Antes de la presentación de mis libros en la ciudad de Mérida nos estamos quedando en el Hotel XX sometidos y sufriendo el gran lujo de una empresa hotelera española de primer nivel. Es bueno experimentar este nivel de lujo para poder compararlo con otras situaciones de la vida pasada. Todo, absolutamente todo está solucionado en este sitio. Un batallón de humildes y serviciales personajes revolotean cumpliendo todos los caprichos de los visitantes de todos los puntos de planeta. Seis restaurantes exclusivos, una gran palapa donde está disponible absolutamente todo cuanto quieras comer. Treinta o cuarenta piscinas, todas con aguas cristalinas. Spa, canchas de tenis, herbolario, iguanas y tepezcuintles circulando libremente por prados tan tersos como alfombras persas. El mar de un azul claro, a veces verde o turquesa, limpio y calmo al frente. Por este paraíso todo pagado circulan jamones, pechugas, lomos, sublimes bellezas de todo el mundo, muchos de primera calidad y otros algo pasados de celulitis y edad. Todo esto a cambio de qué. En primera medida de un pago moderado, accesible a mis tarjetas de crédito. En segunda medida, soportar hora y media del asedios de dos extraordinarios y simpáticos promotores: Segundo, argentino (con novia de pasarela, es decir, modelo de 60, 90, 60, confesó modestamente) y Eduardo, aficionado a la literatura y al sen. Se llaman a sí mismos promotores de felicidad. Sobre nosotros llovieron ofertas de hoteles en Honolulu, Berlín, Roma, grandes descuentos, sólo 1500 dólares de adelanto y 60 dólares diarios los días de ocupación: a cambio de ello yate, golf, todo el whisky de primera, hasta strippers para mi mujer (just imagine). Durante 90 minutos mi máneger y yo nos aferramos a las tarjetas de crédito y supimos decir no, no, ¡NO! Tuve que confesar: la verdad es que me gusta el lujo… pero sólo cuando me lo regalan. En general me conformo con hoteles que no tengan cucarachas y además, además… generalmente me invitan de gratis. No falta año en que no reciba una, dos, tres o más invitaciones, todo gratis, gracias a la famita de escritor de infantería con publicidad de rock star, de modo que ¿para qué pagar? Segundo y Alberto, excelentes vendedores, no cejaban: a una oferta seguía otra: ni el rey de España estaría mejor atendido que nosotros. Entonces saqué al ecologista que llevo dentro: ¿Cuánta agua consume este hotel? ¿si hay tanto lujo no es porque disponen de mano de obra autóctona y barata? ¿No les parece que todo este lujo y boato y dispendio de recursos naturales y humanos está basado en la explotación inmisericorde de las etnias originales, de los recursos naturales…? Etc, etc, etc. El caso es que tras 90 minutos de escuchar con paciencia a esos dos magos de las ventas de programas vacacionales di el final NO amable y definitivo a las ofertas de paraísos a plazos largos y eternidades cortas y los dos vendedores relativamente agotados nos estrecharon las manos y el argentino dijo: “Después de atender a un cliente como tú ya no me queda ánimo para atender otro”. Ayer emprendí una caminata por la calle más comercial de la ciudad Playa del Carmen junto con mi hermano el doctor Cokis, sus bellos e inexplicables hijos y un grupo de palmireños que consumieron tequila y frituras comerciales como si fueran champaña y caviar, compraron artesanías, comieron bifés argentinos: las señoras comprando, los hombres tequila y ojos, los hijos aburriéndose. Mi sobrino Camilo compró ¡absenta! y mi sobrina Chavi interpretó la batería en el Hard Rock Café. Mi hermano el doctor me invitó a un hotel aun mejor que el que ahora ocupo pero no sé si iré: el lujo me agota rápidamente y ya estoy añorando la piscina en Xalapa, mi estudio y mi tiempo. De paso mi vientre está creciendo de forma preocupante. Si mi ruta es la de las tortillas, no sé que hago dejándome engatusar por este mundo de fastos y oropeles que sólo dejan quemaduras en la piel, sobrepeso e incluso indigestiones por consumir tanta lechuga. Finalmente no acepté la invitación de mi hermano el doctor de pasarme a un hotel a un mejor –si es que esto es posible– que el que ahora ocupamos. Mi máneger ha tenido una violenta infección intestinal, por que le aplicaran una inyección pagamos diez dólares. Yo finalmente he podido nadar a mis anchas en el mar del amanecer y en el del atardecer. He podido avanzar a brincos de sapo en mi novela. Sigo leyendo a Vila-Matas. Una frase rescato. Algo así como “me dedico al noble oficio de envejecer con dignidad”. Me gustaría precisamente dedicarme a ello. Mientras más viejo me hago me acerco más a la virtud que presuponía Aristóteles como condición necesaria para alcanzar la felicidad. Desde mi llegada a este hotel de 45 estrellas he perdido: mi sombrero, mis goggles, mi maletincito con documentos y dinero, mi lap top, mi gorra comprada en Madrid. Afortunadamente me devolvieron todo –los ricos no necesitan robar: para llegar a ser ricos ya robaron lo suficiente– menos el sombrero. En la piscina del Hotel XX vi a una niña de belleza desquiciante. Para ella escribí lo siguiente: El escritor de medio pelo yacía en su tumbona en el Hotel Sandos Playacar cuando tuvo la visión fulminante de la belleza perfecta. Es una niña de quizás trece años, enfundada en un sutil bikini de color rosa que transparentaba todos sus encantos. Se había quitado con toda tranquilidad y conciencia de su belleza un bañador blanco a rayas y se exhibió gloriosa frente a aquel hombre que ya debía pasar de los sesenta años. Lo vio mirarla de reojo y accedió a reciprocarle la mirada. Luego se paseó ida y vuelta. Se quitó el bañador de playa a rayas. Entró en la piscina y luego salió aun más desnuda que antes y volvió a pasearse frente al hombre, que no podía disimular su admiración. El escritor se escondía tras un libro de Vila-Matas y lo apartaba ligeramente para mirarla. Ella, cada vez más consciente de la admiración, volvió a pasar al frente. El hombre le preguntó: ¿English, french, italian? Ella denegó. Finalmente dijo russian. El hombre inmediatamente buscó un nombre ruso para asignárselo: Sonia, como un personaje de Dostoievski. Súbitamente apareció una mujer (la mujer del escritor) de mediana edad y le dijo es el colmo, hasta donde ha llegado tu perversidad, es solo una niña. El escritor se clavó en el libro y sin embargo siguió mirándola, mientras su mujer, desde la piscina le espiaba haciéndose la disimulada. Bailaba al ritmo de la música y sonreía, como burlonamente. Luego se acercó una matrona entrada en carnes, ligeramente rubia, que le dijo algo incomprensible, quizás ya vámonos. A partir de entonces la niña estaría todas las tarde en la misma tumbona, con el mismo bikini sutil. El hombre procura no mirarla pero le es imposible. Su mujer lo vigila como un francotirador agazapado.
Diario de un escritor
Marco Tulio Aguilera Garramuño