y aunque tú y yo lo sabemos, le expliques al lector cómo  llegas a tener en tus manos estos que recientemente has llamado «mis hijos pequeños». Y para ello te lanzo al reto de mirar qué pensaste ese primer día en que te propuse que armaras un libro y qué pensaste ese otro día, aún cercano, fresco, en que ya tuviste a «tus hijos pequeños» en las manos.

De los cuentos que están en el libro, los primeros los escribí hace ya más de tres años, en verano de 2016, como parte de un curso de escritura creativa en La Rayuela, que tristemente ya no existe. Después del curso, continué escribiendo cuentos de temáticas similares, ya pensando que quizá en algún momento podría juntarlos todos en una especie de publicación. No obstante, el asunto quedó medio suspendido hasta que asistí a tu curso en el Instituto Cervantes en invierno de 2017. Recuerdo que me tomé bastante en serio tu invitación a que te enviáramos nuestros textos para que los leyeras y te bombardeé con todo lo que tenía. La verdad, al principio me pareció difícil de creer que en serio te hubieran gustado tanto esos cuentos. Mi obra nunca había recibido una aprobación tan clara y tan entusiasta, mucho menos viniendo de alguien que ya tiene tanta experiencia y reconocimiento en el oficio de la escritura. Recibir la oferta de publicar los cuentos en un libro si escribía unos cuantos más fue como estar en una situación que uno ya se ha imaginado en fantasías o momentos de ocio, pero que de pronto estaba sucediendo de verdad, y ahora que tengo el libro, y que el producto de mi trabajo de los últimos tres años puede estar por fin en las manos de cualquier persona, la sensación es bastante difícil de poner en palabras, pero definitivamente positiva.

 

A quien empieza a escribir siempre se le hace esta pregunta, pues es tal vez el primer eslabón que permite descifrar algunas claves de la escritura: ¿de qué fuentes literarias has bebido, quiénes podrían considerarse tus maestros?

Creo que los primeros autores que leí que dejaron una marca significativa en mí y en mi manera de escribir fueron Saramago y Cortázar. De hecho, en el libro hay varias referencias y una especie de homenaje general a Cortázar, porque su creatividad y su ingenio simplemente me parecen enormes, sobre todo para la narrativa corta. Con el comienzo de mis estudios de literatura comencé a abrir mi perspectiva y a leer bastante más. Por un lado tuve la oportunidad de estudiar la obra de dos clásicos que me parecen esenciales, como Kafka y Borges. Por otro lado, descubrí a Bolaño, a Sebald y a Philip Roth que fungieron de maneras muy distintas como parteaguas en mi manera de pensar acerca de lo que puede hacer la literatura. Últimamente he estado leyendo mucha literatura mexicana contemporánea y ahí también hay varios/as que admiro. Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor me parece un libro que tiene que volverse indispensable en el canon de literatura latinoamericana, y las obras de Juan Pablo Villalobos y Antonio Ortuño también han tenido una fuerte influencia en mí recientemente.

 

Escribir siendo mexicano, país con una poderosa literatura, es un reto enorme. ¿En qué sentido le debe el escritor que eres a esa herencia y, sabiendo que al menos en tus historias intentas ser universal, en qué has tenido que soltarte de esas y otras amarras a la hora de crear tus mundos?

Escribir siendo mexicano, justamente hoy en día y a mi edad, me parece algo interesante, porque siento que se está formando una apertura de las posibilidades de la literatura mexicana contemporánea para los autores y las autoras que apenas estamos comenzando. Claro que existe una tradición, pesada y majestuosa, que sería irresponsable no tomar en consideración. No creo que sea sensato escribir siendo mexicano sin haber leído a Rulfo, a Garro, a Paz o a Fuentes. Nunca lo fue. No obstante, creo que ahora, a diferencia de hace una o dos décadas, ya no es forzoso oponerse a esos clásicos para acertar una voz propia. Tengo la impresión de que para los escritores y las escritoras de los noventa y del comienzo del 2000, existía la necesidad de distanciarse de esa tradición. Se tenía que demostrar que la literatura mexicana no tiene que ser apática en cuestiones políticas, que no todo es realismo mágico o muertos que hablan, y que el «amor a la muerte» no significa que esté bien que haya tantos muertos. Creo que en ese contexto y con esa agenda se produjo el famoso crack y empezaron a escribir autores como Villoro y Volpi, y quizá más tarde Sada. Creo que hoy en día Melchor, Ortuño, Villalobos, Herbert y varios más siguen escribiendo esa literatura mexicana que lentamente se ha vuelto tan valiosa como la de la segunda mitad del siglo veinte. Lo que me parece interesante, o lo que me gustaría pensar, es que ahora, los que apenas estamos empezando con esto, tenemos el campo -y el mundo- abierto. Ya no tenemos que distanciarnos de las obras y los temas clásicos, ni de la fantasía, para demostrar qué puede ser la literatura mexicana. Podemos elegir lo que más nos llama de los ambos lados de la enorme tradición de la literatura mexicana y construir algo a partir de eso, o comenzar con algo nuevo por completo.

 

Si tuvieras que explicar a un amigo (es decir, léase un posible lector) de qué trata Nada más que diablos, ¿qué dirías?

Difícil. Al haber escrito los cuentos a lo largo de tres años en los cuales mis intereses y mi forma de ver las cosas cambiaron tanto, me cuesta trabajo encontrar un tema común, o un hilo rojo que una todas las piezas. Creo que en todo caso, la mayoría de los cuentos abordan preguntas acerca de la experiencia del humano como ser social, que busca y necesita el contacto con otros, pero que termina en muchas ocasiones sufriendo por ese contacto indispensable. Varios de los cuentos abordan esta pregunta eterna del individuo vs. la sociedad o las relaciones interpersonales, y la mayoría lo hacen desde un punto de vista más bien melancólico y pesimista.

 

Dibujo original de Esteban Vega.

Dibujo original de Esteban Vega.

¿Por qué esa portada de diablos desnudos?
Tengo la suerte de contar entre mis grandes amigos a varias personas muy talentosas. Una de ellas es Esteban Vega, que vive conmigo aquí en Berlín desde agosto y tiene un talento enorme para dibujar. El cuento que le da el nombre al libro, «Nada más que diablos», fue el último que escribí, y cuando me di cuenta de que ese motivo de los diablos podría aplicarse de una forma u otra a todos los cuentos, comenté con Esteban la idea de una portada con figuras diabólicas que estuvieran compartiendo el espacio, pero no cruzándose, como suspendidas. Me dijo que estaba dispuesto a hacer la ilustración para la portada, y le di los cuentos para que los leyera. Originalmente, yo me había imaginado los diablos más bien como siluetas o como figuras con relleno sólido, pero una vez que Esteban me enseñó los primeros bocetos de los diablos con más detalle, con más carne y musculatura de lo que tenía en mente, me enamoré por completo de la imagen. Hay catorce cuentos en el libro y catorce diablos en diferentes estados físicos y emocionales marcados por sus posturas únicas.
Llama la atención que en los cuentos incluidos en Nada más que diablos hay un sentido muy cinematográfico de lo grotesco, un juego de claroscuros típico del cine. Ciertamente es conocido que hace unos años es muy difícil librarse de la influencia del cine al escribir ficción literaria, pero ¿hasta dónde reconoces que en tu caso es posible hablar de esa influencia?
No sabría decir si se debe a la influencia inevitable del cine o a otra cosa, pero cuando intento imaginarme escenas y situaciones de lo que estoy escribiendo, lo primero que me viene a la mente y de lo que me puedo hacer una mejor idea por lo general, es de lo visual. Creo que también me siento más satisfecho con mi escritura cuando describo impresiones sensoriales visuales. Por algún motivo me parece más fácil y adecuado encontrar adjetivos, símiles o metáforas para lo que se ve que para lo que se oye o lo que se toca, ya ni se diga lo que se huele, que eso siempre me parece demasiado difícil de escribir. Tal vez por eso existe esa impresión de lo cinematográfico. No descarto aparte la idea de que el cine ha tenido su influencia. Me fascina una buena toma en una película o algo que haga al espectador sentirse irritado y confundido, y tal vez muy dentro de mí, a veces me gustaría escribir de esa manera.

 


Un coro ruidoso e irreverente de perdedores… Esa fue una frase que, en cierto momento, me vino a la mente cuando leía tu libro. ¿Por qué esa insistencia?
A mí también se me hace que mis personajes son, casi todos, unos pobres diablos, pero la verdad no me queda muy claro qué me motiva a inventarme historias de gente que la pasa tan mal. No es que me identifique con la mayoría de mis personajes. De hecho, más bien intento comparecerme de ellos. Supongo que en general, el motivo de los personajes principales heroicos a los que todo les sale bien y las historias en las que todo se resuelve al final, me parece demasiado gastado y desabrido. Entre las opciones que tenía para el epígrafe del libro, consideré poner un verso de Paul Celan que dice: Wahr spricht, wer Schatten spricht (Dice verdad, quien dice sombra). Siento que hay algo muy cierto en eso, que tal vez en lo oscuro, en el sufrimiento y el dolor es donde se encuentra la verdad, y que quien vive sumergido en eso es quien puede articularla.
¿De dónde crees que viene ese humor corrosivo que permea a muchos protagonistas de tus historias en este libro?
A mí me gusta mucho el humor corrosivo o ácido. Siento que crecer en México, sobre todo en medio de la violencia de los últimos catorce años, lo vuelve a uno propenso a tener un humor medio macabro y oscuro. En mi caso, también tiene que ver lo mucho que me divierte leer a autores como Jorge Ibargüengoitia, Kurt Vonnegut, o Roberto Bolaño, que en medio de las situaciones más terribles y duras, ponen algún comentario sarcástico o ácido en la boca de un personaje y yo no puedo evitar reírme. Siento que se tiene que saber escribir en serio para hacer que alguien se ría leyendo algo así, y creo que una parte de mí aspira a lograr eso.
Cada escritor tiene «sus hijos», los favoritos, esos que relee una y otra vez con cierta satisfacción de haber logrado lo que pretendió al escribirlos o esos a los que siente unido por lazos quizás no tan literarios, como por ejemplo, una experiencia, un recuerdo vivido, un sentimiento. Si te pidieran elegir del libro algunos cuentos, tres o cuatro digamos, ¿cuáles mencionarías?
«El niño de tinta» siempre tendrá un significado especial para mí. Fue el primer cuento que escribí de los que están reunidos en el libro. Cuando se me ocurrió la idea, experimenté esta inspiración y completa enajenación que me hizo escribir el cuento en dos días. Simplemente tenía que sacar la historia de mí, y esa sensación nunca la había vivido antes. Si leo ahora el cuento, me queda claro que lo que entonces me parecía tan genial y original acerca de la historia, todo el asunto del giro metaficcional del personaje, en realidad no tiene mucho de novedoso ni original, pero aun así siento que es un cuento bien logrado, y a fin de cuentas, fue el que marcó el inicio de esto. Otro de los cuentos que tiene un valor especial debido a que está inspirado en una experiencia personal con mi padre es el de «Sábado en Londres», de la obra de teatro de The Kinks. Ése también lo escribí relativamente temprano. A «Goethe Trujillo», tanto el cuento como el personaje, también les guardo cariño. Creo que fue el primero de los cuentos en el que me alejé de los temas sobre los que había estado escribiendo hasta entonces y me puse a contar una historia de manera diferente; menos adornada y más centrada en la caracterización de los personajes que en la trama. Si pudiera, me gustaría darle un abrazo al pobre Goethe.
Pregunta final gastada, pero necesaria: ¿qué viene después de este primer libro? O más simple, ¿qué escribes actualmente?
Por ahora, estoy intentando acabar el manuscrito de una novela en la que llevo trabajando más de tres años, que apenas recientemente descubrí de qué se trataba y cómo debía estar estructurada. Espero poder acabar la primera versión antes de septiembre, porque después comenzaré mi programa de posgrado en Princeton, y algo me dice que no voy a tener demasiado tiempo para estar escribiendo ficción por un buen rato durante los próximos años.