Cuando hace unos días Amir Valle, amigo personal y director de OtroLunes, me pidió que le realizara una entrevista a la autora del libro de relatos Ana y las páginas perdidas, recientemente publicado por la editorial Letrame, de Almería, mi primera reacción fue de sorpresa; luego sobrevino un instante de duda, hasta que, finalmente, le contesté que me temía no ser capaz de escribir una línea completa con la objetividad que requería un trabajo como el que me invitaba a publicar. El problema es que la escritora en cuestión es ni más ni menos que Galina Álvarez, Galia, mi esposa y compañera de vida durante tantos y tantos años. Cuando le expuse mis temores, Amir insistió en la tarea, debía tomármelo como un desafío profesional, dijo, un duelo conmigo mismo que, él estaba seguro, yo era capaz de vencer.
De manera que, sin otra alternativa, me puse manos a la obra y me releí los cuentos contenidos en el volumen. Como cualquiera puede suponer, los conocía de antes; pero me pareció de justicia que los repasara con esa especie de frialdad, o de imparcialidad, con la que se miran las cosas que pertenecen al reino del raciocinio y no del corazón, las emociones y los sentimientos acendrados por decenios de años de amor compartido.
Yo vi nacer a Galia como escritora. La había visto, mucho antes, nacer como una inteligentísima profesional de la química, versada en los más complicados campos de la especialidad que había estudiado en la prestigiosa Universidad Mendeleyev, de Moscú. La recordé de mi brazo, delgadita y frágil como una adolescente, en la ceremonia de nuestra boda en la capital de Rusia. Y la veo y recuerdo cada día en los años vividos en Cuba, trayendo al mundo y criando esos hijos míos que quiero con delirio, y capeando con su ingenio y sus artes culinarias el terrible temporal del Período Especial en Cuba. Y luego, acompañándome al exilio, fundando un nuevo hogar y rehaciendo su vida y su carrera profesional en Estocolmo. Y veinte años más tarde, ganada su jubilación, llegando juntos a España e instalándonos en este hermoso enclave de la Costa Blanca donde hemos fijado residencia.
Pero la recuerdo también yendo conmigo, en calidad de esposa, a un encuentro de la Tertulia Literaria de Guardamar del Segura, un acogedor grupo de creadores que se reunía –y se sigue reuniendo– cada semana en la biblioteca de la villa. Recuerdo el trabajo que me costó convencerla para que me acompañara en mi segunda visita a aquel lugar y se estuviera allí sentada, sin opinar si no quería. Pero como Galia tenía –y tiene, por supuesto– una amplísima cultura literaria, de pronto pidió la palabra y habló sobre uno de los trabajos que oyó leer en la reunión. La gente la miró extrañada y se miró entre sí. Resultaba que aquella extranjera emitía criterios acertados sobre los poemas y cuentos de los participantes. Y por muy raro que pueda parecer, en lo adelante se convirtió en un miembro más de la tertulia, un miembro con “estatus de observadora” en aquel grupo de creadores literarios.
A finales de año –hablo del 2014– fuimos a pasar las Navidades a Madrid. A Galia le gustaba acompañar cada noche a nuestros nietos a la cama. Allí, a su lado, les contaba cuentos que se inventaba al instante para ellos. A veces, los niños le pedían que repitiera algunos, y en ocasiones exigían una nueva fantasía de la abuela. Cuando regresamos a casa, mi esposa se sentó a escribir –en español– y alumbró un puñado de cuentos que luego agrupó en un volumen titulado Aventuras de una estrella perdida. Eran cuentos para niños, relatos tiernos y hermosos que tenían la virtud de entretener tanto a los chicos como a los demás integrantes de la familia. Cuentos, en fin, que encerraban siempre alguna enseñanza dirigida a los más pequeños de la casa. Para entonces, en la tertulia a la que seguía asistiendo –ya sin mi compañía– habían comenzado a tratarla como a uno más entre los miembros, todos hispanohablantes de nacimiento.
Así siguió ella, escribiendo todo el tiempo, página tras página, poniéndose metas cada vez más altas. Ahora pergeñaba relatos para personas adultas, mientras que aquel puñado de cuentos infantiles se convertía en un precioso cuaderno aparecido con el sello de la editorial Círculo Rojo, que en una fastuosa gala en la ciudad de Almería le adjudicaba el premio al mejor libro para niños publicado en España por esta casa editora. No hablaré aquí de lo que sentí aquella noche, sentado en mi butaca en el teatro y viendo a mi esposa bajo los focos del proscenio, convertida casi de repente en escritora y recibiendo el trofeo por el galardón en aquel teatro enorme y colmado de público. Su obra distinguida entre tantos y tantos libros que competían en un certamen organizado por los editores de Círculo Rojo. Como es lógico, la emoción ha pasado, pero me queda el recuerdo y la constancia gráfica, las fotos y la felicidad de un momento inolvidable en nuestra vida en común. Aquel mismo año, Galia recibió el premio al mejor relato para adultos otorgado en el concurso de cuentos organizado por la Concejalía de Cultura de la Villa de Guardamar. Y al año siguiente, se alzó de nuevo con el mismo premio. Para entonces ya Galia había acumulado un grupo de relatos tan interesantes que decidió publicarlo en un volumen aparecido en la misma editorial almeriense y nombrado con el sugerente título de Prefiero que me pongan a volar. Aprovecho la ocasión para recomendar su lectura.
Pero como Galia siempre ha sido una trabajadora incansable, siguió tratando a la Literatura con la misma pasión con la que antes había tratado a las partículas nano y a los complicados instrumentos que manejaba en el Instituto de la Química de Superficie, en Estocolmo. Y muy pronto tuvo lista una original novela corta a la que puso por título Los difuntos inocentes y que, a pesar del título, es una divertidísima comedia que tiene por escenario un imaginario pueblo cubano “de cuyo verdadero nombre prefiero no acordarme”. Ella, sin embargo, en lugar de dedicarse al descanso o a la promoción y venta de su última creación, siguió escribiendo cuentos. Y estudiando. Sí, porque era consciente de que, sin ser una nativa de la lengua que usa para escribir, necesitaba perfeccionar cada vez más sus habilidades en el idioma. Y además de los sinónimos, adjetivos y modos verbales del castellano, se entregó al estudio de la sintaxis española y las técnicas más modernas de la narrativa contemporánea. Como resultado de su régimen de trabajo, estudio y lectura de obras literarias en cuatro idiomas –lee fluida y conscientemente en español, ruso, sueco e inglés– hoy puedo asegurar que es una escritora hecha y derecha, una autora que puede enfrentar sola cualquier proyecto literario que se proponga. Y es, precisamente, el momento de presentar a Galina Álvarez y su último volumen de cuentos, bautizado este con el intrigante título de Ana y las páginas perdidas.
Espero no haber defraudado al director de OtroLunes ni a las personas que me hayan seguido hasta este punto. Los dejo, pues, con mis preguntas a Galia y con sus respuestas para sus actuales o futuros lectores.
Después de una vida dedicada a la ciencia, ¿qué te movió a tomar el camino de la creación literaria?
Desde pequeña he sido creativa y siempre me han gustado los retos. A partir de la primaria y hasta terminar la enseñanza escolar confeccionaba el periódico del aula, dándole el contenido y también la forma. Por otra parte, escribía libretos con cuentos infantiles para presentarlos en las fiestas escolares, cantaba en el coro escolar, bailaba en el grupo de ballet y recitaba poemas en los conciertos que se organizaban a menudo en mi escuela. También me gustaba pintar, escribir composiciones literarias y resolver problemas matemáticos extradifíciles, donde debía usar la lógica. Me pasaba horas buscando soluciones a aquellas duras tareas, pues me apasionaba el proceso de razonamiento matemático. Quizás por eso, a la hora de escoger carrera para los estudios superiores, elegí las ciencias exactas, aunque decidirme por algo en concreto no fue nada fácil, puesto que me gustaban muchas cosas a la vez.
Me hice química y trabajé como tal durante casi toda mi vida, dedicando los últimos veinte a la investigación científica. Quien piense que la ciencia tiene mucho que ver con los números y nada con la creación se equivoca, y mucho. Para encontrar soluciones originales, crear productos nuevos o implantar métodos curiosos para investigar hay que ser creativo y no pensar de forma estándar. Un buen científico es a su vez un artista.
Cuando me jubilé y trasladamos nuestra residencia a España, no tenía planes concretos sobre qué hacer con mi vida. Me sentía un poco perdida con tanto tiempo libre. Entonces analicé la posibilidad de pintar al óleo, algo que siempre me gustó, aunque no podía dedicarme a ello mientras trabajaba en Suecia. Con tantas obligaciones y el consiguiente estrés habría sido imposible. Pero la vida me sorprendió con otra oportunidad, que tenía guardada para mí. En Guardamar del Segura conocí a un grupo de personas con intereses literarios. Tú mismo, Tony, me llevaste a la biblioteca a que los conociera. De pronto, se despertó en mí un interés muy grande de expresarme por escrito, aunque al principio tenía muchas dudas respecto al idioma, pues el castellano no es mi idioma materno. Y todo el mundo sabe que escribir textos literarios en un idioma que no es el tuyo es un reto demasiado grande. Siempre me había gustado escribir, pero he vivido toda mi vida en la emigración y pensaba que en esas condiciones idiomáticas el camino de la escritura era algo completamente vedado para mí. No valía la pena escribir en ruso, porque no vivía en mi país de origen y no habría podido tener lectores. En España me animé por fin escribir en castellano, y el resultado puede ser apreciado por quien lea mis libros. Personalmente, yo prefiero no pronunciarme sobre él.
Quienes manejamos algunos idiomas, sabemos que hablar una lengua y escribir en ella son cosas bien diferentes. Una carta o un informe de trabajo pueden no representar una gran dificultad; pero si se trata de escribir Literatura, la tarea es mucho más complicada. Yo mismo, por ejemplo, he tratado de escribir en ruso, en sueco y en inglés. Del resultado, sin embargo, prefiero ni hablar. Tras este razonamiento, me pregunto qué es necesario hacer para que el esfuerzo no resulte baldío y el producto de tu trabajo pueda ser considerado una obra digna de llamarse una obra literaria, ya sea un cuento o una novela?
En el punto anterior hablaba, precisamente, sobre las dificultades que supone expresarse en un idioma extranjero. Desde hace muchos años estoy acostumbrada a utilizar varios idiomas a la vez. Viviendo en Cuba, tuve que aprender a trabajar, a comunicarme con gente en la calle, a leer y escribir en español. Para perfeccionar el castellano me sirvió mucho mi trabajo de traductora e intérprete simultánea en el CAME durante cuatro años. Cuando terminó mi contrato en aquella organización, mi dominio del idioma era bastante sólido, aunque en aquellos momentos no hubiera podido escribir literatura. Más tarde, y durante veinte años, tuve que vivir en Suecia, donde necesité aprender un buen sueco y un buen inglés; de otra manera hubiese sido imposible trabajar como ingeniera en un instituto de investigaciones. Tuve que aprender a trabajar, hablar con la gente en la calle y leer en sueco, y también en inglés. En aquellos años escribí innumerables informes científicos, fundamentalmente en inglés.
La emigración es algo muy duro y requiere un máximo de esfuerzo para desarrollar un potencial nuevo. A veces, uno ni siquiera sospecha que tiene capacidad para hacer algunas cosas. Este potencial nuevo se descubre en condiciones extremas o, simplemente, cuando llega el momento. Como si se tratara de algo que se encuentra dentro de ti en estado fetal. Sin embargo, en su justo momento el feto nace, se convierte en un niño que sigue creciendo para convertirse, un día, en un adulto. Creo que mi capacidad de escribir en castellano ha seguido este esquema. La gestación duró cuarenta y pico de años. Durante ese largo tiempo aprendí mucho sobre la literatura y leí muchísimos libros en castellano. Pero un día el niño nació. Llegué a soñar y pensar en español, y a sentirlo como mío.
¿Qué le responderías a cualquier persona que, sin haber leído nada tuyo y sabiendo que somos un matrimonio de años, muy consolidado, piense que, además del apellido, he podido trasmitirte mi estilo literario o influido de algún modo en la creación de tu propia obra?
He leído tantos libros en mi vida, aparte de los tuyos, que sería muy difícil que lo que escribes definiera mi estilo. Leí a muchos maestros con muy buena prosa. Si he recibido alguna influencia tuya, ha sido de manera diferente. He estado a tu lado durante muchos años, observando día a día tu dura labor de escritor, tus frustraciones y tus alegrías a la hora de recibir reconocimientos por las obras de calidad. He discutido contigo sobre el contenido de tus novelas y siempre he sido la primera lectora de todas tus obras. Y claro que aprendí mucho. Aprendí los conceptos de la escritura creativa, las modernas técnicas literarias, los secretos fundamentales del oficio de escritor y lo más importante: aprendí a trabajar en soledad y a perfeccionar cualquier texto infinidad de veces.
Teniendo en cuenta que la cultura general –y literaria en particular– son dos de los pilares sobre los que se levanta la obra de casi cualquier buen escritor, me gustaría que nos hablaras un poco sobre este aspecto del asunto. ¿Cuál era tu nivel de conocimiento de la Literatura universal cuando tomaste la decisión de emprender el camino de la creación literaria? ¿A qué maestros habías leído y cuáles de ellos han influido o influyen en tu narrativa actual?
Gracias a la buena preparación escolar que existía en la Unión Soviética en mis años de juventud, puedo decir que, desde entonces, ya yo tenía una base literaria bastante sólida. También mi padre se ocupaba mucho de mi educación cultural, obligándome a leer a los clásicos. Debo reconocer que, como aquella era la época de los primeros vuelos a cosmos, a mí me apasionaba la ciencia ficción, por lo que mi padre tuvo que luchar bastante conmigo para cambiar mis preferencias literarias. Le hice caso, y a partir de los 14 años me dediqué a la lectura sistemática de los clásicos, tanto los rusos, como los europeos y norteamericanos. Cada semana iba a la biblioteca, sacaba cuatro o cinco libros y los leía en el transcurso de la semana. La bibliotecaria me conocía bien, simpatizaba conmigo por mi amor a las letras y me dejaba entrar en los almacenes cerrados al acceso del público. Yo solía entrar y sacar las obras de mayor importancia de cada escritor que figuraba en la lista de mi padre.
Cuando terminé los estudios preuniversitarios, ya podía considerarme una persona con cierta cultura literaria. De los clásicos rusos, los había leído prácticamente a todos. No los voy a enumerar, ya que la lista sería demasiado larga. En aquellos años concluí también la lectura de los novelistas más importantes de Europa y Norteamérica.
Gracias al hábito adquirido en la edad escolar, nunca he dejado de leer buenos libros. Y con los años mi lista de escritores y poetas conocidos no para de crecer. Sería imposible enumerarlos a todos.
Cuando me casé y me mudé a Cuba, lo pasé difícil, pues me costaba trabajo leer en español. Pero poco a poco fui aprendiendo el idioma y de esa manera tuve la oportunidad de leer a los más importantes escritores del mundo hispano en su propia lengua: José Martí, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Jorge Amado (lo leí en español y en ruso), Reinaldo Arenas, Juan Rulfo, Roberto Bolaño, Virgilio Piñera y otros.
Si hablamos de influencias, me siento heredera de la literatura rusa, por su profundidad y su componente psicológico. Y también, cómo no, tendría que citar a algunos maestros de las letras hispanas, de cuya obra narrativa he aprendido mucho. Hablo de García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar y otros grandes escritores latinoamericanos.
¿Cuáles son los temas que prefieres reflejar en tus cuentos o novelas? Háblanos un poco sobre el contenido de tus piezas de ficción.
El contenido varía mucho de un relato a otro. Me gusta reflejar aspectos diferentes de la vida e, incluso, de la muerte. Una prueba de ello es mi novela corta Los difuntos inocentes. En esta obra quise hurgar en un tema que nos interesa a todos: ¿qué ocurre después de la muerte? A pesar de que la muerte es considerada como algo triste por la mayoría de las personas, en esta novela trato este fenómeno con una buena dosis de humor. Y a la vez muestro la complejidad de la vida en Cuba en la época post revolucionaria y las dificultades que sufre el pueblo en su día a día.
Y en cuanto a la temática en general, suelo inspirarme en cualquier cosa, a veces en una simple frase que escucho por ahí o un objeto que veo o me imagino. Soy muy observadora y siempre trato de ver algo especial en las cosas o la gente que me rodea. Si una idea me inspira, a partir de ella invento una historia, un hecho cotidiano o místico que se manifiesta a través de un conflicto. Y otra cosa: me gusta resolver el conflicto de una manera inesperada para el lector.
Antes de plantearte la siguiente pregunta, le repetiré al lector de esta entrevista que lo primero que escribiste fue un cuaderno de cuentos para niños. Luego vino un libro de relatos para adultos y después una novela breve. Finalmente, en estos días acaba de aparecer tu volumen de relatos titulado Ana y las páginas perdidas. En mi opinión, este libro ha significado un salto cualitativo en tu nivel de realización literaria, tanto por la diversidad de temas, tipos humanos y conflictos reflejados en los textos como por el grado de elaboración literaria con el que están escritos. Pero tú, Galia, ¿cómo valoras la evolución de tu estilo, tus temas y, en general, tu trayectoria como creadora literaria?
Recuerdo que cuando salió mi primer volumen de cuentos Prefiero que me pongan a volar, alguien de mis conocidos comentó que mis relatos tenían carácter costumbrista. Aunque nunca lo mostré, aquella observación me molestaba un poco. Me explico: a pesar de que la mayoría de los temas de aquel volumen se referían a la vida cotidiana, creo que su contenido no tenía mucho que ver con el costumbrismo, que es un género bastante ligero. En mi libro cada cuento encerraba un conflicto humano y presentaba los héroes en toda su complejidad psicológica. Así que, decepcionada por aquella caracterización de mi literatura, quise demostrar a mis lectores que yo no era una escritora costumbrista. De ahí viene la enorme diversidad de escenarios, conflictos, épocas y caracteres que incluye mi última recopilación de cuentos Ana y las páginas perdidas. En este libro hay de todo: problemas de la vida cotidiana, hechos insólitos y misterios, problemas de la globalización y peligros de Internet, entre otros muchos.
El tema que trato en mis obras puede ser cualquiera; pero lo que sí es muy propio de mi estilo es que cuento la historia a través de la percepción de alguno, o algunos de los protagonistas. Para mí es muy importante mostrar a mis héroes desde dentro, desde sus pensamientos y sus preocupaciones, obligando de esa manera al lector a participar activamente en el conflicto y sufrir junto al personaje si fuera necesario. Creo que la necesidad de presentar a mis héroes de esta manera viene de la herencia literaria de mi país de origen. Así escribían Chéjov y Dostoievski, por ejemplo.
Sé que durante los últimos meses has trabajado muy duro en una nueva novela, esta vez de largo aliento y con un tema muy ambicioso. Sin que nos reveles la trama, ¿podrías compartir con
los lectores de OtroLunes el título de la obra y algunas palabras sobre el texto?
Sí, escribí esta novela de un suspiro. Estuve trabajando dos meses sin parar, y me salió un texto que, creo, puede interesar a cualquier lector. Por el momento no quisiera revelar el título, pero puedo contar algo sobre su contenido. El protagonista de la novela es el mar Mediterráneo, que ha sido siempre punto de encuentro de diferentes culturas. En esta historia, el Mediterráneo sirve también de escenario a una conmovedora historia de amor. Aquí se encuentran dos personas: ella, una mujer del norte ruso en la plenitud de su vida, y él, un hombre algo mayor, nacido en el Caribe y residente en España desde hace varias décadas. Sus trayectorias vitales son muy diferentes. Cada uno arrastra sus propios fracasos y tiene sus secretos bien guardados. Pero los une un sentimiento: la soledad. La trama de la novela va acompañada de muchos episodios de la historia reciente de los países de origen de sus héroes. Nos muestra aquellas situaciones del pasado que muchas personas desconocen. Creo que es un texto muy emocionante, ilustrativo y que al mismo tiempo puede enganchar al lector.
¿Algo más que decirles a los lectores de OtroLunes?
Sí, me gustaría invitarlos a leer Ana y las páginas perdidas. Aprovecho para informarles que varios críticos y lectores independientes han reflejado en sus blogs opiniones muy favorables sobre el libro. Personalmente, estimo que estos cuentos pueden resultar muy interesantes a cualquier tipo de lector. Por último, no puedo dejar de agradecer a Amir Valle por darme la posibilidad de expresarme en esta prestigiosa revista cultural.
