
Luis Casas Romero (1882-1950). Pionero de la radio en Cuba. Músico y compositor. Subdirector de la Banda del Estado Mayor del Ejército de Cuba.
En las efemérides del mes de octubre hay una fecha importante para los cubanos: el inicio a mediados de 1922 de las emisiones radiofónicas, de manera estable y, evaluándolas desde la perspectiva de hoy, rudimentaria. Además, ese hecho público de gran importancia para el desarrollo de la cultura nacional, tiene que ver con azares de mi vida ocurridos medio siglo después.
En 1975 conseguí un puesto de investigador en el Centro de Documentación del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). La directora, Yolanda Appiani, me explicó que el contenido de mi trabajo consistiría en empezar a recoger datos sobre la historia de la radio y la televisión en Cuba. Tendría todo el tiempo del mundo para rastrear los archivos de esa entidad, ubicada en el edificio inaugurado y ocupado antes por el Circuito CMQ, S.A., en las bibliotecas, sobre todo la Nacional y la del Instituto de Lingüística y Literatura. También debería entrevistar a técnicos, oficinistas, empleados, escritores, actores, músicos, productores, directores, etc., de todas las épocas de vida de estos medios de comunicación que pudiera localizar, es decir, desde la década del veinte para la radio y finales de los cuarenta y a lo largo de los cincuenta en cuanto a la televisión.
Era una oportunidad única para cualquiera, especialmente para un joven como lo era yo entonces, que empezaba a hacer pininos en la literatura, que en realidad habría deseado trabajar en la industria del cine (ICAIC) donde, sin embargo, no tuve la suerte de ser admitido. El premio de consolación me llegó cuando un amigo cercano, Ramón Díaz, funcionario del ICRT, me recomendó y logré darle la patada a la lata. Gracias a él me colé en el mundo de la farándula y, para colmo de dicha, había sido contratado para historiarla.
Pronto me enteré que Oscar Luis López, reconocido actor y director de radio, ya había iniciado ese trabajo que culminó años más tarde en un libro pionero: La radio en Cuba (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981). En ciertas ocasiones hablé con él al respecto. Su actitud hacia mí siempre fue cortés aunque recelosa porque seguramente pensaba, y me parecía lógico hasta cierto punto, que yo me estaba metiendo en su terreno sin tener ninguna autoridad, y porque a lo mejor algún funcionario de la época podría estar utilizándome en contra suya.
A fin de cuentas quién rayos era yo, un advenedizo sin obra ni vínculos previos con los medios, para dedicarme a investigar una materia de la cual no tenía ni la más remota idea. Él había sido un actor de fama en los tiempos fundacionales de la radiodifusión comercial e incluso interpretado al más genial de los detectives chinos nacidos en la isla: nada menos que a Chan Li Po, cuando Aníbal del Mar dejó de ser el actor de tal personaje y a raíz, se dice, a causa de una bronca, de quién sabe cuál origen, que tuvo con Félix B. Caignet, el inventor de la serie.
Los encuentros con Oscar Luis López, mis propios intereses y manera de asumir el tema, me persuadieron a encaminar la investigación por otros rumbos, de modo que él no siguiera creyendo, erróneamente, que yo me estaba prestando para serrucharle el piso. También tenía la convicción, la sigo manteniendo, que nadie es propietario de un tema o período de investigación. En fin, basado en esas experiencias y criterios decidí escribir un ensayo de naturaleza histórica sobre el desarrollo de la radio y la televisión, dentro del ámbito de lo que hoy se entiende por estudios culturales.
A partir de 1977 comencé a publicar las primeras páginas de mi trabajo en El Caimán Barbudo y la revista Unión. Para 1979 había acumulado suficiente información, folios y razonamientos como para formar un libro y así procedí. Lo titulé La corte del supremo espectáculo y lo entregué para ser valorado en Ediciones Unión a cargo de Joaquín G. Santana. Tenía el respaldo de ciertas personas que fueron muy decisivas en mi carrera y destino: J.M. Carballido Rey, Raúl Gutiérrez Serrano, Renaldo Infante Uribazo, Reynaldo González, Julio Batista y Lázara Castellanos.
Al cabo de unas cuantas semanas recibí el dictamen favorable a la publicación, firmé el contrato, se inició el proceso de edición y me asignaron al poeta David Fernández Chericián como corrector de estilo. Él había sido actor de radio y TV durante su niñez y adolescencia. Leonardo Acosta escribió el prólogo donde anotó una observación que todavía considero un gran elogio, sobre todo viniendo de él a quien respeto mucho como persona e intelectual. Más o menos indicó que mi libro, aunque se trataba de un ensayo, se leía como una novela.
No tengo ese escrito a mano ni tampoco la copia que entregué a la editorial. En 1981 caí en desgracia personal y política. Por fuentes muy serias supe que el libro ya impreso fue convertido en pulpa por orden del Departamento de Seguridad del Estado y el consentimiento de la jerarquía de la Unión de Escritores. Las páginas que siguen forman parte de aquel esfuerzo que no resultó inútil pero sí censurado. Las salvé porque tuve la fortuna de haberle dado a leer un duplicado a un amigo que lo guardó por años. Otro la sacó de Cuba. Ahora las desentierro del probable olvido con la intención rendir homenaje a las gentes de la radio, para quedar tranquilo con mi conciencia de escritor, porque no trabajé en vano y pude recuperar el tiempo, las memorias y ciertas páginas muy queridas de mi juventud. Aquí van las inaugurales.
En el aire
Las primeras señales radiofónicas cubanas fueron lanzadas poco después de haber finalizado la I Guerra Mundial (1918). A partir de esa fecha, surgió el oficio de radioaficionados. Entre ellos cabe citar a Humberto Piquel quien transmitía música mecánica (discos) irregularmente y tres miembros de la familia Casas: Luis Casas Romero, padre de Luis y Zoila Casas Rodríguez, quienes desde agosto de 1922 lanzaron al aire emisiones informativas y de contenido musical. Para llamar la atención de los escuchas, más que raros dada la época, tocaba una corneta a modo de alerta y anuncio.
Zoila Casas leía un boletín meteorológico y presentaba piezas musicales reproducidas por un gramófono. La identificación de la planta era 2LC: dos por ser La Habana la segunda provincia, LC las iniciales del nombre y apellido del propietario. Desde allí se daba la hora. Para ambientar ese servicio, la familia Casas colocó un micrófono en la azotea de la casa que recogía el estruendo del cañonazo de las nueve. 2LC tenía una potencia de 10 watts y había sido construida por el ingeniero Casas Rodríguez. Las crónicas de la época reconocen también a otros pioneros: los Hermanos Salas (2MG); Fernández Suviaur (20H); Radio Club de Cuba (2RC), etc.
En ese contexto, y desde el 9 de abril de 1922, la Cuban Telephone Company había proclamado que construiría una emisora, “la primera que existe en Cuba.” El local de ubicación sería el sexto piso de la sede en el cruce de las calles Águila y Dragones. El 13 de mayo terminó la construcción y levantamiento de las torres de unos cien pies de altura sobre el nivel más elevado del edificio y 161 al nivel de la calle.
El ocho de julio la Radio Corporation of America solicitó autorización al Departamento de Estado de los EE.UU. para instalar en Cuba una estación radiotelefónica de alcance internacional. Ese mismo mes la Radio Corporation of Cuba abrió sus puertas en Águila 169-71 donde la Westinghouse expuso, al igual que la RCA, cierto número de receptores de galena con el fin de preparar el mercado necesario y asegurarles éxito a las emisiones que tendrían lugar. Ambas firmas habían pactado el 30 de junio de 1921 un acuerdo de explotación de patentes. Para crear la audiencia necesaria, distribuyeron gratuitamente unos cuarenta aparatos provistos de audífonos entre funcionarios de la empresa y del gobierno.
Se escogió la fecha: 10 de octubre de 1922, aniversario del Grito de la Demajagua, a las 4 de la tarde, desde el Palacio Presidencial. El presidente Alfredo Zayas daba una recepción ese día y aceptó la invitación. A la hora fijada, Luis Casas Romero (inusual coincidencia), al frente de la Banda del Estado Mayor del Ejército, dio comienzo a la ceremonia con la ejecución de las notas del Himno Nacional. Seguidamente Zayas, desde su despacho, leyó un pequeño discurso de salutación bilingüe dirigido primordialmente a los oyentes estadounidenses:
Estando tan cerca de vuestras costas, dentro del radio de acción de vuestra poderosa influencia comercial, y estando seguro como lo estamos, de vuestro respeto -¿por qué no amor?- hacia nuestras instituciones nacionales, deseamos mantener las más cordiales relaciones cimentadas en el propósito de una sincera inteligencia para beneficio nuestro…
Lo escucharon los miembros del cuerpo diplomático que se hallaban en un salón próximo, representantes, senadores, funcionarios como por ejemplo Ricardo Lancís, secretario de gobernación, los parroquianos y huéspedes del hotel La Reguladora. Para que la señal llegara bien a los Estados Unidos, la Cuban Telephone Co. hizo que la PWX –así se nombró a la emisora- contara con la asesoría y el apoyo técnico de la Western Electric. En territorio norteamericano la estación de Walker-Lispenard captó y retransmitió la audición pues la PWX había sido construida como un duplicado de aquélla.
Al terminar la alocución de Zayas, el empleado Raúl Pérez Falcón se acercó al micrófono para decir unas cuantas palabras emotivas de las cuales cito un fragmento:
Bien pueblo, aquí estoy, como cucharita de plata en una bonita caja forrada de seda. Apartado del resto del mundo tan completamente casi, como un hombre encerrado en un ataúd, amortiguado el ruido por las paredes, herméticamente encerrado, estoy sin embargo mucho más en contacto con el mundo exterior que un hombre en medio de una multitud.
Enseguida dio paso a un programa musical:
- Solo de violín “Liebesfreud” de Fritz Kreisler, por el Profesor Joaquín Molina, acompañado al piano por González de Molina.
- Canciones cubanas: “Rosas y violetas” de José Mauri y “Presentimiento” de Eduardo Sánchez de Fuentes, cantadas por Rita Montaner.
- Danzón “Princesita” de Luis Casas, interpretado por la Orquesta Casas.
- “Soy cubano”, criolla de Luis Casas, cantada por el tenor Mario Meléndez, acompañado por la Orquesta Casas.
Al terminar la criolla de Casas salieron del aire las primeras señales de la PWX que regresarían el mismo día pero a las 8 y 30 de la noche.
El programa de esta sesión fue el siguiente:
Primera parte.
- Himno Nacional de Cuba por la Orquesta Casa.
- Aria de la opera “La Wally” de Alfredo Catalani, interpretada por la soprano Lola de la Torre, acompañada al piano por Matilde González de Molina.
- Discurso del presidente del Radio Club de Cuba.
- Romanza “La estrella” de la ópera “Tanhauser” de Richard Wagner, cantada por el barítono Néstor de la Torre.
- Solo de violín “Ave María” de Schubert-Wilhelmy, por Joaquín Molina, acompañado al piano por Matilde González de Molina.
- Danzón “Primavera” de Felipe Valdés por la Orquesta Casas.
Segunda parte.
- Criolla por la Orquesta Casas.
- Poesía lírica cubana, recitación.
- Solo de violín “Thais Meditación” de Jules Massenet por Joaquín Molina, acompañado al piano por Matilde González de Molina.
- “Tú” habanera de Eduardo Sánchez de Fuentes, cantada por la soprano Lola de la Torre y acompañada por el autor.
- “La niña de mis amores,” danzón de Luis Casas por la Orquesta Casas.
- “Vivir sin tus caricias,” poema de Amado Nervo musicalizado por Eduardo Sánchez de Fuentes.
Como se ha podido notar, en el primer programa de la PWX participaron algunos de los compositores, cantantes y autores más destacados de Cuba en aquellos momentos. Como aún no había anuncios comerciales entre segmentos, se utilizó el tic-tac de un metrónomo para confirmarles a los oyentes que continuaban en sintonía con la emisora.
Tuve la dicha de conocer a una de las personas que participó en aquella inauguración: Tomás Cuervo, actor, quien había sido invitado por el tenor Mariano Meléndez para que fuera a “bolear” –cumplir un contrato ocasional- en la estación. Allí contó chistes para relajar la tensión de los presentes en el estudio. Cincuenta años más tarde, Cuervo aún continuaba trabajando, ahora como actor en papeles menores de algunos espacios de la televisión como el célebre “San Nicolás del Peladero,” donde lo limitaban a secundar, con acento de gallego, las decisiones del juez de aquel pueblo imaginario. Una sola palabra le ponían en el guión: “¡Ezato!”
A las diez de la noche concluyó la emisión inicial de PWX.
Longitud de onda: 400 metros.
Potencia: 500 watts.
Propietarios: Cuban Telephone Co., filial de ITT.
Días fijados para transmisiones: miércoles y sábados a partir desde 8:30 hasta las 10:00 pm.
En Texas, siempre en Texas, octubre de 2012.