Mi departamento era un espacio chiquito, de dos ambientes, y el computador estaba justo frente a una ventana que daba a la conserjería y al pasillo del edificio. Me sentía un poco en vitrina, pero qué iba a hacer. En ese tiempo había un nochero de unos sesenta años, gordo, con la piel manchada por la soriasis y un cigarro instalado siempre en la boca (en varias ocasiones lo vi prender un segundo cigarro antes de apagar el primero). Al hombre solían venirle ataques de tos que casi le hacían perder la respiración. Era horrible escucharlo. Los ataques duraban varios minutos. Un par de veces pensé, incluso, en llamar a una ambulancia. Pero nunca lo hice, porque algo en él me inquietaba. Tenía la sensación de que el hombre quería hablarme; quería decirme algo más que buenas tardes, señorita, que descanse.
Hasta que una noche pasó. Yo había ido a comprar un par de cervezas a la botillería de la esquina y cuando venía de vuelta, ya por el pasillo, el nochero se acercó:
–Va a tomar cervecita –me dijo con el cigarro en la boca.
–Sí, cervecita –atiné a responder. El hombre debe haber considerado mis palabras como una puerta abierta, porque entonces se puso serio y largó su artillería completa. Dijo que no podía tomar alcohol porque tomaba remedios muy fuertes. Que tomaba remedios muy fuertes porque tenía soriasis. Que tenía soriasis porque tenía los nervios destrozados. Que tenía los nervios destrozados porque su cabeza no descansaba. Que su cabeza no descansaba porque había sido agente de seguridad. Que había sido agente de seguridad porque no tuvo otra salida.
Puede que el palabreo no haya sido exactamente ese, pero la progresión de sus condenas fue idéntica. Yo solo atiné a mirarlo con las dos botellas de cerveza helándome las manos. Pero el nochero siguió hablando. Dijo que formó parte de la Caravana de la Muerte, que permaneció activo como militar hasta 1986 y que después subió a su camioneta y partió a recorrer todos los lugares donde estuvo con la Caravana. Dijo que en Yumbel, donde más tarde construyeron un mausoleo, hay varias personas enterradas. Dijo que sus superiores lo mandaban de servicio a enfrentarse con supuestos terroristas y él debía obedecer. Que al principio se creía el cuento, pero que después empezó a descubrir que era un error. Dijo que le tocó participar en las muertes, que les tenían que disparar a los prisioneros en la boca. Su mujer era de izquierda, dijo, y se fue a Bolivia poco después del Golpe de Estado. Ahora tiene cuatro hijos que viven en La Paz con ella, dijo, y no lo quieren ver. Él también era de izquierda, a él le gustaba Salvador Allende (en rigor dijo “el Chicho”) e incluso votó por él. Dijo que Pinochet ordenaba todo, que Álvaro Corbalán fue el jefe de la Operación Albania y coordinó la maniobra. Dijo que él viajó con Sergio Arellano Stark al norte, que quedó con secuelas, pero que una sola vez estuvo en el tercer piso del Hospital Militar. Dijo que tenía un excompañero que ahora trabajaba como guardia no sé dónde y que por las noches salía a disparar porque creía ver terroristas. Dijo que lo suyo no era tan inmanejable, que no me asustara, pero que todas las noches limpiaba el piso o fumaba o hacía algo para borrarse, para no recordar. Pero que en las mañanas volvía el recuerdo y entonces empezaba nuevamente a hacer cosas, cualquier cosa, y olvidaba otra vez. Dijo que vivía borrándose y que nunca había dicho todo esto porque no hubiera servido de nada. Yo –no estoy segura si me salió la voz– le dije que tal vez sí hubiera servido. Él no me escuchó y siguió hablando. Entonces me contó que había sido suboficial mayor y que cuando se retiró le hicieron un juicio militar. Aseguró que aún lo vigilaban, que se bajaba de la micro y sabía que lo seguían. No ha querido hablar, repitió, porque no tiene sentido y porque a todos los tienen vigilados. Dijo, insistió, que esto no se lo había contado a nadie.
–¿Y por qué me lo cuenta ahora a mí? –creo que ahora sí saqué el habla.
–No sé, señorita –bajó la voz. Y aspiró fuerte el cigarro–. Es como cuando a usted le viene una idea y se queda toda la noche ahí, en el computador. A mí me pasa lo mismo.
No recuerdo exactamente cómo terminó la conversación, ni qué hice después. Puede que me haya tomado las dos cervezas al hilo, puede que haya pasado la noche entera frente al computador. Lo que sí recuerdo es que un par de días después, con la cabeza más despejada, resolví que lo mejor sería contactar a un abogado de derechos humanos. Pero cuando me decidí a hacerlo ya era demasiado tarde: a la tercera noche el hombre no volvió al condominio. Ni a la cuarta, ni a la quinta, ni nunca más.
Yo tampoco se lo conté a nadie.