Escalera a Madrid

Antonio Álvarez Gil

Luis Goytisolo, escritor español.En estos días me cayó en las manos una interesante novela de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935), que me ha dejado un persistente dejo de amargor en la boca, una suerte de duda existencial que quiero compartir con quien se anime a leer esta crónica. La novela se titula Escalera hacia el cielo y fue publicada en 1999 por la editorial madrileña Espasa Calpe. Estas líneas no pretenden ser una reseña del libro –cosa a día de hoy innecesaria, pienso- sino más bien una breve crónica sobre un aspecto de la trama que sí me interesa consignar aquí. Aprovecho, no obstante, la ocasión para recomendar la lectura del texto a todo el que tenga la oportunidad de comprarlo o sacarlo de alguna biblioteca. Y en general, la obra del más joven de los hermanos Goytisolo merece ser leída y estudiada, como sin duda lo habrá sido en su país y en muchos otros de nuestro ámbito lingüístico. Pero, como decía, si me ha parecido interesante referirme a Escalera hacia el cielo es por uno de sus pasajes, que paso a señalar en el acto. Veremos si puedo resumirlo en un párrafo.

La trama –que se desarrolla en Madrid y Barcelona durante la última década del pasado siglo- recoge instantes de la vida de un grupo de personajes de variada situación económica y diverso calado moral. Uno de ellos es un productor de televisión con mucho poder en el mundillo donde se desenvuelve. A este individuo le place participar en los juegos sexuales de su bella esposa con otros hombres. Bien, el asunto es que el sujeto organiza una cena a la que invita a un joven que él quiere “cazar” para su cónyuge. Sin embargo, a última hora la esposa decide no asistir, por lo que el hombre se saca de la manga a una “señorita” de su reserva para seguir adelante con sus planes. Y de este hecho es del que quiero hablar. ¿De dónde creen ustedes que procede la muchacha? Pues por supuesto que de la Isla, de Cubita la bella. No era tan difícil de adivinar, ¿verdad?

Desgraciadamente, la celebridad de nuestras hetairas ha llegado lejos. Como se recordará, uno de los primeros en promocionar la mercancía nacional cubana fue el entonces jefe del estado, quien en un discurso público expresó que “las prostitutas cubana están entre las más cultas e instruidas del mundo” (y ruego se me dispense si la formulación de la cita no es del todo exacta). Pero tampoco se trata de esto, pues prostitutas ha habido siempre en cualquier país y de cualquier nacionalidad, pese a los esfuerzos de algunos gobiernos (como el sueco, por ejemplo) en su lucha por el exterminio de este antiguo oficio. Lo que me llama la atención en la trama de la novela es el hecho de que, camino del lugar en donde va a ofrecerse al cliente, la chica anuncia que debe pasar un momento por casa. Cuando llegan allí, resulta que ella tiene que darle el pecho a su bebé. Para más morbo, se nos informa que la blusa de la joven está manchada de leche (materna, se entiende). Pero aquí viene lo que es, en mi opinión, el punto culminante de la escena: ¿quién se ha quedado en casa, cuidando del infante? Pues el esposo de la muchacha, que es también cubano. Al ver el cuadro, el español quiere marcharse. Ella, sin embargo, insiste en prestar el servicio. Por fin, ante la negativa del hombre, le dice que ya sabe dónde puede encontrarla. La vida sigue y la novela continúa su paso.

A mí, sin embargo, me gustaría detenerme en este punto. Por dos motivos. Cuando leí el pasaje, mi primera reacción –lógica, por otra parte- fue la de preguntarme ¿por qué cubana, precisamente? Patriotismos a un lado, me reconocí a mí mismo que no era nada raro, habida cuenta de la fama que en las últimas décadas se les ha endilgado a nuestras jóvenes. Como si en otros países no hubiera también prostitutas, exhibidas incluso en las vitrinas de algunas ciudades europeas. Y ya puesto a cuestionarme cosas, me pregunté también si el autor de la novela conocía de veras a las cubanas. Puede haber casos como éste, me dije fastidiado. Y puede que muchos, y que fuera yo quien ya no conociera bien a nuestro pueblo. Pero, y aquí residía mi principal protesta, que yo supiera, las “jineteras” y sus parejas podían hacer “cositas” de ese tipo… en Cuba. Sin embargo, me parecía –y sigue pareciéndome- que una vez abandonada la Isla, las meretrices cubanas abandonan también el oficio y llevan una vida bastante regular. En otras palabras, ejercen para salir de Cuba e irse del país, casi siempre a España; pero no van a España para ejercer allí. Me dije entonces –con un puntito de indignación- y me sigo diciendo hoy, con mi mayor franqueza –o quizás hasta con cierta ingenuidad- que esta no es una conducta tan típica como para trasladarla a una novela y dejarla grababa en la memoria de miles de lectores. Y esa conducta me resulta aun más extraña y menos  adecuada en el esposo de la muchacha.

Por supuesto que mi opinión es muy poco relevante en este asunto. Sé perfectamente que lo que yo piense o deje de pensar sobre él no cambiará la imagen de lo que el mundo ve como la Cuba real, la de hoy en día. Tal vez, incluso, como he apuntado más arriba, estoy equivocado. Puede que mi estancia de tantos años fuera de mi país me haya distanciado del modo en que mi pueblo vive su día a día. Quizás la Isla auténtica sea esa a la que apunta Goytisolo en Escalera hacia el cielo. En todo caso, es la que parecer existir en la mente de tantos turistas que viajan allí y regresan luego con una idea que hasta cierto punto puede mover la imaginación de un escritor hacia escenas o situaciones como la que intento desmontar en este artículo.

Si ello fuera así, si en eso se ha convertido mi país, solo me quedaría seguir alimentando sueños y evocando día tras día la Cuba que llevo en la memoria, la de mis padres y mi infancia, la de mis años juveniles y mi primera vida adulta. La otra Cuba. Así lo haré, seguramente, aun cuando esa tierra no sea más que una leyenda, un capítulo en la novela de mi vida. El mejor, sin duda, el más entrañable y hermoso, el más querido. Pero ¿habrá existido alguna vez? Puede que no, que no pertenezca siquiera al mundo real, que viva solo en mi pecho y mi imaginación. Únicamente allí.

Estocolmo, 2 de noviembre de 2012