En busca de Kronz

Javier Vásconez

La otra muerte del doctor, novela de Javier VásconezEl largo viaje del doctor Kronz, cuando en mi primera novela abandonó definitivamente Praga para venir a Sudamérica, no sin antes haber pasado por Berlín, Barcelona y Londres, ocurrió alrededor de los años setenta. Supongo que fue una decisión afortunada, pues su vida en Praga ya no tenía sentido. Tan pronto como supo que lo andaban persiguiendo se precipitó a un teléfono y tomó un taxi para ir a la estación central.

Con el fin de conservar la calma, Kronz intentaba por todos los medios no apartar la vista del reloj colgado sobre la puerta principal de la estación en Praga. Lo vi sentado con una maleta barata en un banco, como años más tarde lo encontraría en medio del tumulto de una calle de Quito. Me acerqué con el propósito de ver de cerca los rasgos de su cara. Tenía un aire melancólico y su figura corpulenta aparecía con el traje oscuro vagamente recortada contra la luz. Su rostro volvería una y otra vez hasta mí para torturarme, ya que en los próximos veinte años yo seguiría escribiendo sobre él. Era como si aquel hombre solitario, vulnerable, hubiera apelado al conocimiento que yo tenía de él para que lo ayudara a conseguir un billete de tren a fin de salir de Praga y llegar cuanto antes a Berlín.

En la ciudad cayó un invierno miserable. Hasta el apartamento donde el doctor había pasado los últimos seis años, había llegado un miedo tan nocivo que también se expandía imparable por toda Europa del Este. Ahora lo veo en el dormitorio con los labios contraídos por la fatiga de su trabajo. En su rostro se había hecho visible la amenaza, por lo que optó por ir en busca de un escritor que fuera capaz de captar la violencia desatada en aquella ciudad a oscuras. Quizá lo que más le disgustaba era vivir con la sensación de desconfianza de quienes estaban a su lado, porque fueron años desquiciados por el horror, por las ideologías autoritarias, en los que Kronz experimentó la vulgaridad y la contaminación de la vida cotidiana. Ni siquiera sabía si las personas que él imaginaba hablando en susurros detrás de las paredes o quienes pasaban a su lado por la calle eran antiguos enfermos o estaban muertas. Por la noche, conteniendo la respiración antes de conciliar el sueño, escuchaba pasos en la escalera o el silencio sin voz de una llamada telefónica. Otras veces era alguien que lo observaba desde un parque o quizás estaba sentado junto a la ventana de un café. Pero no sólo le llegaba el miedo de todo lo que ocurría a su alrededor, sino el hecho de saber que la vida se había convertido en un rumor y que él se había quedado sin intimidad y sin secretos.

Lo cierto es que cualquiera que haya sido la vida del doctor en Praga, yo sólo intentaba completar su difusa biografía. Es decir, prolongar la desdicha de un hombre que por haber cometido el error de amar a la mujer equivocada, el régimen había encontrado una razón para apresarlo. De pie en la estación, el doctor parecía haberme demandado con aire impaciente que lo sacara de la ciudad, invocando mi oficio de escritor. Quiero indicar que eso hacemos los novelistas, contar la vida de los hombres que se encuentran en situaciones extremas. Imaginar la existencia de alguien llamado Larsen cuando fue expulsado de Santa María, seguir el viaje del capitán Ahab que salió en busca de una ballena o la de dos criminales perseguidos por la policía de Kansas después de haber asesinado a la familia Clutter, o la del enfermizo Marcel dejándose llevar hasta Combray por el oleaje de la memoria.

Supongo que las actividades del doctor acabaron, inevitablemente, por levantar las sospechas de las autoridades locales. Un policía empezó a custodiarlo —no, no era yo quien lo hacía—, sino alguien que incluso escuchaba sus conversaciones telefónicas. Luego redactaban largos, tediosos informes acerca de su vida privada en el hospital donde trabajaba. Informes escritos con el lenguaje anquilosado de la burocracia, de los procesos legales, los cuales iban a parar al cajón de algún tipo presumiblemente alcohólico y enfermo de aburrimiento. Con los años he llegado a la luminosa constatación de que una página escrita conduce, en último término, a la interpretación depurada de una vida. El efecto siempre es fantástico y hasta exagerado, pues el hecho de examinar como un entomólogo el pasado de un hombre, ya sea mediante un informe burocrático o las páginas de una novela parece tener como intención final desenmascararlo.

Escribimos para dejar informes de nuestras propias oscuridades— de nuestras carencias—, y la embriaguez de componer una novela proviene de esas carencias. De ese refinado y extenso programa con el que yo me había propuesto narrar las andanzas, los viajes y las contradicciones del doctor.

Aunque hubo un vago intento de pasar desapercibido, bajo los arcos de hierro de la estación pude distinguir con nitidez el sombrero mojado que el doctor llevaba en la mano. Parecía tranquilo, de repente volvió imperceptiblemente la cabeza hacia el reloj que marcaba con precisión las cuatro y media de la tarde. «Así que viene a detenerme», dijo con el rostro desencajado. «Quién iba a pensar que usted era uno de ellos».

Ese fue un momento decisivo para los dos, porque si bien Kronz ya tenía un informante, o en el mejor de los casos un novelista, yo, en cambio, ya tenía un personaje.

Debo confesar que de todos mis personajes es Josef Kronz —solitario, eternamente  desplazado— el que más se ha asimilado e intervenido en mi vida personal. Por eso incluso he guiado sus pasos primero por un páramo y en mi novela más reciente por la ciudad de Nueva York. Así  he ido prolongando y reinventando el mundo de otros novelistas, pues quizás esos

sean los proyectos principales de mi agenda literaria. Por encima de cualquier otro personaje, Kronz parece haberse situado en primera fila, como un fantasma. Además tiene el don de comunicarse fácilmente con los demás personajes de mis libros. En algunas páginas de mis novelas, el doctor ha tenido oportunidad de lidiar con el jockey Aníbal Ibarra, con la dulce Violeta, con el coronel Juan Manuel Castañeda, con Jorge Villamar, y hasta con el obstinado Mr. Steeks, entre otros.

De algún modo esta presentación se ha convertido cada vez más en la historia secreta de Kronz. Durante años lo he seguido de cerca. Sin duda he debido tocar temas de su pasado, de su difícil relación con las autoridades, de su vocación para seguir siendo uno de los personajes más influyentes de mis novelas y cuentos. Al doctor no se lo puede olvidar, incluso he oído que ha empezado a visitar los libros de otros escritores. Pero uno no puede ir detrás de nadie, ni siquiera hacer de detective del doctor sin acabar convertido en novelista.

A comienzos de los años noventa yo vivía en la calle Reina Victoria en el barrio la Mariscal de Quito. Mi vida transcurría entre el tedio de esperar las noches de viernes a fin de atenuarlas con whisky. Eso me ayudaba a calmar la angustia, por el hecho de no haber escrito la novela que me había prometido. Me invadió una desesperación fría, cruel, esa desesperación que todos los escritores conocemos cuando no hemos escrito lo que nos hemos propuesto, y es como una bomba de tiempo. Fueron años de lecturas y de búsqueda. No creo exagerar al afirmar que si no hubiera aparecido milagrosamente el doctor Kronz, me habría hundido en la oscuridad.

Impaciente, apelando a la comprensión de Lucía, salí de la ciudad y me instalé por unos meses en un apartamento de Bahía de Caraquez. Llevé libros, unas cuantas botellas de whisky, mi viejo estilógrafo Pelikan, algunos cuadernos y un frasco de tinta. No estaba seguro de lo que iba a ocurrir en Bahía. Unos días atrás había visto al doctor, caminando por la Mariscal. Me di cuenta de que me había reconocido, y eso fue un alivio para mí. Se escribe cartas y postales a los amigos, a la esposa, pero a un personaje como Kronz se lo tiene pegado día y noche a la oreja. Así supe que no estaba solo, al fin podía escapar de la tortura de la realidad y refugiarme en la amistad del doctor, y en los escenarios de la ficción.

Para encontrar el último destino del médico, tuve que indagar cuidadosamente no sólo su pasado, sino en lo más profundo de mi conciencia, porque esa es la principal tarea del novelista. Indagar como un topo en la vida de los otros mientras el poder de la imaginación (que es igual al de las tinieblas) se encargaba de hacer el resto.

Tras haber superado su ancestral desconfianza de abandonar Europa, el doctor se fugó de Praga y se animó a cruzar el Atlántico. Fue gracias a la inspiración y libertad de un novelista que el médico checo vino a parar a una ciudad andina. Aquí nació el mito, la leyenda del viajero que vino de Praga. Pero era médico al fin y debía cumplir con los rituales propios de su profesión. Al poco tiempo empezó a tramitar su título en la Escuela de Médicos.

Me cuesta un poco reconstruir esa época en la que estuvo viviendo en el páramo. Allí tenía que cumplir con el programa de medicina rural exigido por el Ministerio de Salud. Más que volver a esos episodios que ya están registrados en El viajero de Praga, lo que ahora importa es, desde luego, contar cómo fue el proceso de escribir La otra muerte del doctor… Después de haberme quedado vacío, casi liquidado, al terminar La piel del miedo, saltó a mi mente esta historia de viajes inesperados, de amores inconclusos y de geografías extremas. Con un lujo de detalles, surgió totalmente armada, como una película rebobinándose dentro de mi cabeza, por la que iban sucediéndose en desorden pero con nitidez, los episodios de Kronz y de Cecilia en el páramo, los rastros de sangre sobre la nieve en una avenida de Nueva York, y los conejos ocultos entre las piedras. Y tal vez fue al mismo tiempo, no lo recuerdo con exactitud, cuando vi al muchacho corriendo con la pistola por la calle.

Pero entonces se me planteó un serio problema. ¿Como iba a controlar la tensión del tiempo en una historia plagada de avances y retrocesos, de cambios de voz, por ciudades y ambientes tan diversos? A partir de un magnífico artículo de George Steiner sobre la tradición de los cafés tanto en Viena como en las ciudades Europa del Este, hubo en Quito una acalorada y divertida polémica por internet entre el poeta Iván Carvajal, el bibliotecario Raúl Pacheco y el escritor Francisco Estrella, que si bien terminó de una forma un tanto difusa a mí me abrió los ojos sobre la posibilidad de manejar el tiempo en la novela, pues sería gracias a las conversaciones mantenidas por el doctor Kronz con Mr. Steeks en los cafés de Nueva York que los lectores se desplazarían en el tiempo.

También era necesario que los extremos se tocaran en la novela, el páramo y la ciudad de Nueva York debían juntarse en alguna parte. Como si se tratase del sello postal tan añorado por Faulkner, La otra muerte del doctor podría ser una síntesis de mi universo narrativo. Porque no sólo he sido testigo de los desplazamientos del doctor por las ciudades, sino que también puedo dar fe de sus viajes, de sus numerosas incursiones por los territorios ficticios de otros escritores. En soledad, hojeando con aire displicente las páginas de un libro, el doctor solía rememorar los distintos escenarios por donde había pasado. Las colinas de la Toscana con las bellas muchachas pavesianas, la húmeda y parroquiana ciudad de Santa María, las ciénagas del condado de Yoknapatawpha, la escarpada y mítica Región cruzada de viajeros, no así Castle Rock de Stephen King ni St. Botholps de John Cheever.

Desde luego las andanzas del doctor Kronz son claves para entender su vida, sus distintas cortinas de humo, las costuras de su traje arrugado. También habría que indagar cuándo se convirtió en fantasma, en la sombra indeleble que podría sorprendernos si entrase en este momento a la sala. Después de varias horas de duda, el doctor debe de estar en camino a fin de asistir con incomodidad a esta presentación. Puede que incluso oigamos el eco de sus pasos en el corredor. Y que vuelva a aparecer la misma silueta del hombre de la estación recortada bajo el umbral de la puerta, mientras la abre con sumo cuidado. Puedo verlo observando con recelo el interior de la sala, como si quisiera borrarse y volver a su estado natural de fantasma, de personaje, diciendo con fastidio antes de entrar: «Ah, otra vez usted, siempre es usted.»

Del Autor

Javier Vásconez
(Quito, Ecuador, 1946). Es considerado uno de los narradores más originales de las actuales letras latinoamericanas. Ha sido colaborador, promotor y editor de revistas y suplementos culturales tanto ecuatorianos como mexicanos y españolas: Revistas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Contexto, El Búho, La Nariz del Diablo, Sur-Exprés, El Extramundi, Clarín, revista del Fondo de Cultura Económica, etc. Durante la década de los setenta dirigió la librería El Cronopio. Fue editor y director de Ediciones Librimundi, en Quito y la editorial Acuario, especializada en poetas y escritores ecuatorianos. Ha publicado, entre otros, los libros Ciudad Lejana (1982), El hombre de la mirada oblicua (1989), Café Concert (1994), El Secreto (1996), El Viajero de Praga (1996), Un extraño en el puerto (1998), La sombra del apostador (1999), Invitados de honor (2004), Jardín Capelo (2007), Estación de lluvia (2009), La piel del miedo (2010) y La otra muerte del doctor (2012).